PIES DE IMAGEN

Dos hojas secas de malvón, por Jorge Consiglio


La cabeza de Samuel Becket se parece a la de un ave de presa. Tiene la misma expresión que la de un Águila Real, por ejemplo. Su nariz, filosa y puntiaguda, se asimila al pico, que en el águila es particularmente grande, poderoso y agudo: lo usa para desprender la carne de su víctima, para desgarrar, para revolver las entrañas. Los vincula también la economía extrema que les pule los rasgos. No hay espacio —quizás sea mejor decir no hay tiempo— para que el tramado de músculos y tendones pierda tensión. Lo que termina por imponerse, lo que siempre decide es el hueso, que subterráneo y elemental, ejerce su potestad. Es sabido: en lo óseo hay ambición de perpetuidad. Es materia dura que, por su aspecto mineral, discute con la degradación física, por eso toma distancia de lo inmediato. Los gestos —emisarios de lo espontaneo— son, precisamente, lo inmediato.
     La cara de Beckett, con su higiene rabiosa, con su gravedad, esquiva el artificio; sortea las demandas colectivas y se erige en la atalaya de la alteridad. Esta torre no tiene relación con la soledad ni con las alturas; el rigor es su marca, su único signo. La cara de Beckett es una escena de ángulos —conté ocho—, es un complot, un armazón de puntos de fuga. Puro alambre. En su semblante no hay una sola recta que no se proyecte hacia un lugar de confluencia en el infinito. Es su forma de resistir, su manera de anclar los detalles que la mayoría pasa por alto. Lo que se nota enseguida es que toda la geometría confluye en los ojos, que son los mismos que los del Águila Real, atentísimos a un objetivo, certeros: aunque resulte contradictorio, disparan una mirada que abarca el mundo entero y su danza, por eso —como el fin es tan vasto— representan una paradoja, son tan concentrados que dispersan. Y con la dispersión se filtra la ambigüedad. Beckett deja de ser uno, es —de alguna manera— todos los posibles. Imagino algunos.

    Uno. París. Enero de 1938. Es de madrugada. Beckett vuelve a su casa con unos amigos. Un proxeneta le ofrece los servicios de una puta, pero en sus palabras hay ironía. El tipo le está tomando el pelo. Beckett la advierte y reacciona. Discuten, se van a las manos. El proxeneta apuñala a Beckett que cae al piso y se desangra. Está a punto de morir. Joyce es la única salida. Tendrá conseguir una cama en algún hospital.
    Dos, Buenos Aires. Mediados de la década del 70. Beckett se levanta antes de que aclare. Está en un PH de la calle Helguera, en Villa del Parque. Es meticuloso para llenar la calabaza con yerba. Calienta agua y la mete en un termo. Se ceba un mate. Camina cinco pasos hacia una ventana que da a un fondo descuidado. Observa un malvón que está en una maceta chica sobre la mesada de granito. Le quita dos hojas secas. Distingue en el tallo una arañita blanca casi invisible. La toma con delicadeza. Usa el índice y el pulgar. Está un rato así, sin saber qué hacer. Beckett pronuncia una palabra cariñosa en inglés. Sonríe. Pasará el resto del día leyendo y tomando apuntes. El episodio con la araña será un momento importante de su día, pero lo olvidará casi enseguida.

Jorge Consiglio
Buenos Aires, EdM, Febrero 2015
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1 comentario:

Antoni Uribe Porta dijo...

SAMUEL BECKETT I ELS SEUS PERSONATGES

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