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APUNTES

Infinito, por Luciano Beccaria


Representar el infinito puede ser una tarea un tanto... ardua. Porque no se trata únicamente de agarrar un ocho (8) y darle un empujón para que quede desparramado en posición horizontal (∞), imposibilitado de levantarse por sus sinuosas redondeces. Además, fuera de la semejanza formal con el número, el símbolo infinito parece remitir más a la cinta de moebius que al número fetiche de Riverito, aunque ya se utilizaba mucho antes de que don August Moebius fuera alemán.
    La cuestión es que antes de que la era digital extrapolara los límites de lo finito hacia dimensiones inciertas (por ejemplo, hoy podemos decir que [relativamente {elemental, mi querido Albert}] la Internet es infinita; o bien, gruesita), hubo creaciones analógicas que desafiaron las fronteras de lo perceptible. Porque, ¿cuándo terminamos de subsumir un objeto dado?, ¿cuándo terminamos de comprender los múltiples escorzos de un dato exterior que se empecina en su continuidad sin fin aparente?


    Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, de The Beatles, además de ser considerado el mejor elepé de la historia del rock por muchos músicos, críticos y simples mortales, innovó en varios aspectos del objeto disco. Por ejemplo, es uno de los primeros que incluye un tema fantasma. Fantasma no sólo porque está perdido, precedido de un silencio al final del último tema como parte del mismo track, sino porque además da miedo realmente. Luego de la orgásmica tensión que generan las cuerdas de “A day in the life”, hay un silencio y más tarde un tono de alta frecuencia (esos que sirven para ahuyentar perros), al que le siguen ruidos de ambiente, grabaciones al vesre (de las que el diablo o Xuxa años más tarde supieron explotar) y una frase ininteligible (algo así como never could see any other way) dicha por un niño (recurso que utilizaría en los noventa Pearl Jam en el sublime testamento del grunge: Vitalogy). Esa frase infante y truculenta se repite hasta que el CD termina en fade out. Pero en 1967, cuando ni siquiera había tocadiscos automáticos, el vinilo rebotaba y seguía reproduciendo ad infinitum ese fragmento. La estética se asomaba al infinito aprovechándose de la técnica.
    En el ámbito de la literatura, la archiconocida novela Rayuela, de Julio Cortázar, también se le animó a la inconmesurabilidad formal. Toda persona que la haya saboreado sabe que hay dos formas de acceder al texto, una leyendo los capítulos en continuado del 1 al 56, y otra alternando esos capítulos principales con otros complementarios que ramifican aún más la historia. Pero esa forma de leerla, sugerida por el autor, termina con una secuencia velada: la de los capítulos 131-58-131, que se inter-remiten. Es decir, que habría que volver indefectiblemente sobre uno (58) y otro (131) sucesivamente para alcanzar la lectura total de la novela. Cortázar, que escribió Rayuela para que se lea de una sola manera, y no de las dos como solemos hacer todos los snobs que caemos en sus garras, seguramente se hubiera regodeado con un diálogo como el siguiente: ¿Leíste Rayuela? Sí, de las tres maneras. Cómo de las tres maneras, hay dos formas de leerla nomás. No, yo ya la había leído de las dos formas y todavía sigo con la tercera, estoy hace tres años empantanado entre los capítulos 58 y 131, un diálogo medio limado y como monotemático, así, de manicomio, pero bué, regio.
    En fin(ito), fuera de las expresiones artísticas, también en la más tediosa cotidianeidad podemos experimentar la sensación del infinito de múltiples maneras. Tal vez ya exista un escalectric de un solo plano y con funcionamiento a energía solar, una pista de autos que emule la cinta de moebius y permita correr carreras para siempre sobre un ∞. O bien, arribemos al ∞ a través de un yuyo psico-tropical que explaye nuestro cuerpo y rebase cualquier tope. Tal como escribiera el surrealista francés Michel Leiris: "El 'tirabuzonamiento' de la viña, imagen de lo que será más tarde –una vez el jugo embotellado–, el tirabuzón, que a su vez prefigura la rosca sinfín de la ebriedad". Porque el infinito es todo lo que no somos. Todo lo exterior al yo. Pero ahí, en un pliegue, está la llave al éxtasis lúdico o narcótico para ahondarnos hacia un abismo interior donde el ennui, el spleen y todos sus semejantes estallen en infinitas esquirlas.

Luciano Beccaria (Buenos Aires)

Otras notas de Beccaria en EdM: http://www.escritoresdelmundo.com/search/label/Beccaria
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PIES DE IMAGEN

Ché Rondamón, por Luciano Beccaria


Los tablones que rodean las reformas edilicias del Centro Cultural Gral. San Martín nos regalaron el último verano una obra de arte con la firma del artista colectivo Partido Comunista. Por encima del dibujo aerosolado un cartel institucional y normalizador tenía el buen tino de avisarnos que allí, en la esquina de Sarmiento y Paraná, había una obra. De exhibición tan fugaz como la pegatina de carteles bailanteros lo permitieron.
   La presentificación fotográfica nos permite analizar un poco más la imagen artística del retrato del Ché Guevara. Una mímesis de la foto emblemática de Korda, ya vaciada de sentido de tan reproducida, pero que tiene un plus crítico y resignificante. Lo que resulta curioso es que el ícono inconfundible del Ché Guevara, con su gorra estrellada y su melena leonina, parece contener el rostro de Don Ramón, alias Rondamón, el personaje boludeado pero querible del Chavo. Es poco probable que se trate de un stencil jocoso. Muy por el contrario, el semblante parece graficar un síntoma contemporáneo: transitamos una época de Chés flacos. Una certeza tan desamparada como la constelación uni-estelar que corona el polo magnético de la intensa mirada guevarista.
   Se podría trazar una hipótesis que explicara este Ché rondamonizado a partir de la influencia del muralismo mexicano. Comunistas de partido como Rivera y Siqueiros pueden haber sido referentes estéticos de la cuadrilla graffitera. Y cuando la identificación se estrecha, el imaginario se puebla de símbolos afines. Aunque el único eslabón que une a Don Ramón con Rivera y Siqueiros es la nación mexicana. País de partida del Ernesto que comenzaba a ser Ché.
   El caso nos obliga a profundizar la decantación en el magma de sentidos fundidos con técnicas mineras. Los pormenores que encierran el significado de la imagen metafórica en cuestión nos revelan una síntesis poética más compleja aún. Don Ramón es apenas un símbolo intermediario. Los elementos deconstruidos comienzan a constelarse de forma tal que podemos trazar las líneas que completan el enigma del retrato.
   Si hubo un país de partida del mito guevarista, hubo también un país de arribo, tránsito y consagración; y, claro, un país de sacrificio y martirio. En los valles de Bolivia, el Ché fue capturado hambriento y adelgazado. Y luego fusilado. El PC parecería estar experimentando entonces una evidente deriva foquista que explica esta reivindicación del Ché boliviano. La táctica parece consistir en valerse de personajes populares y masivos y encabalgarlos sobre algún contenido político. Una especie de arte pop del siglo XXI que busca prender simpatías por el costado massmediático. En este plano, se complica descifrar si el personaje massmediático es uno u otro.
   Pero falta un último dato que nos sugerirá que el rostro desnutrido y engalanado con los accesorios guevaristas es Don Ramón y es Guevara. Porque en la relación entre los dos personajes no hay nada inmotivado. ¿O acaso Ramón no fue el último nombre de guerra del Ché?

Luciano Beccaria (Buenos Aires)
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