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MAPAS COMPARTIDOS

Poema: «Para Diego Vega», de Rafael Murillo-Vélez, por Irene Sola y Facundo Ruiz (comp.): Los primos


De Los primos

Para Diego Vega, de Rafael Murillo-Vélez

En la pulida punta de la verga fue a clavarse
el mal amor, el lujo enfermo y la memoria
toda nocturna de plata envejecida
toda canosa: de ajeno polvo llena


En la pulida punta de la verga fue a morirse
el torero cabrón: puro destino
todo dolor los ojos y la risa
toda la noche abierta a la corrida

En la pulida punta de la verga va a quedarse
Este puto poema de caricias
Este consuelo puto de olvidarse
Esta pulida y última palabra, en despedida.

***

Rafael Murillo-Vélez nació en San Luis Potosí, México, en 1977. Publicó sus primeros poemas en la antología colectiva Paraísos de manteca (Utrillo & Co., México DF, 1997); desde entonces, prepara Los últimos recuerdos míos, de donde está tomado el poema. Los primos es una antología de poetas americanos, compilada por Irene Sola y Facundo Ruiz.
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El papá de Rucci, por Facundo Ruiz


Se cuenta que el padre de José Ignacio Rucci, el conocido dirigente sindical argentino tan violentamente muerto, era un hombre realmente inventivo. Peregrino lector de Arlt, recordaba siempre haber escuchado en la radio, auspiciada por el Centro de Estudiantes de Farmacia y Bioquímica, en 1928 o 1929, la conferencia de Macedonio Fernández sobre la teoría de la novela, y haberse sorprendido, y muchos más tras finalizar la trasmisión, momento en el cual, gratamente ensimismado, se dedicó a pensar el futuro del arte en la Argentina. Eran destellos, impresiones indelebles pero errátiles que –contaba– habían vuelto una y otra vez a lo largo de su vida para sugerirle o prevenirle en sus proyectos e ideas.
    José Ignacio, desde pequeño, prefirió que su padre no lo asistiera en tareas escolares y trabajos de elaboración manual o intelectual. Sin embargo, sus compañeros adoraban y hasta envidiaban la digresión paterna del joven Rucci, y solían reunirse –o sugerirlo con ahínco– en su casa por la tarde. De esta época data la inconclusa traducción del francés que el padre del joven Rucci y uno de sus amigos predilectos hicieron de Impresiones de África, de Raymond Roussel.

    Por razones laborales, el padre del amigo del padre de Rucci, Aristóbulo Martín Berzátegui, se había instalado con su familia en París en el otoño de 1927. Por entonces se dedicaba al negocio inmobiliario. Su hijo, Martín David, tenía por entonces casi veinte años y una habilidad muy singular para descubrir cómo perder el tiempo en actividades que, a la larga, terminaban beneficiándolo. Conoció así la obra de Marcel Proust, que leyó poco y con mucho esfuerzo, dado su francés precario, inicial. Pero, por una casualidad que lo mantuvo alegre casi de por vida, en 1928 conoció a Roussel, personalmente: el hombre, arruinado por su tren de vida, vendía su propiedad para mudarse a un piso en el palacete de su hermana, quien moriría muy poco después. El padre de Martín David intervino en la transacción, y su hijo lo acompañó esa tarde. Al llegar, el padre le pidió que lo aguardara en la puerta, lo que el joven festejó, internamente. Acodado desprejuiciadamente en la reja de entrada, vio a dos hombres acerarse con paso cansino. Uno de ellos comentaba, morosamente, la angustia indescriptible que le producía, al viajar en trenes nocturnos, pasar por túneles, puesto que no podía saber dónde estaba entonces. Era Raymond Roussel, que el año anterior había estado viajando por Constantinopla y Persia. El joven Martín David no olvidó jamás los gestos del hombre, la actitud; y tampoco, al abandonar Francia en 1929, de llevarse consigo un ejemplar de Impressions d’Afrique.
    El padre de Rucci y Martín David solían reunirse por las tardes a traducir fragmentos del libro de Roussel, que terminaban comentando y elogiando hasta pasada la cena. El joven Rucci y sus compañeros los observaban con un interés casi científico y los escuchaban atentamente asombrados, sin entender cuál era el problema de traducir Impresiones de África o Impresiones africanas, como sugería el padre de Rucci, quien creía que ese debía ser el título en castellano, puesto que expresaba cabalmente el “punto de vista” del libro y el proyecto mismo de traducirlo. Para los niños casi jóvenes, esas discusiones sucedían en un idioma completamente desconocido pero absurdamente comprensible: todo lo que decían era entendible, y no obstante, nunca sabían de qué estaban hablando exactamente.
    Con el tiempo, los recuerdos de esas discusiones fueron cariñosamente recobrados, y en bares y reuniones se volvieron cada vez más asiduas las menciones a esos incógnitos entreveros verbales. José Ignacio sonreía distante, a medias convencido del tenor de las alusiones. Sus compañeros, entusiasmados, se disculpaban, pero una y otra vez reaparecía el mote “a lo Rucci” o “a lo papá de Rucci”, lo que derivó en distancias y malentendidos y, poco después, en la acuñación definitiva de las “paparucciadas” o “paparruchiadas” que luego, inentendiblemente, se confundieron con las “paparruchadas” de tradición castiza, de las que no adeudan más que una vaguísima etimología completamente despoblada del vitalismo inventivo, innovador y hasta pionero, del que realmente surgieron.-


Facundo Ruiz (Buenos Aires)
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Nuestra ópera 2D, por Facundo Ruiz



El cine no es 3D. Y si, circunstancialmente y por cuestiones técnico-comerciales, el 3D ocupa o intenta desenvolverse en las salas de cine, esperando el traslado a estadios y livings, tampoco habría por qué reducir el 3D a cine. El 3D no es cine.
    La sensación confusa, tras la proyección de Avatar, que impide resolver el dilema de si Tarzán entró a la Matrix o Neo fue a la selva, no expresa tanto lo paradójicamente idiota de un argumento (o el tendencioso, pero infinito, cliché de ciertas historias hollywoodenses), sino la ausencia de géneros, temas y recursos narrativos propios que todavía entorpece el 3D. Pero esa sensación confusa, inmediatamente, se transforma en un razonamiento reversible: ¿hay Woody Allen 3D? ¿Caetano 3D? ¿Almodóvar 3D? ¿Won-Kar Wai 3D? Escribo hay y no entiendo si existe, sino si es posible: cuántas D conciben sus historias.
    Aunque no únicamente, se trata de un problema de planos, y de las dimensiones de una historia en el espacio. Tentativa y esquemáticamente: el cine de Woody Allen va hacia atrás (la ópera y el teatro griego: comedia y tragedia) y hacia adentro (las novelas de Dostoievski, las películas que hicieron su cine: Hitchcock, Fellini, Mikhalkov); y si en La Rosa Púrpura del Cairo un personaje abandona la pantalla, o Robin Williams está fuera de foco en Deconstructing Harry, lo que sale del plano y enseguida señala los límites convencionales de un espacio técnico-narrativo, poco después, lo intensifica con rusa armonía de muñeca. Y así siguiendo: todo ejemplo es incompleto pero continuable.
    El 3D no parece haber descubierto una narratividad propia, un qué-cómo para su (también otra) ficción: ningún corpus calza aún esa malla tan vistosa, ni cómoda ni rítmicamente. Pero, ¿lo conocía el cine cuando empezó? ¿No aceleró la fotografía secuencial (o cronofotografía) de Muybridge? ¿No aprendió a hablar con las manos, como los mimos y prestidigitadores? ¿No hizo poesía y prosa? En cualquier caso, no importa qué sabe o qué es esto o aquello, sino qué puede hacer con todo lo otro: también el cine reinventó viejos géneros, despabiló sus temas, y sigue improvisando sus recursos.
    Es probable que el deporte y la animación sean reinventados por el 3D; es presumible (¿o inevitable?) que la política, o su escenificación pública, redimensione sus próximos estrenos por esos carriles; es prácticamente imposible que la financiación cinematográfica no mengüe (los productores, sin sobresaltos, distribuirán la crisis). Lo que parece seguro es que el 3D anuncia, o certifica, un cambio en la experiencia (que el 4D pulirá olfativamente: ¿siguen siendo “espectadores” los del 3D?). Y más aún, un cambio en la experiencia sensible (y vaya esta simple mención como homenaje a quien, además de fraguar ese concepto como novela, era hasta hace pocos días el mejor escritor argentino vivo; porque se sabe: el mejor no puede nunca ser un muerto. Los muertos se canonizan, no mejoran; y los cánones se discuten).
    En esa redimensión del espacio sensible, en esta redistribución de los planos de la experiencia, quedará siempre el cine, como quedó la ópera: con el gusto del siglo que lo convirtió en una de las matrices culturales de su vida pública, y en el andarivel compartido de muchas de sus vidas privadas.-

Facundo Ruiz (Buenos Aires)
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Latinoamérica en sus libros fantasmales: Historia de la guerra de los emboabas, de Pedro Taques de Almeida Paes Leme (1714-1777), por Facundo Ruiz


Mucha gente se había reunido a las 9:30 am del 1 de noviembre de 1755 en la catedral Santa María Mayor para asistir a misa. Destemplados, a las 9:50 algunos vieron ondear lentamente la llama de las velas y enseguida apagarse. Lisboa, sin que nadie supiese cómo, temblaba. Y durante 120 segundos se vio sacudida por un terremoto (de casi 9.0 en la escala Richter) inmediatamente seguido por un tsunami, que rompiendo las murallas de Cádiz avanzó sorprendiendo las costas de Marruecos, y por un moroso incendio. La ciudad quedó prácticamente destruida; los muertos se contaban por decenas de miles. Los efectos sísmicos, que confirmaron a Voltaire el absurdo optimismo leibniciano y movieron a Kant, recién nombrado privat docent de la Universidad de Königsberg, a escribir tres ensayos que publicaría a principios de 1756 en el Königsberger Nachrichten, se hicieron sentir en toda Europa occidental.
    Para Pedro Taques de Almeida Paes Leme, que acababa de llegar a la ciudad tras un largo viaje desde su São Paulo natal, y para muchos otros que no se habían movido en años de Portugal, el día de Todos los santos comenzaba mal, y tal vez presagiaba algo peor. Entre vigas de madera chamuscada y nubes de polvo, el aturdido brasileño descubría que acababa de perder, además de una considerable cantidad de dinero, todos los papeles que pretendían probar sus derechos nobiliarios en la corte de José I (quien a raíz del terremoto se declaró claustrofóbico y pasó a preferir las tiendas a los palacios). Como su primo fray Gaspar da Madre de Deus, Pedro Taques pertenecía a la elite bandeirante que, decepcionada por los honores y mercedes prometidos en pago por los servicios y fidelidad ofrecidos al rey, se escudaba en esa disparatada literatura linajista (las nobiliarchias) que buscaba, genealógicamente, encontrar heroicas virtudes donde otros sólo veían sofisticados vicios.
    Menos decepcionado que desesperado, Pedro Taques finalmente consiguió un cargo remunerado como tesorero mayor de la Bula de la Cruzada en las capitanías de São Paulo, Goiás y Mato Grosso, se restableció financieramente, y regresó a Brasil, nombre que para entonces ya se había impuesto al de Terra de Santa Cruz, con el cual alternó los dos primeros siglos de la colonización de la América portuguesa.
    Acusado de desviar las recaudaciones, fue suspendido en sus funciones. Quizás ya entonces pensara Pedro Taques que tristeza não tem fim; pero se engañaba, no sólo porque más tarde recibiría la herencia de una hermana (que le permitió volver a Lisboa y volver a empobrecerse), sino y sobre todo, puesto que efectivamente prestaba los recursos públicos a sus conocidos y allegados exactamente como si fueran propios. Sus bienes fueron confiscados, su situación desmejoró hasta la miseria, y su nombre (que post-mortem la hija de su primer matrimonio comenzaría a rehabilitar) declinó sin caso. Pobre y muy enfermo, con una parálisis casi general, se dedicó definitivamente a escribir, releer y rescribir sus obras. Entre ellas figuraba la Historia de la guerra de los emboabas: sucedida entre 1707 y 1709, había enfrentado a los mineros paulistas y a los comerciantes portugueses y de otras regiones por la posesión, administración y lucro de las minas de oro de Minas Gerais. Los paulistas, entre cuya prosapia se imaginaba Pedro Taques, habían motejado despectivamente a los portugueses de emboabas, que en tupí vendría a ser “aves con plumas hasta los pies” (o gallinas calzadas) y que aludía a la vestimenta y especialmente al calzado de los lusos.
    Entre otros escritos del paulista, esa Historia de ralea nebulosa no vivió mucho más que su autor. Sí, en cambio, la noticia de su inclaudicable existencia. Luego dejó de ser cierta, y se sumó al tropel de libros latinoamericanos sin sombra.-



Facundo Ruiz (Buenos Aires)

Otras notas de Ruiz en EdM: http://www.escritoresdelmundo.com/search/label/Ruiz
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Latinoamérica en sus libros fantasmales: Qué cosa sea el asesinato del doctor… Novela que responde a cosas del día, de Candelario Obeso (1849-1884), por Facundo Ruiz


Colombia, poco antes del 1 de abril de 1866. Noche cerrada y calurosa hasta el sudor. Un hombre joven camina por los tejados con un revólver en una mano y sus zapatos en la otra. Cada tanto se detiene, transpirado, y las opciones parecen definitivas: o deja los zapatos o deja el revólver. Opta por secarse con el antebrazo y continúa. Va a visitar a su reciente novia, una costurera de 14 años; y en principio, la pistola desenfundada resulta un enigma, como todos: esquivo y tornasolado, que hipnotiza con fraguados brillos.
    En algún momento, cuando está pasando por la casa del famoso orador y futuro, pero fugaz presidente, hace ruido o simplemente ladran los perros de Rojas Garrido. La servidumbre no sólo se despierta: se levanta, como si nunca antes hubieran ladrado los perros. Candelario Obeso se queda quieto. El poeta deja caer el revólver al patio y emprende la retirada. Escapa.
    Todavía con los zapatos en la mano y la camisa empapada, llega a su casa. Al otro día los diarios publican la tentativa de asesinato. En la ciudad buscan al asesino, al supuesto y al fallido, y naturalmente no lo encuentran. Candelario decide no salir de su casa y escribir una novela (su respuesta a los hechos es poco menos que desconcertantemente lúcida y tal vez Kerouac, y no Rojas Garrido, le deba la vida).
    Una mañana, tres días después y todavía sin dormir, el poeta Obeso golpea la puerta del senador. Bajo el brazo se apiña un manojo de papeles. Lo invitan a pasar, y el rumor doméstico cede. No tardan en preguntarle a qué se debe atribuir la visita, y en el silencio, hasta lo muebles aguardan. Candelario responde preguntando: ¿se ha descubierto al asesino? No todavía: la policía ha reconocido el arma y está tras la pista. Se miran, y en realidad, el poeta y el político se esperan. Decidido, Candelario dice que esa misma tarde él, José María Rojas Garrido, futuro presidente de Colombia, orador notable, va a deponer la pesquisa, va a impedir que continúe. Uno de los hombres de Garrido, parado junto a una puerta, se endereza o se acomoda. El senador levanta la vista y a ciencia cierta abre un paréntesis (alguien sobra, pero no es claro si se trata del hombre junto a la puerta o del recienvenido).
    Candelario se sienta con el rollo de papeles, sin duda algo húmedos por la caminata bajo el sol inclemente de las once de la mañana. ¿Y bien? Obeso apenas se mueve para estirarle el bollo de papeles. Rojas Garrido lo toma, se coloca los anteojos y empieza a leer. Lee el título: Qué cosa sea el asesinato del doctor… Novela que responde a cosas del día, y esboza una sonrisa, que incrédula no deja de ser temerosa. Dos veces levanta la mirada. Los ojos del poeta están en el mismo lugar desde que entró. Sigue leyendo. Cuando termina, y seguramente mucho antes, tira los papeles. Cómo se atreve, pregunta molesto al infeliz que por primera vez se le muestra tal cual: infeliz, y negro y pobre; pero sólido y propio como un planeta aparte. Inmutable kafkiano, Candelario Obeso dicen que respondió: “Me atrevo, querido Maestro. La justicia me está haciendo una novela y yo se la hago a la justicia.”
    La novela y la causa desaparecen, juntas. O al mismo tiempo dejan de ser ciertas. Del revolver poco y nada se ha vuelto a saber. Algo más de las historias rodean y extravían los otros libros de Candelario Obeso. Aunque del poeta, traductor de Shakespeare, Musset, Hugo y Tennyson, inverosímil mercader de diamantes, efímero cónsul en Tours, maestro de escuela en Sucre, segundo jefe del batallón de Cazadores en la guerra de 1876, tesorero municipal en Magangué, intérprete nacional en Panamá, y polígrafo inagotable, se han acumulado noticias disímiles, que no pocos asocian con el turbio y solitario, pero final, suicidio bogotano del momposino.-



Facundo Ruiz (Buenos Aires)
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Latinoamérica en sus libros fantasmales: La biografía de Pancho Villa, de Porfirio Barba-Jacob, por Facundo Ruiz


El 29 de agosto de 1909, en Monterrey, Porfirio Barba-Jacob era todavía Ricardo Arenales, y aún así, o tal vez por eso, acepta fumar marihuana. También llovía a cántaros, y de hecho, diluviaba: desde el mes de julio las lluvias habían sido particularmente intensas, y en agosto alcanzan un máximo de 790 mm (el 74% del total del año), ocasionando terribles inundaciones en las riberas del río Santa Catarina y dejando un saldo de 2000 vidas y 29 millones de pesos. En el mismo mes, el día 10 y el 25, dos huracanes habían cruzado la plataforma continental y el desastre en el estado Nueva León no podía ser peor. Como periodista, Barba-Jacob debía cubrir el hecho. Como poeta, e inevitable lector de Rubén Darío, seguramente rumiaba, entre húmedas volutas de humo, la respuesta que daría más tarde cuando le preguntaron qué sentía al fumar marihuana: “Me siento un etcétera azul”.


    Lo que a todas luces resulta evidente, y hasta anecdótico, es que no fue entonces cuando se le ocurrió escribir una biografía de Pancho Villa: de esos años datan sus relaciones con el dictador Porfirio Díaz, que una vez depuesto lo obligó a abandonar México y a recordar un nombre que, años después y urgido en Guatemala por la fatal coincidencia que daba a un buscado asesino el nombre de Ricardo Arenales, pasó también a ser el suyo. También: había nacido Miguel Ángel Osorio Benítez en 1883 en Santa Rosa de Osos, Colombia. Pero, trashumante incansable desde la más cierta infancia, en la que erró por un delta familiar y esquivo hasta la muerte de su querida abuela Benedicta que lo decidió a abandonar Colombia, fue entre otros: Main Ximénez, Raimundo Gray, Juan Sin Miedo, Juan Sin Tierra, Juan Azteca, Junius Cálifax, Almafuerte, El Corresponsal Viajero.
    Imprevisible, retorna a México y entra a militar en el Partido Comunista. Y aunque poco más tarde se encuentre dirigiendo el periódico oficial del dictador Leguía, en Perú, de esta vuelta a México habría surgido la peregrina idea de biografiar a Pancho Villa, quien ya no era, como en aquella tormentosa noche de 1909, José Doroteo Arango Arámbula.
    Pudo haberla terminado. En todo caso, habría trabajado en ella entre 1918 y 1922/3 y, como otros tantos libros latinoamericanos, y otros no pocos del mismo Barba-Jacob, luego se extravió. O dejó de ser cierto. Pero, si bien humildemente, alguna vez estuvo aquí.

Facundo Ruiz (Buenos Aires)


El último libro de poemas del autor es Escorzos. Catálogo japonés de imágenes a mano alzada, Buenos Aires, Huesos de Jibia, 2009
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