RELATOS

Relato inédito: Nítidos progresos, por Eric Chevillard (traducción de Corinne Ferrero)


Eric Chevillard (Francia, 1964) es uno de esos autores para los que la escritura funciona como un campo de exploración. Publicó su primera novela, Mourir m´enrhume, en 1987, y los críticos reconocieron en ella ciertos ecos de Lawrence Sterne. Desde entonces ha publicado más de veinte de libros, pero este relato es lo primero que se traduce al español.
     Desde 2007 lleva un blog, L´Autofictif, donde escribe a diario al menos dos líneas.
     Corinne Ferrero (Pau, Francia) ha realizado, especialmente para EdM, la traducción de este relato.
    El relato se publica en ambas lenguas.


Fue muy repentino. Advertí un progreso asombroso de mi inteligencia. Cuestiones atinentes tanto a la condición humana en general como al secreto de mi propia persona, y que hasta ese día ni por sombra había podido dilucidar, se esclarecieron de golpe. De golpe, accedí a una comprensión superior.
    Sin embargo, yo no había introducido cambio alguno en la conducta de mi existencia. No estaba sacando in fine provecho de un largo y paciente estudio. Y nada veía tampoco que pudiese relacionarse con las vicisitudes de mi vida. Muchos sostienen que ciertas adversidades producen efectos fulminantes sobre nuestra natural complexión, que se rasga un velo, que revelaciones íntimas se producen.

     Pero últimamente no me había sido tan contraria la fortuna; aunque tampoco me tocara guitarra, ni bien cumplido ni mal acabado, un año sin duelo ni nacimiento. No hubo cómo le pudiese atribuir causa determinada a ese súbito incremento de lucidez, de sagacidad, de capacidad. Pero el hecho no admitía discusión: comprendía cuanto se sustraía antes a mi entendimiento. Dotado de una penetración filosófica inédita, desentrañé también el espeso enigma matemático. A su vez, mi soltura en esa ciencia me franqueó el acceso a las metafísicas más abstractas, y las más abstrusas.
    Mi comportamiento cambió. Desde entonces había de pasarme casi todo el santo día durmiendo. Curiosamente, esa letargia no perjudicó mi condición física. Antes bien, me descubrí, además, un portento de agilidad cuando muy ocasionalmente me decidía a introducir un poco de acción en mi vida. Y así, de un salto franqueaba el muro de cerca de mi jardín. Caminaba sin miedo por la cumbrera de los tejados más empinados. Me trepaba a los árboles sin experimentar más aquel vértigo que solía paralizarme.
     Pero sólo era cosa de esparcir el ánimo, ya no me movía sino para mi solaz y entretenimiento. Y eso porque desde el día en que mis capacidades intelectuales aumentaron tan ostensiblemente, ya no tuve necesidad de trabajar más para ganarme la vida. Me libré de los desvelos de la cotidiana tarea, de la afanosa labranza. Con holganza sola se ponía la olla. Ni que se hubiera vuelto mi luciente y distintivo genio una evidencia para todo el mundo, fui dispensado de la obligación de participar en los trabajos de la comunidad, y consiguientemente quedé exento de impuestos.
     Me sustentan. Por lo menos dos veces al día, deponen ante mí un copioso plato de comida. Ya no tengo que pescar o cosecharme el almuerzo, y si aún salgo a darle caza de vez en cuando, es por diversión, para darme el gusto, luciendo yo sin embargo mucha más habilidad y precisión que antes, y sin el auxilio de mi galgo, más confundido que perro en misa, y, además de eso, bien mal hallado por mi desafición. Desde entonces se muestra muy agresivo conmigo. Me voy a tener que separar de él. Se lo doy a quienquier… ¿alguien lo quiere?
     La voluptuosidad ha dejado de faltarle a mi deseo. Las caricias que huían de mí cual espantadizos pájaros vienen por sí solas a mi encuentro. Largos y finísimos dedos de uñas pintadas me regalan la panza. Puedo, sin temer la bofetada que asentadamente castigara semejante atrevimiento, enredarme entre las piernas de las mujeres más bellas, y hasta deslizarme debajo de sus faldas. Ya no se enfaldan.
    Así, la inteligencia que por voluntad divina se posó sobre mi frente me hizo merecedor de incontables ventajas, atenciones, y condignas ofrendas. Heme doblemente feliz y privilegiado pues la inteligencia, por lo que yo siempre catara, por lo que muy de tarde en tarde a mí me tocara, me parecía harto desconsiderada: era humillada, atropellada, denigrada. La mía, por lo contrario, es objeto de una suerte de culto del que disfruto muy prosaicamente, y sin pecar de cínico, tenedlo por seguro, mas sin avergonzarme, y menos compungirme.
     Bien mirado, lo que abunda no daña y es de bien nacidos ser agradecidos. Esa prodigiosa comprensión de los seres y de las cosas me permite gobernarme con más aplomo y mayor serenidad, eso es todo. Y el sistema que antes me oprimía ahora me beneficia. Obra en mi pro.
      Terminé por darme cuenta que no soy solo en mi género. Somos unos cuantos en haber recibido ese don de inteligencia. Formamos una comunidad imprecisa, sin sociedad, sin ritos, sin religión, sin estatutos. No obstante nos reconocemos en seguida entre nosotros. A veces la noche nos junta. De día, no alternamos mucho. Para que no nos descubran, guardamos las distancias. Procuramos no llamar la atención. Nos envidiarían. Y quién sabe si no nos hostigarían. Entonces rondamos entornando los ojillos. Nos rozamos. Y cada uno parte por su lado.
      Luego se acurruca en la canastita, sobre la almohadilla, y casi a un tiempo ronronea.

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¨NETS PROGRÈS¨ de Eric Chevillard

Ce fut très soudain. Je constatai un étonnant progrès de mon intelligence. Des questions touchant aussi bien à la condition humaine en général qu’au secret de ma propre personne et qui m’étaient demeurées très opaques jusqu’à ce jour s’éclaircirent d’un coup. D’un coup, j’accédai à une compréhension supérieure.

Pourtant, je n’avais rien changé à la conduite de ma vie. Je ne tirais pas in fine le profit d’une longue et patiente étude. Rien non plus qui se puisse rapporter aux événements de mon existence. On prétend que certaines épreuves ont des effets foudroyants sur notre complexion particulière, qu’un voile se déchire, que des révélations intimes se produisent.

Mais j’avais été plutôt épargné par le sort ces derniers temps ; aucune grande joie non plus à signaler ; une année sans deuil ni naissance. Je ne pus attribuer à nulle cause précise ce surcroît subit de lucidité, de sagacité, de capacité. Mais cela était indéniable : je comprenais ce qui autrefois se dérobait à mon entendement. Doué d’une pénétration philosophique nouvelle, je perçai aussi grâce à elle l’épaisse énigme mathématique. Et ma maîtrise dans cette dernière science me donna à son tour accès aux métaphysiques les plus abstraites, les plus abstruses.

Mon comportement changea. Je passai désormais le plus clair de mes journées à dormir. Curieusement, cette léthargie ne nuisit pas à ma condition physique. Bien au contraire, je me découvris aussi une agilité nouvelle aux rares moments où je décidais de mettre un peu d’action dans ma vie. Alors, d’un bond, je franchissais le mur d’enceinte de mon jardin. Je marchais sans peur sur le faîte des toits. Je grimpais aux arbres sans plus éprouver le vertige qui me paralysait jadis.

Mais je ne bougeais que pour me donner de l’amusement et de la distraction. Car, du jour où mes capacités intellectuelles augmentèrent de façon si flagrante, il ne me fut plus nécessaire de travailler pour gagner ma vie. Finie, la corvée quotidienne, le rude labeur alimentaire. Je rendis mon tablier. Comme si le génie qui me distinguait était une évidence pour tout le monde, je fus dispensé de prendre part aux travaux de la communauté et corollairement de payer des impôts.

On me nourrit. Deux fois par jour au moins, une assiette copieuse est déposée devant moi. Je n’ai plus à pêcher ni à moissonner mon déjeuner, et si je le chasse encore parfois, c’est par jeu, pour mon seul plaisir, avec pourtant plus d’habileté et de précision que par le passé, sans le renfort de mon chien devenu inutile et, d’ailleurs, bien marri de ma désaffection. Il se montre depuis très agressif envers moi. Je vais devoir me séparer de lui. Je le donne, si quelqu’un le veut ?

La volupté ne se dérobe plus à mon désir. Les caresses qui me fuyaient comme des oiseaux farouches viennent d’elles-mêmes à ma rencontre. De longs doigts fins aux ongles vernis me grattent le ventre. Je peux, sans craindre la gifle qui souvent autrefois avait puni de semblables audaces, me frotter contre les jambes des plus belles femmes et même me couler sous leurs jupes. Elles ne se froissent plus.

Ainsi, l’intelligence qui s’est posée sur mon front comme une faveur divine me vaut bien des avantages, des attentions, des offrandes. Je me trouve doublement heureux et privilégié car l’intelligence, pour ce que j’en savais auparavant, pour ce que j’en avais peut-être, me paraissait plutôt mal considérée : on l’humiliait, on la bafouait, on la méprisait. La mienne, au contraire, fait l’objet d’une sorte de culte dont je jouis aussi très prosaïquement, sans aucun cynisme, notez-le bien, mais sans honte ni remords non plus.

Je n’ai pas volé ces récompenses, en somme. La compréhension prodigieuse des êtres et des choses dont je suis doué me permet de me diriger avec plus d’aisance et de sûreté, voilà tout. Et le système qui m’opprimait autrefois me profite à présent. Il joue pour moi.

J’ai fini par me rendre compte que je ne suis pas seul dans mon cas. Nous sommes quelques-uns à avoir reçu ce don d’intelligence. Nous formons une vague communauté, sans société, sans rites, sans religion, sans statuts. Il n’en reste pas moins que nous nous reconnaissons tout de suite entre nous. La nuit parfois nous rassemble. Le jour, nous ne frayons guère. Afin de ne pas nous trahir, nous gardons nos distances. Mieux vaut rester discrets. On nous jalouserait. On nous rudoierait peut-être. Alors nous nous contentons de plisser les yeux. Nous nous frôlons. Et chacun part de son côté.

Puis va se lover dans son panier, sur son coussin, et presque aussitôt ronronne.

Eric Chevillard
Paris, EdM, Abril 2015


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4 comentarios:

X dijo...

On ne peut pas commenter Éric Chevillard. Il se suffit à lui-même. Il est rond, entier. La revue "Vacarme" l'a jugé. Bêtement. Tant pis pour elle. Vous avez publié le texte et je vous dis merci. J'essaie de ne rater aucun des écrits de ce très grand écrivain. Je n'y parviens pas toujours. Et c'est très bien, ce détour par l'Argentine. Le monde des lettres n'a pas de pays.

Patrice Mourlot dijo...

Très bon, comme toujours avec Eric.

Ireneo dijo...

Gracias por este relato. Es estupendo. http://antiguoescriba.blogspot.fr/

Nadia Porcar dijo...

Merveilleux, comme d'hab... Délicieux, comme souvent. Chevillard for ever and a day.

Nadia
(ifnothinghappens.com)

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