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En las redes: Sobre Lorelei Williams y las particularidades del #NiUnaMenos canadiense, por Peter Mothe


Es miércoles en Buenos Aires, y en la Plaza de Mayo un océano de paraguas resiste a una obstinada lluvia primaveral. En la otra punta del continente, en Vancouver, Canadá, también llueve y la voz de Lorelei Williams también para sumarse bajo los paraguas de la Plaza.
    Pero Williams ni siquiera sabe que a 12 mil kilómetros de distancia una multitud de mujeres colman la plaza más icónica de Buenos Aires. Tampoco ha oído hablar de Lucía Pérez, la joven de 16 años violada y asesinada en Mar del Plata. Williams ignora estos hechos, es cierto, pero sus palabras conllevan un mensaje casi idéntico al que corean miles de mujeres bajo la intensa lluvia porteña. Casi idéntico -digo- porque el pedido de Williams destaca una particularidad: es que en Canadá, el Ni Una Menos subraya el componente indígena.
     —Muy poca gente fuera de Canadá sabe lo que nos está pasando —me dice Williams, mientras cae la lluvia sobre Vancouver—. A pesar de lo que muchos piensan, acá hay mucho racismo y mucha violencia de género, y las mujeres indígenas somos las que más lo sufrimos.
     Los números avalan sus dichos. Según fuentes de la policía federal canadiense, entre 1980 y 2014, 1,181 mujeres indígenas fueron asesinadas y/o desaparecidas en Canadá. El número podrá parecer menor -pensar que en Argentina solo en el 2013 hubo 3352 homicidios-, pero cuando se lo compara con porcentajes canadienses, la cifra se vuelve más impactante: es que de todos los asesinatos registrados entre 1980 y 2014, en más del 5 por ciento de los casos las víctimas fueron mujeres o chicas indígenas. Esto, a pesar de que este grupo constituye menos del 2 por ciento de la población general del país.

     Según Carolyn Bennett, ministra de relaciones indígenas de Canadá, la cifra oficial no refleja la magnitud real de los hechos. La marginalidad de las víctimas y el racismo sistémico que afecta a las fuerzas policiales, han llevado a que muchos casos queden sin registrar, por lo que el número real de mujeres indígenas asesinadas en Canadá sería aún “mucho mayor” que el registrado por organismos oficiales. Durante años, explicó Bennett en abril de 2016, el asesinato de mujeres indígenas fue silenciado por autoridades policiales y gubernamentales.
    Ese silencio es el que Lorelei Williams ha buscado romper durante gran parte de su vida. Por eso, la trabajadora social devenida activista creó Butterflies in Spirit, un grupo de danza conformado por familiares de víctimas de femicidios raciales. El grupo, basado en la ciudad de Vancouver, combina bailes tradicionales de los pueblos originarios del oeste canadiense con ritmos urbanos de hip hop.
     —Empecé con Butterflies in Spirit porque quería -dice Williams- que la gente viera los rostros de mi tía y mi prima [su tía Belinda Williams desapareció en 1977; su prima Tanya Holyk fue asesinada en 1996 por el asesino serial Robert Pickton]. Por eso bailamos con remeras que muestran el retrato de nuestras familiares asesinadas o desaparecidas, incorporando también los atuendos tradicionales de nuestras distintas naciones.
     Hoy la activista de las naciones indígenas de Skatin y Sts’ailes viaja con su grupo de voluntarias a lo largo y a lo ancho de Canadá, llevando su particular grito de Ni Una Menos a cada rincón del país. 
   —Cuando empezamos, muy poca gente sabía lo que estaba sucediendo con nuestras mujeres indígenas. Hoy, casi todos en Canadá saben sobre los asesinatos.
     Según me cuenta Duncan McCue, periodista de la Canadian Broadcast Corporation (equivalente canadiense de la Televisión Pública), las redes sociales han jugado un papel fundamental en la visibilización de la violencia de género contra mujeres indígenas. A través de Twitter y Facebook, familiares de víctimas se han unido bajo el hashtag #MMIW (Murdered and Missing Indigenous Women), encontrando un espacio virtual para pedir justicia.
   —Por primera vez, los familiares de las víctimas, que siempre se encargaron de mantener el recuerdo de sus familiares y fueron ignorados por las fuerzas policiales y los medios de comunicación, han podido unificar sus pedidos para presionar públicamente a las autoridades -dice McCue, quien pertenece a la nación indígena Anishinaabe y cuyo trabajo registrando casos de mujeres indígenas asesinadas ha sido recientemente galardonado con varios premios de periodismo de investigación.
    Al igual que en la Argentina con el #NiUnaMenos, las redes sociales amplificaron los reclamos de justicia, sumando incluso a políticos y funcionarios gubernamentales. Tanto es así que, en 2015, el carismático primer ministro Justin Trudeau clasificó al asesinato de mujeres indígenas como una “tragedia nacional” y creó una comisión investigadora para determinar las causas estructurales que han llevado a tanta violencia.
     Para McCue la investigación es solo el primer paso hacia una solución definitiva a los feminicidios que siguen impactando a las comunidades indígenas de Canadá.
      —Indudablemente la pobreza y el racismo hacen que las mujeres indígenas sigan en situaciones de vulnerabilidad que conllevan a la violencia de género -dice McCue-. No tengo ninguna duda de que la investigación llegará a esa conclusión. El problema es que si no hay un compromiso político y económico para solucionar estos temas, va a ser imposible que este tipo de violencia se acabe.
   Lorelei Williams no podría estar más de acuerdo. Por eso, a pesar del cansancio y la victoria política que significó el lanzamiento de la investigación lanzada, ella sigue dedicando su tiempo a visibilizar la temática, tanto por medio de la danza como por medio de las redes sociales.
   —No me queda otra— dice mientras la lluvia sigue cayendo fuerte en Vancouver y en Buenos Aires—. Lo tengo que seguir haciendo por mi hija.

Peter Mothe
Canadá, EdM, Enero 2017


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