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APUNTES

El caso Moro o Buongiorno, Notte y viceversa, por Yaki Setton

“¿Cómo hemos llegado a este vacío?”
P. P. Pasolini, “El artículo de las luciérnagas”

Ya no recuerdo qué película argentina me llevó a ver Buongiorno, notte (2003) pero desde un primer momento quedé atrapado en su telaraña. Más allá del modo seco y filoso de la obra de Marco Bellocchio, esa cabeza alargada, ese rostro huesudo, esa nariz prominente, esa mirada triste y resignada de Roberto Herlitzka me convenció de que la cara y el semblante de Aldo Moro no podía ser otro que ése. Con el objetivo enmascarado por un truco óptico, la figura de este actor, adquiere en la pantalla un tinte trágico cercano a las primeras obras maestras del cine mudo donde la apuesta del relato no estaba tanto en lo que se decía sino en lo que se mostraba. Para ejemplo inmediato están las imágenes más conocidas de La pasión de Juana de Arco (1928) de Carl T. Dreyer. Esos primeros planos indescriptibles de Renée Falconetti organizan la narración y le dan una fuerza extrema que hacen casi innecesarios los diálogos impresos, tomados de las actas del juicio de 1430, que cercenan las imágenes dramáticas de la acción de los inquisidores y el vía crucis de la heroína francesa. En ese sentido, Marco Bellocchio le acerca al espectador de Buongiorno, notte una perspectiva en la que también sobran las palabras de Moro. El es ése que está ahí, preso en una pequeña habitación camuflada, con el fondo rojo furioso de la bandera de las Brigadas Rojas. Es quien se mueve y gesticula en soledad o mira al espectador sin saber que el espectador está ahí (como está Chiara la co- protagonista del film); porque el personaje Moro no necesita hablar.

Todo lo contrario sucede en el ensayo amargo y lúcido de Leonardo Sciacia, El caso Moro (1978), que reeditó Tusquets por estos días. El escritor siciliano le cede la palabra a Moro mientras que él nos susurra el oído lo que se puede descubrir detrás de las palabras del político italiano abandonado a su suerte por la Democracia Cristiana. Entre carta y carta, enviada desde su cautiverio, se nos abre el camino hacia el pensamiento, la voz y la escritura de Aldo Moro. Por ellas asistimos al lento derrumbe de su espíritu, entre el 16 de marzo y el 9 de mayo de 1978, en el cual pasa de ser el futuro sostén del nuevo gobierno italiano (una alianza inédita entre la Democracia y el Partido Comunista) a ser un fantasma pues, como dicen sus compañeros del partido, “el Moro que habla desde la ‘prisión del pueblo’ no es el Moro que conocimos”. El es un cadáver político antes de haber sido asesinado por el estado italiano, al no negociar y abandonarlo a la voluntad de sus secuestradores, y por las Brigadas Rojas. Esto lo denuncia Moro en una de sus cartas “no hacer nada por impedirlo [su muerte], seguir obrando con insensibilidad y respeto ciego de la razón de estado, significaría ni más ni menos volver a introducir la pena de muerte en nuestro ordenamiento”.
Así, películas y libro parecen complementarse y conmovernos. Unas por sus imágenes, el otro por sus palabras y como una cinta de Moebius nos llevan y nos traen sin solución de continuidad por los vericuetos de estos crímenes que tienen una víctima, un móvil y un victimario pero que igual siguen siendo un enigma. En el final, Juana de Arco, Dreyer, Moro, Sciascia y Bellocchio se encuentran más allá del tiempo y el espacio, entonces, hermanados por cierta tristeza y cansancio moral que nos embarga por siempre a todos.

Yaki Setton (Buenos Aires)
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Izcor (2010), por Yaki Setton



zcor” es un efecto no esperado de haber visto dos documentales excepcionales mientras escribía Nombres propios (ver en este número la presentación del poemario escrita por Gonzalo Aguilar). El primero es La rabia (1953) de Pier Paolo Pasolini y el segundo es Prigionieri della guerra (1995) de Yervant Gianikian y Angela Ricci Lucchi. El film de Pasolini, precursor de lo que hoy se llama “cine encontrado” (found foutage), me hizo descubrir que la escritura de Nombres propios , en un punto, era el traslado a la poesía de lo que él genialmente había logrado. En cuanto a la película de Gianichian-Ricci Luchi no hizo más que confirmarme que el arduo y tortuoso camino del libro era el correcto: tenía que transformar acontecimientos y documentos del siglo XX, de historias públicas y privadas, en una voz poética propia. Ellos, con la manipulación, en el buen sentido de la palabra, de material fílmico sobre prisioneros de la primera guerra mundial lo lograron. Así, sin darme cuenta, realicé, al montar fragmentos fílmicos de documentales y ficciones, un material audiovisual para la presentación del libro el viernes 19 de noviembre 2010. Gracias a la ayuda dos amigos, el poeta Osvaldo Bossi y el músico Marcelo Moguilevsky, logré llevar este pequeño proyecto, cual un barco ebrio, a buen término. Gracias a ustedes, inesperados espectadores, por reflotarlo, darle nueva vida y volver a verlo.









Yaki Setton (Buenos Aires)
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APUNTES

Releo y escribo a medida que releo Temporada de invierno de Carolina Esses (Buenos Aires, Bajo la luna, 2009) por Yaki Setton


Temporada de invierno empieza en el verano. Allí, el cuerpo y la naturaleza son pura analogía. De este modo, cual un hipérbaton, la montaña, la mano y la palma están invertidos. Es como si el verano fuera el invierno o estuviera en su lugar (“Es verano. /Aquel brillo entre las piedras /podría ser la nieve”)
     Por esto mismo, se imponen las formas verbales “inseguras”: el condicional, el imperfecto y algunos tiempos del modo subjuntivo imperan en el libro; no estamos seguros de nada pero estamos. Es que no hay naturaleza (como opuesto a lo humano) porque hay ilusión de naturaleza (1): hay médanos, rocas, higueras, mar y espuma de mar, espigas, pumas pero al mismo tiempo no hay nada. Así, entre ese cuerpo y esa naturaleza hay sin solución de continuidad una sola materia, una especie de cinta de Moebius que se junta y se separa del derecho y del revés.
     En Temporada de invierno la comparación es la base de lo poético; es el como que une dos mundos aparentemente distintos pero tan parecidos:


“La montaña cabía en la palma
de una mano”(p.11)
“Ahora tu cuerpo es un punto entre las dunas” (p.16)
“yo había sido también la roca de
la vertiente” (p.17)
Dichosa como la nube que ahí pasa”(p.19)


Luego se llega a una identificación nuclear del texto “yo soy mi padre” (p.20) así como Rimbaud dice “Je est un autre”; como yo soy montaña, piedra, arena ad infinitum. Carolina Esses logra en esta Temporada de invierno, su nuevo poemario, un entramado poético que nos envuelve y nos protege de lo que vendrá. Así, en esta “larga temporada de invierno” se constituye una serie donde piedra y distancia, hermana y padre se encuentran en una distancia próxima, como lados opuestos de una misma hoja.

“COMO EL ABEDUL
en el confín del parque
tan a la mano
con sus hojitas de sombras suspendidas
y a la vez tan remoto.”



Yaki Setton (Buenos Aires)

(1)“¿Por qué te finges piedra, viento, pájaro?” A. Ajmátova citada en el libro.
En este mismo número de EdM, publicó una nota Carolina Esses
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Cuaderno de trabajo: Lectura de verano, por Yaki Setton



n Mar Azul, enero 2010.

De Hojas de Hipnos [1943 – 1944] de René Char se trata. Lo abro durante el día a veces siguiendo una continuidad de lectura otras al azar y siempre me atrapan sus pequeños fragmentos en prosa. Es una edición excepcional, comprado gracias a un aguinaldo de diciembre del 2008. De tapa dura, bilingüe, tiene seiscientas páginas e incluye toda la poesía escrita por Char entre 1938 y 1949 pero yo me concentro en Feuillets d´Hypnos; “138. ¡Horrible jornada! He asistido, a unos cien metros de distancia, a la ejecución de B. ¡Me bastaba con apretar el gatillo del fusil ametrallador y podíamos salvarlo!”
Me atrapa su simultaneidad entre escritura y acción: se escribe sobre algo que pasa, se escribe sobre la vida y la muerte en la Francia ocupada desde la resistencia, es ese el campo de batalla. El fondo son los alemanes que ocupan Francia, los SS torturando y matando a sus camaradas.  Imagino el día de los maquis entre los Alpes bajos,  leo al Capitán Alexandre (Char) durante la noche. Y yo entonces estoy en cualquier página “152. El silencio de la mañana. La aprehensión de los colores. La oportunidad del gavilán.” Desde hace  tiempo sueño con escribir un diario de guerra con el tono intimista y al pie de trincheras inexistentes. Y René Char es mi maestro; ahora mismo me dice “Nos hemos retorcido de dolor ante el anuncio de la muerte de Robert G. (Émile Cavagni), asesinado en una emboscada Forcalquier, el domingo. Los alemanes me arrebatan a mi mejor hermano de acción, aquel que con un movimiento de pulgar desviaba las catástrofes”. Entonces, no puedo seguir. Cierro el libro con fuerza. No puedo volver.

 Yaki Setton (Buenos Aires)

Su último libro es La Apariencia de lo espléndido, Buenos Aires, Bajo la luna, 2006.
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PIES DE IMAGEN

Casamiento del 23 de marzo de 2010, por Yaki Setton


Yo estoy ahí y saco la foto. Todo empieza
con los asistentes esperando a la luz de la luna y las estrellas
hasta que de pronto entra el novio con un sobretodo negro,
manos en los bolsillos, el sombrero de alas anchas
que hace sombra sobre sus ojos cerrados y su padre
llevándolo del brazo izquierdo y su futuro suegro del derecho:
ambos con una lámpara de cebo cuya luz los guía en medio
de la penumbra hasta llegar a la jupá.
El novio queda ahí solo con el sombrero que aún esconde
parte del rostro, con su cuerpo que se inclina de adelante
hacia atrás y viceversa. Yo estoy ahí y quedo prendido
de la escena, no puedo salirme y sin poder evitarlo me abalanzo
y me pongo casi cara a cara, soy un testigo privilegiado,
no puedo dejar de mirarlo: hay un punto donde él está
de negro para que lo observe en esa oscuridad móvil
de donde sale y entra como si sólo un invisible
telón nos separara. ¿Por qué no puedo sacar
mis ojos de sus ojos cerrados? El murmullo
de esos cánticos en un idioma antiguo con un tono
extraño por momentos me aletarga por momentos
me anima a seguir allí como si hubiera una suspensión
natural del paso del tiempo.

Yaki Setton (Buenos Aires)
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