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District Six, el patio trasero del Cabo, por Luciano Beccaria



iudad del Cabo no es África”, me dijo un keniano una vez. Y más allá de que es una observación más cultural que geográfica –y con algo de pica internacional e interétnica–, algo de razón tiene. En todo caso, cabría preguntarse qué queda de las naciones africanas originales en ese continente partido y repartido por los caprichos coloniales. Pero es evidente que Ciudad del Cabo es exponente de la descendencia europea, que se ufana de su africanidad con un término matizado por el filtro neerlandés: afrikaaner. Además de tratarse de una ciudad subsidiaria de un cabo que durante muchos años había sido el principal escollo para la expansión colonial hacia las Indias. Probablemente no habría existido la ciudad sin el accidente geográfico.

 
En pleno centro de esa urbe se encuentra un barrio baldío, District Six, escenario de uno de los capítulos más nefastos del apartheid. En 1968, 60 mil personas “no blancas” –particular eufemismo para llamar a la población afro o “de color”– fueron expulsadas de sus casas y éstas demolidas por topadoras. Hoy, como herencia de ese pasado que ni la constitución más “de avanzada” pudo diluir, el 80% del barrio exhibe terrenos plagados de malezas. El gobierno aún no pudo zanjar esa injusticia histórica ni reconstruir sobre esos espacios cuya propiedad sigue en litigio, más allá del edificio de la Universidad Tecnológica. De hecho hubo que esperar casi cincuenta años para que la primera familia regresara, acto que fue más simbólico que sistemático.
    Antes de ser un páramo entre medio de edificios, autopistas y la falda de la Table Mountain que domina la ciudad, District Six era un hervidero de cultura cosmopolita en el que se codeaban malayos musulmanes, xhosa, judíos, indios y afrikaans. Y a la manera neoyorquina, florecían el jazz (Basil Coetzee, uno de sus exponentes, llevaba el mismo apellido que otro capetonian que años más tarde ganaría el Nobel de Literatura) y las disputas entre bandas de gangsters. Y aún hoy es el barrio donde se celebra el carnaval o Kaapse Klopse, que se festeja el 2 de enero, tal vez como residuo del día franco que los esclavos tenían luego de servir durante el año nuevo. Los desfiles de comparsas coloridas salen de ese barrio hacia Green Point cantando, entre otros temas, “Ahí viene el Alabama”, himno que recuerda la visita de un barco arribado desde esa ciudad estadounidense en 1902, con un grupo de juglares de los que los capetonians tomaron la idea.
    No es casual que, como en otros puntos cardinales en tiempos dictatoriales, uno de los territorios más reprimidos durante el apartheid haya sido el que es símbolo del carnaval, celebración que pretende subvertir los órdenes sociales por un puñado de días. Pero allí, de manera más extrema que en ciudades como Montevideo, Buenos Aires o Río de Janeiro, la expulsión de la población original se concretó por motivos más abiertamente racistas. El rastrillaje de la población afro hacia los Cape Flats, barrios precarios de la periferia, fue un intento más de desafricanizar la ciudad, de afrikaanizarla.
    En la actualidad, ese pastizal en pleno centro de la ciudad es el más contundente memorial del desalojo y la demolición. El District Six Museum también aporta a la preservación de esa historia que, en su impedimento de retrotraer la ignominia (que vuelvan sus viejos moradores, que se reconstruya el barrio), no termina de suturarla. A pesar de que el nombre del barrio se modificó institucionalmente durante el apartheid por el más afrikaaner, o digno de la paleta de Van Gogh, Zonnebloem (girasoles), District Six sigue llevando su nombre en la memoria de los capetonians e incluso en la señalética. Los pretendidos girasoles son otro capricho de la toponimia donde no crece más que pasto crespo y los homeless se acomodan con sus bártulos y tolderías ensayando una especie de recolonización territorial. Un auténtico acto de justicia poética en pleno corazón europeo de África.

Luciano Beccaria,
Buenos Aires, EdM, junio 2016
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