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APUNTES

El farol de Girondo, por Martín Greco


El 15 de diciembre de 1922, en una imprenta de los suburbios de París, terminaron de imprimirse los mil ejemplares numerados del libro más deslumbrante de la literatura argentina: Veinte poemas para ser leídos en el tranvía de Oliverio Girondo. Este libro-objeto –una edición de semilujo, de 24 x 32 cm, ilustrada, pagada sin dudas por el mismo autor– era el resultado de una larga maduración. Girondo tenía ya más de treinta años cuando lo publicó. Había estado garabateando y rompiendo papeles alrededor del mundo durante mucho tiempo, hasta poder rescatar este puñado de poemas y dibujos.
    El libro fue bien recibido por artistas e intelectuales jóvenes, y contribuyó a la introducción en nuestro país de las novedades de la vanguardia europea. Una de las más curiosas reseñas críticas de la época la escribió en Madrid Ramón Gómez de la Serna; éste afirma que leyó el libro efectivamente en un tranvía, con boleto hasta el último poema, y pagó luego el boleto de vuelta para releerlo.
    La propuesta de que los poemas sean leídos en el tranvía es más poética que práctica: la poesía de vanguardia se produce y se consume en la calle. En verdad, por sus grandes dimensiones, el libro era difícil de manipular en un tranvía. En 1925 apareció la segunda edición, para públicos más amplios, editada por el periódico Martín Fierro. Esta sí era de bolsillo, una “edición tranviara a veinte centavos”. No tenía la calidad del original; el papel era rústico; las ilustraciones, en blanco y negro, pero sirvió para darle al libro una difusión casi masiva. Girondo le agregó, como prólogo, una carta a Evar Méndez y otros amigos, que es toda una declaración de principios de la literatura de vanguardia: “tiro mis Veinte poemas, como una piedra, sonriendo ante la inutilidad de mi gesto”.
    El libro estuvo cuarenta años sin reeditarse. Lo rescató, no podía ser de otra manera, el Centro Editor de América Latina en los años 60, poniéndolo a disposición de una nueva generación de lectores que lo devolvería al interior del canon nacional. A partir de entonces hubo muchas ediciones disponibles, pero la mayoría privilegió el aspecto verbal, soslayando la dimensión visual, reproduciendo las ilustraciones en baja calidad, en blanco y negro, o directamente suprimiéndolas, como ocurrió incluso en la última edición de las obras de Girondo, llamada – misteriosamente– “crítica” y “completa”.
    Ahora, acaba de aparecer una edición facsimilar que permite evocar la original en su esplendor artístico y tipográfico. Recuperarla es como asistir a la restauración de un viejo mural desleído. Compárense las tétricas reproducciones en blanco y negro a las que nos habíamos ido acostumbrando con la deslumbrante explosión de color de las ilustraciones originales.



    El hecho nos obliga a releer la obra y pone en crisis las conclusiones de nuestras lecturas precedentes. Por cierto, es menester recordar que Girondo mostró un permanente interés por las artes visuales; escribió muchas páginas sobre artes plásticas; fue arqueólogo, bibliófilo, coleccionista, y nunca dejó de pintar a lo largo de su vida.
    Sus ilustraciones de los Veinte poemas no funcionan como un simple acompañante decorativo. Poesía y dibujo son más que complementarios; potencian mutuamente sus sentidos. Su lectura es un ejercicio que opera a la vez en lo visual y lo verbal. De los veinte poemas, diez están ilustrados, en una alternancia rigurosa: poema ilustrado, poema no ilustrado. Jorge Schwartz, que es sin duda el más grande estudioso de Oliverio Girondo, tenía razón cuando decía que las ilustraciones de los Veinte poemas no son auxiliares sino que forman parte de la estructura misma del poema; son “estrofas visuales”. Ya en 1923, Jules Supervielle había afirmado que “durante una segunda lectura, no podemos evitar mirar los poemas de arriba abajo, y leer las ilustraciones de izquierda a derecha”.

    Lo primero que encuentra el lector/espectador del libro no es un texto sino la estilizada imagen de los tres marineros del “Paisaje bretón”, mercurizados, dinámicos, unidos con “envión de ola”. No es casual que algunos poemas se titulen “croquis”. Los dibujos, desde luego, no son naturalistas. Girondo aplica los mismos procedimientos metafóricos al poema y a la ilustración. En “Río de Janeiro” las casas se rascan la cabeza y las montañas son también camellos o elefantes.

    El poeta de vanguardia hace poesía con elementos que para los otros no son dignos; ve lo poético allí donde nadie lo ve. Puede oír el “canto humilde y humillado de los mingitorios” y el “silencio de las estrellas, sobre el asfalto humedecido”. Por ello, en las puertas de su libro, Girondo colgó un provocativo epígrafe: “Ningún prejuicio más ridículo que el prejuicio de lo sublime”. Aquello que contrasta con lo sublime es lo pedestre, y tal es título, precisamente, de uno de los poemas centrales del libro, fechado en “Buenos Aires, agosto, 1920”.

    La ilustración se destaca entre las demás, porque es la única que no tiene motivos humanos o humanizados. Se la lee como una línea más del texto; “Con un brazo prendido a la pared, un farol apagado tiene la visión convexa de la gente que pasa en automóvil”.
    Los faroles parecen adquirir una importancia central en la poesía de Girondo, quien en uno de sus membretes propone “trasladar al plano de la creación la fervorosa voluptuosidad con que, durante nuestra infancia, rompimos a pedradas todos los faroles del vecindario”. Por fortuna, el farol de “Pedestre” se salvó de las pedradas. Jorge Schwartz observa que este farol es en cierto modo el “narrador” de la escena urbana: “el ojo testigo se convierte aquí en ojo narrador”.
    Y el farol nos narra: el fragmento de un automóvil, un árbol, un coche de plaza, la insignia inversa de un hotel, un tranvía.
    El farol de Girondo es la cifra de su poética. El farol distorsiona, modifica, fragmenta, recrea, corrige, anima.
    Podemos ir aun más allá y conjeturar que este farol, representación en la representación, abre una infinita puesta en abismo: en el tranvía reflejado está el lector ideal, que lee los Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, donde está la ilustración de “Pedestre”, en cuyo farol se refleja un tranvía, donde el lector ideal sigue leyendo el libro de Girondo, y así hasta el vértigo sin término...
    Yo querría ser ese lector que lee, hasta el final de los tiempos, los Veinte poemas para ser leídos en el tranvía de Oliverio Girondo.

Martín Greco, Buenos Aires, septiembre de 2011, con motivo de la edición facsimilar de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía de Oliverio Girondo. (Santiago de Chile: Tajamar Editores, 2011).
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PIES DE IMAGEN

El ojo pensante, por Martín Greco


Diego María Concepción Juan Nepomuceno Estanislao Rivera Barrientos Acosta y Rodríguez, más conocido como Diego Rivera, pinta en Madrid en 1915 el Retrato cubista de Ramón Gómez de la Serna, una obra central en la historia de las vanguardias hispánicas.
    Rivera vive en París, pero tras el estallido de la Primera Guerra Mundial busca refugio en España.
    Atraviesa por entonces un período cubista, breve pero fundamental para su evolución estética. Junto a otros artistas realiza en marzo de 1915 la muestra de «Los pintores íntegros»: por primera vez llegan a Madrid los escándalos del arte nuevo. Durante esa exposición pinta el retrato de Gómez de la Serna, convergencia de artes plásticas y literatura, de España y América. Para el artista de vanguardia, la obra es una colaboración entre el pintor y su modelo; y es además una traducción de la realidad visible. Según el testimonio del artista mexicano:

“…pintamos Ramón y yo su retrato. Y digo los dos porque no puse a Ramón en calidad de momia viva, sino que mientras él trabajaba yo trabajaba también, siguiendo su vivir, tratando de traducirlo en movimiento de color y forma.”

También Gómez de la Serna refiere, en varias ocasiones, el singular proceso de creación:

“Yo escribí una novela mientras me retrataba, fumé, me eché hacia delante, me eché hacia atrás, me fui un rato de paseo, y siempre el gran pintor pintaba mi parecido; tanto, que cuando volvía del paseo –y no es broma– me parecía mucho más que antes de salir. El pintor tampoco se estaba inmóvil. A veces pintaba de espaldas a mí, y, sin darme importancia, miraba con más interés que al modelo el paisaje del balcón, o leía un libro como si copiase párrafos de sus páginas con colores de su paleta.”

En esta evocación se destacan el modelo que escribe y el pintor que lee. Este último, asimismo, puede pintar de espaldas: el arte nuevo supera los estrechos postulados del naturalismo. Por ello, Ramón llama a Rivera «el óptico prodigioso», y afirma: «Todo lo que colinde con la fotografía es repugnante, porque la fotografía es un ojo prehistórico. El ojo debe ser pensante... Estas son las paradojas del arte burlándose de la propia realidad». Ya en 1913 Apollinaire había señalado que el cubismo no es un acto de imitación sino de concepción.
Para Gómez de la Serna este retrato significa el correlato objetivo de su propia busca de renovación literaria:

“Mi retrato cubista me daba ánimo, me confortaba en las polémicas, me enseñaba a desañar el porvenir: se podía escribir de otra manera, puesto que estaba bien claro que se podía pintar de otra manera.”

Esa busca convertirá a Ramón en el maestro declarado de los movimientos de literatura de vanguardia de ambos lados del Atlántico; una busca incesante: aún treinta años después, en 1946, en el prólogo a su novela El hombre perdido, el escritor declara que «esta realidad que acabo de tocar y que puede desaparecer de un momento a otro, que ya ha desaparecido al sentarme a escribir frente a mi pupitre, no me convence como motivo de escrituración. Ha de ser una cosa que no esté ni en el realismo de la imaginación ni en el realismo de la fantasía, otra realidad, ni encima ni debajo, sino sencillamente otra». Y recuerda que Macedonio Fernández lo ha llamado «el mayor realista del mundo como no es».
    Una vez terminado, el cuadro es exhibido en la vidriera de la exposición de Madrid. Según Diego Rivera, pudo verse entonces a «la policía montada alejando a caballazos a la gente que obstruía materialmente la calle de Carretas, ante el escaparate ... que contenía el retrato de Ramón; a la gente protestando y chillando y, finalmente, el gobernador ordenando que se retirase el cuadro del escaparate por constituir una incitación al crimen, pues se apercibían en él una pistola automática de repetición y una cabeza de mujer cortada por una espada.»
    Es que para el pintor, este retrato cubista «tenía la apariencia de un demonio anárquico, que incitaba al crimen y a la sublevación. En esta satánica figura todos reconocían los rasgos de Gómez de la Serna, famoso por su oposición a todo principio convencional, religioso, moral y político... El retrato de Gómez de la Serna capturaba el espíritu de violenta desintegración.» Cuando Rivera regresa a París, le deja el cuadro a Ramón, quien lo cuelga en su estudio, en medio de los mismos objetos y libros que aparecen en ella, y las figuras se triplican cuando el retrato y el retratado se abisman en un espejo, en vértigo barroco, según evoca el escritor español:

“Durante años había tenido ese retrato frente a mí, y cuando se encontraban su imagen y la mía de refilón, en un espejo de mi cuarto, me sorprendía un parecido mayor que el mío, asomado detrás de mí.”

En 1931 Ramón pone el retrato en la portada de su libro Ismos, una recopilación de ensayos sobre la vanguardia, que incluye el texto titulado «Riverismo».
    Una nueva guerra interviene en la historia del cuadro: en 1936, con el advenimiento de la Guerra Civil Española, Ramón huye de Madrid, abandonando la mayoría de sus pertenencias, entre ellas la pintura de Rivera. Se refugia en Buenos Aires, y durante años busca recobrar el retrato cubista, reclamándolo mediante artículos y cartas enviados a todo el mundo. Será en vano. Nunca lo reencontrará, y pasará a llamarlo el Retrato Perdido.
    El escritor no puede acostumbrarse a vivir sin él:

“Mi vínculo con mi retrato cubista existirá siempre, sino que durante algún tiempo será secreto y estará silenciado. Ahora vivo dos vidas, una subterránea y otra sobre la superficie de la tierra. A veces me acuerdo de él y me pregunto: ´¿Dónde estará? En qué sótano de latrocinio se oculta? ¿Los detectives darán con él?´... Es ése un robo con algo de homicidio. El retrato mío está secuestrado y a medio asfixiar en su mazmorra desconocida... No sé ya dónde estoy ni dónde está y tengo ya un pedazo de mí que me falta como una mutilación y como si esa sombra de mí mismo fuese topo de ocultación.”

Para Gómez de la Serna, este retrato se parecía más a él que él mismo, gracias al ojo pensante del óptico prodigioso, pues «en los retratos del cubismo los hombres aparecen con su máscara ideal, la máscara del porvenir... Todos morirán antes de entrar en el espacio enrarecido si no se lleva la escafandra especial de los cuadros cubistas.»
    El retrato presenta diversos procedimientos de vanguardia, desarrollados no sólo por el cubismo, sino también por el futurismo, como el intento de capturar el movimiento mediante la reproducción de las sucesivas modificaciones de un cuerpo en el espacio: «tiene la condición de que es de perfil y de frente al mismo tiempo.». El recurso se advierte asimismo en las manos; en la posición de la mano derecha que escribe y en «la posición de la mano que tiene la pipa al fumar en sus tres momentos: primero, el de llevarse la pipa a la boca; segundo, el de tenerla en la boca, y tercero, el de reposar la pipa en el cuenco de las manos; los tres instantáneos, seguidos, casi simultáneos».
    Rivera «era el primer pintor que se daba cuenta de que el arte de pintar es un acto de movimiento. En el retrato de Diego estoy rotativo».
    También el color es empleado expresivamente: «La pesadez de una parte de mi cuerpo necesitó un color más oscuro y con cierta espesura, así como la levitación de la otra parte es difuminación y color vivo, más vivo de lo que en apariencia es. Los colores no son mezclas estúpidas y naturalistas».
    Quizá el aspecto más estremecedor del cuadro de Rivera sea la mirada del retratado, con un ojo cerrado y un ojo abierto, símbolo de la actitud del escritor de vanguardia, de los dos momentos de toda producción estética:
    En el ojo redondo está sintetizado el momento de deslumbramiento, y en el ojo entornado y largo, el momento de comprensión... Un ojo apaisado, entornado, rasgado, ojo con el que nivelo –como con un nivel de agua– lo que el otro ve con locura, con deslumbramiento y embriaguez.

Martín Greco (Buenos Aires)
Referencias bibliográficas
Gómez de la Serna, Ramón
“Mi retrato cubista”, en La Esfera, n. 513, Madrid: 3 de septiembre de 1925.
“Riverismo”, en Sur, n. 2, Buenos Aires: otoño de 1931, luego en Ismos, Madrid: Biblioteca Nueva, 1931.
“El retrato perdido”, en Saber Vivir, n. 100, Buenos Aires: junio de 1952.

Rivera, Diego
My art, my life. An Autobiography (with Gladys March), New York: Dover, 1991 (1a. ed. 1960).

Suárez, Luis
Confesiones de Diego Rivera, México: Era, 1962.

El Retrato cubista de Ramón Gómez de la Serna pertenece actualmente a la colección Costantini, que se exhibe en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires - MALBA. Mide aproximadamente 110 x 90 centímetros.
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RELATOS

Feliz cumpleaños, por Martín Greco


Está el día en que alguien cumple años y sin pensar invita gente a su casa porque cree que la va a pasar bien.
    Pero ahora los cumpleaños son bajar a abrir la puerta.
    Primero llegan los parientes. Después empiezan a llegar los amigos, y los parientes dicen que se van porque no quieren molestar. Para entonces el del cumpleaños pasó la mitad de la noche en el ascensor y en la puerta del edificio. Y como en total los invitados son unos veinticinco, entre bajar a abrir a los que vienen y bajar a abrir a los que se van, hay que bajar a abrir unas cincuenta veces. Y la fiesta va sucediendo mientras el del cumpleaños baja a abrir.
    –Qué lástima que no pudimos hablar más –le dicen los que se van.
    Los que todavía están arriba nunca vuelven a contar los chistes que él se perdió. Sólo oye las carcajadas desde el ascensor, cuando volvía de abrir.
    El del cumpleaños empieza a sentir que no lo invitaron a su propio cumpleaños. Tiene que ir a buscar más papas fritas, juntar las botellas vacías, llevar a otro lado los abrigos porque ahí no hay más lugar y limpiar el vino que le volcaron sobre el cajón con documentos, así que nunca puede sentarse.
    Cómo se va a sentar si hay que ir a lavar vasos. Quién sabe por qué en los cumpleaños cada persona usa de promedio siete vasos.
    –¿Este vaso era el mío? –dice uno olfateando con recelo–. Mejor servime en uno limpio.
    Al del cumpleaños no le resulta fácil lavar los vasos porque hay un par que se fueron a la cocina a estar en privado y lo reciben como a un intruso.
    Se aleja sin protestar. Pasó la tarde en el supermercado haciendo las compras para la fiesta, y de verdad le gustaría sentarse si hubiera una silla libre.
    Mientras va con las llaves y viene con los vasos, mira a la chica que le gusta, porque ese era el día en que le iba a hablar, pero ella está sentada con otro, los dos en la misma silla, y el otro con la excusa de la música fuerte ya le empezó a hablar al oído.
    Y cuando él se decide a hablarle por el otro oído, la música se calla de golpe, y todos lo oyen, y viene uno que lo arrastra lejos para darle el regalo. El del cumpleaños hace una sonrisa voluntariosa y mientras abre el paquete piensa: ¿Tan poco me conoce?
    Ahora que llegan las velitas va a poder sentarse, es el momento de que los demás lo agasajen. Pero como nadie sabe dónde está la torta ni de dónde se apaga la luz, no le queda más remedio que ocuparse él mismo.
    Entonces pide tres deseos: que se vayan, que se vayan, que se vayan. Y sus deseos serán satisfechos muy pronto, porque no hay nada que haga escapar tan rápido a la gente como ver apagar las velitas de la torta. No sé cómo en las carreras de atletismo para dar la señal de partida en lugar de un disparo de pistola no usan una torta con velitas.
    Hay algunos que amortizan el beso de felicitación y lo usan también como beso de despedida. De golpe todos quieren irse, pero no entran en el ascensor. El de cumpleaños hace varios viajes para bajar a abrir, y al volver siempre encuentra a uno que parecía que se iba a quedar más pero que ya tiene el abrigo puesto.
    Los fugitivos se esperan abajo para seguir la fiesta en otro lado. El del cumpleaños está tan cansado que al ver que ella se va con el que le hablaba al oído, sólo piensa: Al menos no tengo que bajar a abrir dos veces.
    Cuando al fin se sienta, solo, estudia los vasos que no se rompieron para ver si rescata aunque más no sea un fondito de cerveza tibia. Luego junta las servilletas con torta licuefacta y la empanada de carne picante que a alguien no le gustó y dejó a medio morder sobre la impresora. Si tiene suerte, no saldrá volando al pisar las aceitunas que rodaron hasta el pasillo.

Martín Greco (Buenos Aires)
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APUNTES

Ramón Buenos Aires, por Martín Greco



"Cuando me muera quisiera que me llorasen
todas las cariátides de Buenos Aires."
Ramón Gómez de la Serna


RAMÓN Gómez de la Serna (Madrid, 1888 - Buenos Aires, 1963) es, por la importancia y el volumen de su obra, uno de los más significativos escritores de lengua española del siglo XX. Se dedicó muy tempranamente a la literatura y al periodismo: su primera obra, Entrando en fuego, es de 1905. Desde entonces publicó un centenar de libros, en los que incursionó en casi todos los géneros e inventó otros, el más recordado de ellos, la greguería. Animó durante más de veinte años (1915-1936) la tertulia del café de Pombo, por la que pasaron escritores y artistas de todas las nacionalidades.
   El apogeo de su renombre internacional corresponde a las décadas de 1920 y 1930, cuando se constituyó en el principal divulgador de los movimientos de vanguardia en el ámbito hispánico. Amigo de Picasso, Ortega y Gasset, García Lorca, Buñuel, Dalí, Jean Cocteau, toda su obra se inscribe bajo el signo de la renovación permanente, y ha sido equiparada por su influencia a la de James Joyce y Marcel Proust.
Fue admirado y elogiado por importantes escritores argentinos, como Oliverio Girondo, Jorge Luis Borges, Leopoldo Marechal, Ricardo Güiraldes, Macedonio Fernández y Victoria Ocampo.
   Visitó en dos ocasiones (1931 y 1933) la Argentina, donde fue recibido triunfalmente y brindó una recordada serie de conferencias. Lola Membrives le estrenó la obra teatral Los medios seres. En Buenos Aires Gómez de la Serna conoció a la escritora argentina Luisa Sofovich, con quien se casó y vivió el resto de su vida.
Con el advenimiento de la Guerra Civil, cientos de intelectuales españoles buscaron hospitalidad en Argentina. Entre ellos se contaba Gómez de la Serna, que vivió en Buenos Aires desde 1936 hasta su muerte en 1963. Sólo regresó a España por unos pocos meses, en 1949.
   En la capital argentina escribió y publicó su obra maestra, la Automoribundia (1948), y varios de sus libros más importantes, como Retratos contemporáneos (1941), Lo cursi y otros ensayos (1943), Norah Borges (1945), El hombre perdido (1947), Greguerías (1940-1952) y Cartas a mí mismo (1956). Dos de sus obras recogen las observaciones del escritor sobre la ciudad: Explicación de Buenos Aires (1948) e Interpretación del tango (1949).
   Gómez de la Serna colaboró en los principales diarios argentinos, La Nación, El Mundo, La Razón, La Prensa, Clarín, en el periódico de la colectividad judía Amanecer, y en revistas como Sur, Proa, Martín Fierro, Caras y Caretas, Mundo Argentino, PBT, Atlántida, Saber Vivir y El Hogar.
   Se relacionó en Buenos Aires con intelectuales como Oliverio Girondo, Norah Lange, Macedonio Fernández, Manuel Mujica Láinez, Juan Battle Planas, Eduardo Mallea, Victoria Ocampo, Enrique Larreta, José María Castiñeira de Dios, Guillermo de Torre, Norah Borges, Maruja Mallo, Rafael Alberti, Alejandro Sirio, Ramón Columba, Conrado Nalé Roxlo, Olga Orozco, Jorge Luis Borges, César Tiempo, Ricardo Rojas y Emilio Pettoruti, entre muchos otros. Conoció personalmente a Eva Perón en 1947, el año en que se realizó la Exposición de Arte Español Contemporáneo en el Museo Nacional de Bellas Artes, entre cuyas obras se contaba el mítico cuadro que lo retrata junto a sus amigos: La tertulia del café de Pombo de José Gutiérrez Solana.
   La figura de Ramón ha recibido en los últimos años una creciente atención. En 1996 comienza la publicación de sus Obras Completas en veinte tomos, bajo la dirección de Ioana Zlotescu. Se reeditan y traducen sus libros, se rescatan sus dibujos, y vuelven a aparecer sus escritos periodísticos dispersos. En el año 2000 aparece en Madrid una revista dedicada exclusivamente a estudiar su vida y su obra, el Boletín RAMÓN, dirigido por el editor Juan Carlos Albert. En septiembre de 2001 se inaugura el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA). Una de las piezas más importantes de su colección es la obra de Diego Rivera, el Retrato cubista de Ramón Gómez de la Serna.
   El propio Gómez de la Serna comprendía su carácter único de hombre en la tensión de dos patrias, España y Argentina. Por ello escribió en los años cincuenta en la revista Saber Vivir: “Aquí o allá, lo mismo da”, “habría que hacer la tertulia en medio del océano Atlántico”.
   Las Segundas Jornadas Internacionales Gómez de la Serna 2010 se proponen como esa tertulia en medio del Océano: un modo de acortar distancias y encontrar coincidencias.




Martín Greco (Buenos Aires)


RAMÓN BUENOS AIRES
Segundas Jornadas Internacionales sobre Gómez de la Serna

Lunes 7 de junio de 2010, desde las 17 hs.
Auditorio MALBA

Martes 8 de junio de 2010, 19 hs.
Biblioteca Nacional, Sala Juan L. Ortiz

Miércoles 9 de junio de 2010, desde las 17 hs.
Auditorio MALBA

Exponen: Juan Carlos Albert, Patricia Artundo, Martín Greco, Evelyn Hafter, Juli Highfill, Jerónimo Ledesma, Raquel Macciuci, Sylvia Saítta, Mónica Scordamaglia, Miguel Vitagliano, Roberto Yahni, Laura Yusem, Ioana Zlotescu.

Exhibiciones especiales:
Senos de Ramón Gómez de la Serna, lectura dirigida por Laura Yusem
El Buenos Aires de Ramón, muestra de fotos de 1940 y 1950
Madrid en la Avenida de Mayo, proyección del documental realizado por la Universidad de la Matanza.

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