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NOTICIAS DE AYER

El día de las corbatas, por Mónica Yemayel


Sentencia a la violencia de género como delito de lesa humanidad. Primer caso en Argentina, en un fallo del Tribunal Federal Oral N°1 de Mar del Plata, de junio de 2010.

Se puede llegar hasta la esquina de Alberti y Alsina en la ciudad de Mar del Plata y encontrarse con una casa construida en la tradición de piedra y madera oscura y dura, con escaleras que crujen al subir al primer piso, una sala de reuniones amplia con una mesa ovalada y ocho sillas color verde, olor a cera, luz tenue, una pizarra con marcadores, bibliotecas con tomos de tapas duras y, en los pocos espacios libres de las paredes, veintiséis diplomas enmarcados y una copia de un cuadro de Diego Rivera.

     Se puede llegar hasta allí, hasta la casa de piedra que es un estudio legal, para hablar con el abogado penalista César Sivo sobre el caso de una mujer y sus cuatro hijos que fue, hace trece años atrás, la primera experiencia de un programa de testigos protegidos, en una causa por doble homicidio en la que él participó. El abogado escucha, habla, dedica un tiempo generoso a reconstruir aquella historia. Pero habrá un momento – que llega, tal vez, después del café, cuando a través de la ventana se vea más movimiento en las calles, la gente haciendo las compras, los colectivos deteniéndose con más frecuencia en la parada de la esquina- en que quiera hablar del presente.

Verdugo, torturador, asesino, violador. Así define César Sivo al ex suboficial de la Fuerza Aérea, Gregorio Rafael Molina, encargado de Operaciones e Inteligencia del centro clandestino de detención denominado La Cueva, que funcionó en el predio de la Base Aérea de Mar del Plata, durante la última dictadura militar.    
    Y así, como verdugo, torturador, asesino y violador, fue condenado el 12 de junio de 2010 por el Tribunal Oral Federal N°1 de Mar del Plata. Un fallo que, por primera vez en Argentina y cuarta vez en el mundo, atendió el pedido del abogado querellante para condenar la violencia de género de manera autónoma del delito de tormento. La violación y la vejación sexual entendida por fin en la justicia como un delito de lesa humanidad.
    El alegato de César Sivo se valió de la historia de otras mujeres abusadas a lo largo del tiempo, en oriente y occidente, hizo que hablaran en su relato, que contaran a través suyo la brutalidad y la degradación que vivieron, trajo aquellas voces para que fueran un eco preciso de las voces de las mujeres que estuvieron en La Cueva y que, como aquellas otras, fueron las víctimas de un plan sistemático, de una forma de ataque planificado. Nada fue casual, nada un desborde, nada un hecho aislado ni un exceso.
    Ni en Nuremberg ni en Tokio, en los años ´45 y ´46, se condenó la violencia sexual. Recién en el Convenio de Ginebra, en el ’49, se incorporó el delito como un atentado contra el honor. En los ´80, será la presión de los movimientos de mujeres y derechos humanos la que influyó para que la violación deje de ser un acto privado en el que el Estado no podía intervenir; así, empezó a incluirse en los códigos penales como un delito, una violación a los derechos humanos y una forma de tortura. El enfoque de violencia sexual comenzó a consolidarse en los ´90; en el ’92, el Comité Internacional de la Cruz Roja declaró a la violación una grave infracción al derecho internacional humanitario. Ese mismo año, el Consejo de Seguridad, declaró delito internacional a la detención y violación masiva, organizada y sistemática de mujeres -en particular se refirió al caso de tres musulmanas en Bosnia, Herzegovina. A partir de allí, en 1998 el Tribunal Penal Internacional para Ruanda declaró, por primera vez, culpable a un acusado de violación como crimen de lesa humanidad. Siguió, en 2001, el caso de la ex Yugoslavia, y las órdenes de detención para dos sospechosos sudaneses en el año 2007.
    El abogado habló de la violencia sexual en las bases militares de Manta y Vilca, en Huancavelica, Perú, entre los años 1984 y 1995; del alcalde de Taba, Jean Paul Akayesu, en Ruanda; de la población de Foca, en Herzegovina, abusada por el comandante Kunarak y sus cómplices; de Guatemala y el caso de la Masacre de Plan de Sánchez, en 2004; de la violación de dos millones de mujeres alemanas por los rusos; de las mujeres en Hungría violadas por los alemanes primero y los rusos después. Habló de las “mujeres confort” que en Corea y Filipinas, entre los años 1932 y 1945, fueron obligadas a servir como esclavas sexuales de las Fuerzas Armadas de Japón.
    Y así como trajo el relato de las víctimas, el abogado citó la voz de los jueces que en La Haya, en el año 2000, sentenciaron al Emperador Hiroito, a los militares y funcionarios responsables de los actos de violación y esclavitud sexual como delitos de lesa humanidad: “A los jueces, les gustaría dedicar esta decisión a todas las sobrevivientes. El testimonio de sus experiencias traumáticas frente a cientos de espectadores demostró su fortaleza y dignidad y, por eso, me pongo de pie para hablar de las testigos. Los crímenes cometidos contra estas sobrevivientes sigue siendo unas de las mayores injusticias no resueltas de la Segunda Guerra Mundial”. César Sivo trajo las voces de aquellos jueces para que, de algún modo, dialogaran con las de los jueces que el 12 de junio de 2010, en Mar del Plata, tenían la posibilidad de redimir el dolor de las mujeres que estuvieron en La Cueva.
    “Lo importante no es lo que han hecho de nosotros sino lo que hacemos nosotros con lo que han hecho de nosotros”, la referencia a Sartre fue el comienzo del tramo final del alegato de César Sivo en relación a la violencia de género: “cada uno de los testimonios nos permite juzgar a Gregorio Rafael Molina, también, por estos actos, y les permite a ustedes, señores jueces, poder mostrar al mundo que la violencia sexual en la Argentina -esta violencia sistemática- se sanciona, se castiga y los culpables responden por eso”.

Charly, Sapo, Charles Bronson, eran todos el mismo Molina que circulaba por La Cueva haciendo ostentación de pistolas y granadas, y un anillo de oro.
    “…hubo una actitud en el Tribunal Oral de Mar del Plata que, en determinado momento, me permitió decir ¨fui violada¨, violada por quien, en La Cueva, era Charly, no Molina...También, porque él estaba allí, en el juicio, como represor, pero el día que se sentó a declarar hizo un gesto con la mano y entonces pude ver el anillo de sello, de oro, de los que antes llevaban los hombres: era con ese anillo que nos tacaba para que nos sacáramos la capucha, para que supiéramos que era él, y que nos iba a violar. Entones pensé: tengo que hacer algo para que sea también imputado por eso”. La psicóloga Marta García de Candeloro, que declaró como testigo en el juicio, estuvo detenida en La Cueva durante tres meses. Es la única sobreviviente de la operación que los militares llamaron “La noche de las corbatas” y que significó el secuestro y la desaparición de abogados y auxiliares de la justicia marplatense, en la noche del 6 de julio de 1977. Jorge Roberto Candeloro, el marido de Marta García de Candeloro, fue secuestrado y, más tarde, torturado y asesinado en La Cueva.
    En la sentencia del juicio del 12 de junio de 2010, Gregorio Rafael Molina fue condenado a prisión perpetua, entre otros delitos, por el homicidio calificado de Jorge Candeloro; pero, además, Charly fue condenado por la violencia sexual descargada sobre Marta García de Candeloro y otras mujeres que estuvieron en La Cueva.

Cuando por la ventana se vea menos gente caminando en las calles, volveremos a hablar de los testigos protegidos, de las consecuencias de decir lo que se sabe, de no callar. Entonces, el abogado dirá que en el caso de Molina, dos ex conscriptos decidieron correr el riesgo de contar lo que habían visto en La Cueva. Llegaron a Mar del Plata desde una ciudad de alguna provincia escoltados por fuerzas de civil, declararon en el juicio y cuando tomaron el avión para partir hacia un lugar donde nunca antes habían estado, ya no eran los mismos: sus identidades decían que eran otros.

Mónica Yemayel
Buenos Aires, Edm, abril de 2012
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NOTICIAS DE AYER

Círculos de Plata, por Mónica Yemayel


Los brokers de Wall Street también lloran. Con ese título, el 28 de agosto de 2011, el New York Times publicó una nota sobre el blog creado por Matthew R. Robison: Brokers with hands on their faces. La crónica, construida sólo por fotos de «operadores que se agarran la cabeza», reflejaba -y sigue reflejando- la desesperación provocada por la mayor crisis financiera desde el Crack del ´29. El joven Robinson creó el blog en octubre de 2008 porque los retratos desgraciados de esos otros le provocaban risa. Un deleite que, en las jornadas bursátiles más críticas, llegaron a disfrutar más de cincuenta mil visitantes. Sin embargo, a tres años de la creación del blog -y al momento de la entrevista- Robinson pensaba diferente. Un banco había embargado la casa de sus padres, su madre soportaba el ajuste presupuestario de la escuela donde enseñaba y él era incapaz de encontrar un trabajo fijo.
    -¿Seguirá publicando las fotos? -le preguntó el periodista.
    -Sí, pero ya no me causan risa.


Dos meses después de su debut, Brokers with hands on their faces reflejaría los rostros abatidos por un nuevo y dramático récord. Las calles heladas de Manhattan con sus luces desquiciadas y los árboles con borlas rojas y doradas como frutos maduros estaban listas para recibir la Navidad de 2008 cuando Bernard Madoff se declaró culpable de la mayor estafa en la historia de Wall Street. Más de U$S65 mil millones en un incierto juego que, según los especialistas, por primera vez golpeó más fuerte a ricos que a pobres. Nada creativa, la fórmula utilizada por el prestigioso e indiscutido -por décadas- gurú neoyorkino no hacía más que replicar una estrategia de inversión llamada piramidal, células de la abundancia o círculos de plata. La táctica se hizo famosa en la década del ´20 de la mano de Carlo Ponzi quien le agregó algunos toques personales haciendo que, desde entonces, la estrategia lleve su nombre: Esquema o Sistema Ponzi.
    -Usted me da U$S1 y en noventa días tendrá U$S2. Carlo Ponzi no ahorró promesas para seducir a los vecinos de Boston. Gente común, pequeños ahorristas, incautos o avaros, que se dejaban tentar con la promesa de un rendimiento descomunal. Promesa que Ponzi honraba en tiempo y en forma con el dinero fresco que ponían los nuevos interesados en entrar al negocio -y no con beneficios genuinos generados por inversiones financieras o alguna actividad productiva en el campo de la economía real. El cumplimiento actuaba como la mejor propaganda: los inversores crecían, él se hacía millonario en poco tiempo y no dejaba de ser señalado por la sociedad como un ciudadano y empresario ejemplar.

Seguramente, Ponzi habría seguido gozando de los frutos de su ingenio si no hubiese sido por el artículo del reconocido analista financiero Clarence Barron en el Boston Post el 12 de julio de 1920. Sembró dudas, puso en evidencia las inconsistencias de la estrategia de inversión y provocó la huida de los inversores y el derrumbe de la pirámide. Al año siguiente, el Premio Pulitzer fue para el periódico. En cambio, según la biografía de Mitchell Zuckoff, el resto de la vida de Ponzi estuvo salpicada por la cárcel, nuevas estafas y la deportación -en 1934- a su país natal, Italia, donde llegó a seducir por un tiempo a Benito Mussolini. El final llegó en el caluroso enero de 1949, en Río de Janeiro, en un hospital para indigentes, con U$S75 dólares en sus bolsillos que sirvieron para pagar su entierro.

En la desesperación de las fotos de Brokers with hands on their faces se anticipaba el desenlace de Madoff. Porque esta vez no fue la investigación periodística quien le puso fin a la trampa sino el propio mercado con su crisis a cuestas. Los hijos de Madoff fueron los primeros en saber que el imperio, del cual formaban parte, no era otra cosa que un esquema Ponzi aggiornado al siglo veintiuno. Porque Madoff, además de usar el dinero aportado por los nuevos inversores para cubrir los vencimientos y rescates que se iban presentando, habría usado información privilegiada para adelantarse a las millonarias órdenes de compra, o de venta, de grandes inversores a los que les administraba el dinero; un front running para comprar antes de que los precios subieran y vender antes de que bajasen. Pero quizás el verdadero secreto de un éxito que duró dos décadas estuvo en la selección rigurosa que hacía de sus clientes: ellos eran los elegidos de Madoff; formaban un círculo selecto que despertaba en ricos y famosos la ambición de una pertenencia exclusiva. Estrellas de Hollywood, bancos internacionales de primera línea, ricos que todavía callan su pesar y sus pérdidas porque el dinero que habían invertido era negro como el humus.
    Esta vez no hubo periodistas ni Pulitzer. Hubo sí, por ejemplo, uno de los tantos funcionarios del organismo de control que habiendo sido enviado a auditar los fondos de inversión de Madoff terminó casándose con una de las abogadas de la empresa y sobrina del gurú. Hubo sí muchos que ganaron fortunas al abandonar la célula de la abundancia justo a tiempo y sin preguntar en voz alta cuál era la fórmula para obtener tanto dinero en tan poco tiempo. Hubo sí un final fatal para el hijo mayor del estafador. Mark Madoff se suicidó en el segundo aniversario del estallido del escándalo ahorcándose con una correa de cuero y de perro.
     «Que se jodan mis víctimas…eran unos avaros y estúpidos», declaró el estafador desde su celda, en una entrevista titulada Bernie Madoff, Monster, publicada por The New York Magazine en junio de 2010. Está allí desde mediados de 2009 para cumplir una sentencia de ciento cincuenta años. Algo más que Madoff no cumplirá.

Ser el dueño de la Torre Eiffel, el Puente de Brooklyn, el Museo Metropolitano o de la Estatua de la Libertad; comprar un terreno sembrado de diamantes o el diario -íntimo e inédito- de Adolf Hitler. La sensibilidad de los estafadores sabe que en la desmesura de la codicia está la clave para que sus delirios resulten creíbles. The Times publicó (agosto de 2010) una lista con diez increíbles hombres que se hicieron ricos vendiendo la Torre Eiffel, el Puente de Brooklyn, el Museo Metropolitano, terrenos sembrados de diamantes, el diario íntimo e inédito de Hitler. En la lista figuran también Carlo Ponzi y Bernard Madoff, los hombres que hicieron los círculos de plata más perfectos de la historia. El primero estafando a los pobres, el segundo estafando a los ricos.

Mónica Yermayel
Buenos Aires, EdM, enero de 2012
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RELATOS

Perfiles: Sergio Langer, El historietista en el pozo ciego, por Mónica Yemayel


Hay quienes lo definen como un historietista de culto y, aunque él jura no saber muy bien qué significa eso, recuerda que fue la salida elegante que usaron algunas editoriales para rechazar sus libros: “Usted es un autor de culto pero, lo siento, historietistas ya tenemos”. Hay quienes dicen, también, que es un doble espía porque publica en un medio muy masivo y popular -Clarín- y en otro emblemáticamente alternativo: Barcelona, la paródica y desbordada revista donde el sexo y la sátira política son contenido explícito.

     La Nelly, publicada desde 2003 en Clarín, es su tira más amable. Protagonizada por un ama de casa vieja y chismosa, funciona como crítica a la clase media en el diario de la clase media. Llegó, en junio de 2004, a la tapa de The Wall Street Journal, tal vez por explicar mejor que nadie el default de la deuda argentina a través de su romance con un bonista extranjero y, en mayo de 2010, el Jefe de Gabinete la acusó de difundir mensajes mafiosos: faltaban unos meses para que se sancionara la Ley de Matrimonio Igualitario cuando en la tira se mostró el casamiento entre el Principal Carbone y el Cabo Sosa: dos policías enamorados que llevaban los mismos apellidos que los custodios presidenciales. Mamá Pierri, publicada primero en Inrockuptibles y desde 2003 en Barcelona, revela su costado oscuro. Protagonizada por una madre que maltrata a su hijo y que encarna el más cerval de los autoritarismos, es una idishe mame nazi del Opus Dei, una admiradora de Franco y de Hitler, una síntesis, en clave pornográfica, de todas las intolerancias humanas. La infancia de Langer estuvo cruzada por tragedias Su madre era una judía sobreviviente de los campos de concentración; su padre fue asesinado por un ladrón cuando él tenía doce años. ¿Podrían ser de otro modo que gruesos sus trazos gruesos, que horribles sus dibujos horribles, que exaltada su provocación exaltada? Publicó su primer dibujo a los diecinueve años en la revista Humor, en plena dictadura: un militar encadenado al sillón presidencial. Desde entonces, su universo se pobló de sobrevivientes del Holocausto, obispos pedófilos, madres fachistas, niños bombas palestinos, judíos de country, militares travestidos.
     Ahora, en mayo pasado, publicó su séptimo libro, Mamá Pierri (revista Barcelona), que es una recopilación de la historieta. En el prólogo, Rubén Mira, su amigo y guionista de La Nelly, escribe: “Mientras que el dibujo deviene en producto, mientras la maestría es sinónimo de eficiencia, Langer se sumerge en un pozo ciego que no es el mejor trampolín para saltar al cielo y brillar como una estrella. En el ejercicio de este salto mortal queda con el culo al aire, que pocos quieren aplaudir y algunos menos valorar”. Langer. Un historietista sumergido en un pozo ciego desde donde, a veces, emerge y habla.


Se olvida del té y dibuja. Es la segunda taza que se enfría entre lápices y bocetos, muñequitos de superhéroes, pinceles japoneses. Con el cuerpo inclinado hacia adelante, Langer dibuja. Los antebrazos desnudos apoyados en el escritorio apenas grande, de madera noble, la hoja de papel sobre el tablero y, entre los dedos, un Staedtler HB que raya la hoja vacía. Las líneas se unen, se cruzan. Lo que era suave se transforma, de a poco, en un trazo agrio y rabioso. Es un atardecer de abril, un sábado todavía tibio. En el barrio de Agronomía, escondidos entre árboles centenarios, se levantan varios edificios iguales, de tres pisos. Rodeados por un alambrado verde, se ordenan simétricos en un parque con caminos angostos, bancos de plaza, hamacas. Sergio Langer vive en un primer piso. Los ruidos de la ciudad no llegan hasta aquí, donde sólo se escuchan los pájaros. Cuando abandona el lápiz, la tira de La Nelly que leerán al día siguiente los lectores de Clarín ya está lista. Se levanta, cierra los postigos de las ventanas y enciende la luz. Camina lento. Es más o menos alto, más o menos flaco, más o menos pelado. Tiene un trazo de barba bajo el labio inferior, anteojos de marco negro y grueso, jeans, zapatillas rojas, camisa oscura. Un cocodrilo de papel maché asoma desde el último estante de la biblioteca, repleta de libros de tapas duras, cómics, xilografías, fotos intervenidas. Elige algunos y los coloca sobre una mesa baja donde ya hay libros y revistas: Steimberg, Crumb, Spiegelman, Kalondi, Sanzol, Ungeren, El Roto. En una de las entrevistas que le hicieron dijo: “Dicen por ahí que mi dibujo es grotesco, es ácido, es agresivo, cruel, obsceno, negro y provocador…y es cierto y me hago cargo. Stop”. Se acomoda en uno de los sillones. Hay varios: uno bordó, uno verde, uno amarillo, uno azul. Pasa las hojas de un cuaderno con retratos que nunca publicó y que firmó “con mi zurda”.
     - ¿También dibujás con la izquierda?
     -Si. ¿Nunca probaste? Es lo más parecido a ser chiquito de nuevo.


Empezó a dibujar siendo muy chico, pero no animalitos de granja, ni autitos, ni trenes, ni casas con jardines, ni un sol redondo con rayos anaranjados. Dibujaba soldados, tanques, bombas. Miraba películas de guerra con su tío Iasha Barón, un soldado que había peleado contra los alemanes en Stalingrado. El telón de fondo era la historia de su madre, Nusia Barón.
     -Ella estuvo en un campo. Pero no de uno fashion, tipo Hollywood; ella estuvo en Rumania. La guerra, los campos de concentración fueron la sopa con la que crecí.
     En su historieta “La vida es bella” (publicada en Fierro, donde colabora esporádicamente, en julio de 2008) un nene de ocho años le pregunta a su madre qué hubiese pasado si el Holocausto no hubiera existido. Si ella no hubiera escapado hacia Argentina, ¿él hubiese nacido igual?. “Si fueras capaz de cambiar el destino, ¿salvarías a los seis millones de judíos o a la familia que armaste acá?”, pregunta el nene. Harta, desesperada, la madre le responde: “Basta, me tenés podrida. Andá a dibujar y no me tortures más! El nene obedece y dibuja diez cuadros con la historia contada al revés: ciudadanos alemanes repudiando actos racistas, judíos donando sus fortunas para organizar la defensa, el Papa Pío XII exigiendo la libertad de los judíos, las industrias alemanas renunciando a la mano de obra esclava. En 2007, gigantografías de esa historieta se presentaron en el Espacio de Arte AMIA, en una muestra que Langer tituló “Qué difícil ser judío”.
     - Vos, ¿qué le hubieses contestado al nene?
     -Lo mismo que mi mamá: ¡me tenés podrido, anda a dibujar!
     Al pie de cada cuadro de la historieta, un tren negro avanza por el campo en medio de la oscuridad; en los globos de diálogos que se escurren por las ventanas se leen las típicas frases de consuelo que inventan las madres (“vamos a un lugar muy lindo, mi amor”) para hijos que no les creen (“tengo miedo mamá”). En 2006, Langer fue acusado de antisemita por una viñeta publicada en Barcelona durante la invasión israelí al Líbano. El dibujo mostraba a dos judíos ortodoxos en medio de un baño destrozado: ¨¡Joder, hagan algo !¡ Esos hijo putas me han lanzado un katiusha y me han destrozado el water y el hidromasaje¨, decía uno. El otro contestaba: ¨Pues ya mismo bombardearemos Gaza, Beirut, los aeropuertos, las refinerías, las autopistas y arrasaremos con el parlamento¨.


Cuando era chico, vivía en el Barrio de Once, en el departamento de un edificio que había construido su abuelo.
     -Mi abuelo paterno, un polaco que llegó a la Argentina a principios del siglo pasado, se fue a Río Gallegos y puso una tienda de ramos generales, La Confianza. Mi padre, Julio, creció ahí, entre los estantes de esa tienda. Cuando mi padre cumplió diecinueve años, mi abuelo lo dejó al frente del negocio y se vino a Buenos Aires con mi abuela. Entonces construyó ese edificio con departamentos para él, para sus hijos.
     En uno de los viajes a Buenos Aires, Julio conoció a Nusia, hermosa, citadina, independiente. Langer todavía se pregunta cómo pudieron unirse un alma solitaria como la de su padre, aferrado a su tienda en el sur, y un espíritu libre como el de su madre.
     -Ella sabía lo que quería y lo que quería era no irse al sur; quería criar a sus hijos en una ciudad grande, en un entorno judío, educarlos en buenas escuelas.
     Los hijos fueron tres: Marcelo, dos años mayor que Langer, y Esthercita, cinco años menor. Su padre vivía partido en dos: la mitad del tiempo en Buenos Aires, con Nusia y sus hijos, y la otra en Río Gallegos. Pero lo que él recuerda es que nunca estaba.
     -Y yo necesitaba su presencia, ese balance para soportar la historia de mi vieja que se esparcía por toda la casa aunque ella no dijera una palabra.
     En su casa no había portero eléctrico, su papá no tenía un auto, su mamá no tenía un ascensor para subir tres pisos cuando estaba embarazada.
     -¿Eran muy pobres? 
     -Eso era lo peor, no éramos pobres. Pero para la familia de mi viejo, después de la miseria que había pasado en Polonia, ese edificio rústico era un palacio. Para mí, no. Yo empezaba a codearme con compañeros de una escuela cara judía y mi casa me daba vergüenza.
     Salían poco. La madre lo llevaba a la plaza con un traje de marinerito, y se ponía histérica si se ensuciaba.
     -Lo más lindo era dibujar. En grandes hojas de almacén. Muchos dibujos chiquitos en un papel grande.
     Dibujar guerras, dibujar soldados, dibujar bombas. Nadie guardó nada de todo eso: él no guardó, su madre no guardó.
     -Yo quería dibujar y ella me mandaba a tocar el acordeón con un alemán, judío pero alemán, un hijo de puta que me maltrataba. Y no podía llorar, no me podía oponer. Era como si tuviese que complacerla, y a mi papá que me escribía desde el sur preguntándome ´¿Y, cómo va el acordeón?´.
     Aunque en su casa no se hablaba en voz alta de guerras ni de campos de concentración, él, a los once años tenía una carpeta repleta de recortes de diarios y revistas sobre criminales nazis, había leído El Gran Proceso, sobre el juicio a Eichman en 1962, y se compraba fascículos coleccionables sobre la Segunda Guerra Mundial. Pero su madre le apagaba el televisor cuando lo encontraba mirando películas de guerra y él nunca se atrevió a preguntarle qué fue lo que le hicieron en los campos de concentración. Dice que Mamá Pierri no es Nusia pero que así y todo, cada tanto, cuando la dibuja, se oye decir por dentro “ojo con lo que estás haciendo, no podés deshonrar la memoria de tu madre”. Hace un tiempo, probó con una terapia alternativa que propone trabajar con las “constelaciones familiares”.
     -Ahí descubrí que ella no podía verme porque entre los dos, tirados en el suelo, había cientos de cadáveres.


Pasó apenas dos veranos en Río Gallegos. Fueron de vacaciones, todos juntos, y se recuerda ayudando a su padre en la tienda, comiendo pan con muzzarella derretida, tomando café con leche, la salamandra humeando.
     -La pasaba tan bien. Mi viejo contrataba a un tipo para preparar el asado, comíamos chivito. No sé porqué fuimos sólo dos veces.
     Pero los recuerdos de esa infancia no son iguales para Esther, la hermana menor: “Todo lo que recuerdo de los placeres de la vida me lo dio mi madre. Era una mujer generosa y vital que siempre quiso sobreponerse a su historia, odiaba la melancolía. ¿Querés saber del Holocausto?, andá y leé, te decía, yo no te voy a contar. A mi papá vivía reclamándole que viviese con nosotros. Estaba muy enojada, era una mujer justa y él había roto un pacto. Ella nunca estuvo dispuesta a irse al sur, pero mi papá no pudo enfrentarse a su familia. ¿Las vacaciones en el sur? Horribles, una casa fea, esa soledad. Era lógico que mi madre después de lo que pasó en la guerra no quisiera ir ahí, al culo del mundo. Sergio tiene un recuerdo de mamá totalmente al revés que el mío, y una idealización de mi padre que no sé. Para mí, siempre estuvo ausente”.
     El 7 de julio de 1971 Esther cumplió 7 años. Esperaba la visita de su padre al día siguiente, pero el 8 de julio el teléfono sonó muy tarde. Recuerda gritos, corridas, y a sus primos, que vivían en el piso de abajo, diciéndole “Mataron a tu papá”. Un ladrón había asesinado a Julio Langer en el sur.
     -¿Y vos qué hiciste esa noche?
     -Seguí dibujando.
     “Julio Langer, mi papá, era un tipo cálido, bonachón y fanático de su trabajo. Amaba su tienda de ramos generales “La Confianza”, en Río Gallegos. Murió asesinado una fría noche de julio de 1971 por un tal Artemio Paredes, que se había ganado (ironías del destino) su “confianza”, y entró para robarle….”. Eso escribió al pie de un dibujo publicado para el día del padre de 2009 en el Diario Perfil. En el dibujo, copiado de una foto, se lo ve a él, con doce años, esforzándose por rodear la espalda del padre, los dedos aferrados a su hombro.


Lo que siguió a la noche del 8 de julio de 1971 fue la pelea de la madre con la familia paterna, la partida abrupta de los cuatro, las acusaciones, los reclamos, los juicios.
     -Fue como si se hubiese desatado una nueva persecución en su cabeza. Armó las valijas y nos fuimos a vivir a un hotel, después a otro, hasta que alquilamos un departamento, lejos de nuestro barrio de siempre. No sé de qué escapábamos, pero escapábamos.
     Pero, para Esther, lo que siguió a esa noche del 8 de julio de 1971 fue otra cosa: “Mi mamá me decía que ella vivió dos Holocaustos, uno en Rumania y otro acá con la muerte de mi papá. Ella nunca se sintió parte del clan de los Langer; una vez que él murió ya no tenía nada que hacer en ese edificio. Ella decía que yo había venido con un pan debajo del brazo, porque cuando nací empezó a cobrar una indemnización mensual como víctima del Holocausto. Le habían diagnosticado neurosis de guerra. Tenía que guardar los cartoncitos de las cajas de remedios que tomaba para dormir. Yo la acompañaba a la Embajada de Alemania; ella entregaba las hojas con todos los cartoncitos pegados y entonces le daban el cheque, a través de un vidrio blindado... era horrible. En eso Sergio tiene razón, aunque ella no decía una palabra, el tema siempre estaba dando vueltas”.


Después de la muerte del padre, el tío Iasha, el soldado en Stalingrado, cobró importancia en su vida. En él se apoyó su madre para criar a los hijos y con él Langer empezó a descubrir la diferencia entre los trazos gruesos y los trazos finos, porque Iasha también dibujaba: casas, muebles, objetos.
     -Una vez me mostró el dibujo de un modular. Las vetas de la madera, perfectas, casi las podía tocar. Me acuerdo que pensé, guau, así dibuja un arquitecto.
     Iasha era un ingeniero que siempre había querido ser arquitecto y que hizo lo posible para que Langer lo fuera.
     -Y fui arquitecto. Podría haber sido antropólogo, historiador, arqueólogo, licenciado en bellas artes, todo eso se me pasó por la cabeza.
     Esther dice que su madre no lo dejó estudiar arte: “Quería una carrera tradicional, algo seguro. Sergio siempre fue el rebelde, ´el loquito´ le decía. Él la enfrentaba y ella le ponía límites. Me acuerdo que cuando Sergio se enojaba le preguntaba ´Y vos, ¿qué hiciste con tu vida?´ y ella sin una palabra le contestaba señalándonos a los tres.”
     Intentó estudiar dibujo pero odiaba los modelos vivos, las naturalezas muertas; le salían figuras horrorosas que en nada se parecían a lo que tenía frente a los ojos.
     -Con alguna crisis en el medio terminé la carrera y empecé a trabajar en un estudio de arquitectura muy top de Barrio Norte.
     Odiaba el ambiente pero trabaja medio día y le pagaban muy bien; lo suficiente para cubrir, durante varios años, tres sesiones de análisis por semana.


Hoy no es un día tibio, pero la cocina está caliente. Hay macetas colgadas en las ventanas, estantes repletos de frascos, de latas viejas de galletitas. Se escuchan los gritos de los chicos que juegan en el parque.
     Aquel primer dibujo en Humor, a los diecinueve años, fue el comienzo de una producción que creció sin interrupciones. En Humor primero, en El Periodista después, encontró un espacio cada vez mayor para sus viñetas, que resumían la política y los temas de actualidad. Entonces, ya no quiso dedicarse a otra cosa. Una pelea con el dueño del estudio donde trabajaba inclinó la balanza de manera definitiva.
     -Ese día prometí dedicarme solamente a lo mío. ¿Cuándo fue? En el ochenta y siete, creo.
     En 1989 se sumó al staff del diario Sur como humorista gráfico y dibujante. Empezó a planear un viaje, largo, por Estados Unidos. La oportunidad se presentó antes de lo imaginado porque, a principios de 1991, el diario cerró.
     -Lo primero que hice con la plata que cobré fue sacar un pasaje a Río Gallegos.
     La pava silba, Langer permanece inmóvil, sentado en una banqueta alta.
     -A Nueva York.
     Un silencio largo.
     -Claro, a Nueva York.
     Llegó en 1991 y, sin perder un solo día, presentó sus dibujos en el Cartoonist & Writers Syndicate. Una estrategia bien planeada que le permitió conocer a muchos de los artistas que admiraba, tomar vino hasta el amanecer con Art Spiegelman en la terraza de su casa -justo un año antes de que recibiera el Pulitzer por Maus- y publicar sus viñetas, a través del sindicato, en medios como Newsweek, Miami Herald, Herald Tribune, New York Newsday y Los Angeles Times. No había pasado un año cuando Marcelo, su hermano mayor, lo llamó para decirle que la madre estaba grave, y Langer volvió. Nusia Barón murió en 1992, apenas unos meses después de su regreso.
     -¿Qué decía ella de tus dibujos?
     -Creo que no los entendía, pero estaba orgullosa, muy orgullosa.
     “Estaba muy orgullosa”, dice Esther, “creo que no los entendía pero estaba orgullosa. Y yo también. Admiro a mi hermano. Aunque no fue fácil entender su estilo, tan provocativo. Al principio me quedaba con la primera impresión, sin comprender la sutileza que hay detrás. Lo que él hace no es para todos. ¿Sabías que lo acusaron de antisemita, no? Por afuera se hacía el duro pero por dentro estaba muy mal. Sergio es un tipo intacto. Humilde, sencillo. Nada de lo que le pasa artísticamente lo ha hecho cambiar en su esencia”.

A los cincuenta años, en 2009, Langer viajó por primera vez a Europa, donde visitó un caserío en Jerez de la Frontera para pasar unos días a solas con Marcelo, el hermano mayor que vive allí desde hace casi diez años.
     Ahora, durante varios días, Marcelo, ingeniero civil, escribirá recuerdos sueltos y los enviará de a poco. La primera respuesta llega desde una mañana inesperadamente gris en Andalucía: “Nuestra separación creo que comenzó estando juntos, mucho antes de mi partida. Con Sergio fuimos bastante unidos, aunque mi rol de hermano mayor condicionó la relación. Asumí el rol de padre y nos distanciamos. Sergio siempre ha sido un espíritu libre e inquieto y se desentendía bastante de los temas familiares que yo asumí como propios”. A veces escribe al regresar del curso que debe hacer para recibir el subsidio de desempleo: “Sergio siempre ha dicho que de no ser por su trabajo se hubiera vuelto loco. Es algo que le envidio porque ha sacado fuera los fantasmas a través de ese humor desgarrado. Tengo sentimientos encontrados, una mezcla de admiración, un poco de amargura al saber cuál es su inspiración, y algo de envidia porque transformó el pasado en algo creativo”. Otras, esperando a que su único hijo, un adolescente que pasa algunos fines de semana con él, se vaya por ahí a vagar con sus amigos: “Estoy un tanto alejado de su obra y sé que no le complace, tampoco a mí. En algún momento empecé a ser crítico con algunos de sus trabajos, me parecía que a veces era un tanto zarpado. Sin embargo, compartimos unos códigos y un peculiar sentido del humor y, cuando conectamos, es realmente divertido. Me hubiera gustado participar más de lo que hace…incluso he fantaseado en trabajar juntos en humor, que a mí no se me da muy mal, y ser una pareja artística como los hermanos Coen, por ejemplo… pero bueno, eso se ha quedado en una hermosa fantasía, por lo menos para mí”.


Langer toma café sin leche. Corta una medialuna con el cuchillo. Come la primera mitad, después la segunda. Corta otra.
     Cuando volvió a la Argentina consiguió, muy rápidamente, publicar sus trabajos en varias revistas y diarios. Humor, Mística, Clarín, Pagina 12, La Prensa, Perfil, se sucedieron, a veces superponiéndose, durante los noventa. Langer se escurría entre las páginas y publicaba, por ejemplo, a tres hombres brindando con champagne: “La droga de Bolivia la vendemos en Chile y Brasil; compramos armas en Argentina para Perú, depositamos la plata en Uruguay y cualquier cosa rajamos al Paraguay…”; “¡Viva el Mercosur!”. O dibujaba a dos hombres, uno leyendo en voz alta: “Escucha: ´Diariamente en Moscú miles de personas revuelven la basura en busca de alimentos´”; “¡Uau, qué rápido se adaptaron al capitalismo”, contesta el otro metiendo la mano en el tacho para encontrar algo que comer. O a un señor que va al shopping y le pregunta a la vendedora: “Tiene las obras completas de Borges”; la mujer le contesta: “Sí, ¿qué talle usás?”, mientras le muestra remeras con la cara del autor de El Aleph. En alguna provincia argentina, una escuelita que se cae a pedazos recibe la visita de un ministro: “Disculpe Sr. Ministro, la maestra pregunta si además de las 20 computadoras, les conectarán el servicio de luz eléctrica y el agua potable…”; “¡Sí, como no….después de las elecciones”, responde el funcionario.
     En 1993, con Diego Bianchi, idearon El Lápiz Japonés, una publicación anual que reunía a jóvenes historietistas con otros más experimentados.
     -Había llevado una propuesta para hacer un libro con dibujos míos y de otra gente a algunas editoriales pero no tuve respuesta, entonces pensé que era el momento de hacerlo por mi cuenta.
     Cuatro números de la revista-libro fueron suficientes para convertirla en una publicación mítica. Langer dice que, sin proponérselo, su carrera se inclinó hacia un camino más independiente.
     -¿Cuándo un “Langer” empezó a ser un Langer?
     -A fines de los noventa, creo. Cuando empecé a publicar en Inrockuptibles.
     En ese momento se dio cuenta de que tenía que crear algo nuevo, empezar a ser un autor. Así nacieron Clase Media -una feroz crítica social que, a diferencia de La Nelly, nada tiene de amable- y Mamá Pierri. Al principio, dice, forzando los trazos, haciéndolos más digeribles. Pero fue un esfuerzo que no pudo sostener demasiado tiempo y las dos tiras pasaron, poco después, a Barcelona. En la primera historia de Mamá Pierri, una madre amenazante le grita a su hijo: “No quiero que te juntes con esos negros villeros ni con esos coreanos y menos que menos con esos judíos piojosos de la otra cuadra y tampoco con bolitas, perucas y paraguas, ni con esos pibes que tienen una madre desaparecida, ¿mentendíste?. El hijo responde: “Sí mamita, gracias por cuidarme, te quiero mucho”. Y ella: “Bueno, bueno, nada de mariconadas.”
     Mora, su hija de quince años, anuncia que se va a andar en bicicleta con una amiga.
     -¿Con pollera? No salgan de Agronomía. ¿Llevás celular? ¿Y plata? ¿Y la luz de la bici? Pasá por la bicicletería, que te ponga una. Decile que sos la hija del dibujante, aunque no sé si se va a acordar.

En el año 2000, Sergio Langer publicó su primer libro, Blanco y Negro (Eudeba, 2000), con esta dedicatoria: ¨A Simón Wiesenthal, mi superhéroe más querido¨. Langer le escribió una carta al reconocido cazador de nazis diciéndole que de chico soñaba con ser como él, y le envió el libro. Un día de septiembre recibió la respuesta de Wiesenthal: “me siento honrado por su dedicatoria, aunque algo perturbado porque no me considero un héroe….veo que tenemos muchas cosas en común, el humor, los dibujos, ambos somos arquitectos”. La carta venía acompañada por unos dibujos del campo de Mauthausen que había publicado en 1945. Langer desdobla la carta y la vuelve a doblar cuidando que cada pliegue respete la línea ya dibujada. Algunas viñetas de Blanco y Negro elegidas al azar: un padre le dice a su hijo -mientras señala las tierras infinitas en el horizonte- “Algún día, hijo mío, cuando eliminemos a los negros, los judíos, los comunistas, los latinos y los gays…todo eso será tuyo”. El padre lleva una cazadora con la inscripción Buchanan for president en la espalda. En otra viñeta, un militar en silla de ruedas piensa: “Corté un árbol, maté un hijo y quemé un libro, ¿qué más le puedo pedir a la vida?”
     Después, vendrán otros libros, muchos de ellos con Rubén Mira.
     -Cuando conocí a Rubén Mira, al Colo, un poco antes del 2000, yo era un tipo que publicaba, con mayor o menor suerte. A veces pensaba: qué infantil, querer ser reconocido, hago lo que me gusta, encontré una manera de vivir, de no volverme loco: no necesito nada más. Pero sí, necesitaba que aparezca un tipo como el Colo y me diga: “Vos sos un artista”.
     Con Rubén Mira escribieron tres libros: Burroughs para Principiantes (Era Naciente, 2001), Orgullos Castrenses (Comuna del Lápiz Japonés, 2002) y Cervantes para Principiantes (Era Naciente, 2005). En 2003, inventaron La Nelly, un personaje que ocupó un lugar central en la contratapa de Clarín entre 2003 y 2010, y que ahora tiene su espacio en la sección Ciudad.


En junio de 2003, treinta y tres años después del asesinato de su padre, Sergio Langer volvió a Río Gallegos.
     -Desde que mataron a mi viejo tuve la fantasía que, algún día, con mi hermano, volaríamos juntos, como dos superhéroes, para atrapar al asesino.
     Pero fue solo. Caminó los lugares que había recorrido con su padre, volvió al sitio donde había estado la tienda, habló con los amigos, los vecinos, tratando de comprender.
     - Por qué había elegido esa vida miserable. Investigué. Para descartar que tuviera otra familia. Para descartar que fuera gay. Fantasías que llenaban el lugar de los cabos sueltos.
     Confirmó que trabajaba como un burro, que su placer al final del día era comer, en la fonda del pueblo, una tortilla con seis huevos fritos. Removió cielo y tierra y, gracias a que ya era Langer, consiguió leer el expediente del crimen. Ahí estaban, frente a él, las declaraciones de su madre, los testigos, la policía. Y las fotos de su padre muerto y del hierro con el que lo habría matado Artemio Paredes, el sospechoso todavía prófugo. El vuelo de regreso fue de esos que dan miedo.
     -Cuando bajé estaba Susana, esperándome. La abracé y le dije: Mañana nos compramos un auto, yo no soy, no voy a ser como mi viejo.
     Pocos días después recibió un llamado desde Río Gallegos: habían visto al sospechoso y lo habían reconocido. Langer habló con un abogado amigo y pidió la captura desde Buenos Aires.
     -Sentí que gracias a mi dibujo, gracias a que era Langer, me habían dejado ver el expediente. Y que porque era Langer estaban dando, en ese momento, el alerta a las patrullas, los hospitales, las estaciones de trenes y colectivos. Para atrapar a Paredes. Cuando corté, me sentí Superman.
     Nunca supo si lo capturaron o no. No quiso saber.

Entre todos sus libros, el que más le gusta es Manual de Historia Argentina, de Carlos a Néstor (Pequeño Editor, 2005). En el prólogo, María Seoane escribe: ¨Hace muchos años, en una galaxia llamada suplemento Zona del diario Clarín, Langer aterrizó con sus naves espaciales...Desde su desembarco en 1998 y durante estos años dramáticos y farsescos, las naves estuvieron allí, cada domingo, para iluminarnos con su humor ácido y el estilo grotesco que es nuestro verdadero estilo nacional¨. Una viñeta de Manual de Historia…elegida al azar: la justicia -personificada en una mujer vestida de blanco- camina a tientas, los ojos vendados, busca sin ver mientras los jueces se burlan de ella: le han quitado la balanza y la apuntan por la espalda con armas blancas.
     Mamá Pierri, su último libro, tiene una dedicatoria que dice, más o menos, así: “A Nusia, mi mamá, a la mamá de mi mamá, a la idishe mame, a la mamma tana, a la pachamama, a la reina madre, a las madres de la plaza (línea fundadora), a las madres del dolor, a las del paco, a la madre patria, a las merqueras, golpeadas, garcas, boludas, fachas, putas, zurdas, locas, empastilladas, asesinas, adolescentes, adoptivas, lesbianas, sidosas, a las madres hijas de puta, a Mamá Pierri, a…, con amor. Langer”
     -Soy un perfeccionista, pienso un libro y me lleva cuatro años darle forma. Cada página de Mamá Pierri es una noche sin dormir. O sea que son ciento dos noches sin dormir.
     Susana, su mujer desde hace veinte años, entra y Langer le muestra el primer ejemplar de Mamá Pierri que acaba de recibir. Ella lo felicita, pero su cara dice otra cosa.
     -El tío Iasha se cayó en la calle. Hay que ir al hospital.
     Todavía se queda unos minutos mirando el ejemplar, buscando quién sabe qué entre las hojas.
     -Hoy cumple años Mora.
     Ya es casi de noche. Los faroles están encendidos, los caminitos del parque un poco húmedos. Langer deja su taza entre dos frascos de vidrio. En uno guarda todos los pedacitos de lápices HB que ya no puede usar.
     -Es mi cementerio de lápices. Quiero que los entierren conmigo.
     Apenas hay viento, el ruido de algún auto que pasa.


Mónica Yemayel
Buenos Aires, EdM, noviembre de 2011
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RELATOS

Meretrices, un perfil de Elena Reynaga, por Mónica Yemayel


“Si je comprends les motifs  d´ une action, comment la juger?
  Si je ne les comprends pas, comment la juger?”André Malraux


Sirve un mate amargo, apoya el termo sobre el tablón rústico y blanco, largo, con una docena de sillas alrededor. En la sala la luz es tenue, hay pizarrones, afiches, notas periodísticas enmarcadas, muchas con la foto de ella: el pelo castaño, los ojos profundamente oscuros, encendidos, y una elegancia que reposa en la espalda recta, en los hombros erguidos.
    Elena Reynaga, fundadora y Secretaria General de la Asociación de Mujeres Meretrices Argentinas, AMMAR se cambió el color de pelo hace poco. Antes, cuando todavía ninguna se animaba, ella lo usaba rojo. Hace unos días, en el viejo Café París de la esquina de Artigas y Bacacay, Flores, un habitué acodado en la barra le preguntó “¿Vos no sos la colorada?”. La conoció igual, a pesar del tiempo pasado y el pelo marrón. Dice que ese café fue la primera sede de AMMAR y esa esquina, su esquina preferida.

    -En un calabozo de la 16. Ahí empezamos, con otra revoltosa como yo, a pensar en crear una organización. De la calle nos levantaban los patrulleros de la 50 de Flores, pero después nos mandaban a las dos a la 16 de Caballito. Nos aislaban para que no habláramos con las demás.
    Empezaba a sentirse el calor de los últimos meses del año 1991, cuando la Corte Suprema confirmó la constitucionalidad de los edictos policiales –que habilitaban a la Policía a imponer sanciones por faltas que no llegaban a ser delitos. La decisión transformó radicalmente la situación de las meretrices en las calles de la ciudad. Entonces, comenzaron a juntarse en el Café París, para pensar cómo protegerse, defender sus derechos y enfrentar la persecución. Dos antropólogas, que las entrevistaban para un estudio, les hablaron de la experiencia sindical que se estaba gestando en Uruguay, y las conectaron con Teo Peralta, Secretario General de ATE Capital, que les ofreció un lugar donde reunirse. Pero la presencia de cien mujeres que llegaban a la sede con la ropa de trabajo- escotes y minifaldas, bucaneras y maquillaje pleno- distraía a los compañeros, dice Elena con una sonrisa venenosa. Después, mientras ceba un mate, vuelve a ponerse seria.
    -Imaginate cien mujeres sin ninguna formación política, tratando de hablar todas juntas, creyéndonos que por el sólo hecho de juntarnos las cosas iban a cambiar, que el abuso de la policía, la tortura psicológica, la discriminación iban a desaparecer de un día para otro ¿Sabés que pasó? Fue mil veces peor. Porque la policía vio algo que nosotras no habíamos visto: nuestra unión era una amenaza a sus privilegios, al poder que ejercían sobre nosotras. Entonces empezaron a reprimirnos más. A nuestro histórico patrón no le gustaba lo que estaban haciendo las chicas.
    La necesidad de “dejar de distraer a los compañeros de ATE” derivó en el acercamiento a Víctor De Gennaro, secretario general de la CTA (Central de Trabajadores de Argentina) y maestro político de Elena Reynaga. Era 1995 cuando AMMAR formalizó su relación con la CTA y se mudó a la calle Independencia 766. En el subsuelo de ese edificio antiguo y viejo que recién empezaba a reciclarse, las mujeres de AMMAR encontraron un lugar menos visible que el Café París y la sede de ATE para consolidarse políticamente.
    -AMMAR es lo que hoy es porque nos mudamos acá. Los compañeros hablaban de “conciencia de clase” en las reuniones, en los plenarios, y para mí era quichua. En este lugar empezamos a comprender, empecé a comprender, a tener conciencia política y de clase. Y eso es lo que nos diferencia de otras organizaciones y nos da el lugar que tenemos, y el reconocimiento de organizaciones internacionales como la ONU (Organización de las Naciones Unidas). Por supuesto que no todo fue color de rosa. Al principio, todos querían ser solidarios pero muchos no entendían; a muchos les sigue costando entender que pongas el cuerpo para ganarte la vida: mejor dicho, que pongas los genitales, porque el cuerpo lo ponemos todos.
    AMMAR es, desde el 2004, una organización gremial de hecho, no reconocida por el Ministerio de Trabajo. Tiene cuatro mil agremiadas aunque en la práctica atiende a veinte mil de las ochenta mil meretrices que, se estima, hay en todo el país, un número que representa el 2% del total mundial. Reclaman la regulación del trabajo sexual y su reconocimiento como trabajadoras autónomas, políticas públicas que diferencien entre trata de personas y trabajo sexual, y que regulen en lugar de criminalizar. Luchan contra el estigma, la discriminación y la violencia policial e institucional, contra la marginación que sufren por ser mujeres, mujeres pobres, mujeres pobres que ofrecen sexo: el 73% de las meretrices no tiene vivienda propia, el 93% representa el principal sostén económico del hogar, el 93% tiene de uno a seis hijos, el 96% no tiene cobertura de salud, el 51% no terminó la escuela primaria o no comenzó el ciclo secundario.
    -Dirigí AMMAR por tres años sin saber leer ni escribir.
    La escuela primaria la hizo en la CTA, a los cuarenta y siete años. Ahora tiene cincuenta y ocho y está enamorada, dice, de lo que hace en AMMAR: tratar de devolver la autoestima a cada una de las mujeres que se acercan a la organización como el primer paso de un proceso de empoderamiento. Algunas llegan, a otras Elena las sale a buscar. Se calza su mochila cargada de folletos, videos y condones y camina las esquinas de Flores, de Constitución, de la ciudad entera, del interior.
    -Si no hablo con ellas cómo voy a saber qué les está pasando, qué necesitan. Camino acá y camino las esquinas de todas las ciudades a las que viajo para hablar.
    Por eso es respetada por sus compañeras, dice, porque no se la cree, aunque sabe que ha llegado muy alto. Ellas no quieren que deje su cargo pero es importante preparar la transición, interesar y motivar la participación política de las meretrices más jóvenes. No es fácil, por eso se calza su mochila y sale a caminar las esquinas.
    Entre aquella mujer individualista, que asistía en el 91 a las primeras reuniones en el Café París, y esta mujer que hoy ejerce un liderazgo político en Argentina, y en Latinoamérica y el Caribe a través de su posición como Secretaria Ejeutiva de RedTraSex , hubo una profunda transformación.
    -Cuando empezamos, lo único que me interesaba era que mejoraran mis condiciones de trabajo. Quería hacer algo por mí, que la policía no me llevara, que no me tuvieran presa treinta, sesenta días. Después empecé a darme cuenta que lo que me pasaba a mí era lo mismo que les pasaba a ellas. Pero más fuerte fue llegar a la CTA. Mi cabeza se abrió, entendí que nosotras no éramos las más excluidas ni las más discriminadas, que éramos parte de una clase trabajadora excluida y discriminada.
    Es esa concepción la que aleja a AMMAR de otras agrupaciones, vinculadas con la defensa de los derechos de la mujer y contra la violencia de género, que no aceptan la naturalización de la prostitución como trabajo ni la posición de la mujer como objeto o mercancía. Ninguna mujer nace para puta(Lavaca, 2007), escrito por Sonia Sánchez y María Galindo, y La industria de la vagina (Paidós, 2011) de Sheila Jeffreys, dan cuenta de estas posiciones.
    Y también es esa concepción, la prostitución como trabajo sexual, la que origina el rechazo de AMMAR al Decreto 936/2011, que prohíbe la publicación de clasificados relacionados con la oferta sexual, el histórico rubro 59.
    -Las intenciones pueden ser buenas, pero no es prohibiendo que el problema de la trata de personas y la violencia hacia mujeres y niños va a ser resuelta. Nosotras pedimos que se diferencien e identifiquen las problemáticas para definir las políticas. En nuestra organización, las mujeres optamos por este trabajo voluntariamente: no fuimos tratadas ni obligadas ni secuestradas. Fijate que no digo elegimos: digo optamos. Optamos entre las escasas posibilidades que tenemos para poder sobrevivir.
    Elena Reynaga dice que ella fue una de las primeras en publicar en el rubro 59, que siempre fue hábil para trabajar sola, mantener una conducta y no apartarse de aquello que era su objetivo final, hacer plata, vivir bien, vivir mejor.

***

    Ceba un mate que, desde hace rato, está lavado y un poco frío.
    El piso de madera cruje. Un par de mujeres avanza por el pasillo hacia las oficinas del fondo. Dos, tres, cinco más.

***

    Elena Reynaga nació en Jujuy en 1953, a los seis años se mudó a un suburbio de Buenos Aires con su familia, a los quince se casó, al año siguiente tuvo a su primera hija, Elizabeth, y al siguiente al varón, Pablo, a los dieciocho se separó y se fue a vivir con sus hijos a la casa de sus padres. No estudió pero trabajó desde los trece años, en una fábrica, en una casa de familia, como cocinera. Elena dice que en ninguno de esos trabajos se sintió menos explotada o menos discriminada que como trabajadora sexual.
    -Una mañana, cuando tenía diecinueve años, dije basta. Era una negrita jujeña bastante atractiva, así que me fui a un cabaret, me senté, empecé a hacer copas, después a bailar.
    Casi siempre se las arregló para alejar a los buitres que andaban dando vueltas y veían que iba a trabajar todos los días, que tenía muchos clientes. Siempre fue despierta y no se dejó engañar.
    -Mi intención era hacer plata, plata y más plata.
    Su madre sabía lo que Elena hacía y de alguna manera la cubría. Pero todo cambió a mediados del 76. Para esa fecha ya había dejado el cabaret y optado por la esquina de Artigas y Bacacay, sin decirle nada a su madre. El 24 de marzo la policía la llevó presa por primera vez, quedó encerrada dos meses. Cuando la liberaron, la madre la echó. Una prima lejana la recibió en su casa, con sus dos hijos. Al tiempo, pudo alquilar un departamento, amueblarlo y contratar a alguien para que cuidara a los hijos cuando ella no estaba –siempre, cuando se enteraban de qué trabajaba le cobraban más cara la hora, dice moviendo la cabeza, como negando.
    Los recuerdos sobre el padre de sus hijos no se quedan en la charla, no le importan demasiado.
    -Al amor de mi vida lo conocí en el cumpleaños de una amiga, yo tenía veintiocho o veintinueve años. Apenas lo vi pensé “a este biscochito me lo como yo” –dice con la risa de un recuerdo bien presente.
    No tenía intenciones de establecer una relación formal pero el amor hizo que a los quince días estuvieran viviendo juntos. Él era empleado en una heladería, ella dejó de trabajar, los cuatro se mudaron a un cuarto de hotel. Demasiado chico, demasiado poco. Un año después, Elena habló y dijo que quería volver al trabajo, mudarse a un departamento, darles a sus hijos cosas que ella no tuvo, vacaciones a la orilla del mar, las zapatillas preferidas, comida rica.
    -Me pidió que llegara siempre a tiempo para ir buscar los chicos a la escuela, llevarlos a casa, quedarme con ellos. Y que nunca, nunca, nunca le dijera una palabra sobre lo que hacía.
    Al poco tiempo se mudaron a un departamento, él dejó su empleo en la heladería porque se enteraron del trabajo de Elena y permanecer se hizo insoportable. Fue taxista, cuidó a los chicos -que lo quieren como si fuera su padre y al que, todavía hoy, van a visitar a Mendoza. Vivieron juntos dieciséis años. Un día Elena llegó a su casa un poco antes de lo previsto, él estaba en la cama con la mujer que hacía la limpieza, ella lo echó, sin dudar.
    -No soy capaz de perdonar la traición. Siempre fui de frente.
    Solamente hubo un telón: el que usó para mantener a sus hijos al margen de lo que hacía; a su casa no entraba nada ni nadie relacionado con su trabajo. Recién lo supieron cuando fueron grandes y su figura se hizo pública. Elena cree que tal vez ellos lo intuyeron desde antes. La peor discriminación que se autoimponen las trabajadoras sexuales es creer que los hijos, al enterarse, las van a rechazar para siempre. Y no tiene por qué ser así, dice. La hija de Elena la acompaña a las marchas. La nieta de Elena, que tiene catorce años, la acompaña a las marchas.
    Dejó la prostitución hace diez años, cuando sus cargos empezaron a ocuparle todo el tiempo. Y aunque está el amor por los hijos y los nietos, y por lo que hace, nada reemplaza el amor de un hombre. Dice también que algo de ella impone cierto respeto desde que milita, como si las mujeres no pudieran ser bonitas y pensar al mismo tiempo, como si el mundo estuviese lleno de cagones. Mira el reloj. De pronto se da cuenta que se incluyó en el universo de las bonitas, se ríe y se disculpa.
    Una mujer entra a la sala, se acerca, saluda, le da un beso, le dice que las chicas la esperan en el fondo. Antes de irse Elena contesta:
    -No, no es un mito: nosotras no besamos en la boca. Es algo que transmitimos de generación en generación. Cuando hay sentimientos todo empieza ahí, las verdaderas emociones empiezan ahí, en el beso. Te lo digo de otra manera: para calentarme necesito besar. Por eso no besamos, para no involucrarnos.
    El termo está completamente vacío, el mate sin agua, pero Elena Reynaga, igual, le da una última sorbida que hace un ruido fuerte, largo.
    -Pero yo besé.


Mónica Yemayel (Buenos Aires)
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NOTICIAS DE AYER

Ataque de Rejas, por Mónica Yemayel



De las dieciocho mujeres que entrevisté en la primera prisión, salvo una, las demás estaban allí a causa de algún hombre. Jane Evelyn Atwood

Abril de 2010. ¨Siento que voy a volverme loca¨. Así titulaba The New Paper la historia de dos mujeres singapurenses atrapadas en el Aeropuerto de Buenos Aires tratando de ingresar bolsas de cocaína camufladas en sus cuerpos. La tapa del diario, el segundo en inglés más leído en Singapur, había recibido el llamado desesperado de una de ellas, Farida R., desde la cárcel de mujeres de Ezeiza. Era otoño y faltaban apenas unos días para cumplir su condena. Por qué entonces hablar de locura. En una carta, que Farida R. envió en mayo a las autoridades consulares de su país, lo explicaba así:“…he visto lo que les pasa a otras mujeres, terminan su condena, pero no consiguen regresar a su país, el tiempo va pasando y se acostumbran a seguir aquí, encerradas. Veo eso y siento que empiezo a volverme loca”. El tiempo para la repatriación se torna indefinido. “¿Saben ustedes quién tiene mi pasaporte”, preguntaba Farina R. en la carta, “Quién pagará mi pasaje a casa”. El temor a la locura era la expresión de su incapacidad para aceptar que podía ser libre y prisionera al mismo tiempo.
    Durante diez años, la fotógrafa Jane Evelyn Atwood se sumergió en las penitenciarias de Estados Unidos, Europa y Europa del Este para retratar la vida de las mujeres encarceladas en el libro Trop de Peines, Femmes en Prison (Albin Michel, París, 2000). Fotografías y entrevistas a las prisioneras y sus guardianas se entrecruzan para dar cuenta de un universo que crece sin pausa. Las estadísticas de Estados Unidos revelan que, desde 1980, la cantidad de mujeres encarceladas se multiplicó por diez, un dato que puede tomarse como referencia para describir la situación mundial.
    En Argentina, históricamente las mujeres representaron el 5% de la población carcelaria. Pero en los últimos años, esa participación aumentó hasta ubicarse cerca del 10%, siendo más del 40% extranjeras.
    Los informes de instituciones públicas y privadas, nacionales y extranjeras, coinciden en señalar como factor explicativo de este fenómeno la inclusión de las mujeres en el tráfico de estupefacientes. Es decir, la inclusión de mujeres mulas. Sin pudor, el sustantivo remite a los animales que, en los años setenta, eran utilizados por los narcotraficantes en las zonas fronterizas para cruzar marihuana ´a lomo de mula´. Mulas con cuerpo de mujer. Mujeres que, a veces, esconden la droga en el interior de sus cuerpos. Cuerpos que sólo admiten algo más de un kilo de cocaína; si pudiesen tragar más serían llamadas camellos.

    Según Alejandro Corda, investigador de la Universidad de Buenos Aires y autor de ¨Encarcelamientos por delitos relacionados con estupefacientes en Argentina¨-en Sistemas sobrecargados: leyes de drogas y cárceles en América Latina, Transnational Institute y Oficina de Washington para Asuntos Latinoamericanos-, el peso de la Ley 23.737 -sancionada en 1989- ha recaído especialmente sobre los pequeños vendedores y transportistas transfronterizos. Así, las causas relacionadas con estupefacientes explican un tercio de la población total de las cárceles federales, más del cincuenta por ciento de la población femenina y el 80% de la población femenina y extranjera.

    Los informes especializados revelan, también, otras cosas. Por ejemplo, que más de la mitad de las prisioneras no tiene pareja, que la mayoría sólo cursó estudios primarios, tiene hijos y no posee profesión u oficio, que es la primera vez que está en prisión y lo está por delitos de motivación económica no violentos. En una nota que escribe Marina Da Silva -Le Monde Diplomatique, septiembre 2003- se dice que sólo la mitad recibe visitas y son visitas de otras mujeres, que muchas sufren un síndrome que llaman ataque de rejas: dejan de menstruar, se enferman, engordan, se deprimen, padecen insomnio, se automutilan. Que establecen relaciones de amistad y de pareja profundos, pero que sólo duran el tiempo que dura el encierro. Que trabajan por ¨peculios¨ alejados del valor del trabajo en libertad; una prisionera cuenta que gana diez euros después de clasificar perlas todo el día y llenar mil tubos con las gemas preciosas.

    Farida R, nacida en Singapur, treinta y siete años, divorciada, tres hijos, fue detenida el 27 de noviembre de 2007, en el Aeropuerto de Ezeiza, Buenos Aires, tratando de ingresar al país dos kilos de cocaína. Su historia es similar a las historias de otras mujeres mula. Conoció a un hombre nigeriano en un bar de Kuala Lumpur, empezaron una relación amorosa y después de varios meses, cuando ella ya confiaba en él, llegó la propuesta del viaje a Buenos Aires y con el viaje la trampa. Farina R. fue obligada a forrar sus piernas y abdomen con los paquetes de cocaína ; tuvo suerte, otras se la tienen que tragar.

    Una mula aprende a tragar sin masticar trozos grandes de alimentos, para que el sistema digestivo se acostumbre y pueda tolerarlos sin vomitar. Durante las cuarenta y ocho horas previas a su viaje, ingiere sólo caldo. Una mula envuelve las cápsulas de cocaína con dos capas de látex -que obtiene de guantes quirúrquicos o profilácticos- y una de papel cartón -para hacerlas invisibles a los rayos x-, las ata con hilo dental y las cubre con miel. Después las traga. Y traga también un tranquilizante y un medicamento para retardar el proceso digestivo. Una mula sabe que tiene como máximo dos días para expulsar la droga. Que ése es el tiempo límite. Después, los jugos gástricos entrarán en acción y comenzarán a desintegrar las cápsulas hasta romperlas.

    El final de la historia de Farida R. fue publicada por The New Paper el 26 de mayo de 2010 con el título: ¨Mummy´s home at last¨. Farina R. fue deportada cinco semanas después de finalizada su condena; el trabajo en la cárcel le permitió ahorrar mil cuatrocientos dólares; aprendió a hablar español; no quiere mirar atrás; ni buscar al hombre que la involucró y sigue libre; ahora que sabe hablar español está segura que conseguirá trabajo en un hotel internacional.

Mónica Yemayel (Buenos Aires)
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NOTICIAS DE AYER

Redimidas (III Parte), por Mónica Yemayel


Los labios de un hombre podían hacer sangrar cualquier parte del cuerpo de una mujer. Yasunari Kawabata

Paulina del Carmen Ramírez Jacinto tenía trece años cuando el 13 de abril de 2000 nació su hijo. A diferencia de Fawziya Youssef, la niña yemení que murió tratando de parir (Ver Redimidas II), su historia podría haber sido otra. Podría haber elegido no tener al niño. Porque Paulina Ramirez no vivía en Yemen sino en occidente, más precisamente en México, en Mexicali -Baja California Norte-, y porque allí, en esa ciudad, en 1999 cuando el nuevo milenio despuntaba, el aborto era ya un derecho constitucional para las mujeres violadas. Y Paulina Ramírez, que todavía no era mujer, que todavía era una niña, había sido violada. La noche del 31 de julio de 1999, la violaron, no un solo hombre sino dos, en medio de una noche de calor desesperante.

   Sin dudarlo su madre se presentó ante la justicia, el juez aprobó la interrupción del embarazo y Paulina se presentó en el Hospital General de Mexicalí para ejercer su derecho. Sin embargo, médicos y funcionarios públicos se apartaron de sus obligaciones como servidores de un estado laico y expusieron a la niña a la condena de la iglesia. Dicen que le mostraron películas de operaciones y fetos en diferentes estados, dicen que aterrorizaron a la madre con los riesgos de muerte por la intervención, dicen que el sacerdote amenazó con excomulgarla.
   En La herida de Paulina. Crónica del embarazo de una niña violada (Planeta, 2007), el relato de la escritora mexicana Elena Poniatowska y las fotografías de Mariana Yampolsky reconstruyen la historia de connivencia entre el Estado y la Iglesia para torcer la decisión de la niña y su familia. Treinta y tres mil dólares fue el precio por el ¨daño emergente y moral¨ que ocasionó la negligencia estatal y que Paulina recibió en marzo de 2006 como resultado de la intervención de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. “La interrupción del embarazo –escribe Poniatowska– es parte de la libre decisión de las mujeres. Mi evolución ha sido lentísima y podría decir como los campesinos de Rulfo que soy de chispa retardada. Viví el pecado, la zozobra, la confusión.”
   Cuatro millones de mujeres en América Latina toman cada año otro camino y recurren al aborto ilegal. Cuatro mil de ellas mueren sin que sea un número suficiente para lograr torcer el brazo a las poderosas iglesias católica y evangélica, escribe Soledad Gallego-Díaz en el artículo Notable en poder, cero en maltrato, publicado en el Diario El País el 19 de febrero de este año. En otro artículo, aparecido en The New York Times el 5 de febrero, Matilde Sánchez dice que Tenemos poder pero no igualdad y cita las estimaciones de Human Rights Watch, todavía más escalofriantes: cuatro millones y medio de abortos y una secuela de más de ochenta mil mujeres muertas al año.
   Despenalización del aborto. Hay para recordar que en Uruguay ha fracasado después del veto del ex presidente Tavaré Vasquez al proyecto de ley que ya había sido aprobado por las dos cámaras parlamentarias en 2008. Que Dilma Ruousseff en Brasil silenció su favorable posición manifestada durante la campaña electoral después de recibir las reprimendas del Papa Benedicto XVI. Que en Chile la penalización del aborto no tiene todavía ninguna excepción para contemplar los casos de mujeres violadas o en peligro de muerte, y que a Michelle Bachelet le tomó cuatro años aprobar el derecho irrestricto a la ¨píldora del día después¨ para contrarestar los altísimos niveles de embarazo adolescente. Que en Argentina el gobierno de Cristina Kirschner ha conseguido que sea ley el matrimonio igualitario, pero que no hay señales de avances con respecto al aborto, muy a pesar de que el último informe de Human Rights Watch señala que cuatro de cada diez embarazos son interrumpidos y que el programa de salud reproductiva de 2005 no parece estar revirtiendo esa situación.
   ¨Tenemos poder pero no igualdad¨ escribe Matilde Sánchez, refiriéndose a la situación de la mujer en América Latina, donde la representación política femenina no parece garantizar un avance notable en la adopción de políticas públicas de género ni en los resultados concretos de las que logran implementarse. La experiencia latinoamericana afianzaría el escepticismo de la artista plástica yemení, Amna al Nasiri, que al analizar el impacto de una posible suba de la cuota de participación femenina en la política en su país -desde el quince al treinta por ciento- advierte que los cambios no surgirán de imposiciones sino de una transformación cultural de la sociedad en su conjunto (Ver Redimidas II).
  Tres presidentas en ejercicio -en Brasil, Argentina y Costa Rica-, que suman seis si se considera a las que gobernaron en los últimos veinte años -Chile, Nicaragua y Panamá-, no han logrado hacer descender a la región de los lamentables primeros puestos que detenta en materia de desigualdad y peligros para la mujer: femicidio, maltrato, abusos sexuales en el entorno familiar, mortalidad maternal. ¨No es que algunas mandatarias no hayan intentado liberalizar sus políticas con un sesgo de género pero esto las ha convertido en un blanco¨, escribe Matilde Sanchez.
   La Revista Newsweek de junio de 2009 sintetiza en el título de tapa, ¨El aborto, el mayor tabú de los candidatos¨, todo un estado de situación.
Once países de la región han aprobado leyes que establecen cuotas electorales para garantizar la representación política, pero sólo en siete se han aprobado leyes específicas sobre la violencia contra las mujeres. El primero fue Brasil, en 2006, con la Ley 11.340 denominada María da Penha, inspiradora de otras que se promulgaron en la región.
  “Me desperté repentinamente, con un fuerte estampido dentro de la habitación. Abrí los ojos. No he visto a nadie. Traté de moverme, pero no lo logré. Inmediatamente cerré los ojos y un sólo pensamiento se me ocurrió: Dios mío, Marco me mató con un tiro”, escribe María da Penha en su libro Sobreviví....puedo contar (Galería de la Cultura, 2010), publicado originalmente en 1994 y relanzado en septiembre del año pasado. Esa noche era la del 29 de mayo de 1983 y María da Penha había sobrevivido al disparo que gatilló su marido, a la bala que entró por su espalda y la dejó parapléjica a los treinta y ocho años de edad. Cuatro meses después intentó matarla nuevamente, esta vez con un shock eléctrico mientras ella se bañaba. La ley, demasiado lenta, demasiado contemplativa lo dejó dos veces en libertad.
  Lo que la justicia no escuchó María da Penha decidió contarlo en un libro, como si fuese una carta de emancipación, dice haciendo referencia a las que firmaban los dueños de los esclavos cuando les otorgaban la libertad. Fue así que dos Organizaciones No Gubernamentales -el Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (Río de Janeiro) y el Comité Latinoamericano de Defensa de la Mujer (San Pablo)- conocieron su caso y lo llevaron ante la Organización de los Estados Americanos (OEA). Esta vez la justicia internacional se pronunció obligando al Estado de Brasil a reparar económica y simbólicamente los daños provocados por la omisión con que se trató su caso durante años. Treinta y siete mil quinientos dólares -recibidos en 2008- y una ley que lleva su nombre.


Mónica Yemayel (Buenos Aires)
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NOTICIAS DE AYER

Redimidas (II Parte), por Mónica Yemayel


El retrato de Aisha Bibi, tomado por la periodista sudafricana Jodi Bieber en un refugio de mujeres afganas, obtuvo en febrero de este año el primer premio del World Press Photo. La nariz y las orejas -ocultas bajo el cabello y el hiyab- amputadas. Un rostro inquietantemente bello que carga con la furia del marido del que Aisha quiso escapar. La foto circuló por el mundo, como dos años antes lo había hecho la de Noyoud Ali, la niña yemení de 10 años que en 2008 consiguió su divorcio. (Ver: Redimidas I Parte)


La escritora somalí Ayaan Hirsi Ali fue más afortunada que Aisha Bibi y Noyoud Ali. Antes de que su familia la obligara a casarse huyó de Mogadiscio, su ciudad natal. Se estableció en Holanda y comenzó allí su lucha por la igualdad de género y la reforma religiosa en los países musulmanes. Junto al cineasta holandés Theo van Gogh realizó un film sobre las mujeres en la cultura islámica. En 2004, el cineasta fue asesinado en una calle de Amsterdam por un joven musulmán; en el cuerpo dejó clavado un mensaje advirtiendo que Hirsi Ali sería la próxima. Actualmente, la escritora vive en Washington. Sus libros (La Virgen enjaulada, 2006; Infiel, 2007 y Nómada, 2010) dan cuenta de la tensión entre las culturas de uno y otro lado del hemisferio que acompañó su vida. Es desde ese lugar que destaca los derechos conseguidos en occidente; sin dejar de resaltar que son logros obtenidos a costa de un subjetivismo tan extremo que muchas mujeres occidentales han perdido de vista lo que padecen sus pares en el mundo islámico, en China, India y otros países del mundo. La escritora, que al igual que Noyud Alí fue nombrada “Mujer del Año” por la Revista Glamour (2005), cree que sólo la transformación del mundo de la fe en el mundo de la razón permitirá terminar con las bases de la subyugación femenina, encubierta bajo las formas de religión y costumbres.


Unos meses después de que Noyoud Ali consiguiera su divorcio, Reem Anees, doce años, hizo su propio intento. Su padre la había obligado a casarse con un primo de treinta años; sólo tenía que decir que sí a todo lo que el hombre pidiera. La joven se reveló y el marido la devolvió a su familia por incumplimiento del contrato matrimonial. De la furia del padre la salvaron los vecinos. Escucharon los gritos, llamaron a la policía y la niña fue llevada ante la justicia. La abogada Shada Nasser tomó el caso, como lo había hecho antes con Noyoud Ali. Pero el juez de esta causa adoptó una posición más ortodoxa: la joven deberá permanecer con la familia hasta cumplir los 15 años y, recién entonces podrá solicitar el divorcio.

Amna al Nasiri -profesora de Filosofía de la Universidad de Sanáa y directora de la revista Tashkil (Plástica)- coincide con la escritora Ayaan Hirsi Ali: sólo cuando se logre separar la religión de la política estarán en el camino correcto. El gobierno habla de igualdad pero para muchos musulmanes la mujer es un ser humano incompleto, un objeto sexual, dice, que no debe estudiar ni trabajar. Por ley, el quince por ciento de los puestos políticos deben ser ocupados por mujeres, y existen proyectos en discusión para elevar esa cuota al treinta por ciento. Pero la profesora no acuerda con las imposiciones, cree en un cambio conjunto de la sociedad, en una nueva posición del hombre respecto al rol de la mujer.
Siendo una de las artistas plásticas yemeníes con mayor proyección internacional podría abandonar su país. Sin embargo elige quedarse; tratar de enseñarles a sus alumnos otra forma de pensar, otra manera de alcanzar la libertad. Cuando todo alrededor es horrible, sostiene, cuando hay guerra en Irak, en Palestina, en África, los artistas debemos empeñarnos en mantener viva la belleza.

La historia y la suerte de Arwa Abdu Muhammad son muy similares a la de Reem Anees. Después de un matrimonio de ocho meses con un hombre de 35 años, la niña yemení, escapó desde la antigua ciudad de Jibla hacia Sanáa. Llegó a un hospital, le brindaron ayuda, y luego fue llevada por la policía ante un juez. La joven de 9 años pidió su divorcio, y mientras espera la decisión final ha quedado al cuidado de unos familiares que apenas la dejan salir a la calle por temor a que el marido vuelva a llevársela.

Por su novela Inho Jessadi (Es mi cuerpo), la escritora y periodista yemení Nabila al Zubair obtuvo en Egipto el Premio Naguib Mahfuz. De Yemen, opina que es un país tolerante en el que han convivido pacíficamente múltiples religiones, y que la desigualdad de género es más un problema político que social. La autoridad del hombre está incrustada en las leyes. Para salir del país, una mujer debe tener un tutor varón que, incluso, puede ser un niño pequeño. Es la persistencia de normas como esta las que modelan un pueblo ignorante y retrógado culturalmente, dice. Mientras tanto, la mutilación genital, la ablación y el abuso sexual siguen existiendo -especialmente en las zonas rurales. Y como en un círculo vicioso sin fin, la única posibilidad para juzgar a los agresores es obtener la denuncia de sus víctimas, algo que casi nunca ocurre por terror a las represalias.

El final de Fawziya Youssef fue otro. Murió el 11 septiembre de 2009. Durante tres días, la niña yemení trató de parir a su bebé que, finalmente, nació muerto. La joven, de doce años, había sido obligada por su padre a casarse con un agricultor.

Temas tan sensibles como sexualidad, homosexualidad, ablación femenina, matrimonio, hiyab, adulterio y divorcio son abordados por Waleed Saleh Alkhalifa en su libro Amor, sexualidad y matrimonio en el Islam (2011). El autor, Profesor del Departamento de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid y traductor de Gabriel García Márquez al idioma árabe, es un iraquí de sesenta años que con su investigación se propone corregir opiniones erróneas y estereotipadas. El problema, cree, no está en el Islam sino en el uso de la religión con fines políticos, por eso persistirá hasta que no se acepte, como lo ha hecho Turquía, que la religión pertenece al ámbito de lo privado y la política al terreno de lo público. En sus ensayos, asegura que es un prejuicio occidental creer que en la cultura árabe el amor no existe: existe y hay sesenta palabras para nombrarlo según su intensidad.
    Según estimaciones publicadas por El País el domingo 24 de abril, uno de cada cuatro habitantes será de religión islámica en 2030.

Mónica Yemayel (Buenos Aires)
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