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Estados de Facebook, por Elsa Drucaroff


Yo también tengo música. (Una biografía)

uando cantó aunque me fuercen yo nunca voy a decir que todo tiempo por pasado fue mejor, me entregó el secreto para no envejecer.
 Cuando cantó todo camino puede andar, me regaló la libertad.
Cuando me contó que su duende al fin había nacido, aprendí a sentir al mío, que está conmigo hasta hoy.


Y peleé por salvar mi piel, me reí, me dejé crecer, largué mi voz y mis palabras. Y me pensé niña y entendí mis insomnios jugando con nada sobre la alfombra. Y cuando fui adulta hice crecer niños, entonces intenté cuidarlos bien y creo que pude transmitirles la alegría del sexo, su aura misma. Después o mientras, cuando escribí una novela habitada por muchos padres y muchos hijos, usé de epígrafe una parte de esa canción.

Porque él me escribió, él me hizo llorar. Gracias, Flaco. Hoy sos todo del viento y yo, una de tus melodías.

Rubia y cheta

Entro a un negocio por Callao, hacia Recoleta, que anuncia saldos de hermosos vestidos de verano. Mientras escucho hablar a una madre rubia con su hija adolescente, rubia y cheta, que miran vestidos a mi lado, elijo algunos modelos y observo su precio. Asombroso: 54, 90, los más caros 120$. "Demasiado barato", me encuentro murmurando en voz alta. La señora me escucha y sonríe: "baratos y lindísimos", asiente. "¿Y si los cosieron bolivianos que trabajan doce horas y viven encerrados en un taller?", le pregunto, y ya no estoy segura de probarme el vestido que tengo en la mano. "Mientras cosan bien no hay problemas", contesta la otra. La miro para ver si espera que ría de su chiste negro pero no hay un atisbo de humor en su expresión. "¿Lo dice en serio?", digo incrédula. "Yo no sé nada de política", responde ella muy segura. "¿Hay que saber de política para estar contra la esclavitud?", le pregunto. "Ellos eligen", contesta serenamente. En ese momento su hija la llama al probador para que vea cómo le queda el vestido, ella me da la espalda y yo quedo paralizada observando el perchero. Lidio con la náusea, con mi deseo de comprar, con la ridícula esperanza de que la ropa colgada me diga su secreto. Entonces escucho una vocecita triste, adolescente: "A mí nada me queda mamá, estoy hecha una vaca". Gélida, llega la respuesta de la madre: "Y si comés así...".


Elsa Drucaroff
Buenos Aires, EdM, febrero de 2012
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Estados de facebook de este mes, por Elsa Drucaroff


ieciocho (3) Mi hijo está probando la guitarra eléctrica más económica que tiene Antigua Casa Núñez: hace acordes, algunos punteos, canta con afinada voz bajita una melodía suave. Su concentración tiene algo religioso, no hace ni una nota en falso. Aprovecho que no mira y se me cae una lágrima. No sabía que tocaba así, no sé cuándo lo aprendió, no entiendo cómo lo hace si tocó durante años en un esperpento desafinado y casi roto, con la puerta de su cuarto cerrada.

Buenos Aires, 21 de octubre de 2011.


Dieciocho (2) Por la vereda me explica que los 18 sólo le traerán desventajas: no va a tener más libertad de la que tiene, no va a entrar a lugares a donde ya no entre ni comprará alcohol que ya no le vendan. "Me tengo que cuidar mucho más. Son más responsabilidades y todo es más peligroso", dice. Lo escucho con miedo pero callo. Busco qué contestar, todo lo que me sale decir parece de libro de autoayuda. Finalmente le pregunto: ¿no hay nada de la adultez que te seduzca? Empieza a pensar la respuesta en voz alta, pero no llega a contestarme porque ya estamos entrando a Antigua Casa Núñez y sabe que una de las guitarras que hay ahí lo está esperando.

Buenos Aires, 21 de octubre de 2011.


Dieciocho (1) Cumple 18 y vamos en colectivo a comprar su gran regalo. Hablo de cuando lo llevábamos a la plaza de chiquito, él menciona los juegos de mesa en familia y reímos recordando los emocionantes finales de Manuelita, cuando nadie sacaba el puntaje justo para llegar a Pehuajó. "Soy la última generación que jugó juegos de mesa", dice y me asombro. "Internet mató todo", me aclara, apocalíptico. Me pregunto si será tan así o si necesita empezar a sentirse viejo para asumir que pasa un límite. Lo veo suspirar, entrar en un silencio suave. Miro de reojo su perfil joven y hermoso, pienso que a lo mejor son las dos cosas. 

Buenos Aires, 21 de octubre de 2011.


Una semana en Bogotá (2). El campus de la Universidad Nacional es una fiesta de graffitis y arte: consignas partidarias o filosóficas, esculturas en papel de diario, murales políticos o porque sí. Cada fin de semestre les tapan todo con pintura blanca; cada comienzo las paredes vuelven a hablar. Miro las obras, algunas muy bellas, todas conscientes de que pronto morirán; leo frases urgentes, verdades por un rato; imagino en cada trazo las manos jóvenes que reinciden, las brochas que cubrirán. "No les alcanza la pintura para tapar nuestras ideas" ha escrito alguien y yo sonrío, respiro hondo, pienso que creer que el arte vale si es eterno es una enorme huevada. 

Buenos Aires, 4 de octubre de 2011



Una semana en Bogotá (1). El lunes hablamos con Claudio Posse de la miniserie sobre El último caso de R. Walsh ante 150 estudiantes. Una chica se refiere a "la dictadura con gobierno democrático que vive Colombia". Segura de mí, desdramatizo: así son las democracias del capitalismo globalizado, digo. Pero en la cena Alejandra Jaramillo dice que no entiendo, que ahí nada terminó. El martes Claudio y yo vemos militares con FAL custodiando las soleadas esquinas del bello barrio turístico de la Candelaria. Recuerdo: Buenos Aires, 1977; pienso mi respuesta del lunes, pienso que no hay que hablar de lo que no se sabe. Claudio posa para que salga el milico pero él se pone de espaldas. Saco la foto con miedo. 

Buenos Aires, 3 de octubre de 2011


Ayer Luz me señaló, caminando por el campus de la Universidad Nacional de Bogotá, la habitación donde dormía cuando estudiaba en los '70 y los techos a donde trepaba con las compañeras. "Venían las ráfagas de metralleta del Ejército y nos agachábamos", se reía. Y señalaba otro lado: "Ahí dormían los muchachos, los militares entraban y los sacaban como estuvieran, desvestidos. ¡Nosotras los espiábamos!", seguía riendo, pícara. Ya van muchas generaciones jóvenes que se divierten estudiando: en el mismo campus hormigueante bajo el sol, Oscar (25 años) abarca en gesto amplio chicos y chicas tirados en el pasto y cuenta como si nada: "cada dos meses entra el Ejército y se lleva unos doscientos". Después nos invita a tomar jugo de lulo en el barcito del pabellón. 

Bogotá 28 de septiembre de 2011

Elsa Drucaroff (Buenos Aires)
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Estados de Facebook de septiembre, por Elsa Drucaroff


on el sol en la piel, ayer recordaba un antiguo poema latino: Venus pasea por el bosque cuando la primavera comienza; canta "que mañana ame quien nunca haya amado y quien ya amó, mañana ame de nuevo". Gracias, diosa, por desear amor físico a nuevos y a expertos, a jóvenes y a viejos, gracias por la fiesta del cuerpo donde siempre puede latir la sorpresa, un secreto que nunca sospechamos, un renacer sin fin.

Buenos Aires, 22 de septiembre de 2011

En el jardín pidieron fotos de su familia y esa noche lloró en mis brazos porque un chico grande le dijo que parecíamos "boluditos". Ayer marchó conmovido por las calles con otros estudiantes secundarios. Hoy está muy triste, me dice: los secundarios no le importan a nadie, los partidos nos usan. Me acerco pero me echa. Lo sé pero quiero olvidarlo a cada rato: ya no lo refugio de la miseria del mundo.

Buenos Aires, 17 de septiembre de 2011

El día de un escritor enorme, estadista odioso y admirable; día de la educación pública que él legó y en naciones hermanas cuesta sangre; día de mis maestros y de mi hermoso oficio; día en que derrocaron a Allende y el sueño empezó a caer; día en que nació mi amigo Tito Rivero, que está muerto; día del horroroso atentado que mostró del peor modo que el fin de la Historia no existía. Este domingo de sol en el que la memoria me aplasta.

Buenos Aires, 11 de septiembre de 2011

Elsa Drucaroff (Buenos Aires)
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PIES DE IMAGEN

Tango protesta, por Elsa Drucaroff


Lo primero de todo es cerrar la ventana. El aire es malo, sopla, mueve, desordena. Somos demasiado hermosos y hay demasiada luz sobre nosotros como para correr riesgos.
    Sé lo que va a pasar: él va a avanzarme la entrepierna mientras hace como si me sostuviera de la cintura pero yo, mientras le paso el brazo por la espalda para hacer como si me entrego, apretaré fuerte el abdomen y mantendré mi postura y mi equilibrio, como una reina. Entonces sentiré el calor de su cuadriceps elongado y fuerte contra el muslo y sentiré su pene un poco erecto y le apoyaré la pierna como si me frotara y giraré mi cuello como si ansiara ser mordida o como si buscara en el piso algo que se me perdió y me importa apenas o como si todos me estuvieran mirando, como si bailara tango y fuera la mejor, como si tuviera frío, como si lo tuviera a él, como si él me deseara, como si hiciera mucho, mucho, mucho tiempo que no sé quién soy, no sé qué hago, qué siento, quién me mira, cómo si no estuviera agotada de trabajar y dar examen.

Elsa Drucaroff (Buenos Aires)
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Estados de Facebook III, por Elsa Drucaroff


n este viaje me saqué el reloj. Donde estuve había sólo naturaleza. Ni gente ni cosas que hacer salvo vivir acompañando el caminar del sol. El día empezaba al despertar, terminaba al dormir mientras el mar rugía cerca de mi ventana o la lluvia repicaba apagada sobre mi techo de paja. Casi no miré la hora. ¿Para qué medir los instantes con un dispositivo externo? El reloj no tenía nada que decirme.

Buenos Aires, abril 2011

Hace algo más de un año nos invitó a cenar en esa ciudad que amaba y de la que se estaba despidiendo. Hoy en el mismo lugar pedimos la misma comida en la misma mesa y brindamos con buen vino y con su ausencia. Papi también levantó su copa, lo sé porque veo a alguien increíblemente parecido. ¿Casualidad? Bienvenida: no quiero que cierre ese agujero que me dejó en el mundo. Me arde su amor y quiero que me siga ardiendo.

Montevideo, abril 2011

Perder a tu hombre padre de tus hijos después de 35 años (más de la mitad de tu vida) y ser jefa de Estado, y no poder entregarte a tu inmenso duelo personal sin olvidar que cada gesto que hacés, cada cosa que se ve de tu tristeza, cobra un significado político, que amigos y enemigos te están observando, que todo significará cosas más allá de tu dolor. Me conmueve la radical soledad de esta mujer a la que acompañamos cientos de miles. Radical soledad y también todo lo contrario: pocas veces hubo tanta evidencia de lo acompañada que estaba y está.
    Cuando la vi bajar del auto con su ropa negra, entrando con paso rápido a la Casa Rosada que es su lugar de trabajo y el lugar del velorio, todo a la vez, sentí una admiración inmensa. Evidentemente está a la altura de las circunstancias.

Buenos Aires, 29 de octubre 2010


Elsa Drucaroff (Buenos Aires)
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Estados de Facebook II, por Elsa Drucaroff


yer se fue el maestro para construir series en las que pudimos leernos, para ver en la literatura argentina la insistencia de un trauma, el que se animó a volverla territorio de batalla. Ayer murió mientras yo daba los toques definitivos a un ensayo que lo honra y lo discute, lo sigue y le reprocha, existe así por él. Apenas se estaba muriendo Viñas y ya seguía estando vivo. (Buenos Aires, marzo 2011)


En la mesa de adelante tienen un libro donde hay un cuento mío. Lo veo cuando les pido que me cuiden algo mientras me ausento. Entonces les pregunto si el libro está bueno. Hasta donde leí, sí, dice uno. No puedo saber si llegó a mi cuento. Rato después se levantan. Uno tiene el libro bajo el brazo. Ahí se lleva mi botella al mar, esa voz que fue mía, mis preguntas. (Buenos Aires, febrero 2011)


Se presenta "El amor y otros cuentos" pero falta Marina Kogan. Abrazo a sus amigos. Inés me cuenta los últimos días: dice que casi no sufrió, que fue feliz hasta el fin, que hablaron mucho. Me gana esa luz. De pronto Inés mueve sus manos como maga, las sigo y veo su panza de siete meses. Tanta vida ahí. Mientras la abrazo ella dice que Marina, antes de irse, le dijo: está todo bien, todo va a estar bien. (Buenos Aires, febrero 2011)

Elsa Drucaroff (Buenos Aires)
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Estados de Facebook, por Elsa Drucaroff


l pie de las montañas, trepamos la quebrada, paralelos al río helado y rumoroso. La picada se abre entre zarzamoras silvestres. Bajamos al río para mojarnos. Mientras hacemos equilibrio por las piedras escuchamos un canto. Pensamos: uno de los pocos turistas del lugar olvidó su celular. Después recordamos: no hay señal donde estamos. Recién entonces somos felices: ¡a nuestros pies canta una rana! (San Luis, enero 2011)

Después de la charla pública, la otra de madrugada con amigos. Afuera algo de viento patagónico, afuera empanadas y vino. Hablamos bien y mal de facebook, de la clandestinidad, de los enemigos dignos que son de frente lo que son, y de los indignos, que se disfrazan. Hacemos chistes, sacamos una foto. Lo difícil es fácil de hablar porque estamos juntos, rodeamos la misma mesa. Y eso alcanza. (Bahía Blanca, noviembre 2010)

Hoy un granpájaro raro se paró en nuestra terraza y cantó dulcemente un rato, hasta que se hizo escuchar. Es Quique Fogwill que viene a despedirse, le dije a Horowicz. Él dijo si es Quique va a gruñir algo y mandarse a volar. Entonces el pájaro graznó mirándonos y voló mostrando plumas algo doradas en la cola gris. No nos enojamos, obviamente. Cómo dejar de querer a Quique, todos sabemos cómo es. (Buenos Aires, 23 de agosto de 2010.)

Elsa Drucaroff (Buenos Aires)
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Postales polacas, por Elsa Drucaroff


III

i traductora en Cracovia se llama Margarita. Tiene pocos años más que yo, es encantadora, trilingüe, elegante, y está aprendiendo a bailar tango, así que primero me invita a cenar a su casa y después vamos juntas a una milonga polaca.
    Me cuenta que su hijo tiene veinticinco y cuando era bebé veraneaban en Crimea. Me cuenta de un verano en que se hizo amiga de otra mamá con bebé. Suele pasar. Me cuenta que una vez hojeaba una revista y quiso leerle a su amiga el horóscopo, en voz alta. ¿De qué signo sos?, le preguntó. Esto también suele pasar. Pero la amiga no lo sabía, no conocía su fecha de nacimiento. Y acá la historia de pronto se transforma.
    Su amiga era mamá de una beba y alguna vez había sido ella una beba de meses. Tuvo una mamá que la pasó por una grieta en la madera del vagón que las llevaba a Auschwitz. La pasó por la ranura para que dos polacas la recibieran, a ver si le salvaba la vida. Esas dos polacas no actuaron como la mayoría en 1942. Si hubiera habido mucha gente como las dos polacas, los nazis no hubieran podido exterminar a millones de personas. Hoy tampoco hay demasiados humanos como ellas.
    El cuerpito tibio, húmedo, en los brazos de la madre. La cabecita apoyada en el hombro. Sabe que ese gran cuerpo que la cuida y alimenta es poderoso y confiable y que si fuera por él, no correspondería tener miedo. Pero percibe en ese amor un terror y una impotencia que no debería percibir, sabe que algo está muy mal y por eso no llora, beba silenciosa y quieta en el aire viciado del vagón, hacinada con su madre entre innumerables personas malolientes y aterradas como ellas dos.
    Entre los tablones sellados de madera maciza hay un agujero pequeño. Tal vez lo hizo alguien viajando, tal vez los nazis no lo notaron o no le dieron importancia. La mujer habrá visto por el agujero a las dos polacas. ¿Qué hacían esas mujeres en el andén, entre nazis que organizaban la evacuación del ghetto hacia las cámaras de gas? No, probablemente no estaban ahí, a lo mejor pasaban, caminaban junto a las vías por el borde de algún bosque como los que ahora desfilan por esta ventanilla, en este tren a Brezlav; a lo mejor el otro tren, el que cargaba el rebaño humano enviado por otros humanos para la aniquilación, se paró por azar en un cambio de vías, y la que llevaba a la beba vio a las polacas por la ranura y les gritó de pronto, en un impulso; se encontró gritando: su inteligencia de madre pensó a velocidad vertiginosa y fue un grito que no pedía auxilio ni se desesperaba ni gemía, un grito quedo para que se detuvieran, y mientras su voz se proyectaba por la grieta que los nazis no vieron, sus manos de madre envolvían a su niñita con la manta sucia para que no la dañaran las astillas de madera y sus manos la extendían, se sacaban ese cuerpito de los brazos y lo exponían al aire y al sol y lo ofrecían, rogaban.
    De judía a polacas, de madre a dos que eran tal vez madres, o eran madres posibles. De mujer a mujeres.
    Una cadena femenina.
    Veo la generosidad de madre, su sabia, desgarrada renuncia, la inmensa apuesta que hace en el único instante en que es posible: el fogonazo del azar, dos mujeres del afuera al borde de las vías, una ranura, tres segundos para actuar. Veo inteligencia.
Veo los brazos extendidos, veo el adentro y el afuera, veo el cuerpito de beba entregado al torrente de la vida. Moisés es una niñita y el Nilo son cuatro brazos polacos que no siguen de largo. Veo en la madre la voluntad indeclinable de creer que hay más madres. Veo el lazo secreto entre mujeres y eso es, en toda la escena, la única luz que ilumina la Historia.
A diferencia de las mentes abstractas que se ponen al servicio de una causa, sea la que fuere, la inteligencia materna brilla desplegada en el amor. Y la beba creció, es madre ella misma y cuida a su hijita en una playa de Crimea, junto a Margarita. Una mujer judía sin signo en el zodíaco ahora es madre. Los nazis no pudieron evitar que naciera una nueva judía que juega en la playa de Crimea con el hijo de la que será mi amiga Margarita; juegan los dos polaquitos y los nazis no pudieron impedirlo porque no vieron la grieta en los tablones martillados e inamovibles de los eficientes ferrocarriles del capitalismo industrial, un capitalismo que desde ellos hasta hoy no ha hecho otra cosa que avanzar, ciego y exitoso en su desarrollo obstinado, de inteligencia específica, abstracta. ¿Sin grietas?

Elsa Drucaroff (Buenos Aires)
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Postales polacas, por Elsa Drucaroff

II

Auschwitz - Birkenau

l aire es oscuro en Birkenau. No consigo un pensamiento que sirva para algo, no salgo del silencio o de los lugares comunes: voy de la incomprensión estúpida (porque según lo que sabemos de este error que es la especie humana, Auschwitz y Birkenau son perfectamente comprensibles) a las explicaciones que ya sé y no me sirven para nada; voy del alivio porque esto ya pasó, se ha terminado, a la desesperación porque en este mismo momento, en varios lugares del planeta, mientras camino por esta tierra muerta, cientos de miles, tal vez millones de personas se preguntan en algún lado cómo puede ser que les estén haciendo lo que les hacen, se preguntan por qué el resto del mundo no lo impide, se preguntan dónde está dios, se preguntan si realmente están despiertos o en una pesadilla. Ahora, en este mismo momento, en otra parte, mientras yo camino acá donde ya no pasa nada.
    Me persiguen las caras serias de los niños judíos que vi en las fotos exhibidas en las paredes de los pabellones de Auschwitz (gente mía que no creció, posibles parientes de abuelos, o tíos abuelos): en una hay un bebé en brazos de su madre, parada entre tantos junto al vagón de tren. El bebé no llora, mira muy serio, sabe que lo que ocurre es grave y que no es cuestión de llanto porque su llanto empeoraría todo o, peor, su llanto no tiene posibilidad de expresarse; es como si creyera que el aire no será capaz de transmitir el sonido de su queja, que ni siquiera tiene sentido, lo mejor es disimularse, que ni se den cuenta de que él, tan pequeñito, existe ahí, radicalmente inocente e indefenso. Es un bebé con profunda mirada comprensiva, es un bebé con mirada monstruosa. Y hay otra foto que me persigue: un adulto de ocho o nueve años con sus hermanos menores; pequeño papá repentino, carga un bebé de meses y sostiene a una niña de la mano mientras mira el vacío con los mismos ojos preocupados. Es obvio que ya no tiene padres, es obvio que está solo entre cientos de judíos parados a su lado, tan solos como él. Nadie se lo dijo pero sabe que no va a poder proteger a sus hermanos menores. Acaban de bajarlo del tren, nadie le dijo que en un rato estará con todos encerrado en un simulacro de ducha y morirá aséptica, económicamente, en un lapso que va de 7 a 20 minutos gracias a los avances tecnológicos que permite el gas Ciclon B, eficiente para matar con gasto mínimo a un número máximo, tal como fue probado en Auschwitz, centro de investigaciones científicas para el beneficio de la raza aria. No se lo dijeron pero él sabe lo esencial, lo que importa.
    Qué transparente es la expresión de su cara, qué obvias son las expresiones de cada uno en cada foto que se exhibe en las paredes de Auschwitz. Son fotos que hizo un nazi voluntarioso y entusiasta, ansioso de dejar testimonio de los pasos históricos que estaba dando allí lo que él llamaba la humanidad.
    Me persiguen los pasos del niño que caminó llevando a sus hermanos, los tres solos a la muerte por el mismo camino que nos obliga a hacer la guía. Marcho con ella, obediente, marcho con otros turistas hacia las ruinas de las cámaras de gas de Birkenau. Quiero pensar que ya no ocurre, que no va a ocurrir nunca más, y sé que me estoy mintiendo.
    Hay muchos visitantes a mi lado. Todos avanzamos silenciosos mientras la guía parlotea, repite, habla de más. En sus discursos mediocres y aprendidos de memoria ha tratado cien veces de explicar que los polacos nada tuvieron que ver con todo esto, los únicos antisemitas acá son los nazis. Y contó tres veces que hubo un cura católico encerrado en Auschwitz y que Juan Pablo II lo hizo santo porque se sacrificó por otro prisionero. La escucho repetir a cada rato la palabra horror, engolosinarse con la palabra inocentes, y pienso que sus padres o sus abuelos polacos fueron muy probablemente como la mayoría, y cerraron muy probablemente los ojos como la mayoría. Mientras, detrás del muro del gueto, a minutos de sus casas, las personas que ellos odiaban en masa se morían encimadas, enfermas y hambrientas, los padres o los abuelos de mi guía habrán pensado que se estaba librando a su tierra de una lacra culpable de los males de Polonia, de una plaga extranjera que ocupó por siglos la tierra donde solamente ellos tienen derecho a llamarse polacos; registraron con placer que desaparecían los campamentos de los gitanos, cerraron los ojos cuando las partidas de esclavos judíos llegaban arreadas al centro de Cracovia para hacer algún trabajo, sombras famélicas en trajes a rayas cargando lastimosamente herramientas y cadenas; cerraron los oídos cuando los tiros resonaron en el gueto durante aquel 1943 en el que los nazis resolvieron “reducir el área” asesinando enfermos, niños y viejos, inútiles para trabajar; no escucharon entonces las voces de los chicos que sacaron de la escuela para fusilar contra un muro que todavía hoy tiene marcas de las balas, no escucharon los gritos de las madres, no olieron la mierda y el encierro detrás de la valla con que los nazis cercaron en su propia ciudad a sus propios vecinos. Cerraron los ojos después, cuando los trenes repletos, cuando el gueto quedó de pronto vacío. O los abrieron a medias, o no preguntaron mucho. O acusaron de exagerar al que se horrorizaba. O silbaron bajito. O dijeron y bueno. O ayudaron.
    ¿O acaso hoy es diferente? ¿Cuántos de los buenos turistas que caminan conmigo cierran los ojos o cierran los oídos? Yo no los cierro y sin embargo, ¿qué puedo hacer para evitar que en algún lugar del planeta (por ejemplo en Gaza), en este mismo momento, haya quienes se pregunten por qué, cómo se permite que ocurra, cómo pueden estar haciéndoles lo que les están haciendo? Acá está la hija o la nieta de algún sordo y ciego, trabajando: se gana honradamente el pan como guía de Auschwitz en la Polonia que felizmente ya no está invadida por los nazis, la Polonia de la Unión Europea y la hermosa Cracovia, centro turístico favorito de viajeros que ya fueron demasiadas veces a Praga o Estambul. Repite una vez más palabras que subrayan lo que no tiene subrayado ni palabra. Caminamos con ella por los campos de concentración Auschwitz 1 y Auschwitz 2 Birkenau, solcitados destinos para los que pueden pagarse viajes en el mundo entero, excursión que compramos por internet, unos 250 zlotys con micros de asiento reclinable y tremendo documental informativo durante el viaje de ida. En el de vuelta, la guía de la agencia nos recordará sonriendo que en Polonia no hay solo historias tristes y nos invitará cordialmente a no perdernos las minas de sal de Wieliczka. Sale justo una excursión esta misma tarde después del almuerzo, así que, como sorpresita que nos tienen preparada, la agencia nos pasará en este viaje de regreso un interesante video informativo sobre Wieliczka, , uno de esos mágicos lugares imperdibles que todo turista debe conocer.

Elsa Drucaroff (Buenos Aires)
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En Polonia, por Elsa Drucaroff

(Foto de Franek Lazarewicz)
Poznan (Polonia), pub español en la hermosa y antigua plaza del antiguo mercado. Apenas anochece aunque son las diez, el calor cede con la cava helada. Soy la única en esa mesa mayor de treinta y tres. Están Franek, hermano de mi editora (estudia cine en Londres, es vegetariano y anarquista), Agata, interprete en la presentación de mi novela (etnolingüística y teoría política), Blazey, presentador (docente en la facu, literatura). Hablan del antisemitismo nazi y soviético, y claro, del polaco; del pasado comunista de derecha y su alianza con el nacionalismo católico, la heroica resistencia antinazi que asesinaba judíos, los laicos izquierdistas y los católicos nacionalistas que combatieron el dominio soviético; hablan de la Polonia multicultural que masacro a sus minorías, de Mickiewicz, que era lituano, de Bruno Schulz, judío. Les digo que Gardel era uruguayo o francés, que la identidad argentina, un mito. Dicen que todo fue, es, tan complejo. Digo que en Polonia decir izquierda no tiene sentido, la palabra esta enchastrada de mierda y de mentiras. Blazey asiente pero agrega: "yo tengo que poder decir que soy de izquierda". En la barra algo pasa, dos chicas se pusieron a cantar una antigua canción en yddish que conozco. Canto con ellas, pregunto: son judías? "You never know, in Poland", contesta una. Y sonríe con tristeza.

Elsa Drucaroff (Buenos Aires)

Sobre la autora: El infierno prometido: una prostituta de la Zwi Migdal es la tercera novela de Elsa Drucaroff , escritora, ensayista, investigadora y docente, publicó antes las novelas La patria de las mujeres (1999) y Conspiración contra Güemes (2002).
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