APUNTES

A propósito de Llévatela, amigo… de Osvaldo Baigorria, por Miguel Vitagliano


Llévatela, amigo, por el bien de los tres de 
Osvaldo Baigorria, Buenos Aires,
 Caja negra, 2015.
Cuando en marzo de 1989 se publicó Llévatela, amigo, por el bien de los tres aún era difícil ver que estábamos ante un inminente cambio de época, así que la primera novela de Osvaldo Baigorria contó exclusivamente con lecturas de exploración erótica, una decisión que estaba en sintonía con ciertas libertades conquistadas en los seis años de democracia. Veintiséis años después su reedición propone una lectura radicalmente diferente: ser leída como un conte philosophique sobre el amor. La transformación no depende del tiempo, es un logro de la novela porque no ha dejado de escribirnos en todos estos años. Porque las novelas piensan, continúan escribiendo sobre lo escrito y revelan así detalles que habrían quedado disueltos en el olvido. Como ese detalle escrito en una pared interior de la casa de Lila y Eduardo, los protagonistas de Llévatela, amigo…, toda una definición de su contrato de pareja a lo largo de veinte años: “Hacer el amor es algo bueno en sí mismo, y tanto mejor cuando más veces ocurre, de cualquier manera concebible, entre el mayor número de personas y durante el mayor tiempo posible”. No es una frase cualquiera, le pertenece al antipsiquiatra David Cooper, una figura de la contracultura de los 60; tampoco es una pared cualquiera, es la pared de la cabecera de la cama que comparten.

      En un país de tradición católica como Argentina, ¿sería necesario recordar que, a lo largo del XX, esa pared estuvo ocupada por un persistente crucifijo? La imagen de la cruz fue cambiando en su textura pero arrastrando el mismo peso en las cuatro generaciones que conformaron el siglo de consolidación moderna en el país: al Cristo de bronce le sucedió otro de madera, y luego uno de cerámica -más autóctono y popular-, antes de llegar el vacío, la pared (o el Padre) pelada o salpicada con la reproducción de “la paloma de la paz” de Picasso entre muebles de cañas. O con la cita de Cooper. En cada caso lo que se reafirmaba era la idea de un contrato y la presencia de otro; eso que en el 89 no necesitaba ser leído porque se respiraba en todos lados y que en 2015 insiste en escribirse por la razón inversa, porque estamos espantosamente solos de otros y los contratos son un click. No, de ninguna manera se trata de una cuestión religiosa. Eduardo y Lila son una pareja abierta, no hicieron ningún pacto, tienen un contrato de amor que es más respetuoso y cuidado que cualquier moralina de firmas en los registros matrimoniales.
     Los pactos son reactivos, se deciden para apaciguar conflictos y guerras; los contratos son pronunciamientos activos, en vez de defenderse apuestan por lo que creen. Son leales a sus convicciones, no ceden a los temores de las circunstancias. Eduardo es el narrador de la historia de esta pareja que se decide en plural: “Me atengo a la definición de diccionario. Pareja: dícese de dos seres o elementos semejantes o que van juntos a todas partes. A todas. Eso implica –llevando la definición al extremo- que estaré presente aun cuando ella tenga una relación con otro, y más aún si tiene una relación con otro. Quiero estar allí en el medio de los dos, o lo más cerca posible del sitio donde se unen…” El desafío era decidirse por ese contrato de lealtad e imponerlo sobre la hipocresía, no un pacto para contener el deseo sino una decisión de vivir en y por el amor. Un contrato trágico, es posible, porque en algún momento debía llegar el punto crítico, a través de la insistencia de otro cuerpo en la memoria o de la imperiosa necesidad de pronunciar un nombre. Pero, ¿acaso no sería por eso aún más valiosamente amoroso?
       Peripecias de camas redondas, tríos y amores acrobáticos son los hilos que recorren las aventuras de Llévatela, amigo…, pero lo que se teje es una reflexión sobre el amor, o sobre el otro y yo en el amor en este momento crítico de la sensibilidad contemporánea. Desde luego que hay lectores del Cándido de Voltaire para los que la fascinación de las hilarantes aventuras de los héroes puede más que la discusión filosófica puesta en juego sobre el idealismo. Voltaire -al menos él- se habría ofendido ante semejante distracción de esos lectores. Conjeturo, sin embargo, que Osvaldo Baigorria celebraría que los lectores se entregaran de lleno al encantamiento de las aventuras de Eduardo y Lila sin pensar más. Es bien posible que su intención no haya sido la de escribir el conte philosophique que su novela finalmente terminó por enhebrar como las perlas de un collar escrito. Eso apenas si podía vaticinarse en la primera edición, y menos por el muro de Berlín, la caída del socialismo real, Fukuyama y la hiperinflación, todos esos llamados en línea que aún estaban en espera en marzo del 89; pero había otros muchísimo menos fulgurantes que a la distancia funcionan como síntoma de una zona en transformación, por ejemplo los espejos. Las lectoras de Llévatela, amigo… del 89 llevaban un espejito en sus carteras que hoy las jóvenes lectoras de 2015, la generación siguiente, ya no utilizan; si quieren retocarse el maquillaje les basta con mirarse en su teléfono celular. El otro ya no es una mirada que me condena al infierno, como decía Sartre; el otro tampoco es la mirada que intento reconstruir en un espejo; el otro y yo estamos disueltos en una pantalla, ni yo reconstruyo su mirada ni el otro puede mirarme, ya no hay otro sino apenas otritos en un mundo en el que el Yo es tan mayúsculo como su arrogante insignificancia. El contrato de Eduardo y Lila ya no es una valiente decisión trágica -como lo es toda unión de pareja-, sino algo cada vez más inusual en los tiempos de la disolución del otro. No es que vivamos una época de narcisismo, eso implicaría que hay un yo y por lo tanto un otro; rondamos una situación bien diferente: vivimos en el énfasis, en la exageración del yo. Son nuestros días de hipérbole en la empresa que ha consumido el yo. ¿Qué valor puede tener el otro cuando yo no valgo nada?
       Muy diferente es lo que dice Mimí –y vaya elección de nombre!-, una de las amantes de Eduardo en una escena de tres. Ella apenas pasa los veinte años, es mucho más joven que los otros dos, y les recrimina los pliegos ocultos de su fervor contracultural en esos días de los 80, cruel temporada del sida; aunque aun así veían al otro como próximo e indispensable para ser un yo: “Leyeron a Foucault, ¿no? Bueno, entonces habrán visto que ustedes fueron la carne de cañón de los sexólogos y los médicos y los psicólogos que liberaron los flujos pero siempre con un límite, el sexo. El genital, claro. O sea, la dictadura del orgasmo, el imperialismo de la pija”. Era el discurso haciéndose acto en el cuerpo y abierto a las consecuencias ante el otro, no era el discurso del gesto para uno solo. Lo que reclamaba Mimí entraba en consonancia con lo que dice otro personaje de la novela sufriente de amor: “Si no encuentro a nadie con quien compartir el vacío de este momento, tengo que llenarlo solo”. En ambos casos el otro era una necesidad para la necesidad de un yo, y eso es lo que ha ido declinando aceleradamente desde entonces. Ahora no vivimos en el narcisismo, esa es la ilusión para no ver que nos hemos convertido en los otritos de un otrito indiferente e indiferenciado que se dice Yo.
       En una de las notas de Cerdos & Porteños (2014, Blatt & Ríos), un bellísimo libro en el que Baigorria reúne sus artículos publicados en Cerdos & Peces y El Porteño en los 80, se mencionan al pasar comentarios suscitados por Llévatela, amigo… Unos decían que era una novela pornográfica, otros melancólica, Laiseca que no era un libro frívolo, Chitarroni que era una novela divertida… Veintiséis años después sería difícil que esos lectores opinaran lo mismo en su relectura. Sin duda que se trata de un valor de la novela, que algunos denominarían “una novela vigente”, “una novela no datada”, etcétera, aunque acaso sería mejor no dejar de apostar, y de creer, en la potencia no mesurable de las novelas. Es decir, apostar por las novelas con el mismo convencimiento que un personaje de Llévatela, amigo… define el amor: “…el amor no es materia sólida, no viene en cantidades, sino que es algo que se recicla y produce constantemente.” Sí, tal vez se trate de lo mismo y ahí está esta novela para seguir discutiéndolo.

Miguel Vitagliano
Buenos Aires, EdM, noviembre 2015
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3 comentarios:

osvaldobaigorria dijo...

Hermosa reseña, y más viniendo de quien viene! Gracias, Miguel...

Anónimo dijo...

Muchas gracias, Osvaldo. MV

federico docampo dijo...

Muy buena!

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