PIES DE IMAGEN

Fuera de cuadro. René Girard (1923-2015), por Miguel Vitagliano


La foto pertenece al primer homenaje del Presidente Hollande a las víctimas de los atentados en París la noche del 13 de noviembre de 2015. Seis ataques simultáneos reivindicados por el llamado Estado Islámico y que dejaron 130 muertos y 352 heridos. Algunos de los sobrevivientes están delante de las gradas siguiendo atentos las palabras del Presidente. Son muy pocos los presentes que no miran en esa dirección. Quizá sea eso lo que subraya cierta carga de pasado en la fotografía: miramos las imágenes igual que leemos en todas las lenguas indoeuropeas, vamos en conquista del futuro a medida que incorporamos las letras del pasado. Las miradas de la fotografía, en cambio, enfocan en dirección contraria, se detienen en el Presidente que queda fuera de la toma.

    Es cierto, los colores que dominan en la foto, impregnados por el dolor y el invierno, acaso cooperen en la sensación de que estamos ante una imagen de otro tiempo. Y al decir “otro tiempo” la referencia se dirige más atrás que los días de los atentados de Septiembre de 2001, aún más lejos que el año en que se derribó el Muro de Berlín y los atentados de este tipo parecían tan imposibles como el llamado del Presidente Bush a emprender una “guerra contra el Mal”. Sin embargo cuesta no ver ese pasado como un vórtice que absorbe los tiempos que vivimos: sin atender lo que dicen las letras y las imágenes provistas por la tradición, nos entregamos al futuro como objetos en una cadena de montaje. Pocos días después de que Bush hiciera su llamado a combatir “el Mal”, el escritor afgano Tamim Ansary (1948), residente en EE.UU., aseguraba que eso era justamente lo que buscaban los terroristas: “Si Occidente hace llover bombas sobre el Islam, mejor para Bin Laden. La guerra durará años y costará millones de vidas. Bin Laden quiere eso. ¿Alguien más?” (Página 12, 23/IX/01).
    No menos severa fue la interpretación de René Girard, pero asentada en aspectos antropológicos que excedían la coyuntura política. En Clausewitz en los extremos (2007) sostuvo que el terrorismo no escapaba al impulso mimético y que la “guerra justa” de Bush había contrapuesto dos cruzadas, “reactivando” la guerra de Mahona: “Asistimos ahora a una escalada de los extremos. Los terroristas hicieron saber que tenían todo el tiempo, que su visión del tiempo no era la nuestra. Es una clara evidencia del retorno a lo arcaico, un retorno a los siglos VII-IX, que es en sí mismo importante. ¿Pero quién se ocupa de esta importancia, quién la mide?”
   Una vez más, el tiempo. Están quienes buscan dotar el presente con el sentido de una época distante, y quienes están sumidos en el instante que oblitera el peso de la tradición y clausura las posibilidades de futuro. La toma de la fotografía resulta ejemplar.
   Los términos “mimético”, “extremos” y “chivo expiatorio” son fundamentales en la teoría desarrollada por René Girard desde su primer libro, Mentira romántica y verdad novelesca (1961), cuando ya llevaba más de una década radicado en EE.UU. Una idea matriz fundamenta la teoría: la imitación es la clave de la identidad humana, por eso el deseo de cada individuo se construye anhelando lo que desea otro. Y es ineludible que haya dos disputándose lo mismo. Sólo en algunos casos ese otro no se convierte en enemigo, y esos casos atañen en su mayoría a personajes literarios como El Quijote y Emma Bovary para quienes el otro –sean héroes de novelas de caballería o heroínas románticas- no es una amenaza sino un émulo aspiracional. La teoría del deseo mimético lo atraviesa todo, desde las carreras armamentistas y las finanzas a las pujas políticas y los problemas de anorexia; siempre es Uno que se define en el espejo de Otro anunciando una escalada de rivalidad que puede conducir a los extremos.
    Para que el enfrentamiento mimético no termine en una guerra devastadora de la comunidad, las sociedades y sus religiones diseñaron un dispositivo de freno, el “chivo expiatorio”, una figura doble en tanto es depositaria de los males de la discordia y a la vez su santo remedio. Un fármakon que permite recobrar “la unidad al grupo amenazado por su propia violencia”, dice Girard y no vacila en asemejar la peste que anticipa la figura de Edipo como “chivo expiatorio” con la gripe aviar, el cólera, el HIV, las guerras terroristas, pandemias que mostrarían en la realidad de nuestros días las relaciones humanas enredadas con el “comercio planetario” de la globalización y sus guerras: “De hecho las acciones terroristas suelen realizarse en trenes o aviones, lo que no es casual. Hay un terror inherente a toda reciprocidad. Los antiguos miedos arcaicos resurgen hoy con nuevos rostros, pero ningún sacrifico nos librará de ellos”. ¿Cuáles son los “chivos expiatorios” que anticipan las “pestes” de nuestros días? ¿Cuánto estaríamos dispuestos a ceder para ponerles ya mismo un nombre? ¿Cuánto estaríamos dispuestos a ceder de lo que entendemos por justicia, libertad, derechos, moral?
     A diferencia de las religiones arcaicas, el cristianismo, para Girard, reveló con la crucifixión la inutilidad de todo sacrificio –es el sacrificio del inocente por antonomasia- y liberó al hombre de la ilusión de un dios violento. Años después de La violencia y lo sagrado (1972), interpretó en esa dirección la “lección talmúdica” de Emmanuel Lévinas: Si todos están de acuerdo en condenar a un hombre, es preciso liberarlo ya mismo porque debe ser inocente.
     Un hombre es todos los hombres. Mejor, es cada uno de los hombres. La población mundial ronda los 7000 millones; entre los cuales 1200 millones son musulmanes, algo menos de un 20 %. El islamista y arabista italiano Claudio Lo Jacono (1945), de la Universidad de Napoles L´Orientale, dijo días después de los atentados en París que un 5 % de los musulmanes experimenta sentimiento adverso hacia Occidente por su figura “prepotente y en vía de expansión ideológica gracias a la globalización económica y cultural”, aunque aun así sólo unos 50 mil o 100 mil se inclinarían por una respuesta armada (Página 12, 19/XI/15). Pero el temor es ambicioso y no se priva de gastos para su expansión. Eso lo saben el buen Príncipe y también las fuerzas más recalcitrantes de la sociedad, atentas siempre a perpetrar un sacrificio salvador en sus poblaciones. En Francia, donde la extrema derecha del Frente Nacional (FN) puja desde hace casi treinta años por acceder al gobierno, las elecciones regionales del último diciembre los proyectaron mejor para dirimir el futuro de las elecciones nacionales: entre un 18 o 20 % de quienes en 2012 habían votado por Sarkozy eligieron en 2015 seguir al FN de Marine Le Pen (S.Halimi, Le Monde diplomatique, I/2016). Los atentados de enero y noviembre, el crecimiento del desempleo, las dificultades del Estado Bienestar y las recientes oleadas inmigratorias desde los países árabes, todo produce temor en la población que se ve tentada a convertir las posibilidades de políticas emancipatorias en un “chivo expiatorio” en manos del sacerdote de la extrema derecha.
     René Girard murió el 4 de noviembre de 2015 en EE.UU., pocos días antes de los atentados en París. Cinco décadas antes, en 1966, había organizado el coloquio “Los Lenguajes de la Crítica y las Ciencias del Hombre”, en el que participaron Barthes, Derrida, Goldmann y Lacan, y que sería considerado como la introducción de la Nueva Crítica Francesa en los EE.UU. La teoría del deseo mimético, que a lo largo de los años mantuvo discusiones con los autores filiados con la Nueva Crítica, proponía además otro aspecto fundamental. Reconocía que era mediante la literatura que se había revelado a los hombres la trama del deseo, tal como La Divina Comedia lo hacía evidente en la escena en que Paolo y Francesca descubrían su propio deseo leyendo juntos un libro con la historia de amor prohibido de otros amantes. La literatura había posibilitado la experiencia de la distancia para que los individuos reconocieran lo que no dejaban de cargar consigo, de otro modo lo más propio se habría mantenido ajeno a la conciencia. Cuando algo es colocado fuera de cuadro, todos estamos en peligro. Deberíamos confeccionar una lista con lo que nuestro tiempo nos entrega cada día al sacrificio.

Miguel Vitagliano
Buenos Aires, EdM, enero 2016
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