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La mirada de José de San Martín, por Alcides Rodríguez


Cuando en 1823 José de San Martín, proveniente de Londres, pisó suelo francés en Le Havre con la intención de radicarse en el país la policía portuaria se puso en alerta: un Libertador americano se hacía presente en los dominios de un monarca de la Santa Alianza. En su informe el prefecto del puerto decía tener ante sí al “señor José de San Martín, que ostenta los títulos de Generalísimo del Perú, de Capitán General de Chile y de General de las Provincias Unidas de América”. Las autoridades francesas informaron con premura a sus pares españolas acerca de su arribo. También lo creyeron portador de oscuras intenciones. “Creo - escribía el ministro del Interior en carta al embajador francés en Gran Bretaña - que debería llamar la atención de su Excelencia sobre los viajes de este individuo, que jugó un destacado papel en las revoluciones de la América Meridional, en donde fue uno de sus primeros dirigentes y propagadores más ardientes. Su misión en Londres, en las circunstancias actuales, sin duda pertenece una nueva intriga política…” Sometido a interrogatorios, su equipaje fue abierto y revisado minuciosamente en busca de material subversivo. “Se encontró entre sus efectos - escribía el jefe de la policía parisina a su par de Madrid - varios paquetes de periódicos y folletos en español todos con sentimientos imbuidos del republicanismo más exaltado, sobre todo colecciones de periódicos de Buenos Aires, incluyendo los siguientes nombres: El Argos, El Avisador, El Teatro de la Opinión, El Republicano, El Registro Oficial”. El incómodo visitante fue despachado de vuelta a Southampton a bordo del mismo barco en el que había arribado, el Lady Wellington. En esos días un militar español presentó una solicitud por escrito al ministro del Interior francés en la que pedía tuviera la deferencia de facilitar la radicación de un hermano suyo en Francia. El Teniente Coronel del Ejército Real de España Justo Rufino de San Martín, Capitán de Húsares de Aragón, argumentaba que su hermano José Francisco, retirado ya de los asuntos públicos de América del Sur, deseaba instalarse en el país para dedicarse a su vida privada. La gestión de Justo Rufino no llegó a buen puerto, y José de San Martín terminó en Bruselas, una ciudad mucho más tolerante con proscriptos de todas las latitudes. Allí el pintor Jean Joseph Navez, un discípulo de Jacques Louis David, lo retrató en 1825. En la Francia de Luis XVIII no había lugar para los grandes protagonistas de la libertad sudamericana.
      San Martín tuvo cuatro hermanos: Manuel Tadeo, Juan Fermín, Justo Rufino y María Elena. De ésta última se sabe que se radicó definitivamente en Madrid, en donde se casó y tuvo una hija, Petronila, que se mantuvo en contacto con su prima Mercedes. Siguiendo el camino inaugurado por el padre los cuatro hermanos varones de la familia hicieron carrera en el ejército español y participaron en distintos conflictos con Francia. Antes de convertirse en Libertador de América, José Francisco tuvo destacadas actuaciones en combate contra los ejércitos napoleónicos y alcanzó el grado de Teniente Coronel de Caballería. En Cádiz combatió junto al mariscal William Carr Beresford, el mismo que se había rendido a Santiago de Liniers durante la primera invasión inglesa de Buenos Aires en 1806. Manuel Tadeo llegó a ser Inspector General de Milicias en 1814, Coronel graduado en Milicias y Capitán de Infantería en el regimiento provincial de León. Destinado en 1805 a la Capitanía General de Filipinas, Juan Fermín completó su carrera en Manila cuando fue ascendido a Comandante de Húsares del regimiento de Luzón. Reconocido por su inteligencia, laboriosidad y excelente desempeño, Justo Rufino hizo una sólida carrera en España alcanzando el grado de Teniente Coronel. Pudo recibir a su hermano con un abrazo porque en 1823 estaba en Francia por motivos de salud. Años más tarde, en 1829, los hermanos se reunieron por unos meses en Bruselas, hasta que por fin José pudo ingresar a Francia.
      En su carrera de Libertador no se encuentra en San Martín trazas de odio o rencor hacia los españoles. Los soldados que lo enfrentaron eran en su inmensa mayoría americanos como él, y entre sus tropas no faltó algún español. ¿Tuvieron las guerras de independencia sudamericanas rasgos similares a los una de guerra civil entre quienes deseaban que América mantuviera el vínculo con la metrópoli y quienes no lo deseaban? Cuando en 1817 el Ejército de los Andes cruzó la cordillera para vencer en Chacabuco e iniciar la liberación de Chile la situación era crítica: el Río de la Plata era el último foco revolucionario superviviente y no era ningún secreto que España estaba preparando un ejército para sofocarlo. San Martín y sus hombres no podían darse el lujo de fracasar. Además de ser una noticia que apareció en primera plana de los periódicos más importantes del mundo, Chacabuco fue un inmenso alivio. Los “maturrangos” (malos jinetes), mote despectivo que San Martín reservaba para los realistas, supieron que la revolución volvía a la carga con energías renovadas. Claro que no se trataba de masacrar a los hermanos americanos que se negaban a ser libres. Durante la campaña al Perú, ésa que en palabras de San Martín había que hacer “en pelotas como nuestros paisanos los indios” si era necesario, el ejército libertador evitó derramar sangre todas la veces que pudo.
      En una de sus solicitudes de pago de salarios atrasados Justo Rufino de San Martín ratificaba a su rey, que no era otro que Fernando VII, “mi respeto y sumisión a sus soberanos decretos y mi amor y fidelidad a su real persona”. ¿Cómo habrán sido las charlas entre el Teniente Coronel del Real Ejército español y el Libertador de América? Se adivina la ausencia de desencuentros: ambos estaban unidos por un profundo afecto, alimentado quizás por ser los hermanos menores de la familia (José era el menor de todos). Mientras sus ex compañeros de armas americanos se sumergían en agrias y violentas disputas, el Libertador se reunía con los fragmentos del mundo realista al que había pertenecido en el pasado. Otro encuentro emotivo fue con el marqués Alejandro de Aguado, un antiguo compañero del ejército español que también había sido soldado napoleónico. Domingo F. Sarmiento cuenta cómo fue este reencuentro: “San Martín llegó a París en 1824, y mientras hacía una mañana su sencillo y rígido tocado, introdúcese en su habitación un extraño, que lo mira, lo examina y exclama aún dudoso: ¡San Martín! … ¡Aguado, si no me engaño! Le responde el huésped, y antes de cerciorarse, estaba ya estrechado entre los brazos de su antiguo compañero de rancho, amoríos y francachela”. Invitado a almorzar a un restaurante de lujo “San Martín se detuvo en el primer tramo, y mirando con sorpresa a su amigo, `pues qué´, le dijo, `¿eres tú el banquero Aguado?´… `Hombre, cuando uno no alcanza a ser el Libertador de medio mundo, me parece que se le puede perdonar ser banquero´ Y riendo de la ocurrencia, y echándole Aguado un brazo para compelerlo a subir, llegaron ambos a los salones casi regios, en cuyos muelles cojines aguardaba la señora de la casa”. Aguado, uno de los hombres más ricos de Francia, no sólo lo ayudó a invertir bien sus ahorros asegurándole así un retiro tranquilo sino que también lo nombró su albacea testamentario, triste tarea que San Martín cumplió puntillosamente tras su muerte en 1842.
     A pesar de la intransigencia de Fernando VII, en América del Sur la lucha entre realistas e independentistas se cerró en 1824 con la batalla de Ayacucho. San Martín esperaba que ahora todos trabajaran unidos para consolidar una libertad duramente ganada. De allí su constante negativa a enredarse en los conflictos posrevolucionarios. Sus relaciones familiares representan muy bien esta postura: tras las guerras de independencia el revolucionario podía reencontrarse sin ningún problema con su hermano realista. Pero otros creían que la “pelea de familia” estaba cerrada sólo en lo político: a la separación física debía seguir una separación mental y cultural. Para ser realmente libres los americanos debían dejar de pensar como españoles. De allí el tajante rechazo de los jóvenes intelectuales de la Generación del 37 hacia todo lo español: Juan Bautista Alberdi llegó a proponer reemplazar el castellano por el francés como lengua para el nuevo país, Juan María Gutiérrez renunció a ser miembro de la Real Academia Española y Sarmiento proyectó extirpar la literatura española de todas las escuelas y las bibliotecas latinoamericanas, salvo el Quijote, claro. Se trataba de crear un nuevo país, una nueva identidad, una nueva conciencia, y para ello no se podía vacilar ante ningún obstáculo, por formidable que fuera. Y en el Río de la Plata el obstáculo mayor se llamaba Juan Manuel de Rosas. De allí la profunda incomprensión de Sarmiento por el decidido apoyo de San Martín a la política rosista de resistencia frente a las exigencias de Gran Bretaña y Francia durante el bloqueo de 1845-50. “Me asiste - le escribía San Martín a Tomás Guido en 1846 - una confianza segura de que a pesar de la desproporción de fuerzas y recursos el general Rosas triunfará de todos los obstáculos”. En su testamento dejó instrucciones de entregarle su célebre sable corvo en reconocimiento a la exitosa defensa del país frente a la agresión europea. Sarmiento estaba convencido que semejante apoyo al tirano de Buenos Aires se debía a un triste deterioro senil. “Aquella inteligencia tan clara en otro tiempo - se lee en sus Viajes - declina ahora; aquellos ojos tan penetrantes que de una mirada forjaban una página de historia, estaban ahora turbios, y allá en la lejana tierra veía fantasmas de extranjeros, y todas sus ideas se confundían, los españoles y las potencias europeas, la patria, aquella patria antigua, y Rosas, la independencia y la restauración de la colonia; y así, fascinado, la estatua de piedra del antiguo héroe de la independencia parecía enderezarse sobre su sarcófago para defender la América amenazada”. A pesar de la desilusión de un joven intelectual obsesionado con la figura Rosas, ni la vejez ni el reencuentro con hermanos y amigos realistas habían enturbiado los ojos de San Martín. Seguía siendo la mirada del hombre de acción, del revolucionario, precisa como en los tiempos de guerra contra el Imperio español. Porque si de agresiones imperialistas se trataba, el viejo Libertador sabía de qué hablaba: no eran fantasmas los que en 1845 se agitaban entre la Confederación Argentina y las potencias europeas. El que tenía los “ojos turbios” aquí era Sarmiento. Cuatro décadas más tarde José Martí lo señalaría con mucho respeto en Nuestra América, cuando sostenía que para dirigir a los pueblos latinoamericanos había que quitarse las “antiparras yanquis o francesas” de los ojos. Sólo así se lograrían visiones más ajustadas de sus realidades y desarrollar mejores estrategias para guiarlos hacia la modernidad. Y, más importante aún, sólo así se evitaría que cayeran bajo el dominio del nuevo imperialismo en ciernes. Martí siempre tuvo presente a San Martín. “Allá - escribía en José de San Martín, publicado en El Porvenir en 1891 - en aquel rincón, con los Andes de consejeros y testigos, creó, solo, el ejército con que los había de atravesar; ideó, solo, una familia de pueblos cubiertos por su espada; vio, solo, el peligro que corría la libertad de cada nación de América mientras no fuesen todas ellas libres: ¡Mientras haya en América una nación esclava, la libertad de todas las demás corre peligro!”. A fines del siglo XIX una de las pocas naciones latinoamericanas aún esclavas era su Cuba natal, en manos del agonizante imperio español y ambicionada por su vigoroso sucesor. De allí que Martí, como San Martín, entendiera mejor que su admirado Sarmiento la lógica imperial en América.

Alcides Rodríguez, 
Buenos Aires, EdM, octubre 2015
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