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Napoleón novelista, por Alcides Rodríguez


Afirman los biógrafos de Napoleón Bonaparte que su adolescencia y juventud estuvo dominada por una pasión irreprimible: la lectura. Era capaz de pasar horas leyendo. Tomaba abundantes notas de todo lo que leía y no dudaba en utilizar sus magros ahorros para comprar libros. Según su hermano José, en 1786 volvió a Córcega acompañado de un baúl lleno de obras de Plutarco, Platón, Cicerón, Tito Livio, Tácito, Montaigne y Montesquieu, entre otros. La Historia, en especial la del mundo antiguo, absorbía buena parte de su atención: sus cuadernos están llenos de datos sobre Egipto, Asiria, Babilonia, Persia, Atenas, Esparta y Roma, entresacados de los clásicos y de los populares libros de historia de Charles Rollin. De otros autores tomaba notas sobre historia francesa, inglesa, árabe, prusiana y florentina (para éstas últimas se valía de la Historia de Florencia de Maquiavelo). Los libros de Buffon lo introdujeron en la historia natural y los clásicos de la literatura francesa llegaron cuando estudiaba para artillero en la Escuela Militar de Brienne. Sus cuadernos siguieron creciendo, alimentados con notas y citas extraídas de Corneille, La Fontaine, Bossuet, Fénelon, Racine, Rousseau, Voltaire y Mably.

     A pesar sus frecuentes faltas de ortografía y a ciertas incorrecciones gramaticales que debía a su origen corso, el joven Napoleón soñaba con ser un escritor de éxito en la República de las Letras francesa. Los libros ocupaban el centro de su modesta vivienda. Cuenta Stendhal en su Vida de Napoleón que cuando su primer impresor fue a verlo para discutir la publicación de su Historia de Córcega “encontró al joven oficial modestísimamente alojado en un cuarto casi desmantelado del pabellón; sólo había allí una cama sin cortinas, dos sillas y, ante el alféizar de la ventana, una mesa llena de libros y papeles”. Escribió libelos, ensayos de historia y textos de corte filosófico-político. Souper de Beaucaire, para muchos su mejor texto, salió de la imprenta en 1793. Cuenta la historia de un soldado revolucionario que trata de disuadir a un girondino marsellés de sus tendencias contrarrevolucionarias. Según Stendhal el escrito se inspiró en la charla real que el joven capitán Bonaparte mantuvo en una fonda del sur de Francia con comerciantes de Montpellier, Nimes y Marsella. “El estilo - afirma Stendhal - es pesado; los giros de la frase, algunas veces, son irregulares; se encuentran algunos italianismos pero es imposible no entrever en el autor un carácter singular”. Sopuer de Beaucaire fue calurosamente recomendado por Augustin Robespierre, hermano del Incorruptible. Napoleón también escribió novelas. Las dos primeras fueron Le Comte d´Essex y Le masque prophète y una tercera, Les Adventures du Palais-Royal, nunca la terminó.
     Fascinado por las letras y el saber, Napoleón vivió un momento de intensa felicidad cuando fue elegido en 1797 miembro del Instituto de Francia. Tanto lo halagaba sentarse junto a los sabios más prominentes del país que a partir de entonces mandó colocar el título “Miembro del Instituto” junto a su nombre en toda carta, documento oficial u orden del ejército que circulara con su firma. Durante la expedición a Egipto sostenía animadas discusiones con los sabios de acompañaban a su ejército. Fundó el Instituto de Egipto y lo dotó de instrumentos de física, astronomía y química importados de Francia. Años más tarde, cuando sus ejércitos imperiales atravesaban Prusia, dio órdenes precisas a sus tropas de detenerse frente a la casa de Goethe. Rodeó al gran poeta de atenciones, hizo que le extendieran un salvoconducto y le reservó el palco real en el teatro más importante de la ciudad. Al encontrarse con él exclamó, evocando a Diógenes, “¡Usted es un hombre!”. Había leído Los sufrimientos del joven Werther siete veces durante la campaña de Egipto, y no tuvo empacho en decirle lo que pensaba: el suicidio del héroe no era un acto acorde a la naturaleza humana. Goethe estuvo de acuerdo, señalando que tales finales eran licencias que un poeta podía tomarse. Napoleón lo distinguió con la Legión de Honor, condecoración que Goethe guardó celosamente. Años más tarde no dudaba en lucirla en su solapa cuando era visitado por los antiguos rivales de Bonaparte.
     Napoleón escribió una novela de amor, Glisson et Eugènie, inspirada en su frustrada relación amorosa con Desirée Clary. La historia, claro está, no termina bien. Quizás pueda decirse con Stendhal que de haber estado los protagonistas en París otro habría sido el final ya que, como se lee en Rojo y Negro, allí “las novelas les hubiesen trazado el papel que habrían de representar, les hubiesen mostrado el modelo que imitar”. Si Napoleón siguió algún modelo, ése no fue el de las novelas de amor. Cuando el patriota corso Pasquale Paoli le dijo que parecía “salido de una obra de Plutarco” se sintió sumamente halagado. Hay quien afirma que a lo largo de toda su vida se esforzó por mostrarse como un héroe plutarquiano. En las Vidas paralelas se lee que cuando las tropas macedónicas llegaron a Tebas el gran Alejandro Magno mandó colocar una guardia de honor frente a la puerta de la casa del poeta Píndaro. Un nuevo Plutarco podría haber contado que Napoleón condecoró a Goethe y mandó colocar una guardia de honor frente a la casa de Haydn cuando sus tropas entraron en Viena. Acostumbrado a hacerse a sí mismo, Napoléon no pudo con su genio y no esperó a su historiador. Cuando dejó de escribir la Historia, dictó la suya a fieles escribas en la remota Santa Elena. Brotó así un extenso relato de sus campañas político-militares, sazonado con reflexiones sobre los personajes históricos que más admiraba. Luego del desastre de Waterloo fue Napoleón el que tomó la decisión de entregarse a los ingleses. “Alteza - escribió al príncipe regente - expuesto a los bandos que dividen mi país y a la hostilidad de las grandes potencias de Europa, he llegado al final de mi carrera. Como Temístocles, vengo voluntariamente a sentarme junto al hogar del pueblo británico. Me pongo bajo la protección de sus leyes, protección que solicito a Vuestra Alteza como el más poderoso, el más firme y el más generoso de mis enemigos”. Como escribe André Maurois, entregarse a sus peores enemigos era un gesto digno de Plutarco. El problema fue que los ingleses no siguieron el relato de las Vidas paralelas: a diferencia del rey persa, que había recibido magnánimamente al héroe ateniense caído en desgracia, decidieron confinar a Napoleón en la poco hospitalaria Santa Elena al cuidado de, en palabras de Wellington, un “miserable y estúpido carcelero”. A pesar de lo duro de su final el prisionero nunca abandonó su sentido de lo literario. “El infortunio - escribió - también encierra gloria y heroísmo. En mi carrera faltaba la adversidad. Si hubiera muerto en el trono, con la aureola de la omnipotencia, mi historia quedaría incompleta para mucha gente. Hoy, merced a la desgracia, puedo ser juzgado por lo que realmente soy”. ¿Habrá dictado sus Memorias con la esperanza de que se convirtieran en una moderna continuación de las Vidas paralelas? En los últimos años de su vida Napoleón se entusiasmaba con la idea de que en un futuro no muy lejano se publicara una compilación completa de sus escritos. “Sería - dice en el final de sus Memorias - el monumento más hermoso que puedan levantarme”. Dos siglos más tarde el monumento está levantado: se publicaron cincuenta volúmenes. Treinta y dos reúnen correspondencia oficial y documentos de gobierno; el resto incluye cartas de amor, poesía, diálogos socráticos, ensayos de corte rousseauniano, proclamas de guerra, textos sobre la felicidad y el suicidio y, por supuesto, sus novelas. Éstas últimas asoman a veces en momentos inesperados. Cuando Andy Martin, especialista en literatura francesa de la Universidad de Cambrigde, le preguntó a Borges sobre el notable parecido que hay entre “El tintorero enmascarado Hakim de Merv” y La masque prophète, le respondió que él era uno de los pocos que había leído a Napoleón. Tal revelación fue clave para Martin, pues a partir de entonces se dedicó a investigar la novelística napoleónica, llegando años más tarde a la conclusión de que la vida de Napoleón era una "versión extendida de La historia universal de la infamia".

Alcides Rodríguez
Buenos Aires, EdM, febrero 2015
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