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APUNTES

Sobre la clasificación, o sobre las mil razones para la clasificación en una librería, por Raúl Tamargo



No se me ocurre una tarea de clasificación más imprecisa que la de los libros. Creo que hay tantos criterios posibles como clasificadores. Los bibliotecarios se rigen por ciertas normativas cuya utilidad es dudosa fuera de ese ambiente profesional. Al menos para mí, la experiencia de encontrar lo que buscaba en los ficheros de la Biblioteca del Congreso fue sumamente frustrante. Sufro la misma decepción cuando busco un libro en la biblioteca personal de mi mujer, que carece de ficheros y, por supuesto, es de un volumen infinitamente más modesto. Sin embargo, para ella es muy simple encontrar lo que busca.

Cada criterio de clasificación responde a un dispositivo lógico más o menos personal y siempre atado a las necesidades particulares. El único propósito de clasificar los libros en las estanterías es encontrarlos. Por eso, desde mi punto de vista, cualquier criterio es válido mientras cumpla ese objetivo. Ahora bien, compartirlo, es otra cosa.

En mi librería es posible encontrar agrupada toda la obra de un autor en, por ejemplo, “narrativa argentina”. De este modo, el cliente que busque un libro de ensayos de ese autor y, naturalmente, lo haga en la sección “ensayos”, se sentirá frustrado. La decisión de agrupar toda la obra ha sido tomada bajo el supuesto de que se trata de un escritor cuyos lectores son algo fanáticos; en general, quieren cualquiera de sus libros. Podría decirse que lo quieren a él. Claro que ésta no es una regla de oro ni mucho menos.

Este tipo de clasificación no carece de problemas. Uno de ellos es que pone a prueba mi tolerancia al “error”. Es para mí desagradable encontrar un ensayo entre los libros de ficción. Otro problema (que afecta menos al ego que al bolsillo) es el que deriva de los clientes excesivamente tímidos; si no encuentran lo que buscan, en lugar de preguntar saludan (cuando lo hacen) y se van.

Hay otros casos en los que la variedad de posibilidades para ubicar un libro proviene del mismo libro. “El hombre en busca de sentido” es una obra de psicología, pero bien podría compartir estante con “El diario de Ana Frank”, con la trilogía de Primo Levi o con lo mejor de la “autoayuda” o de la “espiritualidad”. ¿Qué decisión tomar? En tren de confesiones, en este ejemplo, me gana la profesión del autor y el resto de sus trabajos: sé que lo encontraré en “psicología”, muy cerca de Freud y Fromm, autores que comparten la primera letra de sus apellidos.

Las decisiones que un librero debe tomar en relación con la ubicación de los libros caminan sobre el borde de sus propios criterios y los que presume en sus clientes. Una pésima decisión puede dar como resultado que el libro se extravíe para todos. Por eso suelo guiarme por mis criterios personales; pueden parecer, a veces, caprichosos, pero son conocidos para mí y me dan la chance de volver a caminarlos. Por otro lado ¿cómo podría conocer los caprichos ajenos? Valdrán algunos ejemplos para responder.

Están los clientes que “coleccionan”. Existen colecciones temáticas, como “El séptimo círculo”, lo que hace coincidir el criterio de “colección” con el de “policiales”. El problema se complica en colecciones como “Grandes pensadores” o “Premios Nobel”, que incluyen títulos de filosofía, sociología, ciencias políticas o narrativa y poesía, física y economía.

Un cliente pregunta:

-¿Tenés libros de la colección “Oro”
(1)?

-¿Cuál buscás?

-No sé. Quiero completar la colección, pero no sé cuáles me faltan.

Es entonces cuando me arrepiento de mis propios criterios de clasificación y empiezo a valorar los ajenos. La demora en reunir los libros de “Oro” puede vulnerar la paciencia del cliente; por otro lado, no es seguro que los encuentre todos.

Está el cliente que sabe cuáles son los libros que busca, pero solamente conoce el número
(2); desconoce títulos y autores, los dos grandes aliados a la hora de revolver en los estantes.

De todos modos, los coleccionistas responden a un criterio externo, propuesto por una editorial y conocido por el librero. El problema es más grave cuando el buscador ha estructurado categorías más misteriosas o más vagas.

He sido consultado por la sección de “moralistas ingleses” y la de “literatura gay”. El caso más extremo es el de un muchacho que buscaba libros editados en 1992. Lo interrogué con sincera curiosidad. No era muy elocuente o no sentía ganas de compartir sus misteriosas motivaciones. Solo pude sacar en claro que no tenía importancia para él el contenido de los libros sino tan solo la fecha de edición. Supuse que estaría encarando una tarea estadística o algo por el estilo, pero me aseguró que no. Con toda la elegancia de la que fui capaz, me negué a rescatar los volúmenes del ´92 en el momento. Le propuse que volviera otro día, algo que los dos sabíamos que no ocurriría.

Terreno más fértil para el vendedor de libros (porque lo pone a prueba y le ofrece posibilidades) es el de aquéllos clientes que buscan un libro “parecido” a otro, una novela con la misma temática de otra, libros que “enseñen algo”, que “dejen algo”, que sean “apropiados” para una persona mayor, para alguien que está internado en un hospital o, simplemente, un “libro bueno”.
Raúl Tamargo

Buenos Aires, Argentina, EdM, abril de 2012


(1) Colección de cultura general que publicaba la editorial Atlántida en los años 40.

(2) Muchas editoriales numeran los títulos que publican dentro de una colección con el único fin de sacar partido del altísimo grado de obsesión que padecen los coleccionistas. Éstos podrán vivir felices mientras ignoren que les falta un título en las estanterías de sus bibliotecas, pero ¿cómo podrán ser felices si ven, cada noche, que entre el número 220 y el 222, falta el 221?
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APUNTES

Secretos de un librero: El lector de las huellas ajenas, por Raúl Tamargo



Conozco el caso de un lector de lectores que no busca compañía en las huellas de lectores anteriores; busca un objeto de análisis. No intercede con sus propias interpretaciones del texto “original”; se limita a interpretar las de su antecesor. Disfruta imaginando los pasadizos mentales que lo llevaron a tomar sus notas y elegir sus destacados. Cuando relata la experiencia, se advierte en él algo así como una mirada clínica. Parece el relato de un investigador o de un psicólogo. Formalmente, no es ninguna de las dos cosas. Fabrica pigmentos para la industria del plástico. Confiesa que sus ratos en las librerías son un oasis en medio de las presiones laborales. Por las noches, el oasis se amplía con la lectura.

En cierto momento, sentí la suficiente confianza para proponerle algo más arriesgado. Le expliqué que su trabajo de intérprete contenía, a mi juicio, la simiente de un cuentista de personajes. Le sugerí que intentara la tarea.
-No –me respondió con seguridad –Eso no es para mí.
-Podrías escribirlo vos –agregó, después de unos segundos –El protagonista podría ser un hombre obsesionado por las obsesiones ajenas.
El mismo cliente, en cierta ocasión me propuso que le cambiara un libro que había comprado pocos días antes. No recuerdo el título, pero tengo una imagen nítida del volumen porque me lo mostró concienzudamente: lo tenía señalado en cinco páginas. En cada una de ellas, había un párrafo sin subrayar. El resto del texto estaba completamente subrayado con trazos seguros de un lápiz blando. Ninguna nota en los márgenes.
Jamás habría puesto a la venta un ejemplar en ese estado de no haber pensado en este lector de lectores. De hecho, no lo revisé suficientemente cuando pasó por mi mano para inventariar. Vi que estaba muy marcado y lo aparté a la espera de su llegada. Pero resultó ser demasiado.
Me explicó que, no bien advirtió la originalidad del caso, puso su dispositivo interpretativo en marcha, pero en sentido inverso, es decir, tomó como material los párrafos sin marcaciones.
-Es demasiado poco –me dijo – Solo puedo concluir que el dueño de este libro era Pierre Menard o un loco como él.

Raúl Tamargo
Buenos Aires, Argentina, Edm, marzo de 2012
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APUNTES

Contra la soledad de la lectura, por Raúl Tamargo


Hay quienes rechazan decididamente la compra de un libro con subrayados, resaltados o anotaciones en los márgenes. Suelen demostrar su rechazo con pocas palabras o ninguna; apenas un gesto que parece expresar asco. Se trata de una reacción física, como la que produce un olor desagradable.
    En estos casos, no hay conversación que prospere entre el librero y el cliente. Solo me cabe presumir.
    Imagino que son lectores que prefieren suponerse los primeros frente al texto. La aparición de esas marcas de uso debe de recordarles todo el tiempo que alguien más trajinó esos senderos antes que ellos. No pueden tolerarlo, como quien no tolera heredar el abrigo de un muerto.

    Dentro del grupo de los que, con determinación irreductible, no compran libros subrayados, los hay también menos repelentes. Se muestran más abiertos a la charla y esgrimen algunas argumentaciones: sienten los subrayados o las notas como un obstáculo a la lectura; sienten limitada o anulada la capacidad de hacer sus propias anotaciones; aun en el caso de realizarlas, el resultado es confuso, como el de las capas de un yacimiento arqueológico (cliente dixit).
    Hay un segundo grupo cuyo único propósito es encontrar el ejemplar agotado o más barato y manifiesta indiferencia ante las huellas de sus antecesores.
    Lo más interesante se encuentra en el tercero de los grupos: el que acepta a aquéllas de buen grado. En mi experiencia, es el menos numeroso, el más variado y el más conversador.
    Incluye a los que buscan resuelto un esquema de contenido. No lo confiesan, desde luego, a menos que se trate de estudiantes secundarios, frecuentemente más perezosos, pero también más sinceros y habituados a los manuales escolares en los que el subrayado es camuflado con recursos de la tipografía o del diseño.
    Otro subgrupo confiesa disfrutar de una doble lectura o, más bien, de una lectura compartida. Por un lado, está el texto “original”, aquel que el libro presenta repetido sin diferencias en cada uno de los ejemplares de la tirada. Por otro lado, los subrayados son una suerte de texto sin palabras que puede indicar un sinfín de cosas: importancia, originalidad, hallazgo de un concepto, de una destreza narrativa, un error de sintaxis o de ortografía, una contradicción, una palabra cuyo significado se desconoce, una zona cuyo hermetismo exige relecturas futuras. El propio subrayado puede resultar hermético para este nuevo lector. En cualquier caso, determinar las causas del remarcado implica para él, el desafío de una lectura paralela. Establecida una hipótesis, es posible disentir, coincidir, sonreír y, en casos extremos, discutir. Un cliente dio cuenta de ello.
    Conversando sobre estos temas, y para dar testimonio de un hábito que sabía extraordinario, escarbó en el fondo de un morral deslucido, un ejemplar de un libro de poemas de César Vallejo o de George Trakl. Los márgenes estaban completamente cubiertos con anotaciones en dos colores y con dos caligrafías: unas, en lápiz y letra de trazos redondeados; las otras, en tinta verde y letra más pequeña. Mientras mi cliente me explicaba a quiénes pertenecían unas y otras, yo trataba de leer sin que él lo notara (para mí, la lectura es un acto de intimidad; compartir con alguien un libro anotado es como abrirle las puertas de mi casa).
    El momento fue breve como para retener alguno de esos contrapuntos de dos colores en los extremos de las hojas. Sin embargo, puedo asegurar que se trataba de verdaderos diálogos, discusiones a dos voces, coros de aprobación o rechazo.
    -Es muy estimulante –me dijo, quizás adivinando mi perplejidad -No me gusta la lectura solitaria.
    Entonces recordé los tiempos de estudio, en los que discutíamos los textos con los compañeros. Recordé la lectura de la Divina Comedia, compartida con mi mujer. Recordé esas mañanas en las que nos esforzábamos por dar luz a los pasajes más oscuros. Imaginé a mi cliente agregando sus notas a mis notas, que nunca apuntan a lo más significativo de un texto, sino a lo marginal, a lo que ha nacido con destino de borde o de olvido. ¿Qué apostillas agregaría a las mías? Aunque visita la librería con frecuencia, nunca le propuse ese juego.
    Es lector de poesía y de filosofía. Es lector de lectores. No subordina sus compras al grado de uso de los libros, pero a mí me parece ver en su cara un leve gesto de decepción cuando se lleva un ejemplar virgen, aunque se trate del libro que estaba buscando.


Raúl Tamargo
Buenos Aires, EdM, ebrero 2012
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Un librero se confiesa: Sasturain y Enzensberger, por Raúl Tamargo


ace algunos años, la hija de Juan Sasturain cumplía alguna actividad muy cerca de mi librería. Su padre la acompañaba y ocupaba el tiempo de espera revolviendo libros en los estantes.
    Ante la presencia de un autor prestigioso, es habitual que mi pensamiento quede disminuido, al borde de la parálisis, de modo que, en contra de mis deseos, evito la conversación. En este caso, la simpatía natural de Sasturain venció esa tara, aunque nuestras charlas nunca prosperaron demasiado.
    En una de sus visitas, encontró un libro de poemas de Hans Magnus Enzensberger, a quien yo conocía, pero de quien no había leído nada. Me lo recomendó especialmente.
    El libro era Poesías para los que no leen poesías. Seguramente había sido yo mismo quien lo había clasificado, le había asignado un precio y lo había ubicado ordenadamente en los estantes. No obstante, no había reparado en el autor ni en el título, que ahora me parecía seductor.

    He sido un lector voraz de poesía durante mucho tiempo, de manera que no me sentí aludido por el título. El atractivo provenía de la experiencia con lectores (y autores) que aseguran no leer poesía por diferentes razones, todas las cuales me parecieron siempre meros prejuicios. Tal vez Enzensberger había descubierto la manera de vencerlos.
    Lo cierto es que leí Poesías para los que no leen poesías apasionadamente. Luego pensé que tal vez el efecto de esa lectura habría sido otro si no hubiese mediado la recomendación de Sasturain.
    Meses después, y de manera inconsciente, puse a prueba la hipótesis. Publiqué un largo poema del libro titulado Canción para los que saben, en unas gacetillas que envío a mis clientes semanalmente. Varios de ellos festejaron sinceramente esa publicación.
    Mucho más adelante, me hice de otro ejemplar que puse a la venta (el primero, el que había descubierto Sasturain, quedó en mi biblioteca personal para siempre) y lo vendí de inmediato a una de las personas que habían recibido la gacetilla. Cada vez que me visita, me recuerda el episodio y yo veo en ese gesto un agradecimiento solapado.
    Comprobé que la poesía de Enzensberger tenía luz propia y podía andar por el mundo sin la tutoría de Sasturain, que yo no era un lector tan influenciable como había sospechado y que podía, a la vez, servir de puente entre una serie de poemas extraviados por las caprichosas políticas editoriales y los que no leen poesía.
    Naturalmente, la experiencia demostró que el autor de Manual de perdedores es un excelente mediador, algo que afortunadamente también descubrió la televisión argentina. Será por eso que echo de menos sus visitas a mi librería.



Raúl Tamargo
Buenos Aires, EdM, enero de 2012
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Los libros y la gente, por Raúl Tamargo


ueron las ansiedades del lector las que me convirtieron en librero. No imaginé que las del escritor se verían pronto acrecentadas. El doble oficio me convirtió además en un espía, alguien que entra en la extraña intimidad de las personas con los libros.
    La (s) nota (s) que sigue (n) es (son) parte de los informes que aquel espía confecciona cuando consigue que el lector, el librero y el escritor vuelvan a ser un único sujeto



El libro usado

No compra ni lee libros usados. Afirma que la lectura de un texto cualquiera debilita los poderes de la palabra escrita. Nadie hace té con un saquito usado, sostiene, a modo de explicación. Según su hipótesis, el lector de una biblia recién impresa tiene más posibilidades de impregnarse de su sabiduría que aquel que ha heredado el libro de un padre o de un abuelo.
    Aunque no es una evidencia concluyente, su respuesta a mi pequeña trampa me ha hecho considerar con seriedad sus opiniones.
    Recibí un ejemplar nuevo de la última novela de un autor que ambos admiramos. Lo leí con el mayor de los cuidados; sin provocar marcas en el lomo, sin orejearlo, casi sin tocarlo. En su siguiente visita le ofrecí el ejemplar. Se sentó en un sillón de la librería y mientras yo continué con mis tareas, él leyó algunas páginas. Después de un rato, me dijo que X lo decepcionaba por primera vez. No compró el libro, pero unos días después pude verlo, desde la ventanilla del colectivo, pasearse por la avenida con otro ejemplar bajo el brazo.

El que no lee

Merodea la librería con frecuencia. Otea la vidriera. A veces entra al local. A veces señala un libro y me pregunta por su autor y por el contenido. Jamás espía sus páginas, jamás compra. Para él, todo libro concentra un grado de sacralidad tal que le impide leerlo.


Una tesis

El muchacho de paso me pide asesoramiento para la elaboración de su tesis. El tema que se propone desarrollar, me explica, es el supuesto florecimiento del ocultismo y los conocimientos esotéricos durante las dictaduras. Por proximidad, eligió el período que va de 1976 a 1983.
    Esa clase de requerimientos siempre me ponen a prueba. Experiencias anteriores me han enseñado a delinear una suerte de método, algo rústico, pero en muchos casos exitoso. Tres elementos lo componen.
    El primero es la búsqueda de aquellos libros que recuerdo bien y que, desde mi punto de vista, serán de utilidad para el trabajo. En este caso recordé dos: un ensayo biográfico sobre López Rega y una pequeña y dudosa publicación cuyo título era “Ocultismo”, editado en esos años en Buenos Aires.
    El segundo paso (el orden sucesivo es de suma importancia en estos casos, porque con esos dos primeros libros me propongo mantener ocupado al muchacho de paso mientras continúo la búsqueda) consiste en recorrer los estantes hasta dar, de manera más o menos azarosa, con material que pueda aproximarse al tema. Apelo a varias secciones con expectativa decreciente, y voy apilando libros sobre el mostrador: ciencias sociales, ciencias ocultas, temas argentinos, autoayuda.
    Mi método tiene un tercer elemento que es de orden especulativo y que no respeto a rajatabla. A veces (pero éste no es el caso), recuerdo un libro que se ajusta con precisión a las necesidades del cliente, pero que no tengo disponible. Mencionarlo puede ser delicado: puede ocurrir que el interesado sienta un estímulo tan poderoso que ya no deseé comprar sino ese libro y abandone con elegancia y palabras de agradecimiento las pilas que fui ofreciéndole trabajosamente. A veces, esa mención puede llegar una vez que la operación ya fue cerrada. A veces (me cuesta confesarlo) simplemente, no llega.
    Diecisiete libros parece una cifra suficiente para encontrar algo de interés. Sin embargo, ya desde el principio sospeché que algo andaba mal. El muchacho de paso cuestiona cada uno de ellos por distintas razones, sin tomarse el trabajo de leer contratapas, índices, solapas. Mis primeros comentarios parecen aportar más al rechazo que al acercamiento, por lo que me abstengo de ellos enseguida. Las razones que esgrime el muchacho de paso van dando luz al problema: advierto que lo que busca es un libro que contenga su tesis.
  Agradece mi buena voluntad, pero se va sin nada. Me quedo pensando si el resultado de mi trabajo hubiera sido otro de haber seleccionado dieciséis o dieciocho libros, en lugar de entregarme a la decepción justo en el número de la desgracia.

Pliegos en blanco

A usted le habrá tocado llegar a la página cien de un libro y comprobar que está completamente en blanco. La decepción es profunda porque es allí donde se resolvía el misterio de un crimen o bien el personaje tomaba una decisión definitoria. De todos modos, revisa la página ciento uno con la esperanza de reponer mentalmente lo perdido. Hace un esfuerzo y consigue continuar, pero en la página ciento dos vuelve a encontrar un vacío que lo llena de furia. El tiempo entregado a las noventa y nueve páginas leídas se ha convertido en una trampa. Ya no importa el hechizo dispensado por la historia, la suspensión del mundo cotidiano, las mil ideas sugeridas por el texto que mantuvieron su mente activa y esperanzada. Ha perdido el control sobre sus emociones cuando, ya sin luchar contra lo que no está, comprueba que también carecen de texto las páginas ciento cuatro, ciento seis, ciento ocho, ciento diez, ciento doce y ciento catorce. Entonces recuerda que la librería en la que compró su libro, está en un barrio que no frecuenta; deberá hacerse tiempo para ir especialmente hasta allí. Cuando llega al local puede ocurrir que el librero sea amable y tenga buena voluntad; aun así, le dirá que no cuenta con otro ejemplar a mano para reponer el suyo. Le propondrá volver en unos días, cambiarle el libro por otro cualquiera o bien, en el mejor de los casos, devolverle el dinero. Usted resolverá.
    El defecto es frecuente. Un pliego completo ha salido de la máquina, impreso en una sola de sus caras. Luego es doblado dos, cuatro u ocho veces, lo que dará un resultado de cuatro, ocho o dieciséis páginas mudas. No lo advirtió el impresor, el encuadernador, los editores, el distribuidor, el librero; solamente usted, que ha recorrido el libro centímetro a centímetro, ordenadamente, desde el principio. Para su consuelo, le hablaré de otras dos víctimas como usted.
    Un cliente compra los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido. Casi cuatro años después, se presenta en el local con el tomo siete, El tiempo recobrado, en el que me indica el defecto: ocho páginas impares, a partir de las ciento veintitrés. Le digo que no tengo un ejemplar de reemplazo y le ofrezco las opciones que antes mencioné.
    -Yo no quiero el dinero –me dice, en un conato de ira- Quiero ese libro.
    Le explico con paciencia que no puedo asegurarle la reposición porque ha pasado mucho tiempo y no estoy seguro de que se encuentre en existencia. Hago las gestiones necesarias y todo se resuelve muy bien, pero el episodio me sirvió para reflexionar sobre el asunto de los pliegos en blanco y la enorme estafa de leer mil o mil doscientas páginas para encontrarse con un silencio que Proust no programó. También, para medir el tiempo de lectura de su obra.
    El segundo caso es más curioso. El personaje es un hombre joven, desaliñado y con más de un tic al hablar. Saluda con excesiva formalidad y me pregunta, en voz tan baja que debo pedirle que repita, si tengo alguna buena novela con páginas en blanco. Me aseguro de que he comprendido bien. Le digo que sí, pero me niego a vendérsela. Él insiste, pero me muestro firme; no solamente me parece poco ético, sospecho problemas posteriores. Entonces, decide explicarse:
    -Me gusta leer y que la lectura se interrumpa en algún punto. Entonces me imagino escritor y continúo la historia hasta que me encuentro otra vez con las palabras del autor original. Es un ejercicio muy interesante. Se lo recomiendo. Comprobará que no es tan difícil meterse en la mente del otro.
    Para dar pruebas de lo que dice, me muestra un ejemplar del Quijote en el que algunas páginas están prolijamente manuscritas. No leo, pero observo que el escrito respeta la caja de impresión, la cantidad de renglones y su horizontalidad. Un prodigio. Viéndome todavía perplejo, me aclara que no busca ningún descuento, que está dispuesto a pagar por el libro, el mismo valor que si estuviera en buenas condiciones. Accedo.
    -Guárdeme alguno más para la próxima –me pide.
    Aunque esporádicamente, el hombre sigue acudiendo a la librería en busca de libros de texto discontinuado. He perdido los reparos. Le reservo libros fallados por meses, especialmente si son novelas clásicas, que es lo que más disfruta. Cierta vez le sugerí la idea de realizar su ejercicio sin necesidad de pagar por libros incompletos. Por ejemplo, le dije, usted se detiene en la página treinta, escribe lo suyo, y continúa la lectura en la treinta y cinco.
    -No es lo mismo. Jamás le faltaría el respeto de ese modo a un autor consagrado.
    -Pero… ¿no siente curiosidad por saber qué decían los originales?
    -De ningún modo –me respondió-. Detesto que me lo digan todo.

Raúl Tamargo (Buenos Aires)
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RELATOS

Cuatro relatos brevísimos, por Raúl Tamargo


La despedida

El animal sabe que la mano del hombre ha dejado surcos de sentido sobre su lomo. Sabe que fue el hombre quien ocupó el sitio de la jauría, para su salvación o su condena. La memoria del animal está en su cuerpo. En su cuerpo, el dolor, del que no trata de huir y al que otorga la libertad del tiempo.
    Dicen que sus aullidos, en las tres noches que siguieron a la muerte del amo, mantuvieron despierto al poblado, bajo el oscuro sentimiento de lo premonitorio. La muerte siempre desparrama perdigones; nunca satisfecha con su propia obviedad, cuando se lleva a alguien, deja mensajes de advertencia. Las víctimas del insomnio afirman que fue Moreira quien aullaba en la voz de Cacique. El miedo hace creer que son los muertos quienes quieren hablar con los vivos.
    Pero el perro, entregado a la soledad del cementerio, echado sobre la tumba, descargó su canto vivo para que el amo viajara acompañado por su voz. Dicen que durante esos tres días nadie pudo acercarse a la tumba de Moreira; que el animal gruñó, amenazador, a quienes lo intentaron. Cesó en la guardia cuando llegó Julián Andrade, el primer hombre que supo que Moreira ya no estaba allí.
    Entonces, ambos continuaron su viaje en la llanura.


Cuento maravilloso


De muchacho, descubrí por azar que una princesa que recupera su forma pierde sus ropas en la transformación. Aprendí entonces algunos rudimentos de hechicería y me lancé sobre los sapos del jardín.
La experiencia me dejó sus enseñanzas. Puedo afirmar que no todos los sapos son princesas castigadas. Que entre estas últimas hay quienes merecen la condena. Se da el caso, también, en que, ignorando el punto original de la metamorfosis, es posible estar en presencia de un sapo condenado a ser princesa.
    Cuando los apetitos juveniles se atenuaron, comprendí que es mejor abordar a la mujer con su atuendo, desnudarla poco a poco y, sobretodo, no cometer la torpeza de narrarle un cuento maravilloso.


Golfo San Julián (1520)*


Para hacer la travesía un poco más tolerable hay que inventarle esquinas al océano. Los que saben leer, los que saben contar, hablan para los otros y para sí mismos sobre gigantes que asolan las aldeas y sastrecillos que los combaten.
    El cronista, entretanto, se propone atestiguar lo que ve. Sin embargo, las palabras que escucha en las rondas infectan sus relatos sin que lo note. Así es como al echar anclas frente a la costa del golfo podrán aparecer esos seres monumentales.
    Para estos hombres que descienden de los barcos, el mundo entero es una aldea. Por eso tejen redes alrededor de los gigantes con el hilo del engaño y erigen una forma mucho antes que la primera ciudad.
(*Pigafetta, Antonio. Primer viaje en torno del globo) 

En la funeraria


Cuando el personal de la funeraria comenzó a trabajar sobre el cuerpo de mi madre, debió echarme a la calle o a la oficina de recepción. En cambio, interpuso un biombo bajo el supuesto de que el dolor reciente habría atropellado mi curiosidad. Por las coladuras vi cómo lo aseaban, movilizándolo como se hace con un lechón en las faenas de invierno. No olvidaron recorrer con sus jabones parte alguna. Para fregar espalda y culo, lo pusieron de costado, de modo que su vientre me quedó a la vista. Entonces vi el sitio por donde asomé al mundo mi cabeza ciega, inconsciente y llorosa. Retiré la vista de inmediato. El pudor de ese gesto hizo que mi madre regresara, por un instante, a su cuerpo. Después se fue, definitivamente.

Raúl Tamargo (Buenos Aires)

Raúl Tamargo ha participado del volumen de la antología de microficciones de autores latinoamericanos Cielo de relámpagos de María Cristina Ramos, Neuquén, Ruedamares, 2008.
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