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Derechos Humanos: sexo y aborto, por Leon Ferrari. En Página/12, 13 de octubre de 1998.


El último número de Escritores del Mundo fue publicado el miércoles 8 de agosto, horas antes de la votación en el Senado de la Nación que mantiene a los abortos clandestinos en la ilegalidad Hoy, jueves 9 de agosto, sumamos esta nota publicada hace veinte años por León Ferrari, en el diario Página/12Muchas cosas han cambiado, en las dos décadas que nos separan desde entonces. El punto central que denuncia Ferrari en esta nota, no. Las condiciones de posibilidad de que una médica como la Dra. Cortez denuncie a su paciente son distintas, muchísimos abortos han salido del silencio; la posibilidad en sí, no. Ayer estuvo cerca de caer, pero seguimos igual. La imagen de León Ferrari que acompaña la nota se titula Ámate (1997). Materiales: Estampa sobre papel (“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mr. 12, 31): Palabras de Jesús escritas en braille sobre “Juego de manos”, estampa de Utamaro que muestra la técnica de masturbación mokodaijuji: pellizcar el clítoris entre los dedos índice y mayor)


Algunos derechos humanos se incluyen en la Declaración cuyo cincuentenario se celebrará en diciembre, pero otros o están ausentes o son cuestionados, y hasta penados en su ejercicio, por presiones religiosas: el derecho al divorcio, al sexo libre, al uso de preservativos, a los anticonceptivos, al aborto, a la homosexualidad, al erotismo sin censura, etc. Derechos todos vinculados al sexo, negados por no ajustarse a la singular ética inventada por Occidente que incluye la hostilidad que esa cultura siente ante la más antigua, compartida y practicada pasión humana: la cópula y el mundo de la sensualidad.

     Entre esos derechos se cuenta el uso de preservativos que la Iglesia ataca (Santo Tomás de Aquino advertia que derramar semen sin propósitos fecundantes era casi un homicidio) y que la hace responsable de innumerables casos de infectados por el sida, algunos porque la prédica antiprofiláctica los privó de los medios de prevención o de informacion sobre ellos, o porque les suminstró información falsa (se llegó a sostener y publicar que el virus atravesaba el látex) y otros, contagiados por ser feligreses catequizados con la idea de que su Creador les prohíbe utilizar para gozar el sexo que les dio sólo para multiplicarse. El sexo sería entonces una trampa para cazar pecadores: desparramando sobre el cuerpo en tentadoras formas, pieles, montes y valles, fuente de innumerables formas de placer que parecen ser el regalo de una mente privilegiada y bondadosa, pero que en realidad ejerce la función que cumple el queso para cazar ratones.
     Pese a que la mayoría de los que nacen viven padeciendo hambre y crueldad, y que, de ser cierto que son pocos los que se salvan como asegura el Evangelio, a millones les espera lo que Juan Pablo II califica de condenación eterna y que Jesús describe como fuego que nunca se apaga, el Vaticano continúa predicando contra el derecho a usar anticonceptivos. De esta prédica resulta un incremento en la suma de dolores y hambres que sufre la humanidad, y agrega además, según creen los creyentes, multitudes al reino de Satanás. No parece ser una muestra del amor al prójimo reclamado por Jesús alentar el nacimiento de tantos seres que, en lugar de temrinar en el cielo contemplando al Padre creador del sexo, corren el riesgo de acabar con el diablo en el infierno para recibir, quizá por culpa del sexo, los suplicios anunciados por el Hijo.
     El aborto, derecho combatido con éticas nacidas en libros que originaron las usadas para quemar brujas por copular con el diablo, es castigado como parte de la represión que la sociedad ejerce sobre los desprotegidos: las muchachas que mueren en abortos clandestinos no son las que pueden pagar asepsias, anestesias y médicos que protejan sus vidas sin recurrir a hospitales ni a leyes que las amparen; las víctimas son las que usan instrumentos y recetas que las ponen en peligro porque se les niega la atención que aquéllas reciben. El aborto es uno de los ejemplos más claros y fácilmente evitables de la discriminación que ejerce el poder y el dinero: sólo basta una legislación que equipare la atención médica de las que tienen con las que no tienen medios para pagarla, y que evite que gente como la doctora Cortez las denuncie violando éticas profesionales para imponer éticas religiosas.
     No es la vida lo que De la Rúa defiende desde la concepción, como le aseguró al Papa en su reciente visita en coincidencia con Menem y Videla, que lo precedieron en apoyar la obsesión sexual vaticana; lo que ellos defienden y que nace en la concepción es la muerte de millares de mujeres que pierden su vida porque esta sociedad, en lugar de hospitales, les promete cárcel a ellas y quien las ayude.
     Nuestra cultura tiene en las páginas que la originan frecuentes antecedentes de óvulos destruidos, frutos tempranos de lo que el Papa llama cultura de la muerte, pero a diferencia de los abortos que hoy castiga el Código Penal, en los exterminios de ayer, diluvio, Sodoma, Jericó, y en el Apocalipsis de mañana (relatados en los misales que leen el Papa, Massera, De la Rúa y Menem), se destruyen junto a los óvulos fecundados también los vientres que los albergan.

León Ferrari,
Página/12, 13-10-98
Buenos Aires, EdM, Agosto 2018



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