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El zoo del fin de los tiempos, por Miguel Vitagliano


Olivier Messiaen amaba los pájaros aún más que la música. En los viajes se las ingeniaba para escapar a las obligaciones y caminar entre el canto de los pájaros. Transcribía en un pentagrama los cantos que no conocía. El timbre vencía a la materia, y el sonido a la opresión de cualquier instrumento. Lo pensaba en todo momento, también mientras compuso en 1940, encerrado como prisionero de guerra en el campo de Görlitz, Cuarteto para el final de los tiempos. No encontró impedimento en escribir para los únicos instrumentos que tenía a su alrededor, aun cuando resultara inusual la reunión de piano, violonchelo, violín y clarinete. La obra se estrenó en el campo en enero de 1941. Asistieron todos los prisioneros. El timbre vencía a la opresión de la materia y allí estaban los pájaros abriéndose paso en el clarinete. En realidad, Messiaen amaba a los pájaros porque eran capaces de volar hacia la música. Y eso resultó aún más evidente en composiciones posteriores, como en Catálogo de pájaros y Pájaros exóticos.
       Es muy posible que Messiaen conociera los escritos de William Henry Hudson sobre los pájaros en el Río del Plata y en Inglaterra. No más que eso, que leyera alguna de sus páginas; el escritor inglés que Argentina perdió –vivió en la provincia de Buenos Aires hasta los 32 años y en 1874 partió a Inglaterra para siempre- murió en 1922, cuando el músico francés era todavía un joven estudiante con pocos pájaros en la cabeza. A ambos les habría gustado conocerse y compartir sus secretos alados. Hudson fue vicepresidente de la Sociedad Real para la Protección de Aves en Inglaterra. A su muerte encontraron una lista en la que dejó anotadas cuántas eran las aves que había dejado de oír y cuántos los cantos que había olvidado en los últimos tiempos. Las primeras sumaban 192, las otras 7. Era el dolor de reconocer la superficie exacta de lo perdido.
       Sin duda que Hudson se habría alzado en la defensa de la música de Messiaen, cuando, en 2013, a veinte años de la muerte del compositor, la Unión Ornitológica de Francia (UOF) presentó una querella en su contra y a favor de los derechos de autor de los pájaros. Reclamaban un porcentaje en los derechos. El presidente de UOF declaró que no trataban de desprestigiar su obra, “ni acusarlo de plagio”, lo que sucedía era que reconocían la presencia de los pájaros en el 70 % de sus composiciones y por eso solicitaban “el mérito a los autores originales de ese material musical”. (El nombre del presidente de UOF es François Colombe; mejor omitirlo para no dar lugar a ironías, ya que “colombe” significa “paloma” en francés).
       Cada vez se hacen más frecuentes esa clase de dislates. No son pocas las situaciones en que la pretensión de legalidad busca imponerse como causa legítima. Si el reclamo era legítimo, ¿por qué entonces no reclamaron el 50 % de los derechos y sólo un 5 %, si sostenían que los pájaros “son los autores originales” del material sobre el que se construyó la música? La ley, el derecho, con frecuencia termina por convertirse en una posible salvaguarda de lo que no es legítimo, aun siendo lo legítimo lo que el derecho debería proteger. Y siempre hay un poco más. Hace una semana concluyó, en San Francisco, el litigio entre el fotógrafo David Slater y la asociación People for Ethical Teatment of Animals (PETA). El fotógrafo, en 2011, habría propiciado en la isla indonesia de Sulawesi que un mono del lugar se hiciera una selfie que posteriormente publicó en un libro. PETA reclamaba los derechos de autor para el mono y consiguió que Slater donara el 25 % de las ganancias por “la selfie del mono” y utilizar ese dinero en la protección del habitat de otros ejemplares como Naruto.
       No todos los reclamos a favor de los animales pugnan por tener sino también por ser. En Michigan, una mujer fue declarada culpable de haber asesinado a su ex marido después de que el jurado escuchara el testimonio de Bud, el loro de la víctima que repitió las últimas palabras de dueño: “No dispares, no, no dispares”. Bud era un loro africano y, como no vaciló en decir La Nación: “los loros africanos son conocidos por su capacidad para imitar el habla humana, y tiene las habilidades cognitivas de un niño” (21/VII/ 17). El diario no consideró necesario agregar más; por ejemplo, especificar de qué niño, si daba lo mismo un bebé de pocos meses o un niño de diez o de quince, ya que a esa edad también son considerados niños para la ley. Nadie podría argüir que se trata de una precisión irrelevante, ¿acaso no se estaría violentando la autoestima de los menores al asimilar su capacidad cognitiva a la de los loros? O, quizás, alguien podría decir que incurro yo en una solapada violencia contra la autoestima de los loros al compararlos con jóvenes que bien podrían ser estudiantes de las escuelas secundarias en Buenos Aires, esos mismos estudiantes a los que los medios y los altos funcionarios del Ministerio de Educación suelen infantilizar tratándolos de “chicos” o de “loros que repiten” cuando reclaman por sus derechos, desde luego legítimos.
       Pero ese es otro tema, y ahora estamos refiriéndonos al zoológico. Lo que importa son los animales. El jefe de gobierno de Buenos Aires, Rodríguez Larreta, no ha dejado de preocuparse por la transformación del zoológico de la ciudad en un “ecoparque”. Y en lo que esa empresa trae aparejada: la necesidad de trasladar a los animales a otro lugar. El traslado de una jirafa se impone más complejo que el de cualquier otro animal. La jirafa no puede doblar su cuello. Sedarla y moverla extendida en sus 6 metros sobre un camión no es lo más recomendable. “No la podés sacar (de pie) en un camión porque aparecen los puentes”, comentó Rodríguez Larreta en Radio Con Vos, y enfatizó: “Esos son problemas reales”. Las jirafas no son los avestruces, que tan bien pueden andar escondiendo la cabeza. A modo de coda, digamos, que en enero de 2016, en el zoológico que ahora ya no es, nació otra jirafa de 62 kilos y 1 metro setenta de alto, muy dispuesta a crecer hasta susurrarle a las nubes las noticias del fin de los tiempos.


Miguel Vitagliano
Buenos Aires, EdM, Septiembre 2017
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