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NOTICIAS DE AYER

YPF, por Alcides Rodríguez


En febrero de 1928 Enrique Mosconi, director general de YPF, fue invitado por el Departamento de Petróleo de la Universidad de México para dictar una conferencia acerca de sus experiencias al frente de la joven petrolera estatal argentina. Eran tiempos en los que el gobierno de Plutarco Elías Calles impulsaba una ley petrolera que generaba persistentes conflictos entre el Estado mexicano y los grandes trusts petroleros estadounidenses y europeos que operaban en el país. En el texto legal se precisaba, entre otras cosas, que la propiedad de todo yacimiento correspondía a la nación y que las empresas sólo podían explotar el recurso en carácter de concesionarios. El descubrimiento de los yacimientos, la extracción y el refinado de petróleo eran considerados actividades de “utilidad pública”. Se confirmaba por cincuenta años los derechos adquiridos a aquellas empresas que hubiesen hecho “actos positivos” antes de 1917, y prohibía expresamente a todo extranjero a recurrir a sus gobiernos para resolver las controversias jurídicas en torno a derechos y bienes en México. La oposición surgió en el mismo momento de la enunciación de la ley. Ni el gobierno de los Estados Unidos ni el de Gran Bretaña la aceptaron. Los trusts petroleros desplegaron una fuerte estrategia legal que se materializó en más de sesenta recursos de amparo, llegando incluso a la franca rebelión en relación al problema de los derechos adquiridos sobre los yacimientos. Las fuertes presiones internacionales (amenazas de intervención armada incluidas) y el deseo del presidente Calles por lograr una solución política del conflicto hicieron que el espíritu fundamental de la ley, que no era otro que proteger los recursos naturales de México y orientar buena parte de la explotación en beneficio del país, no llegara a materializarse. “Ojalá México no hubiera tenido nunca petróleo” cuenta Mosconi que le dijo Calles durante su primer encuentro.

Los problemas de México no eran ninguna novedad para Mosconi. Hacía tiempo que el director de YPF venía sosteniendo una larga lucha por consolidar a la petrolera estatal frente a los mismos poderosos trusts y sus aliados políticos argentinos. Lucha que se tornó más intensa cuando en 1928 los directivos de la Standard Oil, la Royal Dutch Shell y la Anglo-Persian, reunidos en el castillo escocés de Henry Deterding, conformaban un poderoso cártel petrolero que eliminaba la competencia entre las tres compañías, repartíendo salomónicamente cupos del mercado internacional y fijando los precios. Si bien YPF había dado algunos pasos fundamentales para poder posicionarse dentro del mercado argentino, todavía quedaban muchas tareas por hacer, sobre todo en relación al desarrollo de la infraestructura de la empresa. La fuerte competencia de las empresas extranjeras (el 70 % del mercado petrolero argentino estaba controlado por dos compañías, la WICO y la Anglo-Mexican, que fijaban el precio de los combustibles en todo el país) y ciertos problemas en el sistema de distribución de naftas habían hecho que en 1929 la petrolera estatal tuviese almacenados grandes cantidades de petróleo y combustible sin vender. Mosconi ideó una estrategia con un doble objetivo: resolver este problema y dar un paso más hacia el control estatal del petróleo argentino. Y lo más interesante del caso es que recurrió a tácticas similares a las que utilizó John D. Rockefeller para quedarse con el virtual monopolio del petróleo en los EE. UU. Sin mediar anuncio alguno, entre agosto y noviembre de 1929 YPF redujo un 17% el precio de los combustibles al público. Tomadas por sorpresa, las distribuidoras extranjeras no tuvieron otra alternativa que bajar sus precios. Los siguientes treinta años el gobierno argentino mantuvo, en términos generales, esta política de precios bajos, cimentando al mismo tiempo la perdurable imagen de un YPF amigo del consumidor argentino. El punto débil del plan era que la expansión del consumo interno obligaba a recurrir al petróleo importado, y había claros indicios de que las compañías extranjeras estaban dispuestas a desabastecer el mercado para contrarrestar la baja general de precios lanzada y sostenida por YPF. Para dar respuesta a este escenario más que probable Mosconi tenía preparada una nueva sorpresa. La compañía soviética Iuyamtorg, dedicada al intercambio comercial entre la URSS y América del Sur, había inaugurado en 1926 una sede en Buenos Aires. A mediados de 1929, poco antes de iniciar su política de precios bajos, YPF firmó un contrato con los soviéticos. La petrolera argentina le compraba combustible a la Iuyamtorg a cambio del compromiso soviético de destinar lo percibido a la compra de productos argentinos derivados de la ganadería y la agricultura. Este acuerdo colocaba en las manos de Mosconi el combustible necesario para contrarrestar cualquier baja en la oferta de petróleo importado. Durante tres años la URSS enviaría a la Argentina 268.750 metros cúbicos de combustibles a un precio fijado por contrato. Una vez más, las grandes compañías internacionales que operaban en el país quedaron descolocadas. Si no acompañaban las restricciones de precios impulsadas por YPF corrían el riesgo de disminuir considerablemente su participación en el mercado interno argentino.

En su conferencia mexicana Mosconi explicó los progresos de YPF y sus difíciles relaciones con las compañías petroleras internacionales. Instó a los gobiernos latinoamericanos a establecer lazos de cooperación petrolera para combatir a los “trusts explotadores”. La vehemencia de su discurso fue tal que el embajador de los EE. UU. en la Argentina, Robert W. Bliss, presentó una protesta formal ante el Ministerio de Relaciones Exteriores por las duras críticas de Mosconi a la política estadounidense en América Latina. Más allá de las quejas del diplomático, las palabras del director de YPF encontraron en México oídos receptivos. Un primer paso se dio en 1934, cuando el gobierno mexicano creó Petromex, una empresa de capitales mixtos que tenía entre sus objetivos regular los precios internos de los combustibles. El paso siguiente fue el decisivo: en 1938 el entonces presidente Lázaro Cárdenas decretó la expropiación y nacionalización de la industria petrolera mexicana. Para hacer frente a las necesidades de producción y comercialización de combustibles, el gobierno cardenista creó las empresas Petróleos Mexicanos y Distribuidora de Petróleos Mexicanos, cuyas estructuras se inspiraron en el modelo de YPF. No fue una casualidad. Diez años antes Cárdenas había estado entre el público que había aplaudido calurosamente a Mosconi en su conferencia de la Universidad de México.

Alcides Rodríguez (Buenos Aires)
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Los espíritus de Fourier, por Alcides Rodríguez


Si bien Charles Fourier nunca puso un pie en América, sus ideas conocieron una amplia difusión en el mundo intelectual americano del siglo XIX. Cuenta Domingo F. Sarmiento en sus Viajes que su primer contacto con las ideas del utopista francés se produjo en alta mar. En plena travesía hacia Europa conoció a Jean-Baptiste Eugène Tandonnet, un discípulo de Fourier que, en la Montevideo sitiada entre 1842 y 1843 por los ejércitos rosistas, había dirigido la revista Messager francais. Fanático difusor de las ideas de su maestro, Tandonnet fue expulsado de la Nueva Troya por oponerse a que los franceses tomaran las armas en defensa de la ciudad. Se trasladó a Buenos Aires buscando el apoyo del gobernador Juan Manuel de Rosas para sus proyectos de construir un falansterio. En eso estaba cuando lo conoció a Sarmiento, entusiasmado por la posibilidad de dar un paso de gigante en sus esfuerzos por demostrar las posibilidades redentoras del ideal fourierista.

Fourier postulaba que las acciones de todo ser humano estaban guiadas por las pasiones. Llegó a distinguir hasta doce pasiones fundamentales, a partir de las cuales elaboró toda una filosofía de la historia. La historia de la humanidad consistía en una sucesión progresiva de etapas, cada una de ellas dominada por una combinación específica de pasiones. El siglo XIX era un tiempo de transición entre el cuarto y el quinto período, es decir, entre la barbarie y la civilización. El proceso se completaría con dos períodos más, el sexto (la seguridad) y el séptimo y definitivo (la armonía). En este último y triunfal momento tanto la vida como la propiedad estarían completamente colectivizadas. Hombres y mujeres abandonarían las ciudades, se reunirían en falanges de 1.620 individuos y, en armónico éxtasis, vivirían en forma absolutamente comunitaria, en cómodas unidades de producción agrícola e industrial llamadas falansterios. Con matemática obsesión Fourier realizó una minuciosa descripción del falansterio. De formas simétricas, el edificio principal tendría una planta baja y dos pisos. En la primera vivirían los ancianos, en el primer piso los niños y en el segundo los adultos. Estaría dotado de todas las instalaciones colectivas necesarias, como comedores, escuelas y guarderías infantiles, y contaría con tres grandes patios destinados al esparcimiento de sus habitantes. El patio principal incluiría una Tour d´Ordre con un reloj y un telégrafo óptico, desde donde se vigilaría todo el conjunto. Si bien Fourier nunca construyó un falansterio, hubo discípulos que sí lo hicieron en Francia, el norte de África, América y Oceanía. Ninguno de ellos tuvo éxito en el largo plazo. Jean Baptiste Godin, un antiguo obrero que llegó a ser empresario, construyó uno de los más perdurables en Guisa, en el norte de Francia, cerca de la frontera con Bélgica. Godin modificó en parte los proyectos originales de Fourier. Abolió, por ejemplo, la idea de convivencia comunitaria, agrupando a los habitantes del falansterio en familias. De allí que su emprendimiento se conociera con el nombre de familisterio.




Aunque Sarmiento consideraba que muchas de las ideas de Fourier eran dignas de un delirante, no dejaba de reconocer sus dotes de intelectual. Quedó seducido por la idea fourierista de plasmar una sociedad en la que hombres y mujeres trabajaran felices. Los proyectos de guarderías infantiles, asilos de ancianos y colonias agrícolas habían sido en su opinión aportes indudablemente positivos. Sarmiento consideraba que Fourier había sido el primer teórico capaz de identificar los problemas sociales generados por el desarrollo de la industria, aunque no podía estar de acuerdo con las soluciones que ofrecía. No era necesario esperar la llegada de aquel último estadio de desarrollo, porque con la civilización la humanidad ya estaba en condiciones de iniciar el camino hacia la felicidad universal. Sarmiento estaba convencido de que la política, ejercida con decisión en un marco republicano, era perfectamente capaz de trazar los caminos que conducían hacia el progreso y la armonía social. Por no comprender esta verdad Tandonnet había cometido el error de acercarse al “buenazo de D. Juan Manuel (de Rosas)”. Porque, como él bien sabía, el gobernador bonaerense jamás apoyaría el proyecto de su nuevo amigo.


Juan José Durandó fue un militante fourierista que también se dedicó a la taumaturgia sanadora y al espiritismo. Se cuenta que estas actividades lo llevaron a la cárcel en Suiza. Peor aún, parece ser que las autoridades carcelarias, decididas a deshacerse de él, elaboraron un plan para asesinarlo: luego de dispensarle comida debidamente envenenada los guardias le facilitarían la fuga, con el objetivo de que muriese en un lugar no comprometedor. Por alguna razón desconocida Durandó no cayó en la trampa: simuló comer y cuando sus custodios lo ayudaron a huir, se alejó tranquilamente del penal. Llegó a la Argentina en 1874 y se instaló en la provincia de Entre Ríos, trabajando en varios oficios y en algunas colonias agrícolas como leñador. La experiencia americana lo convenció para emprender el proyecto de su vida: fundar y dirigir un falansterio. Dueño de un enorme carisma, Durandó reclutó en Europa a un nutrido y entusiasta grupo de hombres y mujeres entre los que había artesanos, ingenieros, artistas y agricultores. Hacia 1880 volvió a Entre Ríos y fundó el falansterio de San José. En él cada familia tuvo derecho a tener un hogar, en cómodos edificios de dos y tres plantas. El complejo incluía un gran comedor comunitario y una escuela en donde se enseñaban primeras letras, matemáticas, música y oficios varios. La comunidad organizó la producción según un estricto régimen laboral. Los bienes y el trabajo se repartían de forma equitativa, a partir de una racional explotación de unas 200 hectáreas en las que se cultivaban toda clase de árboles frutales y cereales. Se contaba con un molino harinero, una fábrica de pastas, una herrería y una panadería. También se producían papas, vino, pan, conservas vegetales y se llevaba a cabo tareas artesanales tales como carpintería, construcción de carruajes y mecánica general. El falansterio consumía prácticamente todo lo que producía y comercializaba el excedente fuera de sus fronteras.

El ideal de Durandó era construir un mundo sin competencia comercial, en el que cada miembro de la comunidad fuese libre de realizarse según sus deseos. Claro que, aún para ello, era necesario tener un orden. El falansterio se regía por un código moral estricto, plenamente aceptado por todos. La autoridad de Durandó se basaba en su carisma y en su contacto personal con el Gran Père, una especie de espíritu superior. El líder del falansterio se encerraba con cierta frecuencia en una pieza tapizada de rojo en donde el Gran Père encontraba la forma de dictarle sus deseos, opiniones e instrucciones, que después Durandó comunicaba a la población. La comunidad de San José no incluía rituales religiosos en su vida diaria. Dado que el líder falansteriano postulaba que todo debía seguir su curso “natural”, los bautismos, casamientos o entierros eran desconocidos. Con ayuda del Gran Père, Durandó desarrolló durante toda su vida una intensa actividad de sanación totalmente gratuita. Una de sus pacientes, Emma Pittet, estuvo tres años sin poder caminar, desahuciada por sus médicos que no acertaban con el diagnóstico. Los desesperados padres acudieron a Durandó, que logró curarla en una semana. La repuesta y feliz Pittet se convirtió en su esposa, y su fama como sanador se extendió por toda la región.

A lo largo de treinta y seis años la experiencia de San José fue exitosa. Durandó había logrado realizar los sueños de Tandonnet. Tras su muerte, ocurrida en octubre de 1916, nadie ocupó su lugar de director. Con el tiempo el falansterio fue decayendo hasta quedar completamente abandonado. Hoy en día lo poco que queda de él está en ruinas. Si bien Durandó insistía en que cualquiera podía contactarse con el Gran Père, lo cierto es que nadie más lo hizo. Su desaparición dejó a San José sin comunicación con su numen tutelar. Al menos en la Argentina, nadie fue capaz de volver a invocar a los espíritus del socialismo fourierista.

Alcides Rodríguez (Buenos Aires)
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Armonía y arquitectura. De Shakespeare a Newton, por Alcides Rodríguez


“Siéntate, Jéssica, mira cómo la bóveda del cielo está tachonada de luminarias de oro. Hasta el astro más pequeño que contemplas canta en su órbita a coro con los ángeles, pues tal es la armonía de las almas inmortales. Mas no podemos escucharla mientras no nos desprendamos de esta grosera envoltura que aprisiona nuestro espíritu.”
    Con estas palabras Lorenzo, un joven cristiano, invitaba a su amada Jéssica, una muchacha judía, a contemplar la armonía del universo en una de las más célebres escenas de El mercader de Venecia, de William Shakespeare. Mientras hablaba, una banda de músicos se encargaba de inundar con dulces melodías todos los rincones de la apacible villa veneciana en la que se hallaban. El mejor clima para que Lorenzo recitara su poética evocación del poder de la música.

    “Piensa en una manada salvaje de libres y cerriles potros; piensa en sus locos saltos, en sus ruidosos relinchos, todo ello condición natural de su sangre ardiente. Pero basta que escuchen el sonido de trompetas o que llegue a sus oídos una música lejana, y los verás quietos como por acuerdo unánime, suavizada la mirada orgullosa por el dulce poder de la música. Por eso pensaban los poetas que Orfeo encantaba árboles, piedras y ríos, pues nada hay tan insensible, tan duro, tan fiero que la música no haga cambiar de naturaleza. El hombre que no lleva en sí la música, que no se emociona con la armonía de las dulces notas, es capaz de traiciones, de fraudes y de rapiñas; las tendencias de su espíritu son tristes como la noche y sus afectos son oscuros como el Erebo. No se puede confiar en tales hombres. Escucha la música.”
    No es infrecuente encontrar en las obras de Shakespeare un clima filosófico atravesado por el neoplatonismo y el hermetismo renacentistas. Suele verse en el mago Próspero de La Tempestad a aquel peculiar cortesano isabelino que fue John Dee, cultor del hermetismo y la magia, cuya figura respondía a su vez a la imagen de mago arquetípico que en 1533 Cornelio Agrippa delineara en su De oculta philosophia. Hacia fines del siglo XVI el poeta Edmund Spenser dedicaba un poema a Isabel I cuya protagonista era una reina de las hadas que tenía por costumbre volar a través de radiantes noches de luz lunar, melancólicamente pensativa y envuelta con los acordes de celestiales himnos neoplatónicos. Dee y Spenser estaban profundamente influidos por la obra del fraile cabalista veneciano Francesco Giorgi, y hay quien afirma que Shakespeare estuvo bajo el mismo influjo cuando escribió El mercader de Venecia.
    Como correspondía a un sabio hermético que se preciara de tal, Giorgi creía en la perfecta armonía universal. Expuso sus concepciones en dos libros fundamentales: De harmonia mundi (1525) y Problemata (1536). Estudioso la Cábala judía, enriqueció sus conocimientos consultando un alud de textos provenientes de España luego de la expulsión de 1492. Estaba convencido que las complejas técnicas cabalísticas eran una llave privilegiada para abrir las puertas de los secretos divinos y demostrar la profunda verdad del cristianismo. De harmonia mundi le daba así un nuevo impulso a la antigua creencia en la misteriosa eficacia de letras, números y cocientes. A la manera de Lorenzo y Jéssica, el cristiano saber de Giorgi recibía con amor y reverencia aquel valioso saber judío.
    En 1534 el dux Andrea Gritti colocaba en Venecia la piedra fundamental de la iglesia de San Francesco della Vigna. Los arquitectos renacentistas tomaban como un axioma básico la idea de que cada una de las partes de un templo debía estructurarse proporcionadamente en un todo armónico integrado por un sistema de cocientes matemáticos. En base a la autoridad de Vitruvio y a ciertas concepciones bíblicas, se consideraba que el cuerpo humano, ese microcosmos que contenía en su seno las leyes y proporciones del universo, era una base adecuada para pensar el diseño de un edificio destinado al culto cristiano. Si bien el plano original de San Francisco della Vigna era obra del célebre arquitecto Jacopo Sansovino, ciertos problemas de concepción llevaron al dux a encargar a Giorgi una revisión del proyecto. El franciscano puso manos a la obra y elaboró un informe en el que, siguiendo las pautas de su De harmonia mundi, reelaboraba toda la planta de la nueva iglesia según la idea de la proporción matemática universal. Y desde Pitágoras, quien hablaba de proporción también hablaba de música. Por ello el informe de Giorgi expresaba en términos musicales buena parte de las medidas de la iglesia. El coro era un buen ejemplo. “De esta simetría - escribía el franciscano - no debe excluirse el coro. A éste deberá dársele una longitud de otros nueve pasos, para formar una proporción quíntuple en relación con el ancho, lo cual dará una bella armonía en un bisdiapasón y un diapente”.
    Hacia 1536 el humanista veneciano Giangiorgio Trissino, un apasionado de la arquitectura, estaba ocupado en la construcción de su Villa Cricoli, en las afueras de Vicenza. Un joven albañil que trabajaba en la obra llamó rápidamente su atención por su talento. Decidió tomarlo bajo su protección y lo inició en el estudio teórico de la arquitectura. Así fue como la vida de Andrea Palladio cambió radicalmente. Con los años los encargos comenzaron a llover sobre él, transformándolo en el arquitecto favorito de la nobleza veneciana. Tras la muerte de Trissino, los hermanos Marcantonio y Daniele Barbaro lo tomaron bajo su protección. Daniele era un humanista que colocaba a la arquitectura en un lugar preeminente por su íntima relación con las matemáticas. Justamente porque con ello obedecía las leyes del universo, la arquitectura dejaba de ser para él un oficio manual para transformarse en una de las más grandiosas manifestaciones de la mente humana. En 1556 convocó a su protegido para trabajar juntos en una nueva edición crítica de la obra de Vitruvio. Un año más tarde, ya convertidos en amigos íntimos, le encargó el diseño y construcción de una villa en el municipio de Maser, en el Véneto. Eligieron un suave promontorio en el que había un manantial natural y un bosque. En la fachada, dos alas simétricas precedidas de arcadas abiertas y coronadas en sus extremos por un palomar confluyen en un saliente edificio central que rememora un templo antiguo. El conjunto del edificio incluye columnas, frontispicios, esculturas y grandes relojes de sol acompañados con símbolos astrológicos. En la parte trasera, Palladio diseñó el nymphaeum, una estructura semicircular que rodea una fuente que recoge las aguas del manantial, repartiéndola desde allí hacia otras dependencias de la villa a través de canales. En el centro del nymphaeum hay una puerta que parece conducir, bajo una estudiada semioscuridad, hacia el bosque y su divina fuente de agua. Durante mucho tiempo se especuló con la posibilidad de que ese manantial hubiese sido en la antigüedad objeto de culto y, quizás, lugar en donde levantara un templo desaparecido. La combinación de elementos profanos y sacros presentes en el diseño del edificio se continúa en el programa iconográfico de la villa, varios de cuyos frescos fueron realizados por Veronés. La gran sala está coronada por un fresco en cuyo centro se encuentra la diosa de la sabiduría, acompañada de todos los dioses del firmamento con sus atributos correspondientes. No resulta casual entonces que desde esta sala salga un corredor que conduce al nymphaeum y a su puerta central, al fin y al cabo el lugar más misterioso y sacro del conjunto. El diseño de la villa responde a un patrón de armonía matemática y musical. Las medidas de las distintas habitaciones y dependencias (incluidos los patios, las columnatas y los establos) se relacionan en forma proporcional, según tonos mayores y menores, terceras, cuartas, quintas y sextas… Así, la planta conforma una sinfonía en la que cada parte ocupaba su lugar en la partitura. Matemáticas, filosofía, religión y misterio, relojes de sol y astrología, música… la Villa Maser lo incorporaba todo en su diseño. Pensada para favorecer el estudio y la contemplación filosófica, su arquitecto supo cómo crear el mejor ambiente para que su amigo y comitente Daniele Barbaro se ocupara en sus amadas actividades intelectuales.
    Durante la construcción de la iglesia de San Francesco della Vigna se incluyeron muchas de las recomendaciones de Giorgi, y el dux le encargó a Palladio el diseño de la fachada. El gran arquitecto se inspiró en el Panteón romano, único gran edificio de la época de la Roma imperial intacto. Destinados a usos muy diferentes, San Francisco della Vigna y la Villa Maser tenían sin embargo algo en común: la divina y musical proporción en la que se inspiraban ambos diseños. No resulta difícil imaginar a Lorenzo recitándole a su amada Jéssica su poético alegato al poder de la música en los jardines de una villa como la de los Barbaro, compartiendo encantadoras veladas en alguna sala diseñada en base a los sonidos de una escala mayor. Quizás Palladio, en su humilde condición de arquitecto humano, haya intentado obrar a imagen y semejanza del Arquitecto Divino. Giorgi estaba convencido de que Dios había creado el universo bajo las formas de un templo perfecto, de acuerdo a las inmutables leyes de la geometría cósmica. Por ello entre el diseño divino, el bíblico Templo de Salomón y la arquitectura vitruviana tenían que encontrarse claras correspondencias. Durante mucho tiempo esta idea desveló a toda una legión de estudiosos. Entre 1596 y 1604 los jesuitas españoles Jerónimo del Prado y Juan Bautista Villalpando publicaron un monumental estudio acerca del Templo de Jerusalén según la visión del profeta Ezequiel, en donde llevaban a cabo una reconstrucción hipotética del sagrado edificio. Villalpando era un brillante matemático discípulo de Juan de Herrera, el arquitecto de El Escorial de Felipe II. Estaba convencido de que en el diseño del Templo de Salomón Dios había dejado “estampada con maravilloso arte la semejanza de todo cuanto existe bajo la inmensa cubierta del universo”.

El libro de Prado y Villalpando se convirtió en una obsesión para muchos arquitectos, teóricos y filósofos de los siglos XVII y XVIII. Uno de sus lectores más apasionados fue Isaac Newton. En sus Prolegómenos a la parte segunda del Léxico de profetas en donde se trata de la forma del Santuario judío Newton sostenía que era imprescindible conocer la forma de los templos descriptos en el Antiguo Testamento para comprender el verdadero significado del cristianismo. Dios, el mundo natural y la ciencia estaban para él indisolublemente unidos. John Maynard Keynes, que además de economista fue un gran coleccionista de manuscritos newtonianos, escribió en un ensayo biográfico que Newton “contemplaba el Universo y todo lo que en él se contiene como un enigma, como un secreto que podía leerse aplicando el pensamiento puro a cierta evidencia, a ciertos indicios místicos que Dios había diseminado por el mundo para permitir una especie de búsqueda del tesoro filosófico a la hermandad esotérica.(…) Consideraba al mundo como un criptograma trazado por el Todopoderoso”. Para descifrar ese criptograma había que abocarse al estudio profundo de los textos bíblicos. Newton puso su tiempo y toda su erudición y conocimiento matemático en ello. Las medidas de los templos estaban allí para que el estudioso hallara las claves de las leyes de Dios, abriendo la posibilidad de comprender las profecías, pues, escribía Newton, “todos los autores reconocen que las cosas futuras se presentan como en esbozo en la organización legislativa (…) Hay que examinar el Santuario, donde se cumplían las acciones legales, que fue triple: el Tabernáculo hasta Salomón, el primer Templo hasta la cautividad babilónica y el segundo Templo hasta la cautividad bajo los romanos. Hay que conocer la forma de éstos si queremos averiguar su significado”. Una vez más, Dios hablaba a través de las matemáticas, y uno de los matemáticos más habilidosos de la historia iba tras el mensaje divino. El problema de la música y la armonía cósmica también fue una preocupación constante en la mayor parte de sus trabajos. Estudió las relaciones matemáticas entre las escalas musicales, la propagación del sonido a través del aire, las longitudes de onda de la luz visible y el espectro de los colores. Buen conocedor de los estudios herméticos y alquímicos de Newton, Keynes consideraba que el gran científico había sido en realidad “el último de los magos, el último de los babilonios y de los sumerios”.
    En el epílogo de La tempestad el mago Próspero le pide al público que la magia de su aplauso lo libere de quedar hechizado en la isla. Probablemente Newton no haya sido un mago, pero, al igual que con Shakespeare, Giorgi y Palladio, ni el más formidable de los aplausos habría tenido el poder de liberarlo del hechizo de la armonía matemática y musical del universo.

Alcides Rodríguez
Buenos Aires, EdM, marzo 2012
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Novedades de 1543, por Alcides Rodríguez



 “Santísimo Padre, puedo estimar suficientemente lo que sucederá en cuanto algunos adviertan, en estos libros míos, escritos acerca de las revoluciones de las esferas del mundo, que atribuyo al globo de la Tierra algunos movimientos, y clamarán para desaprobarme por tal opinión.”

Con estas palabras dedicadas al papa Pablo III se abría el prefacio con el que Nicolás Copérnico presentaba su De Revolutionibus orbium coelestium libri VI. Si bien el manuscrito fundamental del libro estaba listo hacia 1530, la hegemonía de la teoría geocéntrica, respaldada por tantas autoridades antiguas y modernas, condujo al prudente Copérnico a la decisión de no publicarlo. Años más tarde, la insistencia y perseverancia de su discípulo Georg Joachim Rheticus, adherente apasionado de la nueva teoría, lograron que el maestro cediera. Quizás para evitar dudas de último momento, el propio Rheticus se encargó de llevar el manuscrito a la imprenta de Johannes Petreius, en Nüremberg. Más aún, solicitó cartas de recomendación al duque Alberto de Prusia para que Lutero y las demás autoridades protestantes permitiesen la publicación del libro. Si bien Copérnico era consciente de que sus ideas despertaban cierta hostilidad en algunos círculos, es probable que haya considerado que una difusión cuidadosamente restringida de su teoría ofrecía tan sólo el riesgo de ser protagonista de una intensa discusión entre estudiosos. En 1512 había dado a conocer el Commentariolus, un breve manuscrito que circuló entre un reducido de amistades y colegas, en donde exponía sus primeras hipótesis heliocéntricas, y no había habido reacciones de las que preocuparse seriamente. En Roma estaban al tanto de sus investigaciones. En 1533 el secretario papal Johann Widmannstetter le había enviado al papa Clemente VII, un humanista interesado en el saber y amigo de artistas como Rafael y Miguel Ángel, una carta en la que explicaba las bases de la nueva teoría. Un Clemente satisfecho premió el esfuerzo de su secretario con un manuscrito original griego de Alejandro Afrodisio. En 1536 Nikolaus von Schönberg, cardenal de Capua, le envió a Copérnico una carta en la que rogaba que comunicase los resultados de sus investigaciones a la comunidad de estudiosos. Esta carta fue incluida con posterioridad en numerosas ediciones de De revolutionibus. Tideman Giese, obispo de Chelmno y amigo de Copérnico, no vacilaba en declararse fervoroso partidario de la publicación de la teoría. Rheticus escribió y publicó en Gdansk un breve resumen del libro de Copérnico que apareció en 1540 bajo el título de Narratio Prima, y una biografía de su maestro que finalmente decidió no publicar.

    Copérnico señalaba en el prefacio de De Revolutionibus algunas de las fuentes que le habían sugerido la idea heliocéntrica. Citando a Plutarco, sostenía que ya en la antigüedad clásica filósofos como Filolao el Pitagórico, Heráclides del Ponto y Ecfanto el Pitagórico habían sostenido la posibilidad de que la Tierra se moviera alrededor del Sol. En el capítulo décimo del libro I escribía, junto al diagrama del sistema heliocéntrico:

“Y en medio de todo permanece el Sol. Pues, ¿quién en este bellísimo templo pondría esta lámpara en otro lugar mejor, desde el que pudiera iluminar todo? Y no sin razón unos le llaman lámpara del mundo, otros mente, otros rector. Trismesgisto le llamó dios visible, Sófocles, en Electra, el que todo lo ve. Así, en efecto, como sentado en un solio real, gobierna la familia de los astros que lo rodean (…) En consecuencia, encontramos bajo esta ordenación una admirable simetría del mundo y un nexo seguro de armonía entre el movimiento y la longitud de las órbitas, como no puede encontrarse de otro modo.”

Era un momento en el que el hermetismo renacentista aún gozaba de amplia difusión entre los estudiosos, y en donde los autores neoplatónicos y pitagóricos solían prevalecer sobre Aristóteles como autoridad antigua de referencia. Al haber estudiado griego en Italia Copérnico estaba en condiciones de leer los clásicos en su lengua original. Tal como se lee en la cita, el hermetismo estuvo presente en su pensamiento(Ver El Sol del Inca Garcilaso, EdM, junio 2011). Más aún, toda su vida llevó puesto un anillo con la efigie de Apolo - dios del sol, de la luz y de las musas - tocando la lira, con la túnica sobre el hombro.
    Si bien no consta que Copérnico haya leído la obra de Giovanni Pico de la Mirandola, es muy probable que haya tenido algún conocimiento de ella. Miembro destacado de la nueva camada de filósofos de la segunda mitad del siglo XV y artífice de la versión cristiana de la cábala hebrea, Pico se había trazado objetivos ambiciosos. En 1486 anunció la intención de dar a conocer una monumental síntesis del pensamiento aristotélico, platónico, cristiano, hermético y cabalístico, sin dejar de lado a filósofos musulmanes y judíos, en novecientas tesis que abarcarían todos los temas posibles. Las planteó ese mismo año en un texto cuyo título era Conclusiones philosophicae, cabalasticae et theologicae. Propuso además un debate público en Roma, invitando a cuanto sabio estuviera interesado en discutir con él. Debate y texto terminaron siendo prohibidos y Pico, temeroso de probables medidas represivas por parte de las autoridades romanas, se trasladó precipitadamente a Francia. Tras pasar un tiempo en prisión, pudo regresar a Italia gracias a las gestiones de Lorenzo el Magnífico.
    Pico había escrito un texto cuya lectura debía abrir el frustrado debate romano. Se trataba del célebre De hominis dignitate, que se publicó en forma póstuma hacia finales del siglo XV, y del cual existe sólo un manuscrito con la redacción original. Defendía allí su postura de paz y armonía entre las distintas doctrinas y religiones, al mismo tiempo que brindaba la más clásica expresión de la idea renacentista del hombre. El hombre, expresaba Dios en el texto de Pico, era la única criatura del mundo que no tenía una forma predeterminada. Haciendo uso de su libre albedrío estaba destinado a elegirla. Ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, soberano de sí mismo, debía ser capaz de modelarse con la forma que su buen (o mal) juicio dispusiera. Podía convertirse en el más bruto de los animales o en el más espiritual y elevado de los seres. “Te he colocado - le decía Dios a Adán en el texto piquiano - en el centro del mundo para que desde allí puedas examinar con mayor comodidad a tu alrededor qué hay en el mundo”. La mejor perspectiva, se podría decir, para que el hombre pudiera conocer la naturaleza del universo y llevar a cabo la tarea de darse forma a sí mismo.
    Hacia 1540 la célebre casa editora Giunta convocó al médico anatomista Andrea Vesalio para formar parte de un equipo de especialistas con vistas a preparar una nueva y ambiciosa edición latina de la obra de Galeno. Con característico celo humanista Vesalio consultó los originales griegos. Tras un minucioso análisis llegó a la conclusión de que Galeno aplicaba a la anatomía humana observaciones provenientes de disecciones zoológicas. Más aún, descubría que el gran médico de Pérgamo nunca había disecado un cadáver humano. Gracias en buena medida a la autorización de la enseñanza práctica de la anatomía humana otorgada entre 1523 y 1534 por el papa Clemente VII, Vesalio había llevado a cabo sus estudios con cadáveres humanos sin ser molestado. Este nuevo saber lo impulsó a lanzarse, con todo el ardor de sus juveniles veinticinco años, a la gran obra de su vida: rehacer todo el conocimiento de la anatomía humana. En tres años preparó un nuevo gran atlas; excelente dibujante, encargó sin embargo la iconografía a un grupo de grabadores y pintores profesionales, entre los que había miembros de la escuela de Tiziano. Las planchas de madera, grabadas en Venecia, fueron llevadas a Basilea en donde la prestigiosa casa editora de Johannes Oporinus, bajo la personal supervisión de Vesalio, imprimió y publicó la primera edición de De humanis corporis fabrica libri septem. El aire nuevo que atravesaba todas las páginas del gran tratado anatómico abrió caminos que otros no tardaron en seguir, como fueron los casos de Realdo Colombo y su De re anatomica de 1559 y Gabriele Falloppio con sus Observationes anatomicae de 1561. Con los años la perspectiva inaugurada por Vesalio cruzó las fronteras y los mares. En el siglo XVIII llegó al Japón Tokugawa la edición holandesa de las Tabulae anatomicae (1732) del alemán Johannes Kulmus, indudable deudor intelectual de Vesalio, que fue traducida al japonés por el sabio Sugita Gempaku y sus colaboradores. Siguiendo el camino del gran anatomista bruselense, Gempaku trabajó con cadáveres humanos. Comparó los resultados de sus disecciones con la información de las Tabulae y halló un notable grado de precisión en las descripciones y los grabados europeos, en contraposición a las ilustraciones de las tradicionales anatomías chinas que los médicos japoneses venían utilizando desde hacía siglos. Su traducción del tratado de Kulmus, impreso y publicado en 1774 en el propio Japón, marcó un punto de inflexión en la historia de la medicina y anatomía japonesas. Gempaku también llegó a preparar una traducción al chino. El camino señalado por Vesalio se hacía universal.
    Entre 1501 y 1504 Copérnico había estudiado medicina en la Universidad de Padua. En 1537 Vesalio recibía de manos de la misma universidad el título de doctor en medicina, ejerciendo en sus aulas el cargo de profesor de anatomía hasta 1543, año en el que apareció De humanis corporis fabrica. 1543 fue también el año de aparición de De revolutionibus y el de la muerte de su autor, acaecida a los setenta años en el poblado centroeuropeo de Frombork. Resulta tentador imaginar a aquel hombre de la visión piquiana sentado en 1543 sobre el centro del mundo y leyendo, con absorbente y fascinada atención, las primeras ediciones de los libros de Copérnico y Vesalio para comenzar a mirar con otros ojos hacia los cielos y hacia sí mismo.


Alcides Rodríguez
Buenos Aires, EdM, Febrero 2012

En este mismo número de EdM, Alcides Rodríguez también ha publicado Sueños cósmicos II

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APUNTES

Sueños cósmicos II, por Alcides Rodríguez


La actividad es febril en la estación interplanetaria. Ha llegado el gran día en el que la gigantesca nave espacial se separará de ella para iniciar el primer viaje tripulado a la Luna. El impulso de sus poderosos motores hará que llegue en tan sólo cinco días. Los cosmonautas no alunizarán; ese objetivo quedará para el próximo viaje. La nave se limitará a orbitar alrededor de nuestro satélite a una distancia de 186 km. de su superficie. Cada órbita durará una hora y cincuenta minutos. Dado que en esta etapa no habrá gasto de combustible, los cosmonautas podrán estar allí todo el tiempo que consideren necesario para estudiar la superficie lunar. Para el regreso, volverán a activar los motores de la gran nave. Próximos a llegar a la Tierra, la abandonarán en dos planeadores cósmicos que, con sus alas desplegadas y la estrella roja en sus fuselajes, los depositarán suavemente en el país de los Sóviets para convertirse en héroes de la humanidad.

    Así fue como Ary Abramovich Sternfeld imaginó el primer viaje tripulado a la Luna en Los vuelos interplanetarios, un breve y popular libro publicado en la URSS en 1957. Ese mismo año, en Buenos Aires, la editorial Lautaro publicaba su versión castellana ilustrada con imágenes dignas de los mejores cómics espaciales de la época. Nacido en Polonia en 1905, Sternfeld se graduó en la célebre Universidad Jagellónica. En Francia realizó estudios de ingeniería en el Instituto de Mecánica de la Universidad de Nancy. Seguiría la Sorbona, en donde aspiró a lograr su doctorado realizando una disertación acerca del tema que siempre lo había fascinado: los viajes espaciales. El problema fue que sus tutores tenían otros planes. Le ofrecieron tentadores fondos y tiempo ilimitado si se dedicaba a la teoría del corte de los metales. Sternfeld declinó la oferta. Militante comunista, sus primeros artículos acerca de los viajes espaciales aparecieron en L`Humanité, el periódico oficial del Partido Comunista francés. En ellos desplegaba un amplio abanico de problemas tecnológicos en torno a la exploración espacial, destacando el trabajo de pioneros como Robert Goddard, Hermann Oberth o Konstantin Tsiolkovsky, con quien se carteaba regularmente desde 1930 (ver Sueños cósmicos, EdM, octubre 2011). Sternfeld consideraba que el mezquino mundo del capitalismo jamás se ocuparía de los inevitablemente costosos viajes espaciales. Sólo una sociedad socialista, la única que estaba genuinamente interesada en el progreso de la humanidad como un todo, tendría un lugar para ellos. “Será - escribía - la sociedad socialista la que dominará el espacio”. De allí que en 1936 tomara la decisión de radicarse en la URSS. Con él viajaron los borradores de su frustrada tesis doctoral, que se transformarían al año siguiente en su Introducción a la cosmonáutica, un gran tratado en el que ofrecía una panorámica completa de las ciencias del espacio.
No resulta casual que en los años veinte se expandiera en la URSS el entusiasmo por los viajes espaciales y la conquista del espacio. Eran tiempos en los que las vanguardias rusas impulsaban, con una estética radicalmente rupturista, el descubrimiento de nuevos mundos. Una atmósfera espiritual, por así decirlo, en la que la obra de artistas como Vasily Kandinsky, Kazimir Malévich y Pavel Filonov podían convivir en armonía con el Letatlin, la nave voladora de Vladimir Tatlin, las maquetas de las naves espaciales de Tsiolkovsky y el cohete alado diseñado por el científico Fridrikh Tsander. A diez años de la Revolución de Octubre el Departamento Interplanetario de la Asociación de Inventores-Inventistas organizó una “Primera Exposición Universal de proyectos y aparatos, mecanismos, dispositivos y materiales históricos interplanetarios” que tuvo una aceptación más que entusiasta entre la comunidad artística. No sorprende entonces que un arquitecto como Georgy Krutikov diseñara poco tiempo después insólitas ciudades voladoras, un artista como Solomon Nikritin pintara zeppelines junto a extrañas naves espaciales y un escritor como Alexander Bogdanov dividiera su tiempo creando relatos de ficción y diseñando naves espaciales. Bogdánov publicaría en 1927 Estrella roja, una novela utópica en la que se describía una sociedad socialista ideal ubicada en Marte. Los marcianos se encargaban de enseñarle al protagonista, el terrícola Leonid, la armónica y justa vida que llevaban en su planeta. En esta suerte de fiebre soviética por los viajes espaciales el planeta rojo era una parada obligada. En 1924 un grupo de entusiastas fundaba la Sociedad para el estudio de los viajes interplanetarios. Tsander, uno de sus impulsores, se encargó ese mismo año de dictar en su seno una conferencia en donde exponía las posibilidades tecnológicas de viajar a Marte. Llegó incluso a plantear la instalación de bases marcianas permanentes, pues, según todos los indicios, el planeta reunía las condiciones mínimas que hacían posible la vida humana. Atento a lo simbólico, Tsander expresaba que “Marte es también considerado una estrella roja, y éste es el emblema de nuestro gran ejército rojo”. ¿Habrán Inspirado estas palabras a Bogdánov? Lo cierto es que la idea flotaba en el ambiente. O, mejor dicho, en el espacio.
    La literatura no tardó en impulsar al cine soviético rumbo al espacio exterior. Basada en una novela de Alexéi Tolstoi, el director Yákov Protazanov estrenó en 1924 Aelita, la reina de Marte. Dos terrícolas, el ingeniero Loss y el soldado Gusev, viajaban a Marte con el objeto de reunirse con la reina Aelita y convertirse en protagonistas de la gran revolución popular que terminaría por destronar a Tuskub, el viejo autócrata marciano padre de Aelita. Protazánov fue galardonado por esta película con un Diploma de Honor en la Exposición de Artes Decorativas de París en 1925. Aelita fue vista en la mayoría de los países europeos y hacia 1927 se proyectó en algunos países latinoamericanos. La saga de películas soviéticas de viajes espaciales proseguiría en los años treinta; buen ejemplo de ello es El viaje cósmico (1936), producida en los célebres estudios Mosfilm. Su director, Vasily Zhuravlev, contó con el asesoramiento técnico del mismísimo Tsiolkovsky. Dos cohetes, el URSS 1 José Stalin y el URSS 2 Kliment Voroshilov, despegaban desde la futurista Moscú de 1946 para depositar al científico Pavel Sedikh y sus ayudantes sobre la superficie lunar. En pleno auge del cine sonoro la película se rodó muda para que pudiese ser proyectada en todos los rincones de la URSS.
¿Sorprende entonces que Sternfeld se ocupara de los viajes a Marte en su libro sobre los viajes interplanetarios? De manera similar al viaje lunar, una gran nave espacial arribaría al planeta rojo para orbitarlo y estudiarlo detalladamente, preparando el terreno para que una segunda expedición descendiera sobre su superficie. Podrían incluso instalarse bases de investigación y retorno de cosmonautas en Fobos y Deimos, los dos satélites marcianos. Recogiendo los ecos de las palabras de Tsander, Sternfeld citaba las investigaciones de astrónomos soviéticos que sostenían que en Marte había oxígeno y ciertas formas de vegetación, datos que permitían pensar en su ocupación permanente. La baja densidad de su atmósfera obligaba a diseñar bases herméticamente cerradas bajo presión y temperatura adecuadas para hacer posible la vida de los nuevos habitantes del planeta. Siguiendo las huellas de Estrella roja, estos proyectos se encargaban de señalar que los primeros marcianos serían socialistas.
    En los años sesenta los periodistas Míjail Vasilíev y Sergei Gúschev publicaban Reportaje desde el siglo XXI. Los científicos soviéticos pronostican el futuro, un libro en el que se combinaban divulgación científica y fantasías futuristas. Radiantes de optimismo e impulsados por los adelantos tecnológicos de su siglo, Vasilíev y Gúschev ofrecían a sus lectores una serie de entrevistas a varios científicos unidas por un tema común: el brillante futuro de la humanidad. Ambos autores no dudaban en considerar que los hombres de ciencia soviéticos eran los más indicados para semejante indagación, porque franquear la entrada de la Academia de Ciencias de la URSS era, como se lee en el prólogo, “penetrar en el siglo XXI”. El abanico de maravillas científicas y tecnológicas ofrecido era amplio y fascinante, desde el Sol artificial del profesor Georgy Babat, que hacia el año 2000 iluminaría a voluntad Moscú y toda su provincia, hasta las ideas del botánico Vasily Kupriévich para detener el envejecimiento humano y eventualmente abrir las puertas de la inmortalidad, a partir de sus estudios sobre la excepcional longevidad de la sequoia. Treinta y dos capítulos se encargaban de demostrar por qué el siglo XXI estaba destinado a ser el “siglo de oro de la abundancia”. Los viajes interplanetarios eran un capítulo destacado, como es de imaginar. Tras los viajes a la Luna y a planetas como Marte y Venus, el profesor G. Petróvich destacaba que “quedan por delante la exploración de planetas más lejanos, del espacio interestelar que rodea al sistema solar y las travesías a los sistemas planetarios de las estrellas más próximas”. Por muchas razones, las bases para las grandes naves interestelares debían instalarse lejos de nuestro planeta. Estos cosmódromos interestelares, que convertirían al de Baikonur en un muy modesto emplazamiento, podrían estar localizados en los satélites de Júpiter o Saturno, o en asteroides de grandes dimensiones. Petróvich puntualizaba que para lograr que una nave estuviera en condiciones de poner proa hacia las estrellas era necesario solucionar el problema de la energía impulsora. Si bien los motores de propulsión líquida tenían todavía mucho para dar, no eran lo suficientemente veloces para cubrir distancias interestelares. Había dos alternativas con futuro: los motores atómicos y los motores eléctricos. Los primeros presentaban tantos problemas que obligaban a agudizar el ingenio para resolverlos, mientras que los segundos presentaban mejores perspectivas, aunque tenían la desventaja del considerable peso y espacio de las fuentes de energía eléctrica. La idea del “velero cósmico”, ya planteada por Tsander en los años veinte, podía ser una solución. Se trataba de una nave rodeada de grandes y relucientes discos de espejos o placas que transformarían los rayos solares en la energía eléctrica necesaria para activar los motores. Estos veleros con central eléctrica incorporada tendrían una gran ventaja sobre las fragatas y galeones del pasado en los que se inspiraban. Éstos últimos siempre habían estado sometidos al capricho de los vientos. Sus émulos cósmicos no tendrían esa clase de problemas: estarían en condiciones de mantener un constante andar gracias a los torrentes ininterrumpidos de rayos solares que los alimentaban. La mejor posibilidad para logra el motor interestelar ideal, el increíble motor fotónico, quedaba para un futuro lejano. “Estoy convencido - afirmaba Petróvich – que llegará el día maravilloso en que la primera nave galáctica, amarrando a un asteroide metálico o alzándose de entre las piedras de Plutón, heladas hasta alcanzar casi las mínimas temperaturas, se prepare para iniciar su vuelo a través del cosmos interestelar.”
    Si bien los científicos soviéticos entrevistados por Vasilíev y Gúschev no plantearon la posibilidad de que los futuros cosmonautas interestelares estableciesen contacto con civilizaciones extraterrestres, hubo entre las filas socialistas del resto del mundo quienes sí lo previeron. Homero Rómulo Cristalli Frasnelli, más conocido como J. Posadas, fue un dirigente trotskista y líder sindical argentino que postuló una forma bastante peculiar de socialismo. Fundador del Partido Obrero Revolucionario Trotskista-Posadista y de una Cuarta Internacional Posadista en 1970, J. Posadas sostenía que existían civilizaciones extraterrestres de un nivel tecnológico muy avanzado que estaban en condiciones de ayudar, si se encontraba la manera de convocarlos, a una humanidad sumergida en la explotación capitalista. La base de su postura descansaba sobre la certeza de que toda civilización, en cualquier lugar del cosmos, sólo podía alcanzar los más elevados niveles de desarrollo tecnológico y moral si desarrollaba una organización social semejante a la del socialismo. Con la ayuda extraterrestre, la revolución socialista terrestre no tendría otra posibilidad que el triunfo. Una vez más la novela de Bogdánov viene a la memoria: de contar con la ayuda de aquellos marcianos socialistas el futuro de la humanidad podría estar asegurado. Resulta interesante pensar cuáles habrían sido las repercusiones de la célebre emisión radial realizada por Orson Welles en 1938 si su guión hubiese cambiado los marcianos de La guerra de los mundos por los de Estrella roja.


Alcides Rodríguez
Buenos Aires, EdM, Febrero 2012
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NOTICIAS DE AYER

Palabras, por Alcides Rodríguez.


“Siguiendo el ejemplo de los filósofos y los economistas, los criminales políticos tienen en Alemania una terminología propia. Tienen, por ejemplo, una preferencia especial por el verbo erledigen. Erledigen significa “eliminar”. En la correspondencia mantenida entre los asesinos de Rathenau, entre los autores del atentado fracasado contra Scheidemann y entre los agresores de Maximiliano Harden, abunda el verbo erledigen, conjugado en todos los tiempos. Según la terminología del criminal nacionalista alemán, Erzberger, Eisner, Haase, Rathenau no son hombres asesinados. Son, sencillamente, hombres “eliminados”.”

Estas palabras se leen en el artículo que el periodista catalán Eugenio Xammar publicó en La Veu de Catalunya el 28 de diciembre de 1922. Corresponsal destacado en Alemania en los años veinte y treinta, Xammar fue testigo de los difíciles tiempos de la República de Weimar y del desarrollo y triunfo del nazismo. Las víctimas nombradas en el fragmento eran los clásicos “enemigos” de cualquier corriente nacionalista. Había intelectuales, como el caso de Harden, católicos pacifistas como Erzberger, políticos socialistas, como los casos de Scheidemann, Eisner y Haase, o liberales como Rathenau. Los tres últimos eran además judíos. Siempre atento a las palabras, Xammar notaba cómo tras el ascenso de Hitler al poder cierta terminología militar se iba imponiendo en todo el país. En un artículo publicado en 1934 señalaba cómo las medidas tomadas para reducir el desempleo eran las armas para ganar la “gran batalla del trabajo”. Siempre pensando en la victoria final, las antiguas organizaciones sindicales habían sido fusionadas en un “Frente del Trabajo” controlado por el Estado nacionalsocialista. Durante los trágicos tiempos de la Shoá, el nazismo nunca denominó al genocidio por su nombre. Como se sabe, utilizó la expresión “solución final”, siguiendo la tradición lingüística de los nacionalistas alemanes destacada por Xammar.

    Las dictaduras militares argentinas del siglo XX nunca denominaron la toma del poder y sus actos de gobierno con los términos “golpe de estado” y “dictadura”. Tres de ellas, las iniciadas en 1943, 1955 y 1966 fueron “Revoluciones”. Hay que decir, sin embargo, que hubo algunas excepciones dentro de las filas golpistas. En vísperas del golpe de Onganía, el periodista y docente Mariano Grondona no tuvo inconvenientes en llamar públicamente a las cosas por su nombre. En un artículo publicado en Primera Plana el 31 de mayo de 1966 hacía un pormenorizado análisis del significado de la palabra dictadura en la antigua Roma. Despojándola de toda connotación negativa, la presentaba como una noble herramienta que, concentrando el poder en manos del dictador, ayudaba a resolver los graves problemas de un país en tiempos de crisis. La última dictadura militar (1976-1983) se autodenominó “Proceso de Reorganización Nacional”, estableciendo con ese rótulo un vínculo con el proceso de organización nacional de la decimonónica generación del ochenta. Es cierto que economía liberal y genocidio sostenían en buena medida ese vínculo. El uso de la palabra “junta de gobierno”, utilizado por los militares para designar el sistema de gobierno dictatorial, remitía a los áureos momentos de la Revolución de Mayo. La terminología militar y la imaginería cuartelera no estuvieron ausentes en este caso. La DGI, el órgano estatal de recaudación impositiva, tomó en las campañas publicitarias la forma de un tanquecito verde que perseguía implacablemente a los evasores. Para combatir la insistentemente declamada voracidad territorial del “enemigo chileno”, se instaba a la población a “marchar” hacia las fronteras para poblar los márgenes andinos del país. El asesinato jamás sería llamado por su nombre: la palabra utilizada fue, como bien se sabe, “desaparecido”. El propio dictador Jorge R. Videla se encargó de precisarla en términos filosóficos, en una conocida conferencia de prensa.
    La cobertura de la prensa argentina durante buena parte de la Guerra de las Malvinas fue netamente triunfalista. Tras la estela del titular “¡SEGUIMOS GANANDO!” la revista Gente del 27 de mayo de 1982 publicaba en su tapa la fotografía, probablemente trucada, de un buque británico bajo ataque aéreo argentino. Junto al titular se reseñaban los daños infligidos a la Royal Navy:

“6 BUQUES HUNDIDOS. 16 AVERIADOS. 21 AVIONES Y 16 HELICÓPTEROS DERRIBADOS. ESTAMOS DESTRUYENDO A LA FLOTA BRITÁNICA.”

Los informes acerca de ataques y hundimientos de buques británicos eran excelentes oportunidades para consolidar la idea de guerra victoriosa. En este sentido la prensa británica no fue a la zaga. Apelando a términos propios del mundo del box, el diario The Sun del 4 de mayo informaba acerca del hundimiento de un buque patrullero argentino y del ataque al crucero A.R.A. General Belgrano con las siguientes palabras:

“TE TENGO. Nuestros muchachos hunden cañonero y agujerean crucero. LA MARINA puso a los Argies de rodillas ayer por la noche después de un devastador doble golpe.”

Neil Wilkinson era en 1982 un joven marino a cargo de una batería antiaérea a bordo del H.M.S. Intrepid. Cuando su buque fue atacado en la bahía de San Carlos por tres Skyhawks argentinos, logró derribar a uno de ellos. Vio cómo el avión se estrellaba convertido en una bola de fuego. Tras el júbilo inicial, Wilkinson buscó en el cielo rastros de la eyección del piloto. No los encontró. Se convenció que no había sobrevivido. “No hay manera de que alguien salga vivo de ese avión”, diría varios años más tarde. La posguerra no fue sencilla para Wilkinson. Padeció fuertes y prolongados traumas; en su cabeza, el avión y su piloto siguieron estrellándose durante veinticinco años. En 2007, viendo un documental sobre la guerra, fue sorprendido por el testimonio de un piloto argentino que contaba la odisea de su supervivencia. El relato de Mariano Velasco acerca de su derribo coincidía punto por punto con su propio recuerdo de aquel día. No tuvo dudas: había derribado el Skyhawk de Velasco. Feliz de saber que el piloto estaba vivo, se propuso contactarlo. Con ayuda de la embajada argentina en Londres consiguió su correo electrónico. Tras intercambiar mensajes durante un tiempo, en 2011 decidió viajar a la Argentina para conocerlo personalmente. El encuentro, muy emotivo y puntapié inicial de una amistad, fue documentado por la BBC y difundido en toda Gran Bretaña. “Esto es demasiado para ponerlo en palabras - expresó Wilkinson durante el encuentro - Conocerlo (a Velasco) en persona es el cierre de un ciclo. Ahora sé que está vivo y que somos amigos”.


En el mismo número de GENTE del 27 de mayo se informaba acerca del hundimiento del H.M.S. Coventry, atacado por una escuadrilla de Skyhawks integrada por el propio Velasco, dos días antes de ser derribado por Wilkinson. Murieron diecinueve de sus tripulantes. El hundimiento del Belgrano mató a trescientos veintitrés marinos. La destrucción de los dos buques de guerra fueron para Gente y The Sun inmejorables datos para seguir construyendo el triunfal relato de la victoria. Para otros, familiares y camaradas de los muertos en primer lugar, ambos naufragios tuvieron un significado bien diferente. Wilkinson no estaba orgulloso de haber derribado un avión enemigo. Se quedó más bien con la certeza de haber matado a un hombre. Verlo vivo fue un inenarrable alivio para él. Si bien se encontró escaso de palabras para dar cuenta de sus emociones más profundas tras el encuentro con Velasco, supo hallar las adecuadas a la hora de dar un significado al acontecimiento que le toco protagonizar aquél intenso día de mayo de 1982 en el Atlántico Sur. Al contrario de nacionalistas, nazis, dictadores, grupos de tareas, empresarios de medios y ciertos periodistas, tuvo la valentía de hacerse cargo de ese significado, pagando, eso sí, un alto precio. Más de dos décadas de dolorosos traumas son buena prueba de ello.



Alcides Rodríguez
Buenos Aires, Argentina, EdM, 2012
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APUNTES

Los niños de Pedro Melenas, por Alcides Rodríguez


“La K es de Kate, golpeada por un hacha”

“La G es de George, asfixiado bajo una alfombra”
“La I es de Ida, que se ahogó en un lago”
“La F es de Fanny, completamente succionada por una sanguijuela”
“La L es de Leo, que se tragó unas tachuelas”
“La R es de Rodha, consumida por el fuego”


He aquí algunos ejemplos extraídos del alfabeto infantil que se lee en Los pequeños macabros (The glashycrumb tinies) del escritor, artista e ilustrador estadounidense Edward Gorey. Publicado en 1963, cada letra es la primera del nombre de un niño o una niña que, sin sospecharlo, será víctima de un particular tipo de muerte.




Las historias contadas en este alfabeto impactan sin necesidad de recurrir a maneras morbosas o asqueantes para contar el inevitable final de cada una de las criaturas. El aire decimonónico que hay en los niños dibujados por Gorey y su trágico destino recuerdan los que aparecen en un clásico de la literatura infantil del siglo XIX, Pedro Melenas (Struwwelpeter), del médico alemán Heinrich Hoffmann. Publicado por primera vez en 1845, el libro se hizo inmensamente popular. A lo largo de un siglo y medio conoció más de quinientas ediciones y varias decenas de millones de ejemplares en todos los formatos, incluido el digital. Se tradujo a numerosas lenguas de todos los continentes, encargándose el mismísimo Mark Twain de la traducción al inglés. En una carta publicada en 1892, dos años antes de su muerte, Hoffmann revelaba por qué se le había ocurrido la idea de crear Pedro Melenas. Durante la navidad de 1844 buscaba un libro para regalarle a su pequeño hijo. Su disconformidad con las historias de piratas y los libros moralistas que le ofrecían en las librerías lo llevó a escribir el libro que, según su entender, su hijo necesitaba. Convencido de que los niños pequeños no son capaces de comprender el sentido de los elevados conceptos morales que se les intenta inculcar, Hoffmann recurrió a la imagen impactante como estrategia formativa. “El dibujo - escribía en la carta – de un desarrapado, sucio, de un vestido en llamas, la imagen de la desgracia le instruye (al niño) más que todo lo que se pueda decir con las mejores intenciones”. Un editor amigo suyo, Zacharias Löwenthal, lo convenció de publicarlo. El título original, Historias muy divertidas y estampas aún más graciosas para niños de 3 a 6 años fue cambiado en su tercera edición por el de Pedro Melenas: Estampas muy divertidas y estampas aún más graciosas debido a la popularidad que se había ganado Pedro Melenas, el personaje que “asustaba” a los niños por tener el pelo y las uñas desmesuradamente largos. En 1890 otro autor, Julius Lüthje, publicó una versión femenina del personaje, Elisa La desgreñada (Struwwelliese).
    Pedro Melenas formaba parte de una galería de personajes a los que les sucedían cosas terribles por no hacer caso de las buenas recomendaciones de los adultos. Allí estaba el caso de Paulina, la niña que por jugar con fósforos terminaba incinerada y convertida en un montoncito de cenizas.


O el caso de Gaspar, el niño fuerte y saludable que rechazaba airadamente los deliciosos y nutritivos platos que se le ofrecían por no ser de su agrado. La sucesión de viñetas mostraban cómo la terca actitud de Gaspar lo conducía hacia una delgadez espantosa que terminaba, como es de imaginar, en su muerte por inanición. Como remate final de la historia su tumba quedaba coronada con una sopera.


Terrible era también el caso del Pequeño Chupa-Dedo. Haciendo caso omiso de los ruegos de su madre, el Pequeño Chupa-Dedo no mostraba ninguna intención de abandonar la mala costumbre de chuparse los dedos todo el tiempo. La historia terminaba con la súbita irrupción de un sastre que, provisto de una tijera gigante, le cortaba al pobre niño cada una de las puntas de sus dedos para que nunca más pudiera chupárselos. En la película Struwwelpeter (1955) el director alemán Fritz Genshow realiza una fiel representación de este episodio del libro de Hoffmann.


    La cinta blanca (2009), una película de otro director alemán, Michael Haneke, se centra en los extraños sucesos que ocurren en una pequeña comunidad campesina prusiana en vísperas de la primera guerra mundial. Extrañas muertes y maltratos teñidos de una sutil crueldad logran que el espectador vaya descubriendo, a pesar de que los protagonistas miren hacia otro lado o traten de ocultarlo, tenebrosos costados de la vida diaria de tan bucólico, alegre y aparentemente tranquilo ambiente. Los niños del pueblo no están de ninguna manera al margen de todo ello. Al fin y al cabo, de ellos surgirán los nazis del mañana.


¿Puede sorprender entonces que en un año tan decisivo como 1941 dos británicos, los hermanos Robert y Philip Spence, publicaran, tomando como modelo el libro de Hoffmann, una parodia del nazismo bajo el título de Struwwelhitler? Tanto en los relatos que conforman Pedro Melenas como en la historia contada en La cinta blanca respira toda una concepción decimonónica de la infancia. El enorme y sostenido éxito editorial de Pedro Melenas es un signo manifiesto de la vitalidad que esta construcción tuvo a lo largo de los últimos ciento cincuenta años. Quizás las “mejores intenciones” que Hoffmann plasmara en su libro terminaran constituyéndose en un lenguaje capaz de habilitar la aparición de otras “mejores intenciones”, como aquellas que en su momento supo narrar Ingmar Bergman. En este sentido, el alfabeto que Gorey dibujó casi veinte años después de la segunda guerra mundial tiene la virtud de brindar las letras que permiten leer un modelo de infancia en el cual hubo espacio suficiente para incubar, como sucediera con aquel bergmaniano huevo de la serpiente, buena parte de lo más terrible de la historia del siglo XX.

Alcides Rodríguez,
Buenos Aires, EdM, Diciembre 2011

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APUNTES

Los anuncios publicitarios del gran maestro, por Alcides Rodríguez


Un hombre cuyo rostro refleja alegría y tranquilidad va conduciendo su automóvil, al compás de la música de Rossini. La ruta lo lleva hacia la boca de un túnel, entra en él y la situación cambia radicalmente. En la semioscuridad comienzan a oírse crujidos, caen piedras de la bóveda del techo, se abren grietas y a través de ellas va fluyendo agua. El hombre, desesperado, se da cuenta que ha quedado atrapado dentro del túnel. Súbitamente, vestido con su pijamas, salta de la cama y se encuentra ante su psicoanalista, que lo tranquiliza diciéndole que el Banco de Roma se ocupará de librarlo de sus peores pesadillas. Acto seguido, las puertas del banco se abren y el hombre, aún en pijamas, se dirige hacia las ventanillas de las cajas, en donde encontrará la confortable cama que le garantizará un sueño tranquilo.



He aquí uno de uno de los tres anuncios publicitarios para televisión que Federico Fellini realizó para el Banco de Roma en 1992. En septiembre de ese mismo año el tríptico se presentó, sin mucho suceso, en el Festival de Venecia. La relación de Fellini con la televisión era de larga data. A partir de 1970 la RAI financiaría, en colaboración con otras productoras, varias de sus películas, a saber, Los clowns (1970), Ensayo de orquesta (1978), Y la nave va (1983), Ginger y Fred (1986), Entrevista (1987) y La voz de la luna (1990). Ya desde la época en que filmó Los clowns Fellini vio en las producciones para la televisión una posibilidad de liberarse tanto de los largos preparativos como de los problemas, conflictos y condicionamientos propios de la industria del cine. Buena prueba de ello fue Ensayo de orquesta: contra lo acostumbrado, la película se rodó en un clima casi festivo en las cuatro semanas previstas, sin salirse nunca del presupuesto ni surgir ningún gasto imprevisto. Con la televisión Fellini sentía que renovaba el aire y llegaba a muchos de los espectadores que los cines comenzaban, lenta pero sostenidamente, a perder. “Condenar la televisión - según rezan sus palabras más citadas en este sentido - sería tan ridículo como excomulgar a la electricidad o la teoría de la gravedad”.
    Claro que no todo era un lecho de rosas. Durante los años ochenta Fellini adoptó una postura crítica frente a la televisión vista desde una perspectiva fundamentalmente empresarial. Refiriéndose a cadenas privadas de empresarios como Silvio Berlusconi, llegó a escribir en un editorial publicado en 1985 en el semanario L´Europeo que “esas televisiones no merecen sobrevivir”. Más aún, lo que más lo ofendía era la costumbre de insertar anuncios comerciales en medio de la proyección de las películas. “La constante interrupción - seguía escribiendo en el editorial - de las películas emitidas por las cadenas privadas son pura y simplemente un abuso, y no sólo contra el autor y su obra, sino también contra el espectador. Se acostumbra a éste a un lenguaje entrecortado, balbuciente, a una periódica suspensión de la actividad mental, a una constante dispersión de la atención, que acabará haciendo de él un idiota incapaz de concentrarse, de reflexionar, de establecer nexos mentales y previsiones, un idiota insensible a esa musicalidad, a esa armonía, a esa euritmia que siempre tiene una narración… El único resultado de alterar una sintaxis articulada es crear una ilimitada audiencia de analfabetos”. Llegó incluso a iniciar acciones legales por estos motivos. Aparecida en esos mismos años, Ginger y Fred puede ser leída como una dura crítica hacia esta clase de televisión.
    El 19 de enero de 1992 el Corriere della Sera celebraba el septuagésimo segundo cumpleaños del gran riminés con el siguiente titular: “Fellini, cumpleaños de un desempleado”. Tras La voz de la luna Fellini no había podido volver a conseguir financiación para sus proyectos. Los productores temían que sucediera lo de siempre: costos exorbitantes y plazos prolongados, con indudables obras maestras que eran rentables en contadas ocasiones. La situación se mantuvo igual al año siguiente, volviendo una vez más el Corriere della Sera a la carga con el tema. “¿Qué ocurre en nuestro cine?” fue la pregunta que sacudió a la opinión pública italiana. Más allá de las promesas y manifestaciones de apoyo, en definitiva nada se hizo. De allí que el director aceptara con agradecimiento la oferta para realizar los anuncios del Banco de Roma. Su muerte en 1993 los convirtió en sus últimos trabajos. No deja de resultar algo paradójico que, tras su actitud militante frente a la inserción de anuncios comerciales durante la emisión de películas por televisión, la obra de uno de los mayores creadores el cine de todos los tiempos se cierre justamente con tres anuncios comerciales para televisión. La consolidación del argumento de la rentabilidad haría que, contra sus deseos, las cadenas privadas no sólo sobrevivieran, sino que florecieran de una forma que Fellini nunca hubiese podido prever. Era el triunfo del mundo de Berlusconi, como un sufrido Nanni Moretti se encargaba de puntualizar en películas como Aprile (1998) o El caimán (2006).

Alcides Rodríguez,
Buenos Aires, EdM, Diciembre 2012

La mayor parte de los datos y citas se han extraído de Kezich, T., Fellini, la vida y las obras, Tusquets, Barcelona, 2007
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ESCRITORES EN SITUACIÓN

Herederos de Lenin, por Alcides Rodríguez


El 11 de febrero de 1929 el vapor Ilich zarpaba del puerto de Odessa sin carga y llevando sólo tres pasajeros. Al día siguiente León Trotsky, su mujer y uno de sus hijos desembarcaban en Estambul. Por poco tiempo, ya que en marzo se volvían a embarcar para instalarse en Büyuk Ada, la más grande de las islas Prinkipo, en el mar de Mármara. En poco tiempo la desvencijada casa en la que se instalaron se convirtió en un centro de reunión de una legión de visitantes y colaboradores. Entre tantos militantes de diversas nacionalidades que llegaban se mezclaron personalidades como Georges Simenon, Emil Ludwig y Man Ray. También se llegó hasta Büyuk Ada el director de la prestigiosa editorial Fischer (que ese mismo año publicaba La montaña mágica de Thomas Mann), con una propuesta para el dueño de casa: publicar su autobiografía. Tras un primer momento de vacilación, Trotsky aceptó y se puso a trabajar con entusiasmo. La terminó ese mismo año.
    A lo largo de buena parte de Mi vida Trotsky enfatizaba su total comunión de ideas con Lenin. Según el relato, durante los años de la Revolución ambos siempre habían coincidido en las discusiones y decisiones fundamentales, más allá de alguna ocasional y amistosa diferencia de opinión, en general por cuestiones menores. Esta perfecta comprensión mutua se mantenía intacta tras la guerra civil, en momentos en donde la atmósfera dentro del partido comenzaba a enrarecerse. “Generalmente - escribía - no necesitábamos más que medias palabras para entendernos el uno al otro”. No se privaba de subrayar que este entendimiento incluía la idea de considerar a Stalin como una grave amenaza para el futuro de la Revolución. Para conjurar ese peligro un Lenin ya enfermo le había propuesto formar un bloque para luchar contra la naciente burocracia estatal y partidaria. La expulsión de Trotsky del territorio de la URSS en 1929, llevada a cabo a bordo de aquel buque bautizado con el segundo nombre de Lenin, evitaría la consumación de esos planes.
    En ese momento de la narración Trotsky reproducía el contenido de una carta que había dirigido en 1928 al Comité central del Partido Comunista y a la presidencia de la Internacional Comunista. Era su respuesta al ultimátum en el que se le emplazaba a abandonar sus actividades de oposición al naciente orden estalinista. Dejaba claro que no estaba dispuesto a abandonar la lucha por lo que él consideraba eran los ideales de la Revolución de Octubre. El “ala leninista” del partido (que era, por supuesto, la suya) venía sufriendo desde 1923 una sistemática y creciente agresión. Esto se debía a dos causas: al fracaso de las experiencias revolucionarias fuera de la URSS, y al hecho de que a toda revolución le seguía siempre un momento de reacción conservadora.
“La inteligencia teórica y la experiencia política demuestran que los períodos de decadencia histórica, de retroceso, es decir, de reacción, pueden sobrevenir, no sólo en las revoluciones burguesas, sino también en las proletarias. Llevamos ya seis años, en la Unión de los Soviets, viviendo bajo el signo de una reacción cada vez más aguda contra el movimiento de Octubre, en la cual late, por consiguiente, el Termidor. Y donde esta reacción cobra un volumen más visible y más perfecto, dentro del partido, es en la batida furiosa que se viene dando contra el ala izquierda y en los esfuerzos que se hacen para dejarla fuera de combate en todas las organizaciones”.
Tantos años de revolución y guerra civil habían agotado a las masas. En el análisis de Trotsky era natural que el pueblo, harto de los horrores de la guerra, buscase algo de paz y estabilidad. “Este impotente afán de paz - escribía en su biografía de Stalin - volvía los ojos hacia aquellos encargados de cuestiones tan fastidiosas como el racionamiento de víveres, la vivienda y la colocación de buenos empleos con la mayor retribución posible”. Era el momento para personalidades como la de Stalin que, guiadas por un feroz pragmatismo, habían sabido ponerse a la cabeza de lo que debía ser tan sólo un momento de transición.
“Entonces – seguía escribiendo en Stalin - fue cuando Stalin comenzó a sobresalir con creciente prominencia como organizador, dispensador de credenciales, tareas y empleos, preparador y monitor de la burocracia. (…) A medida que fue aumentando la vida burocrática, ésta engendró una creciente necesidad de bienestar. Stalin cabalgaba a la cabeza de este espontáneo movimiento hacia la comodidad humana guiándolo y enderezándolo hacia sus propios designios”.
En La revolución traicionada Trotsky sostenía que la sociedad soviética se había convertido en una sociedad intermedia entre el capitalismo y el socialismo, dominada por una burocracia que vivía un mundo de privilegios bastante ajeno al legítimo socialismo. Inexacta en términos históricos, la analogía con la reacción termidoriana de los tiempos de la Revolución francesa era sin embargo significativa: de perdurar se corría el riesgo de que la URSS avanzara hacia una futura restauración del capitalismo. Bajo un burocrático manto protector sobrevivían y se enquistaban todos y cada uno de los viejos valores propios de la pequeña burguesía. Los mismos burócratas que administraban la herencia de la Revolución se encargaban de minarla. La misión de la oposición era más importante que nunca. Había que comprender las diferentes etapas que se estaba viviendo para “saber prever y preparar conscientemente el día de mañana”. Era de vital importancia mantener vivo el estímulo de la discusión teórica, analizar la evolución de los acontecimientos mundiales y de la URSS en particular y, fundamentalmente, llevar a cabo una profunda tarea de educación de los futuros cuadros llamados a dirigir la Revolución hacia su destino final, tras superar la etapa termidoriana (o estalinista) en la que estaba empantanada. Y Trotsky, “heredero” intelectual de Lenin, era el líder adecuado para la tarea de ese difícil momento. Si quedaba alguna duda, allí estaba Mi vida para demostrar por qué su autor era el candidato natural para ocupar el lugar de teórico y líder revolucionario que Lenin había dejado vacante con su muerte en 1924.
    Pero claro, no podía haber dos herederos de Lenin. La burocracia tan combatida por Trotsky se encargó de que hubiera uno solo, y la URSS siguió el camino trazado por el heredero que quedó vivo. En la década del ochenta del siglo pasado se produjo el último intento de modificar ese camino. El fracaso final produjo la disolución de la URSS, abriendo las puertas hacia una veloz restauración del capitalismo en todo su antiguo territorio. Los temores que Trotsky expresara durante los años treinta fueron certeza para Gyorgy Lukács a finales de los sesenta. Tras la invasión soviética a Checoslovaquia y el Mayo francés, Lúkacs sostuvo en una entrevista que “todo el experimento que comenzó en 1917 ha fracasado y se lo debe probar nuevamente en algún otro tiempo y lugar”. Probablemente Trotsky habría estado dispuesto a discutir con él esta posibilidad.

Alcides Rodríguez (Buenos Aires)
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ESCRITORES EN SITUACIÓN

El heresiarca de las pampas, por Alcides Rodríguez


“No sólo carecen (los habitantes) de ministros evangélicos, sino que también, por desgracia, han tenido allá por el espacio de siete años un heresiarca dogmatizante poderoso que con plata en mano ha buscado prosélitos haciéndose proclamar por el héroe del Sud … Don Francisco Ramos Mejía se ha erigido en heresiarca blasfemo… (ha) quemado imágenes… ha erigido seis cátedras de teología en el Sud”
    Con estas palabras el Padre Francisco Castañeda describía la situación religiosa de Kequel Huincul, pequeña localidad fronteriza ubicada a cien kilómetros al sur del río Salado, en la provincia de Buenos Aires. El franciscano había sido desterrado allí en 1821 por las críticas que había lanzado al gobierno en su periódico El Despertador Teofilantrópico Místico Político. Casi un año más tarde el gobernador Martín Rodríguez le permitió regresar a la capital provincial. Por poco tiempo, pues sus críticas a la política religiosa del ministro Rivadavia hicieron que Castañeda volviese al destierro. Sus breves comentarios en relación a Kequel Huincul dejan la pregunta flotando en el aire: ¿quién era aquel “heresiarca dogmatizante” de las pampas?
    Francisco Hermógenes Ramos Mejía había nacido en 1773 en Buenos Aires. Hijo de padre español y madre criolla, formó parte de los gobiernos revolucionarios surgidos a partir de 1810. Fue regidor del Cabildo en 1811 y miembro del gobierno directorial de 1815. Ese mismo año se instaló en Kequel Huincul con su familia, en unos campos que había adquirido por doble compra: al fisco primero y a los pueblos indígenas después. Supo cultivar buenas relaciones con los lugareños. También estableció excelentes vínculos con los jefes indígenas, granjeándose de tal forma su confianza que llegó a representarlos ante las autoridades provinciales. Pero sería un error suponer que Ramos Mejía sólo deseaba ser un estanciero prominente. Se creía llamado a una misión mucho más importante y trascendente. Y rápidamente puso manos a la obra. A partir de 1816 llevó adelante una intensa tarea de evangelización que se basaba en su personal interpretación de la doctrina cristiana. Místico y visionario, Ramos Mejía enseñaba que nada tenía más autoridad en el universo que la Biblia. Sólo gracias a un libre y meditado examen del texto sagrado el creyente accedería a las verdades de la religión. Ningún sacerdote o Papa podía reemplazar el libre acceso a la lectura de la Biblia para vivir en armonía con la ley de Dios. Cualquier buen intérprete estaba en condiciones de ser un sacerdote. Los dogmas católicos y sus santos eran obstáculos que había que remover para poder recorrer este camino de salvación. Ramos Mejía no se cansaba de condenar el lamentable estado del clero católico. “¿Qué tienen que ver los cristianos con el Rey de Roma?”, solía preguntar. Su prédica tuvo importantes repercusiones en Kequel Huincul y sus alrededores. Castañeda constataba que el “gauchaje” exaltaba la religión de Ramos Mejía al grito de “¡Viva la ley de Ramos!”.
    De todos los textos escritos por Ramos Mejía han sobrevivido solamente dos, ambos de 1820: el Evangelio de que responde ante la Nación el ciudadano Francisco Ramos Mejía y la Comunicación al gobernador Don Marcos Balcarce, que incluye un Abecedario de la Religión o del conocimiento del orden de nuestro bien o de nuestro mal. El resto desapareció tras el asalto e incendio de su estancia o fue quemado por su familia, debido a la hostilidad general desatada contra su autor. Es difícil rastrear las influencias en su pensamiento. Para Adolfo Saldías el cristianismo de Ramos Mejía era una suerte de “panteísmo oriental”. Clemente Ricci, el estudioso que publicó los textos en 1929, se inclinaba por una especie de puritanismo fuertemente relacionado con el luteranismo y el calvinismo. El problema de esta hipótesis es que no se puede probar en dónde Ramos Mejía pudo aprender teología luterana o calvinista; tan sólo se puede especular con la influencia de su madre, hija de un escocés calvinista. Consciente de estos problemas, Ricci prefería en principio considerar que Ramos Mejía creaba su sistema a partir de una “intuición genial”. El periodista e historiador Abel Chanetón consideraba que era fuerte en Ramos Mejía la influencia del padre Manuel Lacunza, el jesuita chileno que en su obra La venida del Mesías en gloria y majestad sostenía que el día de la venida de Cristo a la Tierra una Iglesia completamente compenetrada con la hipocresía y la mentira se pondría del lado del mal.
    Alejandro Korn consideraba que en realidad Ramos Mejía estaba planteando la necesidad de promover una revolución religiosa destinada a completar la revolución política lograda a partir de 1810. Sólo con ella se ordenaría una sociedad recientemente independizada que estaba en estado de “anarquía”. Los conflictos del año 1820 no se resolverían invocando la soberanía del pueblo, como los intelectuales de la revolución venían sosteniendo, sino apelando a la única y verdadera soberanía, la de Dios. Y Ramos Mejía, en su Comunicación al Gobernador, se ofrecía como instrumento redentor de las nuevas naciones sudamericanas.
    “Toda la América y todo el Nuevo Mundo debe contar conmigo porque debo contar con el espíritu de vida de que somos los últimos Ministros cuanto lo somos del evangelio… Falta que el pueblo nos oiga, pues que este paso es el céntrico punto de apoyo de toda la felicidad”.
     “Falta que el pueblo nos oiga…” Intérprete de las Sagradas Escrituras en un mundo rural prácticamente analfabeto, Ramos Mejía esperaba que su exégesis fuese escuchada y aceptada por los fieles con entusiasmo. Creador, según el historiador Daniel Monti, de una “genuina disidencia argentina”, este original predicador se propuso organizar un cristianismo nacional que ordenara y sentara las bases de la nueva sociedad argentina. ¿Podía pensarse la construcción de la moderna Argentina desde esta perspectiva? Max Weber señalaría varias décadas más tarde la importancia del protestantismo para comprender el surgimiento del capitalismo moderno. Las autoridades provinciales no lo vieron de esta manera: en 1825 le prohibieron seguir con su prédica evangelizadora. Quizás por ello murió en 1828, siendo enterrado por los indígenas en algún ignoto paraje de las pampas. Décadas más tarde su nieto José María Ramos Mejía señalaba con laica precisión cuáles debían ser los parámetros de la modernización argentina. Destacado miembro de la Generación del ´80, José María fue uno de los más conspicuos referentes del positivismo en la Argentina finisecular. Lo curioso de caso es que ello no le impidió ser un apasionado cultor del espiritismo. De alguna extraña manera, la herencia del abuelo místico encontraba un lugar en el alma del nieto positivista.

Alcides Rodríguez (Buenos Aires)
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