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Poesía científica en el siglo XIX, por Alcides Rodríguez.


Humprhy Davy ocupa un lugar destacado en el panorama científico de la primera mitad del siglo XIX. De origen humilde y autodidacta, Davy fue nombrado en 1802 profesor de química de la Royal Institution, una institución cuyo objetivo era investigar, discutir y difundir la ciencia. Realizó grandes descubrimientos en la química de ácidos y óxidos, y creó ciclos de conferencias de difusión abiertas al público. Muy exitosas y siempre atiborradas de gente, no era nada sencillo asistir a ellas. Su carrera fue meteórica: a sus logros científicos se le sumaron un título nobiliario y la presidencia de la prestigiosa Royal Society. Fue, además, poeta, siendo parte del círculo conformado por poetas como Samuel Coleridge, Robert Shoutey y William Wordsworth. Solían viajar por el interior de Inglaterra para admirar la Naturaleza, charlar, filosofar e inspirarse, más de una vez bajo los efectos de drogas como el opio o substancias como el óxido nitroso, el “gas de la risa”, estudiado por Davy en su laboratorio. “El aire de cielo - dijo Southey tras una inhalación del “gas de la risa”- debe ser de este gas del placer que hace milagros”. Algunos de estos paseos se extendían, por así decirlo, por las salas de la Royal Institution. Coleridge asistió a varias conferencias de Davy para enriquecer, en sus palabras, su “almacén de metáforas”. Y Davy logró en 1808 que el poeta, en plena crisis matrimonial y en el peor momento de su adicción al opio, se comprometiera a dar catorce conferencias sobre la imaginación frente a un selecto público de científicos. No fue fácil la cuestión. Coleridge fue por momentos desdeñoso y negligente con el público. Faltó a cinco conferencias, y asistió a más de una recién amanecido y sediento, con los labios secos y ennegrecidos tras intensas sesiones nocturnas de opio, generando momentos de incómodo silencio por no poder articular ni una palabra. Más allá del caos en que terminaron algunos de los encuentros, la idea de creatividad se discutió acaloradamente y la noción de chispa imaginativa nació de esas agitadas charlas.

     “Mi educación fue de lo más corriente, consistiendo en poco más que los rudimentos de la lectura, la escritura y la aritmética en una escuela vulgar y corriente”. Así definía Michael Faraday su paso por la escuela. Tercer hijo de una familia muy pobre, de niño pasaba la mayor parte del día en la calle jugando con su grupo de amigos del barrio, en un oscuro callejón del Londres de finales del siglo XVIII. A los trece años entró a trabajar en una librería para realizar tareas de encuadernación y reparto de libros. Tras cumplir con el horario se quedaba allí para leer, llenando cuadernos completos con los pasajes e imágenes que más le interesaban. La librería se transformó en la primera gran biblioteca que pisó en su vida. Un día, mientras encuadernaba un tomo de la última edición de la Enciclopedia Británica, leyó la entrada “electricidad”. Fue una lectura que lo marcó definitivamente. Como el texto desafiaba las teorías de la época, Faraday decidió construir un pequeño generador eléctrico en la trastienda de la biblioteca con botellas usadas y madera. Quería verificar cuál teoría era la correcta.
     El escuálido bolsillo de Faraday no llegaba a generar lo suficiente para conseguir las entradas de las conferencias de Davy. Resignado, sobrellevó su frustración como pudo hasta que un buen día un miembro de la Royal Institution entró en la librería, se interesó por un libro y encontró entre sus páginas algunas de sus notas olvidadas. A los pocos días, en forma anónima, aparecieron cuatro entradas para él. En febril estado de éxtasis, Faraday asistió puntualmente a cada una de las conferencias. Fue el momento en el que tomó la decisión de ser un hombre de ciencia. Pasó en limpio todos sus apuntes de las conferencias, los ilustró y los encuadernó, confeccionando un libro de 386 páginas para enviárselo a Davy como obsequio junto a una solicitud de empleo. Tras largos y angustiosos meses Davy finalmente lo tomó como ayudante y, bajo su guía, hizo su primer experimento en 1815, publicando sus resultados un año más tarde en el Quaterly Journal of Science. A partir de allí no se detuvo más. Tras el accidente de laboratorio que alejó a Davy de su público Faraday se convirtió en el nuevo conferencista estrella de la Royal Institution. Rigurosamente metódico, sus conclusiones estaban firmemente sostenidas por los resultados empíricos obtenidos en el laboratorio. En 1831 publicó los resultados de sus investigaciones en su célebre Experimental Researches in Electricity. Allí se leía que la electricidad no fluía como un líquido lo hace por un tubo; se generaba más bien a partir de una fuerza invisible, similar a las líneas de un campo magnético, que se extendía hasta el infinito atravesándolo todo y yendo incluso hacia el espacio exterior. Era una idea demasiado revolucionaria para ser cierta. Sus colegas de la Royal Institution, acostumbrados a elaboradas disquisiciones teóricas, pusieron en entredicho sus teorías con educada cortesía. No tomaban en cuenta sus resultados porque no podía demostrar matemáticamente sus descubrimientos. Lector voraz, la matemática era el único libro cerrado para Faraday. Una carencia que, estaba convencido, se debía a su pobre formación escolar. Siempre atiborradas de un público fiel y entusiasta, sus conferencias eran para la mayoría de sus colegas un catálogo de ingeniosa especulación científica, carente de base teórica pero buena para despertar el interés de la opinión pública.
     James Clerk Maxwell descendía de una distinguida familia escocesa. Los Maxwell vivían en una propiedad familiar rural, lejos de los grandes centros urbanos. Hijo único de un feliz matrimonio, la educación inicial corrió por cuenta de la madre, una mujer muy cultivada en artes y humanidades. Aprendió a leer rápido y bajo el estímulo materno cultivó un especial placer por la literatura que le duraría toda la vida. Tras la muerte de su madre y luego de pasar por las manos de un tutor inepto, una tía se lo llevó a su casa y lo anotó en la prestigiosa Edinburgh Academy, que alguna vez dirigiera Walter Scott. No fue fácil para el joven Maxwell el cambio de ambiente: sus costumbres rurales, sus modos y vestimenta, se daban de bruces con los hábitos urbanos de sus compañeros. Allí nació su interés por la geometría y las matemáticas. A los quince años escribió un artículo que planteaba un novedoso método para dibujar óvalos. El padre lo envió a un profesor de la Universidad de Edimburgo, y éste lo comentó a su vez con un colega matemático. Ambos buscaron en la biblioteca antecedentes sobre la solución del problema planteado por el adolescente: sólo un filósofo había llevado a cabo un intento similar, y su sorpresa fue mayúscula cuando vieron que se trataba de Descartes. Más aún, el método del joven Maxwell superaba con creces la solución del gran filósofo francés. Ya académico de Cambrigde, Maxwell adhería a la opinión general de subvalorar las propuestas de Faraday sobre electricidad y magnetismo porque carecían de base matemática. Todo cambió el día que se tomó el trabajo de leer las Experimental Researches. Se dio cuenta que las generalizaciones teóricas de Faraday podían ser expresadas en ecuaciones. Así, en 1864 llegó a la formulación de una teoría electromagnética que unió electricidad, magnetismo e incluso la luz en una serie de elegantes ecuaciones que se transformaron en la base del desarrollo científico del siglo XX. No resulta nada casual que Albert Einstein tuviera el retrato de Maxwell junto al de Newton en su escritorio.
     Maxwell escribía también poesía. En medio del debate en torno al materialismo filosófico de fines del siglo XIX, dos físicos amigos suyos, Peter Tait y Balfour Stewart, publicaron un libro, Filosofía paradójica, en el que planteaban la imposibilidad de encontrar la eternidad en este universo por estar la Naturaleza en un proceso de permanente creación y destrucción. Maxwell saludó la llegada del libro con una poesía dedicada a su protagonista, el doctor Hermann Stoffkraft:

Mas si tu ciencia tiende sus majestuosas alas,
Y en los dominios de la especulación se eleva,
Con cuidadoso celo guardamos tus palabras
Mientras que el río de la Evolución nos lleva.

Derivamos por él, sin tener otras visiones
Que la supervivencia de aquél que sea más apto
Hasta que llegue el fin, un ocaso de los dioses
Convertidos el Sol y la Tierra en nuestros astros.

Entonces la materia, perdida su energía
En éter luminoso, se habrá ya degradado,
Y nosotros y las obras de nuestra vida.

Volaremos en ondas por el éter, alados,
En esferas crecientes, por los cielos sin vida,
Más allá del Sol muerto, hacia espacios helados.

Los ecos de la física epicúrea se escuchan en estas estrofas, esa física que postulaba que tanto el cuerpo como el alma de los seres humanos están compuestos de agregados de átomos destinados a disgregarse tras su muerte. Quizás la actividad poética de Maxwell estaba movida por intenciones similares a las de Lucrecio, el poeta que convirtió las muy racionales ideas de Epicuro en poesía filosófica. Maxwell pensaba que en la producción de conocimiento científico los métodos matemáticos y literarios eran superiores a los empíricos. Los hombres de ciencia, afirmaba en una conferencia sobre física experimental, mostraban tener un “estrecho espíritu profesional” al desvincularse de los estudios literarios e históricos. Dice mucho acerca de su manera de concebir la imaginación científica el hecho de que para él las ecuaciones generales del campo electromagnético fueran más reales que los fenómenos materiales que se observan en un laboratorio. Lo mismo se podría decir de su fe religiosa, basada en extensas lecturas de la Biblia. “Siempre - le escribía a su esposa - puedo tenerte en mi mente. ¿Por qué entonces no hemos de poder tener presente a nuestro Señor, siendo que conocemos su vida personalidad y mente mejor que la de nadie? (…) Si le hubiéramos visto en carne y hueso no le conoceríamos mejor, tal vez ni siquiera le conoceríamos como le conocemos ahora”. La concepción del universo que tenía Faraday estaba atravesada por sus lecturas del texto bíblico, y no resulta descabellado sostener que allí encontró la inspiración para elaborar su teoría sobre electromagnetismo. “El libro de la Naturaleza - no se cansaba de repetir - está escrito por el dedo de Dios”. Para un hombre tan religioso conocer el mundo y sus fenómenos físicos era una manera de conocer la verdad de la obra divina. De allí su potencial poético. “No soy poeta - dijo alguna vez - pero si pensáis por vosotros mismos, como yo he hecho, los hechos formarán un poema en vuestras mentes”.

Los sabios habitantes de la flotante isla de Laputa, tal como se los describe en los Viajes de Gulliver, sólo estaban interesados en lo teórico y lo matemático. El conocimiento empírico no tenía lugar allí, dado que no era el camino hacia las verdades universales. La sátira de la ciencia que Jonathan Swift lleva a cabo en los Viajes queda bien graficada en experiencias de laboratorio desopilantes, absurdas y perfectamente inútiles. Su despiadada crítica a los científicos y a las instituciones científicas de la época suele ser calificada de reaccionaria. Quizás el religioso y teórico Maxwell podría haber ocupado un lugar de privilegio entre los sabios de Laputa. No así el igualmente religioso y empírico Faraday, aunque la isla flotante se mantuviera en el aire gracias a ese magnetismo tan estudiado por él entre los instrumentos de su laboratorio.

Alcides Rodríguez
Buenos Aires, EdM, noviembre 2015
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