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La marea de Las olas del mundo, por Alejandra Laurencich



Alejandra Laurencich (1963) cuenta la historia de cómo escribió su novela Las Olas del mundo, que acaba de publicar la editorial Alfaguara. Es fundadora y directora de la editorial La balandra, y publicó el volumen de cuentos Coronadas de gloria (2001), Historias de mujeres oscuras (2007), y los cuentos Lo que dicen cuando callan (2013)


(De cómo una historia de ficción tardó casi un cuarto de siglo en tomar su forma definitiva).

uando a mis 26 años me presenté en el taller de Liliana Heker para comenzar a tomar clases, ella se sorprendió por mi aspecto, según cuenta. Dice que esperaba a una vieja tenebrosa, como la que puede hallarse en la novela Rebecca, de la escritora británica Daphne du Maurier. ¿La razón? En la entrevista telefónica previa a nuestro encuentro, cuando Liliana me preguntó a qué me dedicaba, yo respondí muy seriamente que era “ama de llaves”, pues no encontré mejor definición para hablar de lo que me proporcionaba ingresos por aquella época: cuidar de la casa de una amiga que se había ido a vivir al extranjero, con la vieja tía de mi amiga incluida. Pero en ese año 91 yo tenía el pelo cortado en forma asimétrica y teñido con henna, usaba pantalones estampados, y calzaba borceguíes más cercanos a la moda punk que a los mocasines de señora mayor.
     Siempre nos reímos con esa anécdota, pero lo que nunca le conté a Liliana es la decepción inmensa que me llevé cuando, ya finalizando la entrevista personal, me preguntó si tenía algún material para dejarle, y yo, orgullosa, le mostré mi novela de 800 páginas, que llevaba en una mochila. No, déjame sólo los cuentos, me dijo ella. Y yo me volví a mis tareas de “ama de llaves”, muy satisfecha de haber sido invitada a entrar directamente al taller de los avanzados, salteando el de principiantes, sí, pero muy frustrada por volver a casa con mi “bodoque” a cuestas, sin que siquiera ella le hubiese echado una mirada.
    El bodoque se titulaba Días sin gris. Lo había escrito durante dos años, de lunes a viernes, casi sin excepción. La novela contaba la historia de Andrea Debari, una adolescente que transita su pasaje de iniciación al mundo adulto asistiendo a un colegio de monjas, e imaginando a Luis, un personaje inventado con retazos de todo lo que tiene a mano, lo que entra por sus ojitos de hermana menor en un hogar de clase media: la imagen y la voz de su adorado Spinetta, la aristocracia de El Zorro, las aventuras del nieto del millonario Paul Getty, las adicciones y los estandartes de los jóvenes rockeros, las torturas de un gobierno militar, la represión y perversión de esos años oscuros.
     Con tan poco tino y tanta inexperiencia había contado yo esa historia, que recién sobre el final de la novela, el lector se enteraba de que era Andrea la que inventaba a Luis, y era ésa la razón por la que durante las 800 páginas los dos personajes nunca se encontraban, pese a habitar los mismos lugares.
    Pero así como yo había aceptado, con absoluta docilidad y contento, desechar esas 800 páginas anteriores, como pago de derecho de piso para entrar al mundo de la narrativa, y fui escribiendo muy animadamente no sólo mi siguiente novela, Vete de mí, sino también cuentos y guiones, y fui ganando premios, publicaciones y confianza, en mi intimidad fue creciendo la idea de -ya con algunas herramientas de oficio dominadas- poder volver a aquella primera historia, a Días sin gris, para contarla como era preciso contarla: haciendo lucir el proceso de construcción de una ficción, más que escamoteándoselo al lector. Con los años me había ido dando cuenta de que ahí, precisamente, era donde se hallaba la riqueza de esa historia pésimamente formulada en el bodoque: en esa Andrea Debari cuya imaginación desbordada, silenciada por un entorno adverso -como puede ser el de una dictadura militar-, había dado nacimiento a ese personaje que termina absorbiéndole toda la energía, cobijándola y aplastándola al mismo tiempo.
     Es curioso cotejar ahora las dos escrituras, y ver por ejemplo, la transformación de uno de esos capítulos, o fragmentos. Por ejemplo, en este que aparece aquí abajo, que da inicio a Días sin gris:


Transcribí la primera página de Días sin gris con todos sus errores y vicios de escritor novel. Pido disculpas al lector por haber tenido que aguantar este diálogo que sólo un principiante puede contentarse de haber escrito, al que, por ejemplo, le falta revisar el registro, que debería haberse cuidado por estar el narrador contando la novela en presente, ya que el usado no parece ser el de chicas de 13 años sino una mixtura desprolija del registro de la autora (yo) y lo que se quería hacer pasar por lenguaje adolescente. Pero considero importante ver más que nada cómo todo lo no narrado, lo dado por entendido, era lo más esencial, y lo que yo daba por sobreentendido: el marco en el que se desenvolvían las amigas -que no era una época donde podía haber un “paro”, sino un tiempo bajo la peor dictadura militar que padeció el país-, la instalación del ritual secreto, el origen de esa fantasía que lleva a Andrea a usar a su amiga de interlocutora. También hubo una modificación importante al reformular la historia y esto fue el cambio significativo del narrador, que en Las olas del mundo intenta evocar ese tiempo de inocencia desde otro tiempo que no se determina, pero que está muy distante del grado de conciencia adulta que puede tener el autor. En Las olas del mundo, además, y para comprensión del lector, Isabel mutó su nombre al de Marí, el personaje de Mariana pasó a ser Malena, Martina cambió su nombre a Daniela, y la nueva escena de la noche en el hogar (en la que se pueden reconocer todos los elementos que aparecen en el pasaje citado anteriormente, más algunos otros que me parecieron valiosos, como el aludido sobre el entorno y la mención a su hermano mayor, Fabián, con quien Andrea vertebra una relación particular) no ocupa la primera página sino está en medio del capítulo 2, y es el pasaje que puede leerse a continuación:


Podría seguir comparando fragmentos, pero se hace muy difícil hacerlo, porque mucha de la información dada en Días sin gris, se ha reformulado, recortándose, expandiéndose, y articulándose a la vez, en muchos de los pasajes de Las olas del mundo, por lo que mostrar lo que quedó finalmente, sería recorrer demasiados fragmentos de la novela actual, y no es esa la intención, sino contar cómo el oleaje de la escritura y la experiencia fue arrimándome a esta novela que hoy está en las librerías.
       Apenas terminé de escribir esa primera tentativa llamada Días sin gris, la di a leer a cuanto personaje interesado en hacerlo encontraba en el camino; los amigos y algunos parientes me aplaudían con sinceridad, pero yo necesitaba que la leyera un escritor, y ahí fue que una de mis amigas me dijo que tenía un parentesco sumamente lejano con Ana María Shua, que recién había publicado su libro El marido argentino promedio. Fuimos a la presentación, y le expliqué a la escritora (que yo conocía por haber leído Soy paciente, otra de sus novelas) lo que esperaba de ella, me dio su teléfono y la llamé. Pactamos una entrevista, que recuerdo con mucho cariño, por los valiosos consejos que me dio Ani, entre ellos los de escribir sin justificar la historia que se cuenta. Le dejé mi novela, y a la semana me llamó por teléfono para decirme que (astutamente, pienso ahora) había empezado por el final del bodoque, y que le parecía muy bueno lo que yo había escrito, que podía darme algunas cartas de recomendación para editores. Por otro lado, me aconsejó hacer taller literario y me pasó dos teléfonos. Uno era el de Liliana Heker. La llamé a Liliana, dando paso a ese malentendido sobre el ama de llaves, y comencé taller.
     Las cartas para editores de Ana María Shua tuvieron eco: de editorial Planeta me llamó Paula Pérez Alonso, diciéndome que le llevara la novela. Así lo hice, a los pocos días recibí otro nuevo llamado de su parte: que por favor pasara TODA la novela a doble espacio y con márgenes más amplios en las hojas, ya que era imposible leer ese manuscrito tal como se lo había hecho llegar (para no amedrentarla con el volumen de la novela, y teniendo ya en cuenta lo que había sucedido en mi entrevista con Liliana Heker, yo había presentado mi obra pasando las páginas tipeadas en una Underwood prestada a una copia de computadora, en una letra ínfima, apretada, a interlineado simple, producto de lo que fue mi primera experiencia en Word o vaya a saber cómo se llamaba por esa época, quizá un DOC. Lo había hecho con la guía de un hermano de mi marido, que fue el que me apoyó e instó al emprendimiento cibernético).
      Volví a llevar la copia tal como me pedían, o sea las 800 páginas originales pero en formato doc, a la editorial. Comencé a darme cuenta de cómo eran los tiempos en los sellos de publicación, que el autor principiante imagina tan vertiginosos como su deseo. Tuvieron que pasar dos meses para que volviera a tener noticias de Perez Alonso. Y el llamado era para indicarme que debería poder llevar la novela a unas 300 páginas para que fuera posible evaluar su publicación, que ella había leído el material y que le interesaba hacerlo, pero contaba con la resistencia del otro editor, Juan Forn, quien afirmaba que a mi bodoque le faltaba fuerza. Hice lo que me indicaba la editora, sin el menor criterio de cómo corregir o reformular una novela. Empecé a tachar páginas enteras tratando de que no se perdiera el hilo de lo narrado, y esta tarea fue la primera y más primitiva forma de corrección que me enseñó la necesidad: no se perdía gran cosa quitándole 500 páginas a mi historia, la trama podía seguirse tranquilamente.
      La novela estuvo dos años más en evaluación, dentro de la editorial Planeta, para la colección Biblioteca del Sur, hasta que un lector contratado falló hacia la opinión de Juan Forn: la novela no iba a ser publicada. Por suerte, pienso al día de hoy. Mientras tanto, yo había terminado de escribir la siguiente novela en el taller de Liliana Heker: Fin de milenio, que en el año 94 salió finalista del concurso de Emecé y terminó publicándose, bastante reformulada, recién en el 2009, como Vete de mí. Antes de eso, en el año 2001, mi libro Coronadas de Gloria había salido premiado en el Fondo Nacional de las Artes con un jurado integrado por Isidoro Blaisten, Sylvia Iparraguirre y Vicente Battista, y gracias al subsidio otorgado, pudo ser editado por el sello Galerna, y en el 2007 apareció Historias de mujeres oscuras. Luego vendrían los libros publicados en Alfaguara y Aguilar: Lo que dicen cuando callan, en 2013, El taller, nociones sobre el oficio de escribir, en 2014. Durante todos estos años mi idea de contar Días sin gris en forma correcta fue creciendo y tomando forma. Los primeros “Apuntes sobre la nueva novela” datan en mis archivos del año 2002.
    “A veces quedarse callado equivale a mentir”, dijo Miguel de Unamuno, y es eso lo que le sucede a la protagonista de Las olas del mundo, y lo que también me hubiera sucedido a mí de no haberme atrevido a reescribir esa primera historia, que ahora consigue lecturas como la que Guillermo Martínez expresó en la presentación (“Una novela muy conmovedora, extraordinaria en una cantidad de sentidos, una novela realmente difícil de llevar adelante, admirable por la gran construcción que tiene, por la escena que despliega y levanta”), o la de tantos colegas o lectores anónimos que me escriben a diario pidiéndome la amistad en Facebook, y que son, en definitiva, el mayor capital con el que puede contar un escritor publicado.

Alejandra Laurencich
Buenos Aires, Escritores del Mundo, Abril 2015

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1 comentario:

Anónimo dijo...

Qué pena que empezás a contar la historia de la novela desde los 26 años, es tan interesante el después como el antes.Es una pena, pero ojalá Alejanda que alguna vez te des cuenta que todo suma y nada resta. Un abrazo. MFA

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