ADELANTOS

Soviets en Buenos Aires, de Roberto Pittaluga


El mes próximo la editorial Prometeo distribuirá Soviets en Buenos Aires, de Roberto Pittaluga. ¿Hubo un soviet en Buenos Aires? ¿La revolución de octubre tuvo también lugar en las inmediaciones del obelisco? En este estudio minucioso sobre "La izquierda de la Argentina ante la Revolución Rusa" se afirma una cosa y también la contraria. Porque asume a la ficción "como instancia de inteligibilidad, parte inescindible de cualquier régimen historiográfico". Pittaluga, co-autor de Memorias en montaje (2006), propone en este, su más reciente trabajo, la cualidad política del soviet que sí existió: el que el libro compone, "una subjetivación que desabarataba identidades y saberes", la verdad de ese instante de emancipación que recorrió el mundo en la primera posguerra. Escritores del Mundo se complace en presentar este adelanto.



Preliminar

“Especialmente en Rusia sólo puede ver quien ya se ha decidido. En un punto de inflexión del acontecer histórico, como lo vaticina, si no lo establece, el hecho de la «Rusia Soviética», ni siquiera cabe debatir cuál realidad es la mejor, ni cuál voluntad se encuentra en el mejor camino. Solamente se trata de lo siguiente: ¿Cuál realidad converge internamente con la verdad? ¿Cuál verdad se prepara internamente para converger con la realidad? Sólo quien responda claramente estas preguntas es «objetivo». No frente a sus contemporáneos (eso no interesa) sino frente a los hechos actuales (eso es lo decisivo). Sólo quien, a través de su decisión, haya hecho las paces dialécticas con el mundo, puede entender lo concreto. Pero a quien quiera decidirse «sobre la base de los datos», los datos no le ofrecerán base alguna para la decisión”.
Walter Benjamin, 1927.


1. ¿Qué discute la izquierda de la Argentina cuando se encuentra ante la Rusia revolucionaria? Evidentemente se discute, con los elementos que se tienen a mano, sobre la revolución en un lugar a la vez “lejano” y “cercano”. Una controversia entre la idea y la imagen que se tiene de lo que una revolución debe ser, y lo que una revolución acaecida dice que es —y hace por ese decir. En esa discusión sobre se tramitan, simultáneamente y por debajo, las querellas político-conceptuales que traman un campo de izquierda cuyas polaridades no se corresponden, necesariamente, con sus divisiones identitarias, ni con los términos del léxico heredado. Querellas político-conceptuales: son los sentidos de ese léxico los que quedan en entredicho, y en su objeción afloran los supuestos que traman —tejen y también conciben, engendran— los significados de la emancipación. Supuestos que son como topoi que ofician de puntos de anclaje de las derivas significativas y desde los cuales se construyen, como edificios argumentales, las orientaciones y las acciones de la izquierda. Pero esos lugares son también objeto de otra controversia, que no es explícita. Hay una arquitectura inestable de lo que se llama campo de izquierda, y el lenguaje que la textura está lejos de parecerse a un sistema homeostático. Ese universo nocional puesto por debajo y que generalmente escapa a la mirada, aflora en los deslizamientos de sentido de aquellas palabras propias del léxico de la izquierda en el momento en el que es tocado por la revolución, exponiendo en una larvada guerra por sus significaciones ese campo polar (que la izquierda es) y la inestabilidad semántica —y por ello política— que lo anima. Atravesar los nombres de ese léxico con el que la izquierda se presenta en una coyuntura que compromete sus coherencias para producir una aproximación a ciertas instancias de significación que no necesariamente fueron inteligibles a sus contemporáneos, es el propósito de este trabajo. Atravesar: se trata de una ex-posición a través de los discursos, a través de las palabras proferidas.

2. La exposición no pretende contraponer una historia con lo que ella “debería haber sido”; no hay propósitos normativos en el enfoque que se asume. Tampoco se trata de mostrar aquella historia que “habría podido” ser, esa “otra historia” clausurada por ciertos aconteceres de la coyuntura, pues en ese caso, con ciertas diferencias, se mantendría intocado el criterio temporal que estructura la narrativa histórica, por el cual aquel “habría podido” —esa chance, esa contingencia— pertenece al pensamiento de la necesidad, y pierde así su carácter de apertura de la historia. Porque desde ese ángulo, las tentativas a contracorriente que “habrían podido” ser permanecen adheridas a la historia como una, es decir, a la Historia. En otra dirección, se aspira aquí a desnaturalizar la idea de la unicidad del tiempo. Intentar, en este trabajo, una aproximación a la multiplicidad de la historia, a la potencia de un instante, a una posibilidad no escrita pero marcada. Leer la significación de esas marcas —y su larvado contrapunto con la historia sabida— es devolverle a ese pasado olvidado (es decir, tachado, borrado, obliterado) su actualidad, para pensarlo abierto. Ambición de seguir la máxima benjaminiana, por la cual la significación de los acontecimientos históricos se rigen por el “habrá sido”: el proceso de historización implica un saber retrospectivo.

3. La izquierda ante la revolución es como la izquierda ante sí misma, ante ella misma como promesa, es decir, como compromiso de la palabra. Una palabra que tiene el propósito de horadar la realidad sociopolítica en la que emerge, decir una verdad que la realidad no permite, que la realidad obtura. Hacer depender completamente la emergencia de la palabra de izquierda del contexto en el que se sitúa es olvidar que ella se levanta también contra ese contexto. La inversa también debe ser tenida en cuenta: es la verdad revolucionaria la que golpea las puertas del sentido del léxico de la izquierda cuando ésta ha perdido sus orígenes. La izquierda ante la revolución es la izquierda ante su origen, no como antecedente, sino como campo de fuerzas en el que ella y su palabra (de izquierda) se sitúa; es la izquierda ante su emergencia, ante su potencia. La revolución en Rusia era originaria en este sentido: actualizaba la promesa del discurso de la izquierda e interpelaba directamente su potencia; pero al hacerlo obligaba a los lenguajes políticos (con)sagrados de esa misma izquierda a carearse con sus malestares, con sus olvidos, con sus borraduras. Y éstos afloraban allí cuando había que pensar esos nuevos términos que la revolución proponía: soviet, comité de fábrica, proletariado, mir, bolchevique, maximalista, dictadura del proletariado, internacional. José Sazbón insistía en que el carácter más relevante de la revolución francesa fue que los desposeídos tomaran la palabra, lo que no se restringía a la abundancia de escritos revolucionarios. Tomar la palabra era hacer algo con palabras, intervenir en el lenguaje político de modo que una política emergiera en ellas.

4. Exponer lo dicho (y lo no dicho pero marcado) por la izquierda de la Argentina a propósito de la “revolución rusa” es mostrar un lenguaje político en su movimiento práctico, pues la revolución agita las controversias entre sus distintas particiones —y al interior de cada una— e incluso colabora en el surgimiento de otras nuevas. Las intervenciones desde el campo de la izquierda política y cultural sobre lo que se denomina “revolución rusa” componen un arco de discursos que en la intención de comprender —pero también en la de limitar o expandir los alcances del fenómeno soviético— construyen las significaciones del acontecimiento poniendo en juego su arsenal propio de términos, saberes, nociones, en fin, su cultura política. Se trata, en todos los casos, de producciones de sentido sobre la revolución en la situación que la revolución inaugura. Es en esas discursividades (que son prácticas políticas aunque no necesariamente iguales a otras prácticas también políticas) que los nudos conceptuales y teóricos, pensados e impensados, son abordados a través de las (dis)torsiones que en ellas impone la revolución. Torsiones que se manifiestan como una aspereza de lo real, de la historia, y que por ello obligan a (re)pensar, a flexionar el léxico, incluso a introducir(se) en las nuevas palabras que provee la revolución.
     La estructura del libro responde a estos propósitos. La primera sección atiende a las tradiciones y particiones de la izquierda y a las formas de su careo con la revolución. La segunda sección actúa como complemento y a la vez contrapunto de la primera: organizada en torno a problemáticas de gran generalidad —tiempo, sujetos, régimen, cultura, sociedad, espacio— que no fueron necesariamente los terrenos explícitos de los debates y las reflexiones de los comentaristas de la época, elude esas particiones formalizadas para observar otras tensiones y clivajes, asumiendo la dimensión teórica de las concepciones de la izquierda en su contigüidad, en su identidad sin mediaciones con su dimensión práctica, es decir, en la consideración de la praxis de la izquierda. Por ello, los textos que se comentan no son las intervenciones teóricas sobre las problemáticas que organizan los capítulos, sino aquellos que fueron escritos a propósito del conflicto de las interpretaciones sobre la “revolución rusa”, sean de militantes de base o de reputados referentes políticos y teóricos de la izquierda de entonces.
     Se desprende de ello que tal organización del trabajo responde también a un enfoque que no se propone “reconstruir” ni la trayectoria política de un grupo en particular ni “el pensamiento” de militantes o intelectuales individuales. Por el contrario, se ingresa en sus interpretaciones de la "revolución rusa" de modo sagital, indagando en ellas esas problemáticas generales de modo de construir otro entramado de las particiones del campo de la izquierda, menos visible, incluso invisible para sus protagonistas. Por eso mismo, los cambios de opinión relativos a los posicionamientos que grupos o individuos tuvieran respecto de la revolución en Rusia no son objeto de un tratamiento específico, si bien son señalados en distintos tramos del trabajo.

5. De tal modo, esta producción historiográfica apuesta a una examen de las fuentes documentales que se aparta de un criterio tradicional y predominante por el cual las formaciones de la izquierda son tratadas como tales y separadamente, y en todo caso puestas luego en relación recíproca. No es el propósito presentar aquí el mundo anarquista, sindicalista o socialista, o la historia del fraccionamiento de una formación política o el surgimiento de otra, algo que ya ha sido hecho y en algunos casos de modo ejemplar. Tampoco se trata de explicar cómo esas particiones identitarias de la izquierda, con sus diferencias y peculiaridades, “reaccionaron” y “elaboraron” las noticias que llegaban de la revolución en Rusia. Lo que se intenta seguir son las líneas de tensión que dibujan una suerte de campo magnético de las orientaciones de la izquierda a partir de ciertas problemáticas, y esas líneas no se corresponden con las de las identidades políticas formales de las particiones de la izquierda. Por eso el trabajo no se detiene en un análisis de las fuentes en tanto instancias proveedoras de datos verificables —en el cruce con otras fuentes. El punto de vista que se adopta resulta de considerar que la construcción de ese otro entramado de tensiones que es la izquierda en su confrontación con la revolución, implica detenerse en las ambigüedades de los textos, trabajar sobre las derivas significativas de lo escrito, instalar la indagación en la distancia entre significantes y significados, pero no para conformar una estación de un desplazamiento semántico infinito, sino para exponer esos puntos de anclaje antagonistas que estructuran el pensamiento en el mismo campo de la izquierda.

6. No se busca saber quiénes “tenían razón” o “analizaban mejor” la revolución en Rusia, ni tampoco se propone un lugar de escritura de la historia “a distancia” equilibrada de las diversas interpretaciones, como si fuera posible; se sabe desde hace tiempo que el conflicto político y social anida también en la epistemología de la historia, que el modo de enunciar es ya una forma de significación. De otro lado, escribir historia de la izquierda corre el riesgo de deslizarse hacia una noción extendida que la propone como la escritura de “esa otra historia”, la “historia de los vencidos”, pero que la plasma como una versión especular de la historiografía hegemónica. En este libro se ha preferido adoptar una modalidad narrativa distinta de aquellas que generalmente animan el género, y una forma no conclusiva de las problemáticas presentadas, dejando que ellas muestren las tensiones que las caracterizan. Pero tampoco se han querido eludir las opiniones de quien esto escribe como supuesta pretensión de objetividad. En la comparación entre las distintas exposiciones de la “revolución rusa”, esas opiniones no se presentan como juicios valorativos de las elaboraciones de los intérpretes; aparecen bajo la forma del comentario.

7. La revolución en Rusia era un fenómeno difuso y de fronteras borrosas, sobre todo en esos primeros años, que son aquellos en los que se detiene el presente trabajo. Lo que se conocía era por los escritos que la relataban y/o analizaban. El conjunto de textos reunidos para la elaboración de este trabajo incluye un número importante de artículos debidos a la pluma de autores “extranjeros”, los cuales han sido considerados en un pie de igualdad con aquellos otros de autoría local. Este criterio se sostiene en diversos motivos y argumentos. En primer lugar, porque todos esos textos pasaron por la decisión editorial de algún grupo o fracción política, sindical o cultural de la izquierda rioplatense; incluso no faltaron los artículos por encargo. En algunos casos, esa política editorial se hace explícita en algún copete o nota de redacción que acompaña el artículo, ya sea para señalar las coincidencias con los razonamientos o informaciones expuestas por el articulista, ya sea para indicar puntualmente cuáles opiniones no terminan de satisfacer al colectivo editor. En la mayor parte de los casos, esas plumas “extranjeras”, más informadas, expresan mejor, o directamente constituyen, el pensamiento de la izquierda local, convirtiéndose entonces en la palabra que determinado grupo decide tomar como propia, lo que explica, parcialmente, la amplia y prolífica política de traducciones desde diversas lenguas (ruso, inglés, italiano, francés, alemán, portugués, etc.). Esa autoría funcionaba, incluso, como marca de autoridad, y en no pocos casos, los artículos están específicamente dirigidos a un lector instalado en Argentina.
     Estos señalamientos tienen una base común: no es posible desagregar del conjunto textual sobre la “revolución rusa” que circula en la Argentina aquellos escritos originados en otros “contextos”. Porque lo que el tratamiento de esta experiencia pone en juego es la redefinición “nacional” o “local” de los “contextos de enunciación”. Ese universo textual “que habla de Rusia” está conformado por una sumatoria de intervenciones elaboradas desde contextos muy diferentes si se toman en cuenta determinados aspectos, pero muy semejantes si los que se valorizan son otros. Esta configuración es la que posibilita el acceso a una realidad de prácticas y discursos —indisolublemente ligados— que la revolución realimenta, una dimensión internacional o transnacional de las problemáticas que se potencia y amplía por el choque entre los “contextos” locales y las cuestiones que pone a debate la “revolución rusa”. Ese “otro” contexto, internacionalista, no está en otra parte que en los mismos textos que versan sobre la revolución; es posible contruirlo desde ellos a partir de esas rispideces con intereses, identidades, lugares de poder, políticas y constituciones grupales. Por eso, título y subtítulo de este libro juegan alegóricamente con estas multiplicidades contextuales.


El título del libro expresa parcialmente estas inquietudes, pues en él se cruzan lo falso, lo ficticio y lo verdadero. Lo falso: no hubo soviets en Buenos Aires, y sin embargo uno fue denunciado por la prensa nacional durante la llamada Semana Trágica de enero de 1919, reportándole a varios militantes detenciones y torturas. Lo ficticio: se trata, evidentemente, de una denominación ficcional, atendiendo a esa propiedad de la ficción, la de ser instancia de inteligibilidad, parte inescindible de cualquier régimen historiográfico; figura alegórica que es ya interpretación pero que a la vez requiere ser interpretada. Lo verdadero: sí hubo soviets en Buenos Aires, si se atiende al sentido que en este libro se otorga a dicho término, como cualidad de una política, de una subjetivación que desbarataba identidades y saberes; es la verdad de la revolución, no de la “revolución rusa”, sino de la emancipación que en la primera posguerra, con desigual intensidad en los distintos lugares, tuvo su momento, antes de ser derrotada.

Roberto Pittaluga, 
Buenos Aires, EdM, enero 2016

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