APUNTES

Axipendra de Agustín Valero, por Facundo Ruiz


Diciembre de 2014. Barría la escalera de la casa a la que acababa de mudarme cuando escuché el disco por primera vez. No está terminado, me dijo: es una maqueta. A medida que bajábamos él cambiaba el celular de escalón y me iba comentado las canciones y cómo iba a escucharlas una vez terminado. La escalera es antigua, larga, y en las curvas, ventanales de vidrios repartidos y de colores van iluminándola desigualmente.
     Octubre de 2015. En la cocina cenamos y seguimos, sobre todo después de comer, hablando de música, de política, de amigos. La casa va silenciando sus desvelos rutinarios. Prendo el grabador.


No hay banda: restos diurnos

Agustín Valero es músico. Tiene su estudio, Ciudad de plastilina, donde pasa el día grabando y dando clases y hace música, hace años, en vivo y en discos, generalmente en proyectos de varios. Ojos de perro azul, Interzona y Juan Pluma y los cinema, bandas vértice de su vida (antes de los 20, los mejores 20 y acariciando los 30), entre otros momentos vitales de su música, como Naif, “banda de inculto”, como dijera uno de sus miembros, hoy parte de dúo Valero-Beccaria, señalan antes que un caudal su curso. Por eso, apenas comenzamos a conversar de su disco solista, le pregunto por el horizonte de banda en el cual surge y me dice –anticipando una idea matriz del disco– que “siempre la fantasía del disco solista estaba”, ahí pero que ahora, seriamente, se había concretado. ¿Y la diferencia?, pregunto: de ser banda a ser solo, ¿había alguna diferencia? “No”, me dice enseguida: “no había una diferencia, lo que había siempre es un resto. Yo soy alguien que vive para la composición; entonces como vivo componiendo, lo que me pasaba siempre en las bandas donde estaba es que me sobraban canciones. Entonces no era una diferencia era un resto, que aparecía todo el tiempo latente y que aproveché sacando este disco.”


Una palabra onírica

Axipendra se iba a llamar “Nanas, sueños y elegías” porque, temáticamente, ese fue el criterio que agrupó las 12 canciones, el lazo que dio forma al resto: “Esta canción está dedicada al nacimiento de mi hija [tema 2], ¿y por qué no puedo incluir la del nacimiento de mi sobrina [tema 7] y de mi sobrino [tema 8]? Y lo mismo: compuse un tema porque se murió Spinetta [tema 11], ¿y por qué no incluir el que hice cuando se murió mi papá [tema 9]? O sea: tener un resto a vos te permite, mientras vas avanzando en la composición, siempre traer”. Quizá por eso Agustín Valero cuando se refiere a Axipendra habla de “un repertorio alternativo” o, todavía más, de “un repertorio que siempre estuvo ahí”. Latente. El nombre incluso: “un nombre que yo invento en un sueño. Una palabra onírica.”


La coherencia de los sueños

Pero aclara: “no es un disco conceptual pero sí temático, al agrupar las canciones, y eso le da una cohesión al disco, una coherencia. Y la coherencia es la de los sueños, todo lo que hay entre la vida y la muerte. Axipendra, al ser una palabra sin significado, en ninguna cultura, en ningún idioma, lo que hizo fue conglomerar mejor la idea y darle espacio a lo onírico, al sueño. Y al sueño no solo propiamente dicho, al nocturno, al trabajo del inconsciente, sino a las ilusiones que uno tiene, las que proyecta sobre los otros, los sueños que uno tiene para su vida, de eso se trata el disco. Somos un cuerpo ilusionado”, dice sin ser ceremonioso, y acota: “el inconsciente te la canta, te la canta la canción”.


El trabajo del sueño

“El cancionero se fue armando. Yo siempre trabajo con bocetos. Me despertaba y anotaba. Sueño 1: tutututú, lo que pasaba. Sueño 2, al otro día: tutututú. Sueño 3: tutututú. Así. Hice una colección de escrituras automáticas de sueños ni bien me despertaba y de ahí elegí un universo y le di forma. Y pensé en Juliana Turull para la tapa, que me parece que está haciendo lo mismo que yo pero con imágenes: ese mundo collage, de muñecas y juguetes, bricolaje.” ¿Y musicalmente? “Yo tenía algunas estructuras musicales… Musicalmente está inspirado en lo que académicamente fui descubriendo, de la música electroacústica, experimentando en la universidad, mixturado con la canción pop, la canción folk, que son los tres ejes: la música electroacústica, la canción pop y la canción folk, lisa y llanamente.” ¿Y alguna otra nube donde pensar el disco, sus ideas? “Puede ser. Un tridente sería Stockhausen, Fandermole y Bob Dylan. Y Charly García. Un tridente compuesto por cuatro…”, ríe y continúa, serio: “Yo trato de escaparle a las formas pero las formas se me aparecieron. Y las herramientas electroacústicas las descubrí yo, no me las enseñó nadie.”


Los sueños: tema con variaciones

“No –me dice– no es un disco de estribillos: hay estrofas, puentes, y alguna repetición por ahí. Pero no, estribillos no hay. Yo no soy alguien que piense en estribillos. El estribillo es una forma de lo que se llamaba –una forma clásica– el rondó, que lo heredó la música popular muy bien. Pero no me considero un gran hacedor de estribillos. En ese sentido me considero más un creador en suite: una parte va a la otra y a la otra y a la otra. U otra gran forma que es el tema con variaciones, que me gusta mucho aplicar: un tema y variarlo, variarlo… como Pesadillas en Nueva York [tema 6]. Es un error pensar que una canción que pega es una que tiene un buen estribillo. Eso sí que es una herencia que no comparto con los 60, que es una década de muy buenos estribillos, pero… son magníficos los estribillos, pero no es una cuestión sine qua non para que una canción sea pegadiza o sea buena, interesante, escuchable: cantábile.”


El disco termina donde se titula

“Es evolutivo, no es para nada periódico: simplemente… continua. Es como una película.” Y poco después, precisa: “Es una suite. La forma es una suite. Por eso no se puede hablar de estribillos y de una estructura tradicional de canción. La canción puede seguir extendiendo su sonoridad, su tímbrica, que es algo que Beck, Radiohead, Björk, entre otros, con sus propias técnicas han hecho. Entonces yo mismo quiero desarrollar mis técnicas, tímbricas y formales, dentro de la canción, para poder generar algo con mi propia identidad. Una especie de canción electroacústica: dentro de la forma de la canción y sus vericuetos, que el sonido no sea el de una guitarra y una voz. Yo, siendo un cantautor, no puedo quedarme en la década del 60 o del 70, o del 80, o del 90 o del 2001. Estoy en el 2015 y quiero hacer música del 2015. Para lo cual hay que trabajar muchísimo, desde el plano tímbrico, plano del sonido, y desde el plano formal: las dos cosas. Ya te digo: el que no piensa en la forma, cae atrapado en la forma. El que no piensa en el timbre, en el sonido, queda atrapado en una tímbrica vieja. Entonces Axipendra significó eso para mí. Buscar esa identidad del juego propio. La música contemporánea pero cristalizada en la forma de una canción.”

Facundo Ruiz, 
Buenos Aires, EdM, noviembre 2015
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