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Que me trague la mina, por Luciano Beccaria


obre la estación Pasco de la línea A de subtes flota una leyenda que sostiene que, durante la construcción de ese tramo de la vía, hubo un derrumbe que dejó dos obreros muertos. Mucho tiempo después quedaría inhabilitado uno de los dos andenes de la estación, que se mudó unas cuadras a otra parada, lo que le insufló más aires de misterio. Pero hablar de Pasco, derrumbes, muertes, mudanzas y el mundo subterráneo remite con mayor fuerza hacia otras coordenadas.


     El nombre de la estación recuerda una batalla que, como la mayoría, pocos recuerdan. La batalla del Cerro de Pasco, desatada en diciembre de 1820 bajo la nieve, estuvo al mando de Juan de Arenales que, enviado por San Martín al desembarcar en el sur del Virreinato del Perú, dirigió la arremetida patriota contra el ejército realista que allanaría el camino a la capital desde los Andes. Y luego de la victoria, en la Plaza de Chaupimarca, ubicada en el centro de esa ciudad, Arenales dio el primer grito de independencia del Perú. Cuatro años más tarde, Simón Bolívar concentró sus tropas en la misma plaza antes de partir a Junín, otra batalla que en el imaginario tampoco refiere más que a una calle y una ciudad de la provincia de Buenos Aires. Pero si un ejército partiera hoy de Chaupimarca, probablemente terminaría barranca abajo, como los lemmings, en una digna escena de alguna película épica. Porque la plaza balconea frente a un tajo hincado en la tierra de 400 metros de profundidad, dos kilómetros de largo y uno de ancho. Una mina a cielo abierto que se está engullendo, literalmente, a la ciudad. Y, como si fuera poco, inocula de plomo a los habitantes que están siendo obligados a mudar, otra vez literalmente, la ciudad.
     Desde su fundación a fines del siglo XVI, Cerro de Pasco no tuvo más fundamento que ser un pueblo minero ubicado a 4.300 metros sobre el mar y que, a pesar de eso, creció al ritmo de la extracción de plata, zinc y cobre en los socavones que hormigueaban bajo tierra. Pero a mediados del siglo XX, y ante el agotamiento del mineral más valioso, la Cerro de Pasco Corporation comenzó a explotar el plomo de la mina, para lo cual abrió un tajo en la tierra que le facilitó (es decir, le abarató) la tarea. La violenta ocupación de las tierras indígenas que circundaban la fosa por parte de la empresa entre 1950 y 1962, con matanzas incluidas, quedó plasmada en la saga del escritor peruano Manuel Scorza, La guerra silenciosa. La herida fue expandiéndose y ahondándose de forma vertiginosa hasta su forma actual, una flor abierta y marchita, impúdica y venenosa. Ni la estatización de las minas por parte del presidente Velasco Alvarado en los setenta pudo humanizar el capitalismo minero.
      No menos silenciosas son las batallas que se liberan en el Cerro de Pasco en la actualidad, luego de que la mina fuera reprivatizada en 1999. Más bien son causas perdidas, horadadas desde los cimientos por una fuerza mucho fuerte que la codicia humana: los designios del capital. La Plaza Chaupimarca, sitio histórico que fue declarado patrimonio nacional en 2002, fue despojada de esa protección por el mismo gobierno cuatro años más tarde ante el inminente e inevitable avance de la hendidura. Es que no hay ley que pueda detener la máquina de la explotación minera. La plaza, como la ciudad entera, será “reubicada”, como si pudiera arrancarse de cuajo la superficie urbanizada y plantarse en otro terreno, como si en esa acción no hubiera destrucción y creación de algo nuevo.
      Del mismo modo, otro de los factores más poderosos que la voluntad humana y que obliga al exilio de los pasqueños es la contaminación. No hay manera de regular la explotación obscena de los recursos, que permite a la empresa extractora dejar montañas artificiales de desechos, cuyo polvo el viento andino esparce y deposita en los pulmones de los habitantes. El alerta rojo declarado hace casi diez años poco conmovió a la empresa Volcán, que explota la mina. De nuevo, ante la amenaza de distintos metales venenosos en sangre y el crecimiento de la mortalidad infantil, la solución es mudar la ciudad, como si la mina fuera un desastre natural imposible de revertir o, al menos, detener. Pero, una vez más, el desastre no es ni natural ni solamente humano, sino maquínico, su tracción es la acumulación sin contemplaciones.
     Cerro de Pasco fue operada a corazón abierto y abandonada a la suerte de la fiebre minera. Esa que se mide según la cantidad de mercurio que fluye por las venas, no ya el que se expande o contrae dentro de un termómetro. El tajo de la mina se escalona hacia las entrañas de la tierra remedando el cultivo en terrazas que los incas supieron desarrollar en esas tierras. Pero hoy la pacha está profanada. Como una Babel invertida, el corte profundo parece buscar las puertas del inframundo sulfuroso. El foso se abrió como una gran tumba de la urbe a la que la propia mina había engendrado.
     A menor escala, y con un túnel por socavón y grafito en las paredes por plomo, la estación Pasco del subte es una maqueta metafórica de la historia reciente de esa ciudad que le prestó el nombre. Desde el andén clausurado y tabicado, mudado de lugar, no se alcanza a entender si el murmullo de los fantasmas es el de aquellos supuestos obreros, o el de innumerables mineros, indígenas y pobladores sacrificados al más ateo de los dioses, a 4 mil kilómetros de distancia.

Luciano Beccaria, 
Buenos Aires, EdM, octubre 2016
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