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Migrantes, por Mónica Yemayel


Está dormido ahora en los brazos de una mujer rescatista. Abrigadísimo, con un enterito color lila que le envuelve incluso los pies. Encima le han puesto una campera de piel marrón, y en la cabeza un gorro de lana con dibujos de ciervos y copos de nieve. Sopla el viento en el muelle de Catania, en Sicilia. La rescatista está vestida con un traje blanco hecho con algún tipo de material aislante que le cubre también el cabello; sobre la boca lleva un barbijo y en las manos guantes de plástico celestes. Con esas manos enguantadas acuna al niño que se ha salvado del naufragio. Unas horas antes, en la madrugada del domingo 18 de abril, ochocientas personas se ahogaban en el Mar Mediterráneo cuando un barco, que había partido desde Libia con un contingente de desesperados a bordo, trataba de llegar a la isla italiana de Lampedusa, la tierra europea más cercana a África. Sólo veintiocho pasajeros se salvaron. El niño con el gorro de ciervos es uno de ellos. La información que acompaña a la fotografía no dice si sus padres han muerto, tampoco de qué estaban escapando: si de la guerra civil en Siria, en Iraq o en Libia, de los fundamentalistas religiosos de Afganistán, del régimen esclavista de Eritrea, de la pobreza extrema o del hambre a secas. Esos son los motivos que explican el actual desplazamiento de 50 millones de personas, la ola migratoria más impresionante desde la Segunda Guerra Mundial. Con horror Europa observa la llegada de cientos de miles de inmigrantes, y cómo muchos otros mueren intentándolo. Las 200 mil personas que ingresaron ilegalmente el año pasado triplican el número de 2013, y para este año se esperan aún más; y los 1750 ahogados durante estos primeros meses de 2015 son ya más de la mitad que los muertos en 2014. Las primeras reacciones parecen ser más represivas que humanitarias. Los líderes políticos hablan de iniciar una guerra contra la red de traficantes de personas, endurecer el control fronterizo en el Mediterráneo y fortalecer el sistema de deportación rápido y eficaz que llaman “en caliente”. Y aunque no es oficial aún, el número de refugiados que Europa estaría dispuesta a aceptar este año llegaría a 5000, cuando solamente los sirios desplazados por la guerra civil suman más de 3 millones. ¿Será el niño de gorro de lana y ciervos y copos de nieve uno de los afortunados que ingrese en la mágica lista de los 5000? ¿Cuánto le durarán los cuidados occidentales que, por esas cosas del azar, recaen hoy sobre él? Ojalá, la suerte no lo abandone tan rápido como al otro chico, marfileño y de ocho años, que también aparece en una fotografía de los diarios de estos días: hecho un ovillo, adentro de una maleta, en el momento que es descubierto por los agentes de migraciones. Una mujer intentaba hacerlo ingresar a España por encargo de su padre, un marfileño que obtuvo la residencia en Canarias, pero al que las autoridades le negaron el permiso para su hijo. El hombre, ahora, está preso. Tal vez, haya que conformarse y creer que la suerte no abandonó al chico de la valija, que su suerte fue que lo hayan descubierto a tiempo entre la pila de ropas arrugadas; la mujer de 19 años, que recibió el encargo y la paga, no había hecho ni un solo agujero en la maleta para que el aire entrara.

Mónica Yemayel
Buenos Aires, EdM, julio 2015
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