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Palabra: “Red”, por Dardo Scavino


na de las marcas de fábrica del platonismo sigue siendo la identidad entre el ser y el deber ser. Cuando uno interroga a un platónico acerca de lo que es, por ejemplo, la política, nos responde lo que debería ser a su entender, y nos asegura que las demás formas de política –aquello que la opinión suele llamar “erróneamente” política– no son sino copias degradadas o fraudulentas de la política genuina: la verdadera esencia de la política se encuentra, para él, en la única política buena. Y cuando uno le pregunta si le gusta tal o cual texto literario, se precipita a contestar que no porque “no es literatura”.
     Las ideologías sociales suelen proponer una identidad semejante entre el ser y el deber ser. Si en una época le hubiésemos preguntado a un positivista, por ejemplo, qué era la sociedad, habría recurrido, para respondernos, a la analogía con un organismo en donde las partes cumplen, como los órganos, una función precisa que contribuye al bienestar, o a la salud, general. Y si uno no lograba ver el parecido entre ambas cosas, el positivista habría añadido que la sociedad no tenía, es cierto, la apariencia de un organismo pero que funcionaba, en realidad, o secretamente, como tal. Y si uno le replicaba que las partes del organismo no suelen, por ejemplo, enfrentarse entre ellas para tomar el control del cuerpo, no habría dudado en admitirlo, pero hubiese concluido declarando que la sociedad ideal, la buena sociedad, debería funcionar a la manera de un organismo y que se trataba del objetivo que las políticas positivistas se proponían alcanzar. El modelo para pensar la sociedad –el organismo, en este caso– terminaba siendo la sociedad modelo.
      A muy pocos sociólogos se les ocurriría pensar hoy la sociedad recurriendo al paradigma orgánico, mecánico, teatral, pastoral o familiar. El modelo predominante es, en nuestros días, la red: net o web. Un individuo ya no es una oveja del rebaño ni un actor de un teatro ni una pieza de una máquina ni una célula de un organismo: es un terminal de una red. Y este terminal está necesariamente conectado –nexus provenía en latín de nectere, atar, y éste, a su vez, del sustantivo nodus, nudo– con muchos otros terminales. Cada uno de esos terminales recibe, procesa y emite información, de modo que estos individuos interconectados constituyen una especie de cerebro colectivo que ya no necesita un cerebro superior que coordine la totalidad (ni tampoco, por supuesto, un conductor de una máquina ni un director de teatro ni un pastor ni un padre). Una sociedad es una multiplicidad de individuos interconectados y un individuo no es sino la suma de sus conexiones.
      Pero basta con leer a los teóricos del modelo reticular de la sociedad, para rencontrar la lógica del platonismo: según ellos, la sociedad habría sido siempre una red, una interconexión de sus miembros, aunque esta realidad sólo se estuviera volviendo visible gracias a las nuevas tecnologías, como si en el fin de la historia, cuando los terminales logren interconectarse y cooperar sin necesidad de un Ordenador Central ni de un Estado, cuando el modelo arborescente se vea sustituido por otro, reticular o rizomático, esa esencia eterna de la sociedad –ese secreto bien guardado a lo largo de los siglos– se revelara por fin. La sociedad es una red y a la vez debe serlo: el modelo para pensar la sociedad se convierte en la sociedad modelo.
      Un reciente libro colectivo dirigido por los historiadores François Godicheau y Pablo Sánchez León, Palabras que atan, dedicado a recapitular las diversas metáforas y conceptos del llamado vínculo social, nos permite confirmar que la red no es la primera imagen de este lazo. A lo sumo, es la primera que pareciera remplazar la metáfora por la sinonimia: el lazo social es ahora una “conexión”, es decir, una común atadura. Basta, por otra parte, con haber leído La historia de la utopía planetaria del belga Armand Mattelart, para saber que la sociedad reticular no es la primera utopía tecnológica. A lo sumo, es la primera que goza de una adhesión masiva y global.

Dardo Scavino
Burdeos, Francia, EdM, marzo 2016
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