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Incendio cósmico, por Pablo Luzuriaga


En la larga tradición de las metáforas topográficas, entre las que cuentan la caverna, el supuesto edificio de Marx y el panóptico de Bentham; se conocen las que propuso el más grande divulgador científico de la historia: Carl Sagan, en la serie Cosmos, mostró a la nave de la imaginación y al calendario cósmico como figuras para pensar al espacio y el tiempo. La nave viaja del micro al macrocosmos; la imagen visual del calendario dibuja, en el espacio de un año, la historia completa, desde el big bang hasta el día de hoy: vivimos el presente en el último instante del 31 de diciembre, justo cuando se está por hacer 1 de enero. El origen del universo aparece en el momento inmediato anterior al primer día del año cósmico. De ese modo, un minuto son treinta mil años, una hora del calendario corresponde a un millón ochocientos mil años y un segundo, a quinientos años. La historia moderna tiene lugar en el último segundo del último minuto del 31 de diciembre del año cósmico. Un cuarto de hora atrás, nos cuenta Carl Sagan, descubrimos la manera de manipular el fuego. Por fuera del año cósmico, en la Patagonia, hace apenas un mes, el 1 de abril pasado, la lluvia apagó el incendio forestal más grande de la historia argentina.

Las metáforas topográficas guardan su eficacia en la relación que los ojos mantienen con el conocimiento. En la nueva versión de Cosmos que se estrenó en 2014 (disponible en Netflix), la que conduce Neil deGrasse Tyson, hay un capítulo completo sobre la luz: la nave de la imaginación viaja desde la física del cosmos al origen biológico de los ojos en la selección natural. La veracidad atribuida a la vista, en el concierto de los sentidos y su relación con el conocimiento, tiene también, como las metáforas topográficas, una larga historia. La fotografía que abre esta nota nos muestra un paisaje hermoso. Fue tomada desde una embarcación en el Lago Rivadavia, dentro del Parque Nacional los Alerces. El sol del atardecer se esconde y pega antes en los árboles que de tan verdes muestran, con los rayos de sol, un poco de amarillo; el lago tranquilo, una brisa apenas mueve la superficie. Detrás hay montañas en sombra y una enorme nube que apenas se dispersa. Pero la vista engaña. No son simples nubes, es el humo que sale del incendio que acaban de iniciar al sur del parque, en las inmediaciones de Villa Lago Futalaufquen. La foto fue tomada el 24 de marzo último.

Cosmos llevó a setecientos cincuenta millones de espectadores una imagen del hombre anticipada mucho antes por Lucrecio y Giordano Bruno. En el primer capítulo de la versión de Neil deGrasse Tyson aparece Bruno, protagonista de una animación, leyendo al poeta latino. Somos apenas un punto en un universo que nos excede por mucho y no estamos en el centro. Carl Sagan se refería a esa pequeñez diciendo que si el calendario fuese un campo de fútbol, ocuparíamos el tamaño de su mano apoyada en uno los vértices. “En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento”, así inicia Sobre verdad y mentira en sentido extramoral F. Nietzsche. La escala del calendario de Carl Sagan nos empequeñece frente a la inmensidad del cosmos. Recién el 9 de septiembre, en ese calendario, se formó el sistema solar y 20 días más tarde la vida en la tierra. El primer dinosaurio es del 25 de diciembre y los primates aparecen el 30. En la escala de la historia del universo llevada a un año, Cristo vivió a las 23:59:56 del último día de diciembre. Fue crucificado en ese preciso segundo.

Giordano Bruno volando por el Cosmos


Por mostrarnos así de insignificantes, a Bruno lo quemaron tres segundos más tarde que la crucifixión de Cristo, en el año redondo 1600. La evidencia más antigua de uso controlado del fuego, hallada a 42 kilómetros de Beijin, data de hace 15 minutos en el calendario cósmico: aproximadamente 500 mil años. Es probable que la muerte provocada por combustión, la hogera donde murió Bruno quemado, sea anterior a la escritura. Los árboles más viejos, en Beijin, tienen 700 años. En el templo de Confucio hay un Ciprés con esa edad. En la zona usan el fuego hace 500 mil años y el árbol con más tiempo tiene 700. Los árboles más antiguos del mundo —que tienen el privilegio de ser los organismos vivos más longevos entre todo lo que tiene vida— se encuentran en zonas distantes y aisladas. Perdido en las montañas de Nevada, California, vive Matusalen, el Pino que se estima llega a los 4843 años. En Irán, le sigue un Ciprés de 4000. Luego viene un Alerce en Chile que tiene 3620. El “Abuelo”, como lo llaman en el parque chileno, nació, en el calendario cósmico de Carl Sagan, hace apenas 7 segundos.

El 30 de septiembre, en la escala de Cosmos, se inicia la vida en la tierra; desde entonces, la muerte se repite una y otra vez. El 31 de diciembre a las 23:50:30 brotó Matusalen; nueve segundos y medio sin que advenga la muerte en un mismo organismo. Durante nueve segundos y medio, se puede sostener muy fácil la respiración. El árbol más viejo de la historia, desde el punto de vista del Cosmos, vive un tiempo corto, pero en el que hay que sostener la respiración; la vida humana promedio, desde ese punto de vista, ocupa un tiempo que, de tan pequeño, es imposible medir con el cuerpo; sería la mitad del tiempo que tardamos en parpadear. Sostenga, lector, su respiración durante diez segundos y compare ese tiempo con la mitad de un pestañeo. Esa distancia separa nuestra vida de la del árbol más viejo.

La fotógrafa Beth Moon retrató árboles milenarios. En sus fotos se ven eternos, no parecen de madera, parecen de algo mucho más denso, sólido y duradero. La historia humana es mínima comparada con la historia del cosmos. Toda la historia desde las primeras civilizaciones, cinco mil años atrás, ocupa los últimos diez segundos del calendario cósmico. Matusalen vive desde entonces. Los vestigios de Caral, una de las civilizaciones más antiguas de todas las conocidas, ubicada al norte de Lima, en Perú, data del tiempo en que Matusalen tenía apenas 201 años.

Comparada con el cosmos, la vida de Matusalen, el árbol, y de los árboles que viven en el Alerzal Milenario del Parque Nacional los Alerces, es corta. El Alerce en Chile, tiene hermanos de este lado de la coordillera, allí hay también ejemplares milenarios, algunos tienen más de tres mil años. Desde un muelle del Parque sale una excursión lacustre que permite visitarlos. También es corta la vida de estos árboles comparada con la historia de la vida en la tierra: seis segundos, contra tres meses en el calendario de Sagan. Como intempestivamente afirmó Nietzsche, somos el animal inteligente que inventó el conocimiento en algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares. “Somos polvo de estrellas que piensa acerca de las estrellas”, es una de las más famosas frases de Carl Sagan.

Matusalén y los árboles milenarios del Alerzal (puestos en peligro en el Parque Nacional incendiado) parecen insignificantes comparados con el cosmos. Si bien en la cosmología física “el cosmos” es un término bien preciso —dentro del multiverso posible nosotros estamos en un particular cosmos, al que llamamos “el Cosmos”, con mayúsculas—; la palabra fue usada también como sustituto del término: Absoluto. El absoluto de los románticos alemanes, por ejemplo, podría pensarse vinculado al cosmos que imaginó Giordano Bruno; y que en la serie de Niel deGrasse Tyson se usa para historizar la idea. Frente al absoluto, entonces, la vida que ya lleva más de tres mil años, y resguardamos en el Parque Nacional los Alerces, es insignificante.

Conocer la medida del absoluto, aunque, en rigor, ni para los románticos ni para Bruno, el absoluto corresponde al tiempo y espacio posterior al big bang (su imagen no es científica, pero es más bien comparable a la idea de multiverso sobre la que Niel deGrasse Tyson nos habla en el primer capítulo de su programa); decíamos, conocer esa medición, que es lo que el polvo de estrellas que somos logró saber: cuando Carl Sagan realizó su versión de Cosmos la medida temporal del universo eran 15 mil millones de años; la nueva versión del calendario cósmico se ajusta a los 13 mil ochocientos millones (magnitud actualizada que usa deGrasse Tyson); una vez más, decíamos, entonces, habría que ver hasta qué punto ese conocimiento nos habilita a medir nuestras acciones en función de tremenda escala. ¿Podría alguien poner en peligro a los Alerces Milenarios considerando su insignificancia en la historia del cosmos? ¿Nuestras acciones tienen que mensurarse en función de lo que podemos conocer o en la escala de nuestras propias vidas?

La edad promedio de un humano en la tierra, según el calendario cósmico, dura 0,15 segundos. Cada uno de nosotros, toda nuestra vida, dura en relación al año cósmico lo que un segundo, dividido en siete. La vida entera de Mario Das Neves, principal responsable político de los incendios en Cholila y alrededores —iniciada en la localidad de Avellaneda el 27 de abril de 1951 y puesta en entredicho hoy por un cáncer de colon— no dura más que ese séptimo de segundo en el año cósmico. Lo mismo con las vidas de los demás que fueron nombrados por los lugareños como responsables políticos y sospechados directos: el intendente anterior de Cholila, Miguel Castro, y sus secuaces, Néstor Becerra (quien estuvo a cargo del Instituto Autárquico de Colonización y Fomento cuando Castro fue intentedente) y José Saldivia, el encargado de la Brigada de Incendios que plantó la teoría del rayo incendiario. Sus vidas son insignificantes, como las de todos nosotros, en términos temporales representamos poco más del 2% en la vida de los Alerces.

Otra imagen tomada en el Lago Rivadavia, el 24 de marzo último. Lo que se ve sobre la montaña es humo
Un ejercicio posible: empatizar con la naturaleza como si ella fuera lo mismo que nosotros; de ese modo, por ejemplo, podríamos decir que las tragedias de Sófocles son un poco más jóvenes que algunos Alerces del parque. En los anillos de los árboles no está escrito lo mismo que en las obras del poeta trágico, pero su distancia es comparable. Las tragedias fueron escritas hace casi 2500 años; no llegó a nosotros el volumen griego, llegaron 108 códices medievales, de entre los cuáles, en sólo 9 de ellos se encuentran las siete obras completas, conocidas. Muchos otros son copias de mismas tragedias. Según lo que sabemos, Sófocles escribió 123 obras, llegaron únicamente 7. Vienen hasta nosotros copiándose de mano en mano hasta la edición de imprenta, a través de casi dos mil años. Los anillos de los Alerces, a su vez, fueron copiando al propio árbol, una y otra vez, todos esos años. En línea con la historia del cosmos, lo que dice en los anillos de un árbol y lo que dice en Edipo Rey es igual de insignificante.

Los incendios fueron intencionales. El 93% de los casos, según estadísticas, son producidos adrede. Como cuentan los habitantes de Cholila, en la nota publicada en la revista MU (Marzo 2015), durante los días cercanos a la denuncia del primer foco, alrededor del 15 de febrero pasado, no hubo ninguna tormenta. La cooperativa de periodistas de la revista MU estuvo presente en Cholila. Un enviado participó en una asamblea del pueblo y entrevistó a varios testigos directos. Circula una certeza y dos hipótesis: los incendios fueron provocados de forma intencional para eliminar árboles protegidos por una ley provincial con el objetivo de hacer un negocio con las tierras: la afirmación generalizada; las hipótesis: por pura especulación inmobiliaria o por posibles intereses mineros (hay una alta tasa de minerales explotables en la zona). Un negociado con la venta de terrenos para lotear o resguardar dinero, con antecedentes durante la intendencia de Miguel Castro y la gobernación de Das Neves (hay funcionarios locales astronómicamente enriquecidos) o un negociado aún más grande con la minería a cielo abierto.

Según Galeno, Ptolomeo, entre el año 127 y el 145 d.C., pidió a los atenienses prestadas las obras de Sófocles para copiarlas y dejarlas en la Biblioteca de Alejandría. La parte de la obra que no conocemos desapareció a causa de muerte provocada por combustión; un incendio intencional. Si el ejercicio de empatía con la naturaleza no funciona; en el caso de los incendios del sur, también podríamos aplicar un procedimiento similar, pero con nosotros mismos. Supongamos que todos estos trucos para medir distancias no nos terminaran de convencer, no terminan de mostrarnos la importancia del caso, por más abismal que sean los números, la vida de los árboles sigue sin mellar la sensibilidad del lector, acostumbrado a problemas más concretos y humanos. También en abril, pero de 2013, vinculado a esta misma mafia de los incendios, fueron desaparecidos un padre y su hijo. Junto a un estante con vinos, en una de las carnicerías de Cholila, hay un cartel con su foto exigiendo justicia. Genaro Calfullanca de 47 años y su hijo, Cristian, de apenas 20; una tarde en la que estaban allí trabajando, fueron desaparecidos en la zona del río Tigre.

“¿Qué pasó con ellos? ¿Se los tragó la tierra, se los llevó un plato volador? Cuando fui a ver al fiscal Oscar Oro me dijo que no tenía nada para informarme. Buscaron un tiempo, y se acabó. Hace dos años que no sé si están bien, si viven, si los torturaron. Mi hermano conoce esos lugares como la palma de la mano, porque nos criamos ahí. Si los mataron, que nos den los cuerpos para llevarlos al el cementerio. El gobernador Buzzi, me dijo “no te preocupes que todo va a salir bien”, pusieron una recompensa, pero no pasó nada. Mario Das Neves me dijo que me iba a pagar un abogado, pero tampoco fue cierto. La intendenta jamás nos dio una respuesta. Y me manipulan en el trabajo que tengo como empleada municipal: me dicen que no me pasan a planta permanente porque ando reclamando por Genaro y Cristian. ¿Y cómo no voy a reclamar y no voy a marchar? ¿Qué tengo que hacer, quedarme callada? (MU, marzo 2015, p.5)


Antígona sobrevivió al incendio en la Biblioteca de Alejandría; la hermana y tía de los desaparecidos de Cholila ocupa el papel de aquella heroína trágica en el drama insignificante de este pueblo que muy pronto dejó las tapas de todos los diarios; quiere enterrar a su hermano y a su sobrino. Para quienes se arrogan la perspectiva de lo absoluto, la muerte de los trabajadores y de los árboles milenarios no vale nada. Es muy probable que ambos crímenes estén conectados. La desazón que se evidencia en los testimonios de los pobladores es producto de la impunidad con que se mueven los responsables. Los incendios comenzaron en Cholila; luego, la provincia avanzó con medidas para impedir la especulación inmobiliaria y, poco después, fueron iniciados otros focos en zonas estratégicas como Lago Puelo o adentro mismo del Parque. Vecinos del lugar suponen que la cuestión fue en dos tiempos: primero, quitar los árboles para poder usufructuar las tierras (incendio que “se les fue de las manos”); y, luego, presionar e impedir la creación del Parque Interjurisdiccional, que de concretarse impediría los negociados. Un poblador del lugar, con la expresión: “si jodés te quemamos el parque”, explicó esta última hipótesis.

La sensación de impotencia frente a la impunidad se parece (como el relato de Isabel, la Antígona de esta historia, hermana de Genaro Calfullanca) a una tradición argentina en materia de injusticia: en Cholila se practican formas más y menos sutiles para amedrentar a la población, usan el miedo con fines políticos y económicos. Un panadero del lugar no quiso hablar del tema por no conocer al interlocutor, un problema de “confianza”, dijo. Otro poblador usó la expresión: “acá, si hablás, aparecés en la zanja”. Los principales responsables locales, que fueron nombrados en los testimonios y que mencionamos aquí, van y hacen sus compras en los mismos dos o tres mercados a los que concurren todos en el pueblo. La vida durante el año, cuando el turismo se va, en muchos de estos lugares del sur, se recubre con esa sensación de desprotección. Butch Cassidy y Sundance Kid eligieron Cholila para apartarse de la ley, pareciera como si ese mismo aire “viejo oeste” todavía circulara por allí; y por otros tantos parajes al sur del Río Colorado.

El Parque Nacional Los Alerces es el más virgen de la Patagonia Andina. A diferencia del Lanin, del Nahuel Huapi, del de los Arrayanes o el Puelo, hasta ahora, fue menos visitado. A simple vista se encuentran especies de la fauna y la flora imposibles de hallar en otros parajes. Hay ejemplares muy grandes de Pájaro Carpintero, un primo hermano de aquel que provocó el entredicho entre Darwin y William Henry Hudson. La Villa que está antes del entrar al Parque, yendo desde Cholila, conocida como Villa Lago Rivadavia, es uno de los lugares más hermosos del Sur. Se encuentra entre la ruta y el lago Carrileufú. Por suerte, a ese lugar y a otros paraísos del sur, las llamas no llegaron. Numerosos pobladores, de las distintas localidades entre el parque y Bolsón, tuvieron que abandonar sus casas, o estuvieron a punto de hacerlo, con todo lo que podían meter en sus autos listos para salir. El 1 de abril, con las lluvias que este año tardaron mucho, por fin, el fuego se apagó.

Del 5 al 8 de febrero, una semana antes del inicio de los incendios, en Cholila fue celebrada la 6º edición a nivel nacional de la Fiesta del Asado. Durante tres días ardieron sobre las llamas cerca de 10 mil kilos de vaca, 400 chorizos y 300 corderos. Debieron ser tres días fenomenales para comer una porción de cordero y, por la noche, tirarse cerca del río boca arriba a mirar la vía láctea, en esa zona, cuando no hay humo, el Cosmos se divisa como en pocos lugares del mundo. 



Pablo Luzuriaga
Buenos Aires, EdM, abril 2015

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