APUNTES

Entrevista : Sur sin fronteras. La poesía de Gloria Dünkler, por Esther Andradi


Esther Andradi presenta en EdM a la escritora chilena Gloria Dünkler que acaba de recibir el premio Edición del Movimiento Internacional de Escrituras.


Mapudungun y alemán, la lengua de la cultura india y la de los colonos europeos se cruzan con el idioma español, en un relato épico que elabora las preguntas del mestizaje en el sur de Chile: Füchse von Llafenko, el poemario de Gloria Dünkler (Pucón, Chile, 1977) acaba de ser galardonado con el premio Edición del Movimiento Internacional de Escritoras Los puños de la paloma.

Gloria Dünkler estudió Pedagogía en Lenguaje y Comunicación, y cursa actualmente la carrera de Bibliotecología en Santiago, Chile. Ha sido editada en las antologías nacionales Mujeres en la poesía chilena actual y en Mujeres frente al mar Editorial Semejanza, Santiago, 2000, así como en revistas tanto en Santiago como en Temuco, en Chile, y traducida al catalán. Ha sido becaria del Taller de cuento dictado por la escritora chilena Pía Barros, y galardonada en varias ocasiones, tanto en poesía como en relato.


Füchse von Llafenko aunque escrito en castellano, está atravesado por la tensión de culturas que se cruzan en el sur de Dünkler: La violencia, la fascinación, la pérdida y la lucha por la sobrevivencia están contenidos en esa poesía, original, profunda, a contrapelo de cualquier compostura, como diría su autora. Una coreografía de equívocos y desencuentros para contar el mestizaje.

Esta entrevista es el resultado de una conversación mantenida por correo electrónico.

EA:  Durante la primera lectura de tu poemario tuve dudas acerca de la edad y el género de quién lo habría escrito. Todo era equívoco, lo único que me parecía seguro era su origen, el sur de Chile con su cruce de identidades....¿Es algo que has buscado o se da naturalmente en tu expresión?

GD: La atmósfera de lo “equívoco y el desencuentro” son intencionales. Como poeta mestiza me interrogo, sigo buscando respuestas. Siempre quise atrapar ese ambiente en donde las identidades se enredan hasta llegar a configurar una mezcla, en este caso, lo indígena y lo europeo.


EA: El zorro es un símbolo de las culturas precolombinas, el vínculo con “el mundo de arriba y el de abajo”, ¿por qué los zorros marcan tu poemario desde el título?

GD: Es el animal que husmea y sobrevive, que pulula por los bosques nublados de nuestro sur. Simboliza a los habitantes originarios de esta tierra reducidos lentamente por el progreso, un avance que muchas familias de colonos ayudaron a construir. También son los zorros alemanes que luchan por un espacio en aquel territorio. Entonces volvemos a su idea de “lo equívoco” y pienso en el caso de mis ancestros: sólo buscaban una oportunidad de surgir desde la miseria y poner el hombro al trabajo. Ellos, a diferencia de otros colonizadores europeos y nacionales que engañaron a los indígenas, trabajaron codo a codo, incluso llevaron a vivir a su barraca a un muchacho de apellido Llanquiman. Fueron campesinos y gente de oficio que solo buscaban un lugar donde vivir y llevar la fiesta en paz, mientras otros indígenas aun daban su pelea, una contienda que muchos forasteros desconocían. Son dos culturas que pugnaron su propia cruzada: una arremetió contra la usurpación y la otra guerreó contra la desventura. Por ambos siento admiración y respeto.

EA: Hablemos de Llafenko: ¿es Ítaca y Macondo para tí? ¿Existe en la geografía chilena ese paraje? ¿Cómo te decidiste por ubicar ahí a tus zorros?

GD: Existe. Y la realidad supera cualquier relato o poema. Quise recrear la colonia de mis bisabuelos en sus primeros tiempos, el coraje de aquella gente humilde que decidió abandonar su tierra para jamás volver, la desconexión con la familia alemana que se quedó en el puerto de Hamburgo agitando sus pañuelos, el impacto de los niños y mujeres frente al salvajismo de una geografía extraña y su capacidad de adaptación. Deseaba plantear aquellos desencuentros y simpatías en el escenario de la cotidianeidad tomándole el pulso desde las faenas del campo, pues allí brotaban en forma espontánea las dudas y cuestionamientos frente a la cultura desconocida, el asco y la admiración al mismo tiempo. Son lenguas, costumbres, corazones que lucharon por sobrevivir pese a la tragedia que los unía y distanciaba, son historias personales y colectivas. Así, la construcción de este imaginario poético se dio en forma casi natural, por ello el libro funciona como un gran poema que apela a la tradición épica, a la gesta, a la paz y la agitación en el bosque, el viejo juego entre el seductor y el seducido, y como telón de fondo las disputas entre adherentes y detractores del Nacional Socialismo frente a los acontecimientos sucedidos allá en Alemania.



EA: “Asco” es una palabra fuerte para llegar a la admiración, ¿no te parece?

GD: Sin duda. El impacto del primer encuentro generó en algunos casos ese cruel sentimiento. Recuerdo que una vez mi tía abuela me relató que siendo niña fue invitada a participar de una ceremonia mapuche: allí vio cómo sacrificaban corderos, y después ensartaban los corazones humeantes de los animales en unas lanzas que eran cargadas por mocetones que cabalgaban alrededor de un altar. Después, mi tía no fue capaz de comerse los pedazos de carne asada que le sirvieron pues “les corría la sangre…” También me dijo que admiraba los tejidos de las indígenas, y el teñido de lanas empleando raíces y hojas le pareció fascinante, ¡quiso aprender! Así sucedía. Muchas veces los colonos, sobre todo mujeres y niños, simplemente no podían resistir aquellas prácticas de la vida cotidiana. Después afloraba la reflexión, el cuestionamiento, la duda, el ¿por qué lo hacían así? o ¿qué significan aquellos rezos y costumbres que ellos no lograban descifrar?... Entonces cuando cito la palabra “asco”, me refiero a ese primer impacto que uno es incapaz de racionalizar ni someter a la compostura. Es, simplemente, la primera reacción, de aprobación o rechazo en donde los colonos se aferraban con desesperación a las costumbres propias “blancas”, o bien se atrevían a conocer aquello que era diferente. Escribí un poema sobre ésto en mi libro anterior.


EA: ¿Cómo nace este poemario que es un relato de encuentro de culturas y de lenguas?

GD: Durante mucho tiempo cuestioné mi origen sintiéndome incómoda por formar parte de una ascendencia que colaboró con la reducción indígena. Ahora sé que le debo respeto a mis raíces por su hazaña, por las manos partidas de tanto trabajar la tierra, por ese tío que se ahorcó en un establo porque jamás pudo regresar, por mi bisabuela, que sobrevivió a la muerte de su hombre. Comprendí que no se trataba de hacerme cargo de los “pecados” de esa historia, sino que debía entenderla, valorarla con sus amores y dolores y llevarla con dignidad. Después de todo, esas voces habitan en nosotros, los mezclados, y la diversidad nos enriquece. En todos los pueblos hay traidores de la propia sangre y valientes caudillos. Siempre recuerdo las palabras de un joven poeta que me dijo: “después de la Pacificación de la Araucanía, sólo se encontraban tres tipos de mapuche: los que murieron peleando, los que escaparon, y los que se rindieron”, y yo me pregunto ¿acaso no es un mal humano? ¿No somos eso y mucho más en la hora de las sombras? Entonces, reconciliarse con las raíces es quererse y caminar mas tranquilo.



EA: Notable que trabajes otros idiomas junto al castellano. ¿Es una decisión estética o tiene que ver con tu biografía, o ambas? ¿Lees alemán? ¿Y mapudungun? ¿Qué influencias de estos idiomas, de estas literaturas (oral o escrita) marcan tu poesía?

GD: Crecí en el sur con mis abuelos de oficio artesanos y músicos, estuve allí hasta los 28 años. Mientras íbamos de pesca o salíamos a buscar murtas , o en los asados desangrando el cordero, oí sus historias casi transformadas en mito. Allí se mezclaba la tradición mitológica local con la fría racionalidad germana en un mosaico de colores y creencias, entonces mi abuelo abrazaba un viejo acordeón Honner que le habían enviado desde Hamburgo años antes de la guerra. Junto a la abuela, recorrían los alrededores de un sur tenebroso, de caseríos húmedos y barrosos, animando las fiestas de chilenos y mapuches, o compartiendo una tonada junto a un personaje de apellido “Chiguay”. Ahora bien, su padre le enseñó la lengua, pero él abuelo jamás se la enseñó a sus hijos (mi madre), como forma de sacrificio, supongo… no sé. Pero conocía un amplio vocablo de palabras en mapudungún, incluso en su infancia asistió a la escuela con niños indígenas, jugaron, y más de una vez escaparon de los pumas que asechaban en las riberas de los ríos ante los ojos aterrados de la maestra. Esa experiencia de compartir lenguajes fragmentados, de comunicarse de cualquier forma, quise integrarla en el poemario. Era absolutamente necesario. Esos primeros tiempos de la colonia los profundizo en mi primer libro titulado “Quilaco Seducido”.

En literatura me siento fuertemente influenciada por la obra de varios contemporáneos, entre ellos Jaime Huenun, un mapuche-huilliche que también se define como mestizo -y a quien admiro mucho-, por su capacidad de sostener una poesía mas allá de “lo indígena” y de los discursos típicos de la reivindicación, con temas renovados de alta reflexión, investigación y oficio, capaz de competir en otros circuitos, universalizándose. Mi caso es similar al suyo: escribo y pienso en castellano conservando sólo esta lengua.


EA: ¿Cuáles son tus lecturas, tus parientes literarios?

GD: Hay varios “padres y hermanos” literarios que me han ayudado a reflexionar y encauzar mi trabajo. Francisco Coloane y Manuel Rojas en la infancia y adolescencia, Rimbaud, Vallejo y Withmann… en la tradición local me importan muchos, por nombrar algunos, Stella Díaz Varin, a quien conocí con su temperamento duro y esa poesía terrible y demoledora que me inspiraba respeto. De Miguel Serrano aprendí a sostener un discurso verosímil, consistente hasta en el error, rotundo. Entre los que recuerdo ahora, y ligados al tema que me preocupa, es fundamental citar el libro Karra Maw`n de Clemente Riedemann, que fue una de las primeras propuestas poéticas que conocí en donde se trataba el discurso de lo alemán, lo mapuche y lo mestizo en el sur de Chile. Ese libro, concebido en los años 80`s, sería clave para el desarrollo futuro de mi trabajo, por supuesto sin dejar de lado las cartas, las bitácoras, los relatos orales y los diarios. Karra Maw`n sentó las bases y generó los primeros diálogos antes que muchos poetas indígenas de hoy siquiera se lo plantearan, pero allí faltaba algo: la llegada de las ideas del Nacional Socialismo y sus efectos en los colonos, tanto para quienes se sumaron a la causa como para sus osados detractores. Ese tema -me dije- es necesario reflexionar, y en eso estoy.

EA: ¿Te sientes parte de alguna corriente poética especial en América Latina? ¿En Chile? ¿En qué idioma? ¿O en ninguna?

GD: No lo sé. Eso lo dirá el tiempo y los especialistas. Yo puedo agregar que me siento parte de aquellos que buscan, que miran con asombro un pasado escalofriante, sobrecogedor, plagado de secretos que es necesario develar, de territorios prohibidos que deben ser ventilados con espíritu reflexivo, cada cual con su verdad, aunque sea aberrante. Íntimamente, siento que a la poesía de la gente de mi edad (de lo que conozco en Santiago) le falta riesgo, le falta sangre, le falta vómito. Distinto es el caso de los poetas de regiones: allí está la verdadera savia. Lo políticamente correcto hoy es sinónimo de comodidad en escritura. Se vienen a mi cabeza muy buenos poetas como Ernesto González Barnert, Carlos Henrickson, Marcela Saldaño, Juan Cristóbal Romero, Miguel Naranjo Ríos, Mario Meléndez, Damsi Figueroa, Yanko González, Jorge Teillier, Enrique Lihn, Pablo de Rokha… por nombrar algunas voces. Es hora de colocarnos en el lado de lo incorrecto, de los irracionales, de los intrusos, de los forasteros, para oírlos, beberlos, acunarlos, y cuando juntemos las dos mitades de esa manzana, solo entonces podremos hablar de un diálogo.


EA: Leí que habías hecho taller literario de narrativa, ¿también escribes relatos?

GD: Tuve la suerte de ser becada por Pía Barros para asistir a su taller de cuento. Sin preguntarme de donde venía, me entregó sus conocimientos y me abrió las puertas. Es una mujer extraordinaria. Allí desarrollé varios relatos en un libro inédito que he titulado “Maldito Sur”, en ellos abordo la sordidez del sur, esta vez, invadido por el turismo y la escoria de lo que ello trae. Poseo una novela de la colonización aun a medias, titulada “Los intrusos”, un set de cuentos infantiles titulado “El ojo de vidrio”, entre otros proyectos que aun necesitan trabajo.
Definitivamente Pía es de otro mundo. En una de las primeras reuniones y casi sin conocerme escuchó uno de mis cuentos y mientras jugaba en su computador, y sin quitar su atención de la pantalla me dijo: “tú deberías leer más poesía…”

Esther Andradi
Berlín, EdM, octubre 2014
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