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Sobre el té, por Alcides Rodríguez


De acuerdo a la tradición que se conserva en los anales de la China antigua, Shen-Nong fue el último de los Tres Augustos, míticos emperadores que sentaron las bases de la civilización. Inventó la agricultura y creó las cinco plantas alimenticias fundamentales: trigo, arroz, mijo, sorgo y soja. “Dios granjero”, ése es el significado de su nombre, se encargaba también de sembrar todos los años cierta cantidad de semillas para iniciar el ciclo agrario. Preocupado por la salud de su pueblo, inventó la medicina, y dejó explícitas instrucciones en relación al agua, la única bebida disponible: había que hervirla antes de beberla. Un día de calor abrasador Shen-Nong descansaba a la sombra de un árbol. Se dispuso a hervir en un cuenco un poco de agua para aplacar la sed. En ese preciso momento se levantó una brisa muy refrescante que hizo temblar la copa del árbol. Inspirado, el emperador se dispuso a componer un poema cuando tres hojillas se desprendieron y fueron a caer sobre el agua que, impulsada por el fuego, comenzaba a temblar contra las paredes del cuenco. Con cierta curiosidad dejó que las hojas se posaran en el fondo, y cuando acercó la extraña infusión surgida del azar a sus labios quedó maravillado por su exquisitez. Shen-Nong había descubierto el té.

     Fue en el siglo III AC que los chinos destinaron el carácter Cha para nombrar al té. Un filósofo, Lu Yu, fue el autor de la primera obra clásica sobre el tema. Se trata del Cha King, o Libro del té. Todo estaba allí minuciosamente catalogado y prescripto para beber correctamente la infusión: la preparación de las hojas, el agua adecuada, el tipo de leña a ser utilizada, la forma de los instrumentos para prepararlo, el color azul de los cuencos. Lu Yu recorría buena parte de la tradición filosófica para extraer y asociar ideas y concepciones a lo que ya era una compleja ceremonia. Por sus páginas desfilaban citas del I Ching, del Tao Te King de Lao Tse y de los Cuatro Libros de Confucio. Uno de los valores confucianos más característicos, la moderación, aparecía cuando Lu Yu sugería que era suficiente ofrecer tres tazas a cada invitado. Cinco era el máximo permitido.
     Desde China el té se fue difundiendo a los países vecinos. Corea y Japón incorporaron rápidamente el té y su ceremonial. Cho-I, sabio coreano autor del Canto del té en el país del Este, asociaba la armonía del té con la armonía del agua y la del alma. El budismo Zen tuvo una excepcional importancia en su difusión. Los monjes coreanos y japoneses lo consideraban muy terapéutico y saludable, además de ser un estimulante extraordinario para prolongar sus extensas meditaciones. Los samuráis también lo utilizaban, pero con fines menos espirituales: se excitaban en las fiestas probando distintas formas de té y competían por la ceremonia más lujosa. Fue en el período Momoyama, una época de feroces conflictos feudales, el momento en el que la filosofía del té japonesa comenzó a tomar forma. Al igual que se observa en el Cha King, la ceremonia del té japonesa está minuciosamente prefijada. No puede celebrarse en cualquier lugar: lo ideal es hacerlo en una habitación especialmente pensada para ello, el recinto del té. En su Libro del Té Kakuzo Okakura la describe como una casita construida de bambú y paja, vacía, carente de adornos, y equipada con lo estrictamente necesario para celebrar la ceremonia. Su arquitectura debe expresar una pobreza cultivada, un estado de espíritu puro, todo lo contrario a cualquier gran palacio o castillo. De alguna manera es una atmósfera similar a la de un monasterio, en donde se respira el ideal de simplicidad y pureza propio del budismo Zen. Y el ideal de lo pasajero de esta vida, bien expresado a través del perecedero material del recinto. Un ambiente que está distante de la vida diaria, de lo cotidiano, pues sólo así puede uno dedicarse al culto de lo bello. El parque que rodea la casita, las flores y plantas que se colocan en el recinto para la ceremonia son fundamentales en este sentido: cada una de ellas está asociada a una serie de ideas espirituales y estéticas. Una vez dentro del recinto, invitados y anfitrión siguen estrictas pautas que giran alrededor del consumo de la infusión. El té se ubica de esta manera en el centro de una compleja y rica concepción cosmogónica.
     Los estetas y mandarines chinos no estaban interesados en enterarse cómo llegaba a sus manos el té. Para ellos el mundo de los campesinos que lo cultivaban y el de los comerciantes que lo transportaban era perfectamente despreciable. Aun así se puede afirmar que hacia el año 700 existía un comercio muy activo de la preciosa planta. La primera noticia del té en Europa la dio el veneciano Giambattista Ramusio, que lo menciona en sus Navigationi e Viaggi publicado en 1529. Unas décadas más tarde los holandeses llevaron el primer cargamento de té a Europa. Dado que el té comenzaba a ponerse de moda entre las élites europeas, los ingleses también comenzaron a interesarse. Mientras aún comentaba con pesar la muerte de Oliver Cromwell, en 1658 el semanario Mercurius Politicus informaba en primera plana que “esta excelente bebida procedente de China, aprobada por todos los físicos, a la que los chinos llaman cha y las demás naciones tay o tee está en venta en el Café de la Sultana en Sweeting Rents, cerca del Royal Exchange, Londres”. En el siglo XVIII un redactor del Spectator dedicaba sus reflexiones a “todas las buenas familias que pasan cada mañana una hora tomando té acompañado de sándwiches, que dispongan que este periódico forme parte indispensable del té matinal, y que se lo sirvan puntualmente”. La ceremonia del té británica tomaba forma propia: té, sándwiches y lectura. Samuel Johnson consumía té fanáticamente en todo momento, desde la mañana hasta la noche. La nueva infusión entró rápidamente en la mesa de la familia real y de los nobles de la Corte. Y fue una noble, la duquesa de Bedford, la que inauguró en la Gran Bretaña del siglo XIX la costumbre de tomar el té de las cinco de la tarde, organizando en su hogar meriendas que combinaban el té con diversas tortas, scones y pastelillos. La propia reina Victoria aprobó la costumbre, haciendo que la adoptara la alta sociedad británica.
      Esta “fiebre del té” comenzó a reportar enormes ganancias a sus importadores. Cuando a principios del siglo XIX el tráfico británico quedó libre del monopolio de la East India Company aparecieron grandes dinastías de comerciantes de té. Proveniente de una familia huida de la hambruna irlandesa de 1848, Tommy Lipton supo montar, gracias a un obsesivo esfuerzo y a un original ingenio publicitario, un imperio que lo hizo millonario. Llegó incluso a ser ennoblecido en 1902. Hijo de un hilandero, Thomas Twinning se instaló en Londres y logró prosperar abriendo varios cafés que lo introdujeron en el negocio del té. Sentó así las bases para construir otro de los imperios británicos del té, tarea que sus descendientes se encargaron de llevar a cabo con éxito. Al tráfico británico no tardó en llegarle la dura competencia de los célebres clippers estadounidenses, que con su velocidad aventajaron a los panzudos indiamen británicos en hacer llegar la mercadería a su destino. Ya en el siglo XVIII se había expandido en las colonias británicas de América del Norte el consumo del té. La buena sociedad de Nueva York, Boston o Filadelfia combinaba bailes, conciertos y tea parties. Si bien el monopolio oficial lo tenía la East India Company, lo cierto es que el contrabando, sobre todo de origen holandés, alimentaba buena parte del consumo americano del té. Las necesidades de las siempre famélicas arcas reales hicieron que se gravara fuertemente el comercio de tan lucrativo producto. Las reacciones no se hicieron esperar: protestas, boicots, renuncia al consumo… y más contrabando. Hasta que en 1773 un grupo de colonos enfurecidos, cansados de las arbitrariedades fiscales de las autoridades coloniales, arrojaron al mar un cargamento completo de té desde las bodegas de sus barcos, transitando un camino que desembocaría dos años más tarde en el inicio de la revolución independentista de las colonias. Fue el célebre Boston Tea Party.
      “Me tomo cinco minutos, me tomo un té” rezaba el slogan de una conocida serie publicitaria de té en la Argentina de antaño. Lo decían personajes repletos de preocupaciones: era tomarse cinco minutos de calma y relajación antes de volver a sumergirse en las demandas familiares y en los problemas de la vida diaria. Si bien el té como mercancía estuvo y está fuertemente ligado al tipo de actividad laboral que tranquilamente podía perturbar la vida de los protagonistas de la publicidad, se escucha en el mensaje algo del aura de calma y bienestar que suena como un lejano rumor proveniente de los antiguos estetas asiáticos. Y es que en la palabra té se encierran al parecer múltiples significados: desde los que están vinculados a la mitología, la filosofía, la espiritualidad y la estética hasta aquellos otros vinculados al comercio, la explotación y al capitalismo. En 2009 nació en los EE UU el Tea party, un movimiento político ultraconservador que busca impulsar una política de fuerte reducción de los impuestos, sobre todo al capital, y se opone a toda política gubernamental que plantee una expansión del gasto social, en especial en el terreno de la salud pública. Se opone, en suma, a toda iniciativa política que huela a Estado de Bienestar. Ex gobernadora de Alaska, ex candidata a vicepresidente y miembro destacada de la Asociación Nacional del Rifle, la republicana Sarah Palin es una de sus principales líderes. Tildada de fanática religiosa contraria al matrimonio igualitario y a la teoría de la evolución de Darwin, Palin apoya fervientemente la actual candidatura de Donald Trump a la presidencia del país. Como estrategia de difusión los miembros del Tea Party suelen enviar bolsitas de té a funcionarios y políticos con el objetivo de dejar claras sus exigencias. Bolsitas de té que, podría decirse, están bastante lejos de la benévola sabiduría gobernante de Shen Nong, de las búsquedas espirituales de los monjes budistas y de la estética de los recintos de té descriptos por Okakura.

Alcides Rodríguez
Buenos Aires, EdM, enero 2016
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1 comentario:

Anónimo dijo...

No solo de te vive el hombre...

Te invito a darte una vuelta por lanocheenvino.com

Un abrazo,

Tu amigo Juan

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