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X. De incertidumbres y mutaciones en la literatura española de las últimas décadas. Una aproximación (1era. Parte), por Maximiliano Brina


“Muerte de un miliciano”, la fotografía más conocida de la Guerra Civil Española, fue realizada por Robert Capa el 5 de septiembre de 1936. En 1953 el fotógrafo acuñó el término Generación X para referirse a los jóvenes que devinieron adultos tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Durante esa década de 1950 varios actores explotaron la polisemia de la X. El ensayo de Capa hacía foco en la perspectiva fatalista que esos jóvenes poseían respecto a un futuro que, como la incógnita de una ecuación algebraica, se presentaba incierto. En una línea similar, fue en 1950 que el activista Malcolm Little reemplazó su apellido por una X para hacer visible el desarraigo, el desconocimiento de su origen. La X fue también el signo que movilizó reacciones a la amenaza nuclear posterior a la Segunda Guerra Mundial en la industria cultural. En cine, el antecedente sería X - The Unknown (Leslie Norman, 1956), una entre las tantas producciones que explotaron el miedo atómico y las posibles consecuencias que las investigaciones en ese campo podrían tener sobre la vida, sobre los cuerpos. 

      La percepción de los avances de la ciencia y la tecnología ya no presentaba el optimismo de los romances científicos decimonónicos; el espacio y tiempo absolutos que postulara Newton habían caído ante Einstein y la física tetradimensional; la dinámica que la ciencia mantenía con narradores y lectores se había modificado (una cosa son los viajes en globo, otra la física cuántica). La relación de subordinación de aquellos romances científicos fue anulada por la ciencia ficción. Con el término introducido por Hugo Gernsback en la década de 1920, la ciencia se volvió sustantivo y reclamó un carácter análogo al de la ficción. El progresivo distanciamiento excedió el campo literario y culminó en la conferencia que el científico británico C.P. Snow brindó en mayo de 1959, Las dos culturas y la revolución científica (The Two Cultures and the Scientific Revolution). Las dos culturas en cuestión: las ciencias y las humanidades. A la complejidad que había adquirido la física cuántica y la biología molecular se sumaba el miedo producido por sus aplicaciones bélicas. La potencialidad del peligro era total, se extendía en un espectro que abarcaba de la escala natural 1:1 a lo microscópico: la destrucción y la muerte pero también la mutación. Es en ese contexto que aparecen los mutantes de Marvel Comics: los 4 Fantásticos (1960), Spiderman (1961), Hulk (1962) y los jóvenes X-Men (1963), también conocidos como “los hijos del átomo”. La omnipresente X de ese universo mutante (X-Men, X-Force, X-Patrol, Excalibur, Weapon X, etc) tiene, según el profesor Xavier en el primer número de la serie, un doble significado, por un lado alude a lo desconocido y, por otro, a los poderes eXtra producto de la mutación, fuera esta natural o inducida científicamente. A un año de la aparición de esos jóvenes mutantes, el término de Capa fue utilizado por Jane Deverson y Charles Hamblett como título de su estudio sobre la juventud británica en el cruce de la cultura mod y la beatlemanía, Generation X (1964). Ante un futuro incierto, cobraba valor el presente y con él, la juventud. Así como los mods en los 60s preferían morir antes que envejecer (“My generation”, The Who, 1965), los Sex Pistols diez años después instalarían el “no hay futuro” (“no future”). En esa coyuntura del punk volvería a aparecer aquel término de 1953 de la mano de la banda de Billy Idol y Tony James, Generation X (que no debe ser confundida con la banda punk californiana X).
     Esta aparentemente inconexa y heterogénea acumulación de referencias y datos triviales es, sin embargo, fundamental para comenzar a pensar las poéticas que se desarrollaron en España en los últimos veinte años. Dos décadas en las que la literatura se nutrió del cine, los comics, el punk, la televisión, la ciencia y la tecnología. Poéticas transnacionales y transmediales de las llamadas Generación X y Generación Nocilla que abordadas desde el derrotero de reciclaje semántico de la polisémica X acusan un corrimiento de la tradición peninsular en favor de la exploración y la búsqueda, la hibridación y mutación resultante en una multiplicidad horizontal, des-jerarquizada. El significado de la X se aleja de la Cruz y se afianza sobre el álgebra, la biología, la matemática y la geometría.

Cuarenta años después del ensayo de Capa, la novela Generación X (Generation X: Tales for an Accelerated Culture, 1991), del canadiense Douglas Coupland viralizó el concepto a nivel mundial. En España, cobró visibilidad a partir de la publicación en 1993 de Historias del Kronen. La exitosa primera novela de José Ángel Mañas (Madrid, 1971), finalista del premio Nadal en 1994, fue llevada al cine en 1995 por Montxo Armendáriz (con el que Mañas compartió un Goya por la adaptación) y continuó en tres novelas más: Mensaka (1995), Ciudad Rayada (1998) y Sonko95. Autorretrato con negro de fondo (1999). De corte sociológico, en clave del realismo sucio norteamericano (que Anagrama publicaba profusamente en esa época) los textos trazan un retrato de la juventud madrileña que abunda en coloquialismos, violencia, incertidumbre, apatía y nihilismo juveniles, sexo, drogas y rock’n roll, particularmente punk rock. Esto último, lejos del anacronismo (muchas cosas parecen llegar a España con delay), se revela netamente coyuntural. En 1991 Nirvana edita Nevermind y los Ramones graban en Barcelona el segundo disco en vivo de su carrera (Loco Live, editado en 1992) al mismo tiempo que viejos himnos punk como “No fun” de los Stooges o “Pretty Vacant” de los Sex Pistols servían de apropiada banda de sonido a la crisis económica que afectaba a la península (24% de desempleo, elecciones anticipadas, ascenso al poder de los consevadores, etc). Mañas señala a los Ramones como referentes en términos de velocidad, autenticidad y crudeza para componer estas “novelas-punk” o “nobelas”, que se diferencian de las “novelas” por el foco en la cotidianeidad y el uso de un lenguaje plagado de incorrecciones, jerga, marcas de oralidad… “ruido”:

Acabaste tan mal, Santiago. Metiéndote toda aquella mierda por la vena. Porque a ella le parecía muy cool aquello de meterse jaco. Porque Kurt Cobain se metía, porque Iggy Pop se metía, porque Courtney Love se mete. Y todos están tan delgados. Cuerpo de moderno, magro y consumido. Y ya dijo Kerouak que prefería ser flaco que famoso (Lucía Etxeberría, Amor, curiosidad, Prozac y dudas)

Historias del Kronen atrajo la atención de la crítica y los medios sobre esa, la primera generación postfranquista. Esta atención no siempre compartió el optimismo del mercado editorial que aprovechó el filón juvenil a través de un aceitado dispositivo publicitario compuesto por suplementos periodísticos, premios y ediciones que aglutinaron a autores como Benjamín Prado (Madrid, 1961), Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970), Ray Loriga (Madrid, 1967) o Lucía Etxebarría (Valencia, 1966), además del propio Mañas. Elisabeth Cabrero caracterizó en el nro. 59 de Ajoblanco (1994) a esta generación como “contradictoria”, formada por personas más unidas por su forma de vida que por su edad, personas que han vivido un período de intenso relativismo donde los valores y los héroes caen y el futuro se presenta como incógnita. Un año después, en el artículo de opinión “Generación x, y, z” (El País del 2 de septiembre de 1995), Manuel Vázquez Montalbán compuso una descripción ácida de estos jóvenes egocéntricos, apolíticos, que recorrían las calles de un Madrid de fin de siglo, posterior a la “juerga catártica” de la movida. El creador de Pepe Carvalho veía en Prado, Loriga y Mañas escritores de entre 24 y 34 años, sin interés ni memoria directa de lo que había sido el franquismo o la transición (y mucho menos, la Guerra Civil) cuyas obras están “marcadas por el narcisismo, la afirmación del yo frente al nosotros y el hedonismo como finalidad o como frustración”. Escritores que “parecen venir de una galaxia cultural en la que no existe la literatura ni la cultura española” y que, en cambio, abundan en citas y referencias a la literatura e industria cultural anglosajona -cine, rock, TV-. La voluntad de corte, de diferenciarse de los escritores veteranos, asumía rasgos casi de militancia, “aquí para escribir hay que ser de Cuenca, profesor de universidad y cejijunto. Si hay tíos que venden eso yo puedo vender que tengo una moto y pelo largo”, sostenía Loriga en 1993 a la vez que se sorprendía de que “esos tíos” aún escribieran como si no existiera la televisión.
    La institucionalización la Generación X española se dio con la aparición en 1997 de la antología Páginas amarillas, de Antonio Álamo y Martín Sabas. Esta colección de cuentos -excepto Prado, estos autores son esencialmente narradores- se editó un año después de McOndo, la antología de Fuguet y Gómez, de la que también formaba parte Loriga. Esta doble presencia anunció la incipiente vocación transnacional que se profundizaría a partir de la aparición de internet. En aquella entrevista de 1993 el español sostenía convivir con referencias más globales al punto que “ya no se puede hablar de raíces”. De esa forma justificaba que su libro (Héroes, 1993) “podía haber sido escrito por un tipo nacido en Liverpool”. Fue una argumentación similar la que motivó la composición de McOndo, proyecto que nació cuando un editor norteamericano rechazó textos latinoamericanos por “carecer de realismo mágico” y haber podido ser escritos “en cualquier país del Primer Mundo”. Ambas colecciones proponen un corte con encasillamientos e imposiciones a través de la exploración de otras tradiciones y lenguajes, en el caso de Loriga (y Fuguet) el cine además la música lo cual se aprecia no solo a nivel referencial en su producción literaria sino en su incursión en el cine como guionistas y directores.

Maximiliano Brina
Buenos Aires, EdM, noviembre 2015

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