APUNTES

Sobre la literatura fantástica. Hipótesis, afirmaciones y sospechas, por Marcelo Figueras


Hace una semana, una amiga me contó lo siguiente. Ocurrió el día que fue a colaborar con una actividad en el Espacio Memoria y Derechos Humanos, donde antes funcionaba la ESMA. Al caer la noche, los empleados del lugar empezaron a guardar sus cosas y comentaron que convenía estar afuera antes de las nueve, porque a esa hora "salían todos". Nadie dio explicaciones, pero a mi amiga le quedó claro que, cuando decían "todos", no se referían al resto de los empleados. Más bien hablaban, con naturalidad, de los espectros del lugar.
       Mi amiga es escritora y, sospecho, me contó esto porque piensa utilizarlo en su próxima novela, que será —me lo confesó— "una de terror". Y yo se los cuento a ustedes porque creo que ese futuro libro, como otros pocos que florecieron en este tiempo, representa un signo de salud.
      Durante los últimos cuarenta años, la mayoría de los escritores argentinos hizo lo mismo que los empleados del Espacio Memoria y salió de la literatura antes de que diesen las nueve. El imperativo era rajar antes de verse obligados a acercarse a los espectros, a confrontarlos, a interrogarlos. Buena parte de la crítica apoyó esta huida, acuñando un dictum: si el relato no trasciende la burbuja del yo del escritor y se la hace difícil a los lectores, es bueno. Y las grandes editoriales optaron por el laissez faire, porque vender autores argentinos no constituía una prioridad. ¿Para qué preocuparse, cuando sus ganancias estaban aseguradas por los próximos Follett, Coelho y compañía?

La única comunidad de escritores que, por comunión telepática, coincidió en la voluntad de frecuentar a los espectros, fue aquella que parecía la peor equipada para la tarea: hablo de los narradores que amamos los géneros y, en particular, disfrutamos del ejercicio libre pero disciplinado de la imaginación que propone lo fantástico.
       Cualquiera que, en el futuro, se pregunte qué clase de lugar fue Argentina, qué ocurrió en nuestro tiempo y qué nos obsesionaba, lo entenderá mejor si lee a Liliana Bodoc, Mariana Enríquez y Samanta Schweblin, que si opta por la mayoría de los nombres que circulan por aulas y suplementos.
     Con esto propongo una primera hipótesis de trabajo: no existe literatura que le tema menos a la realidad que la fantástica. Los escritores que trabajamos lo fantástico sabemos que, sin una línea directa con las ansiedades y temores del presente, el relato no resonará más allá de los confines del libro. Lo que le confiere su poder a narraciones como Game of Thrones, Cementerio de animales y Watchmen (y menciono Watchmen porque, a pesar de ser formalmente un guionista, Alan Moore es uno de mis escritores favoritos, parte del Top Ten que incluye a Dickens y a Shakespeare) no son los dragones, ni la magia ni los superhéroes, sino la forma en que esos espejitos de colores nos ayudan a superar el miedo de contemplar el abismo. ¿Cómo entender el éxito de tanto nuevo relato distópico, sino desde la conciencia de que estamos todos —espectros incluidos— en peligro, por culpa de fuerzas políticas que explotan la ignorancia y el terror? (Y conste que no estoy hablando sólo de ISIS, sino ante todo del Partido Republicano de USA y de fenómenos como el de Marine Le Pen en Francia.)
       Segunda hipótesis: la literatura fantástica no teme lidiar con los monstruos más tremendos, porque nunca olvida que la esencia del contrato tácito entre escritor y lector es el juego. Para decirlo de otro modo: aun cuando te enfrente a tu miedo más profundo, a la crueldad de este mundo o a la novedad de una civilización que se me ocurrió inventar, sé que ni por un momento tengo derecho a aburrir ni a colocarme por encima del lector. Como todo arte en su mejor expresión, la literatura fantástica emplea la simbología que tiene a mano —y, de ser posible, la reinventa—, para divertirte mientras te enfrenta a algunos de los dilemas de la condición humana. Y uso la palabra divertir con deliberación. Para mucha gente es un concepto liviano, casi indecente. Pero yo lo creo apropiado, porque implica llevarte al punto donde quiero llevarte, pero por caminos alternativos. Para ponerlo en términos de uno de los mejores narradores fantásticos de la Argentina (que, como en el caso de Alan Moore, no es lo que suele entenderse por un escritor convencional): de todas las literaturas, la fantástica es la que más y mejor juega según lo que el Indio Solari llama el principio ordenador del placer.
       Tercera hipótesis: a diferencia de otras literaturas, la fantástica busca producir otras experiencias además de la estética. Como propone siempre el horizonte novedoso de un mundo que no es exactamente este, no se limita a enunciarlo, a definirlo, sino que además sugiere al lector qué se siente al visitarlo. En consecuencia, estimula la gimnasia de ponerse otra piel, de abandonar la comodidad de casa, de aventurarse a conocer nuevas tierras, seres, pensamientos. En un mundo que torna cada vez más difícil tener experiencias reales (¿cuánto de lo que nos ocurre hoy es pura virtualidad?), esta literatura es de las pocas que alienta al lector a correr el riesgo de vivir de verdad.
       Cuarta y, por hoy, última hipótesis: la literatura fantástica fue ninguneada aquí porque se plantea la pregunta por el cambio, aun cuando ofrezca una respuesta negra o gris; cuando los poderes establecidos preferían, más bien, que asumiésemos nuestra derrota y nos resignásemos a ya no preguntar más. Hagan la prueba. Escriban un libro realista y deprimente que sugiera que nada podemos hacer para cambiarnos a nosotros mismos y serán llamados artistas. Escriban un libro de aventuras donde un protagonista cambia de piel y subvierte este mundo desde adentro y serán considerados meros entertainers, populistas o algo peor.
        De los subgéneros del fantástico, aquel que abraza más claramente la pregunta por el cambio es el épico. El esquema madre es inequívoco: hay alguien cuya identidad está en cuestión, hay un viaje —este puede ser mental, también— que encarna la búsqueda de la clarificación, y hay un transformación que deriva de la travesía y no necesariamente debe ser la que se deseaba al comienzo. Aun en los casos donde se pinta un mundo de extrema crueldad, la pregunta por el cambio posible vertebra el relato. Pensemos desde el ejemplo del Game of Thrones, que hoy es tan popular. Entre las preguntas que despliega con toda claridad, las primeras que me vienen a la cabeza son estas: ¿es posible ser un buen gobernante? ¿Es posible obtener justicia terrenal? ¿Es posible entenderse con aquel que parece diferente? ¿Es posible elevarse por encima de las limitaciones para alumbrar una versión mejor de nosotros mismos? Aunque el mundo entero esté en contra, el género épico encarna la porfía: todos dicen que no se puede, pero yo quiero probar suerte igual.
      Si la épica fue desterrada de la Argentina reciente (con la mencionada excepción de Bodoc y su Saga de los Confines) se debe a que, después de la pregunta por el cambio posible, no queda más remedio que plantearse la cuestión del héroe. Y los poderes establecidos que entronizaron a los militares y alentaron la masacre querían, entre otras cosas, proscribir la perspectiva del heroísmo. ¿Héroes aquí, entre nosotros, en esta tierra que —nuevamente el Indio— "es una herida que se abre todos los días / A pura muerte, a todo gramo"? La represión fue bárbara para que no quedasen dudas. Y el destino de Oesterheld debe ser leído en esta clave admonitoria. No sólo acabaron con aquellos que, aun cuando erraron en su concepción de la lucha por el poder, se exponían y donaban su tiempo para construir un país mejor. También barrieron con los que se atrevían a imaginar un país mejor, un héroe popular o una comunidad generosa.
      Ocurre que la parte más aposentada de nuestra sociedad es conservadora, de modo cerril. Y por eso libra batalla eterna contra los jóvenes, que son el estrato más permeable a la idea del cambio evolutivo. Nos tocó en desgracia una sociedad-Saturno, que para preservarse devora a sus propios hijos. Que en los '70 fueron quienes ya sabemos, y en los '90 fueron los pibes chorros, y ahora son los militantes a quienes se compara con la Hitler Jugend. ¿O acaso hay blancos más evidentes de la violencia, en estos días, que los hombres y (particularmente) las mujeres jóvenes? ¿Sorprende a alguien que los fans de la literatura fantástica sean, en su enorme mayoría, gente que tiene entre quince y cuarenta años?
      Por estas y otras razones escribí una novela que se publicó a fines del año pasado y se llama El Rey de los Espinos. Mi intención era (además de la de pasarla bien, claro, y garantizarle al lector una experiencia placentera) levantar la bandera de la épica y repensar la cuestión del héroe desde la Argentina de hoy. Para eso imaginé el país como podría ser en el año 2019, en caso de que la derecha llegase al gobierno votada por la mayoría. El relato se abre —se divierte— visitando otros tiempos y lugares, como el Medioevo y la China de la Segunda Guerra del Opio, e incluso mete la nariz en otros universos. Pero arranca aquí: no en New York ni en Londres ni en París, sino aquí. Con el asesinato de un historietista a quien se reprime para que ya no insista en imaginar cambios posibles.

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El rey de los espinos toma personajes de los clásicos relatos de género: el caballero medieval, el pirata, el vampiro, el explorador del futuro. Pero los pone de cabeza, oponiéndolos a sus encarnaciones tradicionales. El caballero medieval no es rubio ni inglés sino árabe y le gustan los hombres. El pirata, de sangre vietnamita, es un adicto al opio. El vampiro no responde a los parámetros de la mitología europea sino a los de la maya, puesto que es guatemalteco. Y el explorador del futuro no se parece a Flash Gordon sino a Toro Sentado, porque desciende de los pueblos originarios de América del Norte.
      La novela los arroja a nuestro mundo, donde se sienten peces fuera del agua. La pregunta que me formulé era la siguiente: ¿qué haría un héroe clásico enfrentado a los villanos reales de hoy? Porque, mal que les pese a Marvel y DC, nosotros no enfrentamos a invasores extraterrestres, ni a coloridos malvados que pretenden sumir al mundo en el caos. Lo que amenaza nuestra vida es, más bien, un poder económico omnímodo, cuyos zares son invisibles —así como lo era el Moriarty que se oponía a Sherlock—, pero dictan la política del mundo y, de ser necesario, administran violencia. Un tipo de poder más sutil, pero a la vez más insidioso que el de los villanos clásicos. A fin de cuentas, alguien como Darth Vader da miedo pero no es más que el brazo armado del verdadero villano.
      Si estos héroes no pueden defendernos, la tradicional pregunta del Chapulín cobra nueva urgencia: ¿quién, pues, podría? Allí es donde El Rey de los Espinos reivindica la línea épica que nos es propia. Nuestros héroes no pueden ser millonarios como Bruce Wayne o Tony Stark, porque aquí no sabemos de ningún ricachón con conciencia; ni elegidos de los dioses como Aquiles, porque Dios es argentino y por eso no trabaja; ni seres llegados de otros mundos, como Superman, porque nadie que domine una tecnología superior aterrizaría en Munro; ni tampoco el resultado de un experimento torcido, a lo Spiderman o Hulk, porque la ciencia enloquecida sólo da a luz aquí a gente como Ricardo Fort.
      Nuestra épica es la de los héroes anónimos y renuentes, gente común que se ve empujada a ponerse a la altura de los hechos: lo que va de Fierro y Cruz al Juan Salvo de El eternauta. Nuestra épica no es individualista ni aristocratizante sino comunitaria, porque aprendimos por las malas que aquí nadie salva ni se salva solo. Por eso, a pesar de que está llena de personajes que son héroes de profesión, los héroes esenciales de El Rey de los Espinos vienen de los márgenes de la sociedad, flores que alguien echó a los containers de basura: Milo y sus amigos encuentran natural poner el pecho porque, siendo jóvenes y pobres en este país, están acostumbrados a arriesgar el cuero a diario.
      Espinos es mi modo de decir: aquí también podemos hacerlo. Y más todavía: debemos hacerlo. Porque, aunque disfrutemos de relatos que nos llegan desde lejos, necesitamos historias que canalicen nuestra sensibilidad, nuestra experiencia, nuestra forma de entender el mundo. A mí Tolkien me encanta, pero hay cuestiones sobre mi circunstancia vital para las que El señor de los anillos no ofrece pista alguna. Nuestra realidad ha sido y sigue siendo tan demencial, que sólo podemos metabolizarla mediante una literatura fantástica propia.
       Una de las escenas que más quiero de El Rey de los Espinos pone elementos originales de otras eras y lugares —cascos vikingos, sables, arpones balleneros— a disposición de la Murga de los Renegados que componen mis héroes. Hablo de villeros con espadas, de bolivianos pobres con Winchesters, de paraguayos indocumentados con picas. Me gusta porque expresa algo esencial para mí como escritor y lector, pero también como latinoamericano. Es lícito tomar elementos de otros lados, en tanto nos sirvan, pero ojo: si no permanecemos en la ESMA después de las nueve estaremos fritos, porque nunca se gana la batalla que no se da.

Marcelo Figueras
Buenos Aires, EdM, julio 2015
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