Abril/12
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PIES DE IMAGEN

Total para qué – te vas a preocupar, por Diego Iturriza

 
Este pingüino estilizado, vestido con los atuendos que según la tradición patoruzú son los del gaucho y recostado en una cámara de fotos, amistoso y sonriente, iba cosido a las chaquetas de los 12 hombres que el seis de enero de 1962 pudieron denominarse los primeros argentinos en llegar por el aire al Polo Sur. No menos sugerentes eran los nombres pareados de los bimotores estadounidenses Douglas DC-3 y Douglas C-47 en que concretaron lo que entonces era una proeza: sobre los respectivos fuselajes se leía “Y total para qué” y “Té vas a preocupar”, osadía bautismal también en su desdoblamiento.
Los norteamericanos de la base Amundsen Scott manifestaron asombro al verlos llegar en aeronaves diseñadas veinte años antes, para la Segunda Guerra Mundial. Los expedicionarios, todos miembros de la aviación naval, desplegaron una bandera argentina y una placa en honor a los primeros expedicionarios:La República Argentina a Amundsen, Scott y sus hombres, en el cincuentenario de su llegada al Polo Sur. Homenaje de la Aviación Naval de la Armada Argentina en su primer vuelo al Polo Sur. Después, el comandante de la expedición se refirió a “la soledad, el frío, los huracanes, las nieves, las grietas, la larga noche invernal soportados estoicamente por las expediciones” anteriores, y enmarcó el propio anevizaje en la generosa cooperación internacional” donde “la República Argentina ha estado presente desde hace más de medio siglo”.

Once años más tarde, ese mismo hombre, nacido en 1920 en Tucumán, se trasladaba en un Dodge Polara por la ciudad de Buenos Aires conducido por su chófer, cabo primero. En el semáforo de Junín y la entonces Cangallo recibió desde una motocicleta seis tiros que pusieron fin a su vida. El contraalmirante Hermes José Quijada moría bajo las balas del ERP, que lo había sentenciado luego de que en 1972 el militar leyera por TV la versión oficial de lo que ya se conocía como Masacre de Trelew, presentando como resultado de un intento de fuga frustrado el fusilamiento de 16 guerrilleros en la base aeronaval Almirante Zar de la ciudad chubutense. Su ejecutor, el guerrillero del ERP Victor José Fernández Palmeiro, murió también en la emboscada porteña, abatido por el cabo chofer.
Nada se reconoce en 1973 de la camaradería aventurera, de la exploración pacifista y cooperativa (el matizado pero evidente nacionalismo de la empresa no la empaña), de la despreocupación ante los riesgos, ni mucho menos del humor que evocaban el pingüino y el nombre de las naves en 1962. Quijano, tucumano y mestizo en Buenos Aires y en el Polo (alguien que difícilmente haya dejado pasar un día de su vida adulta sin peinarse), ha definido para entonces su vida y su carrera en el compromiso con lo que en sus términos sería la lucha contra el Marxismo Internacional, el terrorismo etc. No es que elegir la carrera militar en el siglo XX pueda haber sido otra cosa que una toma de partido radical en relación con una forma de sociedad, pero los símbolos del anevizaje argentino en el Polo nombran otras posibilidades. Hoy desaparecidas bajo la colosalidad de lo imborrable.

Diego Iturriza
Buenos Aires, EdM, Abril 2012
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APUNTES

Jorge Leónidas Escudero: La herida más mortal, por Jorge Consiglio


La palabra poética del sanjuanino Jorge Leónidas Escudero está enhebrada en los giros de la paciencia. Requisito indispensable en el ánimo de un hombre que usa su vida para avanzar sobre el horizonte. Su búsqueda: alimentarse de hallazgos. Escudero tiene el pulso firme para sostener una ilusión que, igual que un deseo, siempre se renueva.
La destreza del poeta consiste en barajar lo inefable, en tener la intuición para aprehender aquello cuyo nombre es fuga perpetua. El lenguaje lírico se amasa con una materia discreta que discute con la certeza y la tautología. De hecho se rige por el desconcierto y el azar.  Y Escudero, en ese sentido, tiene oficio: el hombre conoce la emoción que provocan las cartas; sabe traducir, además, el resplandor que se desprende de los caballos en plena carrera. Otra pasión del sanjuanino son los minerales. Fue, igual que los personajes de Jack London, un buscador de oro. Lo que implica ser dueño de un paladar habilitado para encontrar esperanzas en el vientre de una piedra, en el austero vientre de una piedra. Dice el poeta: “O será mi destino perseguir con denuedo/un metal que relumbra cada vez más lejano/o seré como el humo que tiene la porfía/de buscar hacia arriba y perderse en el viento”.

En el 2001, Ediciones en Danza publicó A otro hablar, cuidada antología del poeta sanjuanino.  El libro abarca toda su producción publicada hasta el momento, desde su primer poemario La raíz de la roca (San Juan, 1970) hasta Serendear (San Juan, 2001). Después, en el 2011, la misma editorial publicó su Poesía Completa con el resto de los libros no incluidos (por ser posteriores en su edición) en la mencionada antología. No obstante, en estas líneas me propongo dar cuenta de A otro hablar, a pesar de que el libro no es tan reciente, en virtud de mi gusto personal (disfruté enormemente con su lectura) e inspirado en el criterio de ciertos devotos del jazz que conservan intacta la pasión (y el discurso que ésta reaviva) por ciertos discos del género, con independencia de lo que el músico compuso y grabó después.
A otro hablar tiene dos partes. La primera consta de un conjunto de poemas seleccionados por el propio autor; en la segunda, la elección de los textos le corresponde a Javier Cófreces, editor de la colección y lector apasionado de la obra del sanjuanino. El libro abarca aproximadamente treinta años de producción de textos. En ese lapso la voz del poeta es homogénea, es una “voz de pecho adentro”, como gusta decir Escudero en “Catitero”. El discurso fluye con naturalidad a pesar de que el ritmo es sincopado. Hay un constante stacatto determinado por un discurso con pellizcos coloquiales (regionalismos) que plantea diminutas tramas narrativas. De allí el choque de alientos: el hiato de lo lengua cotidiana, ese hipo repentino que quiebra el sonido –y fragmenta la sintaxis- en medio del verso, mezclado con la cadencia regular, apacible, de los relatos. Mediante este recurso, Escudero hilvana en sus textos no sólo el mundo artesanal que hace a su imaginario sino también el silencio –siempre poblado- que es, ni más ni menos, que la identidad de ese mundo. Este silencio, esencia constitutiva de la materia ficcional (“cierta clase de queso/vale por los agujeritos vacíos que tiene”, dice el poeta en “Dibujo del cero”) es el mismo al que se refiere Kafka en “Desenmascaramiento de un embaucador”. Es el silencio inevitable, la mudez ontológica, en el que todos –y todo- se dejan oír, porque, como sostiene el autor de El proceso, se siente desde siempre y para siempre su propiedad. Y justamente sobre este silencio, entendido como ingrediente unificador de todo lo que es, se asienta el eje comunicativo en la obra de Escudero. En este caso, el hecho de compartir esa sustancia elemental es equivalente a la identificación con una misma lengua, una lengua difícil, que nace a la fuerza (“¿Y qué puedo decir con la lengua trabada?/esto, y la sombra piso,/palabras huecos alzo, tomo/de la cola un ratón y lo suelto,/no es lo que busco.”). De allí que el yo lírico, en los textos del sanjuanino, recurra a menudo a la segunda persona para generar el diálogo que cierre el circuito comunicativo o, directamente, interpele al lector. Busca hacerlo partícipe de un imaginario elemental sostenido por oficios terrestres. Los héroes de Escudero son arrieros, mineros, catiteros, buscadores de oro, pero también, jugadores extremos y enamorados sufrientes que adelgazan el perfil en un bar. Todos ellos comparten el mismo gesto: están situados de cara a la espera (“digo que busco a Dios en cada arremetida/y que estoy esperándolo cuando orejeo un naipe.”). Sus modos son serenos; basculan con delicadeza entre la resignación y el paroxismo. Parecen conocer de antemano su destino. Saben que existir “Es mirar hacia un lado y a la vez hacia otro/y entre ambas miradas estar en peligro,/ya que el hombre se esquizofreniza/en pos de lo inalcanzable”.
                                                             Jorge Consiglio
                                         Buenos Aires, Argentina, EdM, marzo de 2012
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NOTICIAS DE AYER

YPF, por Alcides Rodríguez


En febrero de 1928 Enrique Mosconi, director general de YPF, fue invitado por el Departamento de Petróleo de la Universidad de México para dictar una conferencia acerca de sus experiencias al frente de la joven petrolera estatal argentina. Eran tiempos en los que el gobierno de Plutarco Elías Calles impulsaba una ley petrolera que generaba persistentes conflictos entre el Estado mexicano y los grandes trusts petroleros estadounidenses y europeos que operaban en el país. En el texto legal se precisaba, entre otras cosas, que la propiedad de todo yacimiento correspondía a la nación y que las empresas sólo podían explotar el recurso en carácter de concesionarios. El descubrimiento de los yacimientos, la extracción y el refinado de petróleo eran considerados actividades de “utilidad pública”. Se confirmaba por cincuenta años los derechos adquiridos a aquellas empresas que hubiesen hecho “actos positivos” antes de 1917, y prohibía expresamente a todo extranjero a recurrir a sus gobiernos para resolver las controversias jurídicas en torno a derechos y bienes en México. La oposición surgió en el mismo momento de la enunciación de la ley. Ni el gobierno de los Estados Unidos ni el de Gran Bretaña la aceptaron. Los trusts petroleros desplegaron una fuerte estrategia legal que se materializó en más de sesenta recursos de amparo, llegando incluso a la franca rebelión en relación al problema de los derechos adquiridos sobre los yacimientos. Las fuertes presiones internacionales (amenazas de intervención armada incluidas) y el deseo del presidente Calles por lograr una solución política del conflicto hicieron que el espíritu fundamental de la ley, que no era otro que proteger los recursos naturales de México y orientar buena parte de la explotación en beneficio del país, no llegara a materializarse. “Ojalá México no hubiera tenido nunca petróleo” cuenta Mosconi que le dijo Calles durante su primer encuentro.

Los problemas de México no eran ninguna novedad para Mosconi. Hacía tiempo que el director de YPF venía sosteniendo una larga lucha por consolidar a la petrolera estatal frente a los mismos poderosos trusts y sus aliados políticos argentinos. Lucha que se tornó más intensa cuando en 1928 los directivos de la Standard Oil, la Royal Dutch Shell y la Anglo-Persian, reunidos en el castillo escocés de Henry Deterding, conformaban un poderoso cártel petrolero que eliminaba la competencia entre las tres compañías, repartíendo salomónicamente cupos del mercado internacional y fijando los precios. Si bien YPF había dado algunos pasos fundamentales para poder posicionarse dentro del mercado argentino, todavía quedaban muchas tareas por hacer, sobre todo en relación al desarrollo de la infraestructura de la empresa. La fuerte competencia de las empresas extranjeras (el 70 % del mercado petrolero argentino estaba controlado por dos compañías, la WICO y la Anglo-Mexican, que fijaban el precio de los combustibles en todo el país) y ciertos problemas en el sistema de distribución de naftas habían hecho que en 1929 la petrolera estatal tuviese almacenados grandes cantidades de petróleo y combustible sin vender. Mosconi ideó una estrategia con un doble objetivo: resolver este problema y dar un paso más hacia el control estatal del petróleo argentino. Y lo más interesante del caso es que recurrió a tácticas similares a las que utilizó John D. Rockefeller para quedarse con el virtual monopolio del petróleo en los EE. UU. Sin mediar anuncio alguno, entre agosto y noviembre de 1929 YPF redujo un 17% el precio de los combustibles al público. Tomadas por sorpresa, las distribuidoras extranjeras no tuvieron otra alternativa que bajar sus precios. Los siguientes treinta años el gobierno argentino mantuvo, en términos generales, esta política de precios bajos, cimentando al mismo tiempo la perdurable imagen de un YPF amigo del consumidor argentino. El punto débil del plan era que la expansión del consumo interno obligaba a recurrir al petróleo importado, y había claros indicios de que las compañías extranjeras estaban dispuestas a desabastecer el mercado para contrarrestar la baja general de precios lanzada y sostenida por YPF. Para dar respuesta a este escenario más que probable Mosconi tenía preparada una nueva sorpresa. La compañía soviética Iuyamtorg, dedicada al intercambio comercial entre la URSS y América del Sur, había inaugurado en 1926 una sede en Buenos Aires. A mediados de 1929, poco antes de iniciar su política de precios bajos, YPF firmó un contrato con los soviéticos. La petrolera argentina le compraba combustible a la Iuyamtorg a cambio del compromiso soviético de destinar lo percibido a la compra de productos argentinos derivados de la ganadería y la agricultura. Este acuerdo colocaba en las manos de Mosconi el combustible necesario para contrarrestar cualquier baja en la oferta de petróleo importado. Durante tres años la URSS enviaría a la Argentina 268.750 metros cúbicos de combustibles a un precio fijado por contrato. Una vez más, las grandes compañías internacionales que operaban en el país quedaron descolocadas. Si no acompañaban las restricciones de precios impulsadas por YPF corrían el riesgo de disminuir considerablemente su participación en el mercado interno argentino.

En su conferencia mexicana Mosconi explicó los progresos de YPF y sus difíciles relaciones con las compañías petroleras internacionales. Instó a los gobiernos latinoamericanos a establecer lazos de cooperación petrolera para combatir a los “trusts explotadores”. La vehemencia de su discurso fue tal que el embajador de los EE. UU. en la Argentina, Robert W. Bliss, presentó una protesta formal ante el Ministerio de Relaciones Exteriores por las duras críticas de Mosconi a la política estadounidense en América Latina. Más allá de las quejas del diplomático, las palabras del director de YPF encontraron en México oídos receptivos. Un primer paso se dio en 1934, cuando el gobierno mexicano creó Petromex, una empresa de capitales mixtos que tenía entre sus objetivos regular los precios internos de los combustibles. El paso siguiente fue el decisivo: en 1938 el entonces presidente Lázaro Cárdenas decretó la expropiación y nacionalización de la industria petrolera mexicana. Para hacer frente a las necesidades de producción y comercialización de combustibles, el gobierno cardenista creó las empresas Petróleos Mexicanos y Distribuidora de Petróleos Mexicanos, cuyas estructuras se inspiraron en el modelo de YPF. No fue una casualidad. Diez años antes Cárdenas había estado entre el público que había aplaudido calurosamente a Mosconi en su conferencia de la Universidad de México.

Alcides Rodríguez (Buenos Aires)
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MAPAS COMPARTIDOS

Crónica de un almuerzo en dispersión, por Martín Kohan


ace un rato comí otra vez, igual que siempre, pensando en cualquier cosa. Lo descubrí un poco después, al ver en la calle un aviso de manzanas y sentirme de repente tentado, deseoso de comer una. Pero acababa de comer una, porque tal fue mi sencillo postre, y ni siquiera reparé en que lo hacía (mis ganas no fueron de comer otra manzana, sino de comer una; no deseaba repetir, deseé como se desean las cosas lejanas). Así supe que había comido como siempre, de nuevo sin saborear, sin disfrutar, sin darme el gusto, muy con otra cosa en mente.
            La cosa que tengo en mente hoy por hoy tiende a ser ésta: una idea de novela; la de un tipo común que, cada tanto, se saca fotos con nenitos desnudos. Lo hace como si fuera inocente, sin sentir ninguna culpa, sin sentir que hace violencia; hasta que un día pasa algo, todavía no sé qué, y ese mundo se le viene encima. Por ahora lo que tengo es nada más que esa sola idea, que es lo mismo que no tener nada; porque una novela no se hace con ideas, sino con tonos y palabras y formas, con narrador o narradores, con tiempos verbales y con puntuación, y por ahora todo eso me falta.
            Nada tengo, entonces, solamente esa idea; pero bastan esa nada y esa idea para ocupar casi siempre lo que pienso. Y por lo tanto así como, por lo tanto así comí: disperso, desatento, desapegado, algo ido; y así sigo nomás por la vida: aplicado a mis cositas, perdiéndome un poco de todo, sin enterarme demasiado de nada.
                                             
                                                                                        Martín Kohan
                                                                        Buenos Aires, Argentina, EdM, abril 2012
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ESCRITORES EN SITUACIÓN

Retransmisión: Antonin Artaud y Jorge Sad, por Miguel Vitagliano




El director del departamento de radioteatro de Radio France, Fernand Pouey, le encargó, en noviembre de 1947, una obra a Antonin Artaud garantizándole libertad absoluta en la composición. Pronto fijaron fecha para emitir la pieza escrita por Artaud; PARA ACABAR DE UNA VEZ CON EL JUCIO DE DIOS sería radiada el lunes 2 de febrero de 1948. Sin embargo, el primero de febrero Wladimir Porché, Director General de Radio France, prohibió su difusión. Pouey renunció a su trabajo. Artaud murió treinta días más tarde y el vinilo grabado para esa producción quedó arrumbado en Radio France, aunque al menos una copia salió de la emisora. La voz de Artaud diciendo “Todo lo que huele a mierda huele a ser. ¿Es dios un ser? Si lo es, es una mierda. Si no lo es, no existe”, que Radio France quiso callar terminó por susurrar en el aire con mayor persistencia que la esperada en una única programación radial.

El artista argentino Juan Andralis, que se fue a vivir a París en 1951 donde frecuentó a Breton, Tzara y Duchamp, se llevó el disco de Radio France -¿o una copia?- y lo trajo consigo a Buenos Aires en 1964, donde volvería a quedar olvidado, esta vez en la imprenta artesanal que fundó para promover textos anarquistas y surrealistas. A su muerte en 1994, la imprenta de Andralis se convirtió en un espacio de experiencias comunitarias y luego en el bar El Archibrazo que aún mantiene sus puertas abiertas. El hijo de Andralis, Pablo, encontró el vinilo, se lo copió en cassette a Francisco Ali Brouchoud que le hizo otra copia a Jorge Sad, y los dos últimos concibieron el proyecto de convertir la cinta de Artaud en material de una obra radiofónica, es decir, continuar la línea que había quedado obligada al silencio desde 1948.
Así surgió Retranmisión, compuesta y dirigida por Sad y estrenada en 2005 tras cinco años de trabajo junto al Gest(u)alt Ensamble. Una obra en que el concepto mismo de palimpsesto resulta tan estremecedor como exquisito, porque actualiza el derrotero de la historia de esa materia sonora singular y la compone en diálogo con otras hasta desgarrar los intersticios entre música y palabra. Deleuze solía utilizar una imagen de Lawrence para describir qué es lo que hace el arte: los hombres fabrican paraguas para resguardarse mientras que el artista es quien hace un corte en el paraguas para dejar entrar algo del caos libre. 
El título de la obra es ambiguo y paradójicamente crítico. Se “retransmite” PARA ACABAR DE UNA VEZ CON EL JUICIO DE DIOS sin que nunca antes haya sido transmitida: Lo que no fue es lo que se repite, lo que insiste para ser otra vez pero ahora corregido en su falta, despojado de su olvido y arrojado al futuro en toda su potencia. Y al mismo tiempo la obra es en efecto una “retransmisión”, no de lo que no tuvo lugar en Radio France en 1948, es la “retransmisión” de la voz de Antonin Artaud que quedó flotando en el aire desde el momento que pasó a ser grabada. Porque a diferencia de las imágenes filmadas que tarde o temprano  –dos siglos o tal vez menos- se deteriorarán hasta disolverse sin dejar rastro, las voces y los sonidos emitidos a través de un medio tecnológico pueden caer en olvido pero aun así seguirán dando vueltas en el espacio. No hay voz atravesada por un medio electrónico que no esté continuamente inserta en el magma imposible del éter, se trate de la voz de los discursos a la multitud de Hitler, la de Truman anunciando que acababan de arrojar la bomba en Hiroshima, o como en el caso de Retransmisión también la voz de Spinetta cantando Artaud y las de periodistas ofreciendo los partes de la guerra en Irak. Otra guerra, otro desastre que ya estaba aunque sin decir en el texto de Artaud. “El ser es sólo una palabra”, se oye gritar a Artaud, y sabemos que se trata de una crítica al esencialismo, aunque en Retransmisión todo vuelve a captarse nuevo: “el ser es una palabra utilizada para designar la cosa que el hombre es.” No se repite sólo para decir lo mismo, también repetimos para dejar de decir lo mismo y decir más y mejor.
Los instrumentos –flautas, clarinetes, percusiones- y los diversos sonidos sampleados  diseñan en la obra la atmósfera de la noche más oscura donde nos sumergimos sintiendo lo ajeno como propio y a lo propio como una ilusión-paraguas. Somos convocados a la miseria de una historia que se repite desde 1948 al presente y al delirio del poder amparado en la pretendida aura de santidad que no ha dejado producir estragos.
Pero junto a ese horizonte histórico de lo colectivo, Sad y el Gest(u)alt Ensamble proponen otro, el horizonte biológico de lo colectivo. Uno y otro son zonas que se corresponden con líneas de lectura–escucha que asumimos ante Retransmisión. Si en la primera se ancla la lectura en la dimensión semántica (historia, guerra, poder, destrucción, dios), en la segunda se resquebraja el sentido hasta dejarlo a la intemperie.  Ya no son dios ni la guerra las referencias, ahora es el caos y el cerebro como máquina de ideas. O mejor: el arte rasgando el paraguas de toda seguridad para atrapar una huella del caos. En esa dirección están puestas las antenas de Retransmisión. “Quién de nosotros no ha rebuscado una nueva manera,” grita Artaud, “de ser puerco cuando estaba solo”. Atrapar algo del caos, en lugar de ser el caos. Ese es el desafío. No ser el puerco sino decidirse por ser el puerco una mañana. Esa es la distancia que Retransmisión propone mientras más parece acercarnos. No se trata de darle forma al caos sino de construir una forma con él. Como dice Artaud: “Sólo creo máquinas urgentes de utilidad.” Y eso es lo que Sad y el Gest(u)alt Ensamble seguirán haciendo con Retransmisión aun cuando creamos que ya hemos dejado de escucharla. 


                                                         Miguel Vitagliano
                                         Buenos Aires, Argentina, EdM, abril de 2012
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POEMAS

Nuestras águilas, por Laura Klein


Fue que yo estuve viva el año de la humillación.
Por el codo de los siglos que me siguieron
sobre una columna, para ver, la hembra que era
hasta que no pueda más
alguien, yo, diga, no puedo más.

Si el hacha hubiera sido nuestro destino
hoy no me quejaría.
Tendría las agallas de volver la cabeza
atrás y ver
mi frente sana con el ojo partido.

Afortunada fui, al cabo de las horas.

Hubo un mes y un día para los vivos.
Hinché el pecho como para respirar o para rezar
y otros hincharon el pecho para respirar o rezar.
Para ser mis semejantes eran muchos.
Contemplamos la falta de ternura en el rostro de cada uno
como un foco politico de la desgracia.

Un alero era yo, que después fue mío.
Dispongo de toda la vida para observar mis mandamientos.
Canta cómo has llegado,      
cómo has llegado hasta aquí.
Una pinza por manos y en los ojos salve quieto gris.

Qué me importa si otros también saben lo que yo.
De pie estoy, para decirlo, no para que se me escuche.

Antes no me hubiera dado cuenta
viviendo de un ojo a otro.
No vi más de lo que vi
no vi menos.

Compartíamos miedo.
Fue imposible evitarlo.
Desde aquí veo el miedo.
Mucho más no se puede decir.

Nos querían aplastar.
Atrás de los cuadrados de heno
apretamos el lado angosto y gritamos
¡nos quieren aplastar!

Desconocidos éramos
que hicimos ver que nos importaba.

Asco sufro de costado.
Mucho más tuve
por la crencha rosada soportaba la vida
estúpida, grande y doliente que me hicieron
como hoy.

Fue como si nada, sin que faltara lo peor.
Todos los tuertos con toda la pata en las rejillas.
Y por qué no decirlo
si hubiera habido alegría
lo diría
lo habría dicho
como si mi vida no fuese oscura
y no fuese mía, y no fuese vida.

Ladrando están los perros.
Es un error que ya no se puede cambiar.
Más de uno se hubiera ahogado.

Ladrando están los perros
quisiera yo, como ellos
entre los molinos de miedo
aguantar, no sé cómo
estaquear mi lengua.

Me colma el pecho decirlo. Digo que sí.

Cuatro veces por día lavarme los colmillos.
Ahí me quise quedar y me echaron.

Fue que yo estuve viva el año de la humillación.
La avenida no tiembla y yo estoy ahí
las luces siguen prendidas y yo ahí
una o pequeña atrás de una horqueta
un cero pequeñín prendido a la teta de un gancho
yo insignificante colgado de una furca rígida.

Si nos hubiesen visto, nos habría bastado.
Si no nos hubiesen estimulado, viviríamos, nos
habría bastado.
Si al menos nos hubiesen expulsado
nuestros cuerpos hubiesen sido blanco suficiente para el ataque
estuches imposibles
nos habría bastado, nos habría bastado.

Antes, había sido una noche de pájaros,
no la mía.

Vienen a mi ojo,
van por mí, a mi ojo dilecto
nos quieren estudiar, como si yo estuviera muerta
como si no estuviera viva, gritando esta vez
en medio de un ramaje que tampoco me concierne.
Y aún así, prestada horca, calla conmigo, reduce tu alegría
a la hora más próxima, cuando te sieguen sin hacerte daño
y sin hacerte daño levantes la pequeña mano hasta la sien derecha.

Yo era un ancla.
Quería ser un muerto.
Solía soñar así, con los pies para delante.

Afortunada fui, que me pasaron por encima
cuando nada podía hacerse ni ser hecho.

Así lo cuento porque ahí estuve.
Al cabo de las horas, atada.
Comprenden? Allí estaba
para que nadie diga después
y se olviden de los vivos que fuimos
pares de los muertos.

Las circunstancias nos habían llevado prematuramente.
Este es el primer postulado de todo humano
que vino al mundo para quedarse.

Yo, que en ese entonces no hablaba –y no era muda
afirmo que buscaba algo.
Yo había sido puesta ahí
en una hora y una fecha determinadas
sin que nadie se hubiera dado cuenta.
Atrás o adelante
estaba yo ahí
para mí que estaba.

Dos orejas y dos ojos
sola en medio del rostro, arrugado aún
una sola única boca que permanecerá abierta un tiempo más
hasta después incluso de que la abertura se borre
calada en la calavera del futuro.

Respiro el aire que guardé en un cuerpo
demasiado joven para gastarlo.
No era mío, hace poco.
Como el ojo preso a la pared
pensé que había intentado.
Pienso que pensé.
Ulteriores experimentos no pudieron desmentir
estas diez sílabas.

Hoy hablan de mí como si yo no hubiera existido.
Mejor, ahora valdría el ganso que fui y mi antorcha apagada
desde que se inician mis recuerdos
porque cuando estuve viva
ni mi madre me veía.

Hablo de lastimaduras.
Al dar vuelta la cara, entregamos la mejilla.
Díganme si estoy gritando.

El barrio del chivo no quedaba lejos.
Fue que rodábamos, avestruces
al calor de nuestras risas
hacia el invicto.

Chuecos, ladeados, anteriores
de la clavícula brotaba un ojal
con su peso en las piernas bailaba
era el ojo, el ojo izquierdo.
Nadie que nos hubiera visto habría pensado
que estábamos contentos.

Hubo lesiones y lesionados.
Fue un mes de lesiones.
Yo, que no era lo que ahora, hubiera querido correr tras los frutos
que huían de los árboles hasta hundirse como huellas futuras
en la cabeza de los infantes.
Pero alguien, lejos de mí, cerró el umbral
y no vi más.

Había imaginado otro final para el comienzo.
No queriendo la cosa, íbamos a llevar animales
para que cuidaran las puertas, los puentes.
Ahí vimos que estábamos desnudos, solos.

No es la pena, no. Ya hubo demasiado en juego.
Los zócalos siguen repletos, al parecer,
hay golondrinas encerradas adentro
y aunque amanezca, aunque se esfuercen
aunque las costillas avancen
sus propias patas no tocarán la playa
no la pisarán.

Pero el rincón que se deja debe estar unido al suelo.

Yo estuve viva ese año.
En los intervalos del odio y el furor
miro mis palmas anchas, blanduzcas
y les pregunto cómo son suaves cómo están despiertas
y me dejan ir, y no me abofetearon.

El capítulo de matar no lo conozco.
Antes de ser cobarde, fui pequeña.
Mis mayores no me habían enseñado
nunca entendí a mis hermanos.
Fue que yo estuve viva y no sé cómo.

Lo que no me hizo daño
vuelve.
Fui una ventana, fue un nido
de vísperas.
Niños pequeños míos
no hubieran querido ser de allí.

En el salmo decía otra cosa.
Cómo nos iban a perseguir y subiríamos
con la promesa de que el veneno no llegaría al río
con el penal a cuestas subiríamos
y así sería
y así iba a ser.

Dije: no quiero envejecer entre oprimidos.
Creí que esto me sería dado.

La fianza nunca fue pagada.
Ahora, sí, confiamos porque queremos
porque no sirve para nada
la desconfianza que teníamos
para comernos hasta el cuero al fatigado sucesor del enemigo.

No fue invierno, como muchos querrían.
¿Sabíamos la clase de armisticio
que estábamos haciendo?
¿Dónde estaba nuestra nuca?
Yo estuve viva el año de la humillación.

¿Cuándo, mi bien, cuándo fuimos lisos?
Todas las moscas del futuro nos consuelan
y todas, alguna vez, cantamos a oscuras.

Vuestras águilas viven y se sientan
a la mesa y se reproducen.

¿Éramos, fuimos, diferentes?
Y, ¿dónde lo habríamos aprendido?
Naturalmente, cuando hacía frío
teníamos frío
pero cómo fue que nos dimos al árbol sin su fruto
no lo sé
no lo sé por más que mientras registro estos pensamientos
me hago ideas distintas
me hago una idea de naranjas y de flores para llevarme conmigo hasta el final.

Y lo hice – Escuchad.
Como si fuera fácil y como si fuera libre.
Dónde está mi hueso –comencé.
Yo llevé una vida hermosa, hermosa
carente de juventud
carente de desgracia
-díganme cómo estoy aquí ahora triturada y celosa.
Por la sencilla razón que no hay alternativa.

Aguante, ciudadana puerca!

Reuní mis armas
de ahí en adelante ennegrecidas
porque no estoy encinta –recordé
para la eternidad.
Como había pensado antes. Antes.
Así y todo tengo hambre y sed.
Los víveres, de acuerdo a los viejos rudimentos, siempre están cerca.
Voy por más.


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