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El Legado del Maestro: sobre Oswaldo Guayasamín, por Victoria Martínez



    El complejo cultural de Oswaldo Guayasamín se encuentra hacia el norte de Quito. Es fácil enterarse de su existencia porque está siempre en la punta de la lengua que recomienda. Llegar, sin embargo, es un poco más complicado. La marca del turista no nos abandona: mapa en las manos y seño fruncido por la concentración, por el trabajoso intento de representarse la ciudad en el orden del mapa. La indicación fue clara: ir por la avenida, doblar a la derecha y seguir unas diez cuadras más. Giro la cabeza obedeciéndole al plano, pero debo elevar la vista más de lo esperado. Residente de ciudad llana, no llego a comprender cómo alguien podría caminar –actividad que no puedo pensar sino en horizontal– en un plano tan inclinado. ¿Saltar? Nuestras caras debían ser así de transparentes como para llamar la atención de un conductor: “¿Van a la casa de Guayasamín?”
    En el predio de la Fundación Guayasamín, los espacios a visitar son dos. Uno es la casa donde vivió los últimos veinte años de su vida. Al respecto, la decisión del artista había sido clara: convertir su casa en museo, manteniendo todos los objetos que en ella se encontraban. Desde su muerte en 1999, pasó más de una década antes de que esto sucediera, pero hace ya unos años ha sido abierta al público.
    A unos veinte metros se erige la aclamada Capilla del Hombre, legado del artista a la América Mestiza. En la década del 90 comienza su construcción, la de este templo orientado a “rendir homenaje al ser humano, a sus pueblos, a su identidad”, un “centro de recogimiento, un sitio donde se pueda meditar sobre la trayectoria de la humanidad en este continente, desde hace milenios, hasta nuestros días”. A la distancia, es un gigante de piedra, un monumento de treinta metros en ancho y largo rodeado de un parque de cemento, que se erige en su altura con fuerza ineludible. Hacia el interior, se encuentran muchos de los cuadros más reconocidos del Maestro y algunos especialmente creados para ese grandísimo espacio de dos plantas.
    Su casa es el primer destino de la visita guiada, y en su salón principal esperamos que comience. El primer guía resulta ser el mismo Maestro, en un video grabado años antes de morir. ¡Qué claridad en sus palabras! Su concepción del arte, sus intenciones y la importancia de su legado se le aparecen con una definición envidiable. El video explica el origen de la Fundación Guayasamín. Desde su creación, fueron dos sus principales movimientos. Primero y principal, aglutinar su obra, desperdigada en diferentes países, y establecerla como unidad, incluyendo lo que Guayasamín pintó, coleccionó, construyó y hasta plantó –a espaldas de la casa, se encuentra el Árbol de la Vida, pino bajo el que se encuentran las cenizas del artista. Esta unificación sólo se entiende en vistas de su decisión consecuente de dejar como legado toda su obra al Ecuador y la América Latina, gesto que le mereció el reconocimiento de la UNESCO y del Estado ecuatoriano en diferentes oportunidades. Así, esta organización, presidida por él mismo hasta sus últimos años de vida, busca ser una fuerza centrípeta que arma y consolida la obra alrededor del Maestro.
    El recorrido por la casa es más impactante de lo que puede suponerse. Se trata de un caserón con numerosos salones dispuestos del mismo modo que en sus tiempos habitados, aunque a simple vista, esos sean tiempos inimaginables. Y es que los espacios están repletos de objetos que forman parte de una vasta colección de piezas de arte precolombino y colonial con las que el Maestro convivía diariamente. Eso podría convertirlas en decoración, por extravagante que sea; también podría evidenciar un estado de museificación o, más precisamente, de automuseificación, previo a su muerte. Algo de mausoleo, algo de museo; sea lo que sea, el ambiente huele a preservación.
    Sencillamente, no hay espacios vacíos donde representarse la nimia cotidianeidad humana, dado que los parámetros que rigen la casa son absolutamente desmesurados. Los ejemplos que no se le escapan a mi memoria son una mesa colonial para veinte personas, coronada por candelabros bajos y abrumadores, o las incontables representaciones pictóricas y escultóricas de Jesús y variadas vírgenes que alcanzan estaturas humanas. La habitación está también abarrotada de objetos con un pie en la destrucción, en la muerte, en el pasado. Allí, la cama de dos plazas recuerda las dimensiones reales del Maestro, nombre que, por cierto, se infla como todo lo demás a medida avanza el recorrido, culminando en el gigante que debió haber pintado los retratos de su estudio, que rondan los dos metros de alto.
    Finalizada la visita por su casa, se nos dirige a una sala de exposición. Ahora la guía toma fuerza. La obra de Guayasamín cuenta con unos seis o siete mil cuadros y está dividida –ha sido dividida– en tres momentos, cada uno relacionado con un referente en común. “Huaycañán” (traducido como “Camino del llanto”) busca plasmar la heterogeneidad y riqueza cultural de los pueblos americanos; “La edad de la ira” denuncia los crímenes de la guerra y la esclavitud; “La edad de la Ternura” es un elogio a su madre y a todas las del mundo. La fijeza de esta clasificación en el repertorio de los guías demuestra un gran alivio: el de tener un modo de lidiar con la abundancia y la proliferación excesiva de esta obra. Modo provisto por el Maestro en persona que define, sin dejar lugar a dudas, el vínculo directo entre obra y compromiso político y social. ¿Qué más pedir?
    “Mantengan encendida una luz que siempre volveré” reza una pared en el piso inferior de la Capilla del Hombre, justificando un fuego siempre encendido su centro. La presencia de Guayasamín es ineludible. Obra, Maestro y Legado afirmados por su voz que resuena incansablemente en el discurso que circula en el predio. ¿Es posible frenar la persistencia del eco en una construcción de esas dimensiones?
    La Capilla está pensada como resistencia a la opresión de los pueblos mestizos unidos desde México a la Patagonia; una resistencia ejercida como potencia instituyente. Ahora bien, frente al gesto magnánimo de reconstruir y donarla como conjunto, ¿qué le queda a la obra? ¿Puede acaso resistir tal donación? ¿Cómo desprenderse de la definición del Maestro, del atractivo innegable de intenciones de unión cultural y social del arte? La potencia en curso del llamamiento en voz alta y de la construcción visibilizadora se instituye. Al hacerlo, fija sus formas y discursos, y en ese proceso, el reconocimiento del generoso gesto tiene prioridad. Estamos en su casa, tomando de su vino y comiendo de sus manos, entonces ¿cómo ignorar su voz, sus clasificaciones, sus intenciones?
    Por suerte, yo soy turista.

Así, sin ánimos de responder, un comentario final. Otra tarea típica del que viaja es recorrer los mercados y ferias, disfrutar de sus particularidades y encontrar, con gusto, las repeticiones. Una constante en diferentes mercados de la sierra ecuatoriana fueron las reproducciones de los cuadros de Guayasamín más icónicos. En particular, las copias pintadas por los artesanos, que difieren unas a otras en grado de fidelidad. Con ese foco de interés activado, caminar por las ferias fácilmente puede ser equivalente a presenciar otro recorrido, posiblemente más apasionante, por la obra de Guayasamín.
    En ninguno de los diferentes ejemplares que copian la serie Las manos, está ausente el horror: en cada uno de ellos es un efecto buscado y logrado por ser, quizás, el efecto por antonomasia de la serie. La discusión y los desplazamientos, al contrario, se hallan en el nivel de las manos. Dedos particulares si los hay los de Guayasamín, toman formas diferentes en cada una de las copias y discuten entre sí, se preguntan por la obra de este pintor tan asimilado, por sus modos de construcción y por el sistema de prioridades en juego. Y es que cuando el horror fue –en términos de efecto–, esos dedos fueron y vinieron cuarenta veces.


Victoria Martínez
Buenos Aires, EdM, octubre 2016
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