PIES DE IMAGEN

Viaje al centro del corazón del tiempo, por Francisco Cascallares


[POSIBILIDAD DE CUALQUIER PENSAMIENTO]. Los labios se quedan apenas entreabiertos como dos caramelos blandos de cereza. Me pregunto cómo se llama la bolita que conforma el centro de su labio superior, aunque en realidad no puedo pensar. Es una estalagmita carnosa, una gota en w que cuelga como el sueño de un murciélago, es una ocasión en la que lo único que me queda es querer decir. De hecho, el centro de su labio está apenas partido por el verano que acaba de ocurrirle. Estos caramelos blandos de los que hablo, cuando pasa el tiempo, se secan, se ajan, apenas, no más de dos o tres grietas finísimas que sugieren (1) alguna profundidad pero también (2) que hay mucha más materia por debajo, sosteniéndolas. Así, hay labios que se parecen por sus grietas a glaciares, yo pienso, aunque ya haya reflexionado que no puedo pensar. La cabeza me va a mil y a la vez a cero. Delante de mí hay un labio. O dos. Ni idea. Y una grieta sin fondo justo antes, exactamente atrás.


[IMPOSIBILIDAD DE CUALQUIER ACCIÓN]. Los labios apenas abiertos como dos caramelos se llaman Verónica. Son labios más bien delgados, diría que nunca fueron mi tipo clásico de labios, pero no hay nada en Verónica que no me desarme. Verónica y yo no nos encontramos ubicados en un contexto color chicle. Por el contrario, estas oficinas son rigurosas, agrias, poco proclives al caramelismo. Pero yo soy una araña pequeña o una mosca frutera y todas mis patas están tratando de nadar fuera de una gota de líquido azucarado. Lo único que consigo es iterar sobre unos pocos movimientos natatorios, engolosinados, que jamás van a salvarme de este medio tan espeso.
            En 1964, en un glaciar de Siberia, un glaciarista perdido cayó por una grieta oculta dentro de la nieve. La vieja trampa del hielo delgado. También, la bella trampa del hielo delgado: imagino a alguien en caída libre que atraviesa el techo de un vivero. En vez de que el glaciar lo matara, ahielizó en una saliente a casi tres metros de profundidad. Vio su cara lastimada en el reflejo azul de una pelota de hielo en el corazón del abismo. Un azul milenario, mucho más antiguo que nosotros, y supo en el acto que había una sombra intercalada entre el fondo del hielo y su propio reflejo, y después que la sombra era un mamut intacto, una de las reliquias del planeta que habrían debido quedar conservadas para siempre, para un tiempo en el que no quedara ni el polvo del último de nosotros, ni siquiera del de nuestros últimos relatos. Pensó que esto era el amor, y que el hielo delgado también era el amor. Algo lo amaba ahí abajo. No supo qué más pensar. En realidad, creyó que no estaba pensando, que en esto consistía su no pensar.

[OPACIDAD DE CUALQUIER SEMITRANSPARENCIA]. El glaciarista logró salir de la grieta, volver a escena con una expedición fresca y gestionada, y extraer el monstruo que no existe del corazón más azul del hielo: conservado, perfecto: para la carne del mamut sólo había transcurrido un día o dos. Algunos churrascos llegaron a venderse en mercados negros, verdes, amarillos y rojos a precios de obras de arte. Hubo gente en este siglo que probó carne de mamut. Hoy, son comprobables al menos cinco (5) de estas transacciones.
            Así Verónica termina de pronunciar lo que sea que me cuenta. Su final de “o” me dura más o menos medio siglo en el tímpano y la retina, pero a la larga hasta eso termina de consumirse. El presente está volviendo, el presente se abre como una heladera y me sopla en la cara, siento que el frío del tiempo se deshace en el aire. Mi momento para actuar se ensambla en alguna clase de respuesta a lo que ella me ha venido diciendo, aunque sea ingeniar la más mínima acción que estire este instante un instante más. Y a medida que entramos en una u otra clase de movimiento, lo que sigue ya cambia de naturaleza, empieza a ser un cuento y va dejando de ser esto otro, hasta que el momento termina de dejarnos atrás.

Francisco Cascallares
Buenos Aires, EdM, julio 2014
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