ESCRITORES EN SITUACIÓN

Máquinas y escritores: Los casos de Piglia, por Miguel Vitagliano


Un ojo sobre la pantalla buscando letras y palabras. Así conversaba Ricardo Piglia (1941-2017) con los amigos que lo visitaron en el último año de su vida, y así también corrigió Los casos del comisario Croce (2018). En la nota final del volumen explicaba: “Compuse este libro usando el Tobii, un hardware que permite escribir con la mirada. En realidad parece una máquina telépata”. Piglia no se conformaba con la descripción de un estado de urgencia, quería convertir la situación en un problema de escritura: “Mis otros libros los escribí a mano o a máquina (con una Olivetti Lettera 22 que aún conservo). A partir de 1990 usé una computadora Macintosh. Siempre me interesó saber si los instrumentos técnicos dejaban su marca en la literatura. ¿Qué cambia y cómo? Dejo abierta la cuestión.”
       La última vez que se presentó ante el público fue en el otoño del 2014 en la Biblioteca Nacional. Los primeros síntomas eran ostensibles: un brazo paralizado. Comentó al pasar que se trataba de un virus; uno de esos virus extraños, dijo con desdén. Los virus y las máquinas ya estaban en sus narraciones, la diferencia ahora era que el escritor empezaba a ser su propio –y ajeno- borrador, su working progress. Como la mujer que cuenta historias encerrada en una máquina en La ciudad ausente (1992). Las visitas de sus amigos al tiempo se volvieron complejas situaciones de lectura. Para más, Piglia se había mandado hacer una suerte de túnica para no lidiar con cierres y botones. La vestimenta debió teñir de un halo algo exotérico a esos encuentros. Los amigos hablaban y Piglia oía como si leyera lo que callaban hasta que, de golpe, se imponía el lento proceso en que los ojos buscaban hablar y en la pantalla se formaban las palabras. ¿Cómo está X? ¿Qué pasó con Y? ¿Pudiste encontrar a W? En esas ocasiones se concretaba lo que afuera se consumía en buenos principios, allí realmente importaba lograr la pregunta justa. Stephen Hawking, que padeció también una enfermedad neurodegenerativa, se había inclinado por el camino inverso. Al conceder una entrevista pedía que le enviaran las preguntas con semanas de antelación, entonces el ojo emprendía con tiempo la paciente búsqueda de las palabras en la pantalla y otro programa las leía imitando una voz que se grababa y se emitía el día fijado simulando una conversación espontánea. Hawking fingía una naturalidad imposible, Piglia buscaba en cambio una respiración artificial para abordar lo que se imponía como naturalidad imposible.

       Lo que había sido un mecanismo retórico de sus relatos se convirtió en la forma que lo decidía todo. El escritor convertido en máquina. La manera en que investiga el inspector Croce expresa esa situación. Es una máquina que procesa los “casos”; es decir, una máquina que lee y escribe. Solo de lejos el método se asemeja al utilizado por Piglia en otras narraciones: cuando Renzi interpretaba en el delirio de “la loca” el testimonio que revelaba la verdad sobre un crimen confiaba en la constancia de un orden como garantía, en Croce la constante no es el orden sino el azar; acaso el azar como destino irremediable. Por eso se deja llevar por las palabras y se entrega a las asociaciones libres. Aunque no las escucha como un psicoanalista, las deletrea como si interceptara voces, como si se entrometiera en conversaciones ajenas. Se mueve en el terreno de la materialidad de lenguaje, concibiendo que entre la realidad del mundo y la del lenguaje lo que prima es la transposición, no la representación. Croce piensa “aliterando, veía una sinonimia y ya no paraba y se perdía entre los cardos”, se dice en “El astrólogo”, y en “La excepción” se insiste: “Usó su técnica de asociar libremente [las palabras de los versos de una víctima] y trató cada palabra como si encerrara una vía de escape de la cárcel del lenguaje”. En otro de los cuentos, “El jugador”, se explicita: “Croce siempre recurría a los encargados de las telefónicas porque desde luego escuchaban todo y estaban al tanto de vida y milagros de la población”. Pero no es uno de ellos, él sabe que escucha porque quiere saber, ni es “la loca” que no sabe que habla lo que ha escuchado, ni tampoco es Renzi que se arroga un saber para escuchar lo que los otros dicen en lo que hablan: Croce combina el comportamiento de los tres, sin completarse en ninguno.
       Es una máquina, no como una máquina, es una máquina en borrador que se despliega a medida que los individuos se van borrando. Las fronteras entre máquinas e individuos son porosas. En ese destino irremediable los escritores pueden escribir con los ojos, o las ficciones pueden devorarle la vida a cambio de volverse irónicamente perdurables. En las relaciones que Piglia ha tejido con Borges y Arlt siempre subyacen las narraciones de Bioy Casares, desde la máquina de Morel hasta los casos-máquina de “En memoria de Paulina” y “El perjurio de la nieve”. Porque en Bioy Casares como en Piglia, y sobre todo en el modo de pensar de Croce, lo decisivo está en descubrir que las máquinas se esconden en sus mecanismos. Es decir, en descubrir máquinas en eso que se percibe apenas como un presentimiento sin aparatos. Croce puede reconocer, por ejemplo, afinidades entre los mecanismos de su lectura y los de un historiador, pero también con las maneras de leer de los vaqueanos. Los “casos” consisten en hacer aflorar esas afinidades. En “La conferencia”, Croce se encuentra con un escritor que ha ido a dar una charla en un pueblo; es 1954, nadie sabe que ese escritor que no convoca público se llama Borges, y nadie sabe tampoco que el gobierno de Perón sería derrocado por un golpe de Estado en menos de un año. Croce es parte de todos ellos, y mantiene un diálogo pigliano con Borges, atraído por la consonancia entre el apellido del comisario y el del filósofo italiano. Pero sobre todo, Borges destaca, en esa escena en medio de la pampa, un mecanismo inesperado, el contacto entre Croce y Cruz: “Croce en castellano es cruz, el sargento Cruz, que, como sabemos, se jugó por el matrero y desertor Martín Fierro”. Las fronteras de la ley también son porosas, tanto como las que existen entre la realidad y la ficción. Borges no lo recuerda en el cuento, y Piglia tampoco, aunque debió tenerlo presente, que hacía unos meses Borges había publicado un cuento en La Nación, “El fin”, en el que cambiaba la historia pergeñada por José Hernández y decidía matar a Martín Fierro. Una intervención en la historia (de la literatura) argentina que Piglia replica en “La conferencia”, y en otros “casos” de Croce. El comisario y el escritor –también- terminan por reconocerse “dos paisanos argentinos” y se reparten en diálogo lo que puede leerse como la frase de una única voz: “Dos rastreadores. Leemos pistas, rastros. Buscamos lo visible. En la superficie. No hay nada oculto. Buscamos lo que se ve”.
       Todo está expuesto, no hay misterio, o mejor, el misterio consiste en reconocer la función, el valor otorgado a lo que refulge como misterio. Como en “La carta robada”, el cuento de Poe que Piglia interviene en “La película”. En el caso de Croce no hay una carta robada a la reina sino una posible película porno filmada a principios de los 40 y que tendría como protagonista a Eva Duarte años antes de convertirse en Eva Perón. ¿A quién podría beneficiar la posesión de esa película? ¿El asunto residía en corroborar si la actriz realmente era ella? ¿Importaba la verdad o se buscaba que el rumor se expandiera como un virus dando lugar a la sospecha, sea cual fuese la identidad de la actriz? La trama podría leerse en relación al presente, si se considera el papel que han ido asumiendo los medios de información en los días de la “posverdad”. Pero también cabe vincularla con la sinuosa intervención de los servicios de inteligencia en la política nacional a través de la opinión pública. Tejidos de sospechas que pueden convertir en mensajes-cartas-películas desde las fotocopias de un cuaderno a la muerte de un fiscal. Máquinas, darse máquina, darle a la maquinita, maquinar, darle máquina. Como el pensar aliterado de Croce que mira atento las palabras cuando oye el mundo que habla.

Miguel Vitagliano
Buenos Aires, EdM, octubre 2018
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